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PERVERSAS BELLAS DURMIENTES (1/3)

A Belkis Rangel, la víctima de este vampiro

Despertarlas con un beso, lega el mensaje del clásico cuento infantil. Despertarla de un sueño de cien años con un beso, dice la profecía. Este es el caso típico de la princesa de la luz, la protagonista de aquel cuento de Hadas, donde un príncipe azul despierta a su adorada de un sueño perpetuo. Pero en la eterna noche existen otras bellas durmientes que han cerrado sus ojos a la eternidad. ¿A ellas se les despertara también con un beso?

En el presente estudio intentaremos despertar el mito de la bella durmiente, hija de la noche y que despierta bajo el techo de la luna, no en la búsqueda de su amado, no, despierta en la búsqueda de la vida.

¿Dónde nace el mito? Cada cultura ha tenido esa bella pero diabólica princesa. Desde el principio de los tiempos, ejemplo de las mismas la Lilith del mito hebreo, las Lamias romanas, las Erinias Griegas. ¿De dónde provienen las vampiras? Los testimonios más antiguos hay que buscarlos como hemos dicho en los primitivos demonios femeninos.

En la tradición hebraica tenemos a Lilith, de origen asirio-babilónico: figura alada, de cabellos largos y enredados, cuyo cuerpo desnudo termina en forma de serpiente; lujuriosa con los hombres, toma usufructo de los recién nacidos a las madres para beber su sangre, comer su carne y sorber la médula de sus huesos. Asimismo otro mito la relaciona en la tradición judía con el génesis bíblico, se especula que Eva no fue la primera mujer de Adán, sino que antes existió Lilith. Y esta Lilith quiso igualarse al hombre. Adán, aprovechándose de su mayor fuerza física, intentó obligarla a obedecer, pero entonces Lilith le abandonó. El dios patriarcal convirtió entonces a Lilith en una diosa mataniños y la condenó a padecer la muerte de 100 de sus hijos cada día.

Encontramos también monstruos semejantes a la Lilith-psicópato-asesina en la tradición griega: las estriges, hijas de las arpías, espantosas pajarracas ávidas de sangre humana, con ojos inmensos, pico curvo, garras retorcidas y el cuerpo cubierto de plumas blancas o las erinias que persiguen a su víctima para succionar su sangre; en La Odisea aparecen como fantasmas chupa-sangre; la Lamia, insomne en su acecho y hambrienta en su naturaleza de carne humana; o las empusas, malignas seductoras, de las que Filóstrato nos refiere que "acostumbraban a comer cuerpos hermosos y jóvenes porque la sangre de éstos es pura".

Y a pesar de que durante el medioevo , bajo la fuerte influencia del cristianismo trató de terminar con él, el folklore y las historias sobre vampiros hicieron perdurar la leyenda a lo largo de siglos. En la edad media se recuperó el mito del no-muerto en el contexto del miedo a la brujería; alquimistas y brujos fueron llevados a la hoguera, por llevar en sus artes y conocimientos la sabiduría de Satán, es quizá en el contexto de la brujería donde se acentuará más el tema de la mujer vampiro.

La literatura siempre les ha prestado suma atención, despertarlas hoy es el caso. La muerta viviente como tal está en el imaginario del vampirismo, en el siglo XVIII el vampiro aún no es una figura literaria propiamente dicha, sino algo que produce mayor inquietud. Viene a convertirse en la metáfora de la epidemia o la peste.

El mismo Voltaire (1694-1778), que expresaba la superstición como el peor azote de la especie humana, no pudo evitar que el temor histérico hacia los casos que se proclamaban en los países de Europa oriental llegara hasta las tertulias de París. Es así como el vampiro literario empieza a cobrar vida, y la imagen de la muerta enamorada mucho más, la nueva poesía, caso de Goethe con La novia de Corinto (1797), ese mismo año el poeta británico Samuel Taylor Coleridge compuso su famoso poema Christabel.

La belleza racional del neoclasicismo ha caído en el abismo y lo horripilante es ahora la nueva categoría del gusto, la nueva fuente del placer. "En este siglo", escribe Dom Agustín Calmet en su célebre Tratado sobre los vampiros, París 1746, "desde hace alrededor de unos 60 años, una nueva escena se ofrece a nuestra vida en Hungría, Moravia, Silesia, Polonia: se ven, dicen, a hombres muertos desde hace varios meses, que vuelven, hablan, marchan, infestan los pueblos, maltratan a los hombres y los animales, chupan la sangre de sus prójimos, los enferman, y, en fin, les causan la muerte; de suerte que no se pueden librar de sus peligrosas visitas y de sus infestaciones, más que exhumándolos, empalándolos, cortándoles la cabeza, arrancándoles el corazón, quemándolos. Se da a estos revinientes el nombre de upiros o vampiros, es decir, sanguijuelas, y se cuentan de ellos particularidades tan singulares, tan detalladas y revestidas de circunstancias tan probables, y de informaciones tan jurídicas, que uno no puede casi rehusarse a la creencia que tienen en esos países, de que los revinientes parecen realmente salir de sus tumbas y producir los efectos que se les atribuyen".

Goethe abre la puerta a la mujer endemoniada, a la que le seguirá una serie de títulos como La muerta enamorada (1836) de Théophile Gautier con Clarimonda. Se cree que el primer relato en que apareció una vampiro fue La novia del sepulcro de J. L.Tieck, después de haber sido antologizado en 1823. La dama pálida de Alejandro Dumas, quién tampoco pudo resistirse a la tentación de escribir sobre un tema literario fuertemente romántico y dio a la luz a su hermosa vampirizada; y Sir Arthur Conan Doyle con El parásito (1892).

Lilith

Detalle de la obra del pintor prerrafaelista Dante Gabriel Rossetti (1828-1882) sobre Lilith.

 

Lamia

Detalle de un óleo del británico John William Waterhouse (1849-1917), quien se basó para esta obra en el poema de John Keats titulado Lamia.

 

Voltaire

Voltaire
(1694-1778)

 

 

Arthur Conan Doyle

Arthur Conan Doyle
(1859-1930)

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