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A Belkis Rangel,
la víctima de este vampiro
Despertarlas con un beso, lega el mensaje
del clásico cuento infantil. Despertarla
de un sueño de cien años con
un beso, dice la profecía. Este es
el caso típico de la princesa de
la luz, la protagonista de aquel cuento
de Hadas, donde un príncipe azul
despierta a su adorada de un sueño
perpetuo. Pero en la eterna noche existen
otras bellas durmientes que han cerrado
sus ojos a la eternidad. ¿A ellas
se les despertara también con un
beso?
En el presente estudio intentaremos despertar
el mito de la bella durmiente, hija de la
noche y que despierta bajo el techo de la
luna, no en la búsqueda de su amado,
no, despierta en la búsqueda de la
vida.
¿Dónde nace el mito? Cada
cultura ha tenido esa bella pero diabólica
princesa. Desde el principio de los tiempos,
ejemplo de las mismas la Lilith del
mito hebreo, las Lamias romanas,
las Erinias Griegas. ¿De dónde
provienen las vampiras? Los testimonios
más antiguos hay que buscarlos como
hemos dicho en los primitivos demonios femeninos.
En la tradición hebraica tenemos
a Lilith, de origen asirio-babilónico:
figura alada, de cabellos largos y enredados,
cuyo cuerpo desnudo termina en forma de
serpiente; lujuriosa con los hombres, toma
usufructo de los recién nacidos a
las madres para beber su sangre, comer su
carne y sorber la médula de sus huesos.
Asimismo otro mito la relaciona en la tradición
judía con el génesis bíblico,
se especula que Eva no fue la primera
mujer de Adán, sino que antes
existió Lilith. Y esta Lilith
quiso igualarse al hombre. Adán,
aprovechándose de su mayor fuerza
física, intentó obligarla
a obedecer, pero entonces Lilith
le abandonó. El dios patriarcal convirtió
entonces a Lilith en una diosa mataniños
y la condenó a padecer la muerte
de 100 de sus hijos cada día.
Encontramos también monstruos semejantes
a la Lilith-psicópato-asesina
en la tradición griega: las estriges,
hijas de las arpías, espantosas pajarracas
ávidas de sangre humana, con ojos
inmensos, pico curvo, garras retorcidas
y el cuerpo cubierto de plumas blancas o
las erinias que persiguen a su víctima
para succionar su sangre; en La
Odisea aparecen como fantasmas chupa-sangre;
la Lamia, insomne en su acecho y
hambrienta en su naturaleza de carne humana;
o las empusas, malignas seductoras,
de las que Filóstrato nos
refiere que "acostumbraban a comer
cuerpos hermosos y jóvenes porque
la sangre de éstos es pura".
Y a pesar de que durante el medioevo ,
bajo la fuerte influencia del cristianismo
trató de terminar con él,
el folklore y las historias sobre vampiros
hicieron perdurar la leyenda a lo largo
de siglos. En la edad media se recuperó
el mito del no-muerto en el contexto del
miedo a la brujería; alquimistas
y brujos fueron llevados a la hoguera, por
llevar en sus artes y conocimientos la sabiduría
de Satán, es quizá
en el contexto de la brujería donde
se acentuará más el tema de
la mujer vampiro.
La literatura siempre les ha prestado suma
atención, despertarlas hoy es el
caso. La muerta viviente como tal está
en el imaginario del vampirismo, en el siglo
XVIII el vampiro aún no es una figura
literaria propiamente dicha, sino algo que
produce mayor inquietud. Viene a convertirse
en la metáfora de la epidemia o la
peste.
El mismo Voltaire (1694-1778),
que expresaba la superstición como
el peor azote de la especie humana, no pudo
evitar que el temor histérico hacia
los casos que se proclamaban en los países
de Europa oriental llegara hasta las tertulias
de París. Es así como el vampiro
literario empieza a cobrar vida, y la imagen
de la muerta enamorada mucho más,
la nueva poesía, caso de Goethe
con La novia de
Corinto (1797), ese mismo año
el poeta británico Samuel Taylor
Coleridge compuso su famoso poema Christabel.
La belleza racional del neoclasicismo ha
caído en el abismo y lo horripilante
es ahora la nueva categoría del gusto,
la nueva fuente del placer. "En
este siglo", escribe Dom Agustín
Calmet en su célebre Tratado
sobre los vampiros, París
1746, "desde hace alrededor de unos
60 años, una nueva escena se ofrece
a nuestra vida en Hungría, Moravia,
Silesia, Polonia: se ven, dicen, a hombres
muertos desde hace varios meses, que vuelven,
hablan, marchan, infestan los pueblos, maltratan
a los hombres y los animales, chupan la
sangre de sus prójimos, los enferman,
y, en fin, les causan la muerte; de suerte
que no se pueden librar de sus peligrosas
visitas y de sus infestaciones, más
que exhumándolos, empalándolos,
cortándoles la cabeza, arrancándoles
el corazón, quemándolos. Se
da a estos revinientes el nombre de upiros
o vampiros, es decir, sanguijuelas, y se
cuentan de ellos particularidades tan singulares,
tan detalladas y revestidas de circunstancias
tan probables, y de informaciones tan jurídicas,
que uno no puede casi rehusarse a la creencia
que tienen en esos países, de que
los revinientes parecen realmente salir
de sus tumbas y producir los efectos que
se les atribuyen".
Goethe abre la puerta a la mujer
endemoniada, a la que le seguirá
una serie de títulos como
La muerta enamorada (1836) de Théophile
Gautier con Clarimonda. Se cree
que el primer relato en que apareció
una vampiro fue La
novia del sepulcro de J. L.Tieck,
después de haber sido antologizado
en 1823. La dama
pálida de Alejandro Dumas,
quién tampoco pudo resistirse a la
tentación de escribir sobre un tema
literario fuertemente romántico y
dio a la luz a su hermosa vampirizada; y
Sir Arthur Conan Doyle con El
parásito (1892). |

Detalle de la obra del pintor prerrafaelista
Dante Gabriel Rossetti (1828-1882) sobre
Lilith.

Detalle de un óleo del británico
John William Waterhouse (1849-1917), quien
se basó para esta obra en el poema
de John Keats titulado Lamia.

Voltaire
(1694-1778)

Arthur Conan Doyle
(1859-1930)
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