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Literatura fantástica
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PERVERSAS BELLAS DURMIENTES (2/3)

Pero sin duda el texto que llevo a la cima a la vampiro o mujer no-muerta fue Carmilla (1872) de Joseph Sheridan Le Fanu, que ha sido llevada varias veces al cine, desplegada de un aparataje en un contexto romántico y gótico, basada en la vida despiadada de la famosa Erzebeth Bathory, La Condesa Sangrienta que Valentine Penrose escribirá después su contexto donde una supuesta dama llamada Mircalla es el antepasado de Carmilla, cosa que es falso, pues ambas son una misma persona.

Según Horace Walpole (1717-1797), autor que inaugura la "novela gótica" en 1765 con El castillo de Otranto, el rey Jorge II de Inglaterra no tenía duda de la existencia de los vampiros, y hasta Luis XV de Francia se tomó el interés personal de ser informado al respecto. En algún momento el debate envuelve a las figuras más preclaras de la Ilustración como el marqués de Argens, Diderot, Voltaire o Rousseau.

Voltaire, en el suplemento de su Diccionario filosófico exclama: "¿Qué vampiros en nuestro siglo XVIII? Sí... en Polonia, Hungría, Silesia, Moravia, Austria o Lorena. No se ha hablado de vampiros en Londres, ni siquiera en París. Admito que en estas dos ciudades han existido especuladores, recaudadores de impuestos y hombres de negocios que chupan la sangre del pueblo a plena luz del día, pero no estaban muertos (aunque estuvieran lo suficientemente corruptos). Estos auténticos chupadores no vivían en cementerios: preferían lugares hermosos...", y concluye: "Los reyes no son, hablando con propiedad, vampiros. Los verdaderos vampiros son los eclesiásticos, que comen a expensas de ambos, del rey y del pueblo".

A Rousseau (1712-1778), que no pensaba de forma muy diferente a Voltaire, no le interesó tanto como a éste zanjar el asunto, con el extendido argumento de la superstición; sobre todo le importó la cuestión de por qué el vampiro personificaba un miedo popular tan enraizado, y para él concernía a los filósofos "buscar las causas que pueden producir hechos tan poco acordes con la naturaleza".

En el siglo XIX, los peligros de nuevos brotes de superstición quedaron relegados a los confines rurales y en las ciudades el vampiro sólo visitará a los poetas y será Lord Byron quien encarne el modelo vitalmente, hasta el punto de convertir su vida en leyenda. Trasgredió sus propias normas llevada al paroxismo: "El gran objetivo de la vida es la sensación", decía, "sentir que existimos, incluso a través del dolor". Para Byron vivir sin pasiones era simplemente vegetar; El infiel es un ejemplo de aquellas relaciones amorosas cuya búsqueda lleva a una perversa hipérbole de destruir y ser destruido: "Y en la terrible trance de la muerte tus víctimas habrán de conocerte".

Como si se tratara de un actor, Byron asume el papel del amante fatal para consumir su amor maldito. Goethe decía que Lord Byron estaba poseído, por esa "atracción demoníaca que ejerce una gran influencia sobre los demás al margen de la razón". Por otro lado Flaubert (1821-1880): "No creía en nada sino en todos los vicios, y en un Dios vivo que existe solamente para hacer posible el placer del mal". Éstos asociarán la superstición a la poesía para convertirla en una nueva fórmula estética, así es como Hoffmann escribirá Vampirismo.

Para Nodier (1780-1844), como para el resto de los escritores románticos de su tiempo, un tema como el vampirismo es una fuente de inspiración. "En política sabemos dónde estamos", escribe en sus Mélanges de littérature et de critique (1820), "en poesía, nos encontramos en un período de pesadilla y de vampiros... las supersticiones favorecen la poesía. Según esta hipótesis, constituyen toda la poesía, pues no hay poesía sin religión y no hay religión para un pueblo que no se atreve a reconocer la poesía que hay en sus leyes".

Los románticos, con respecto a lo sobrenatural, se entregarán a una búsqueda exacerbada por lo extraño que muchas veces los conduce, como en el caso de Edgar Allan Poe (1809-1849) con Berenice (1835), a la autodestrucción y el descubrimiento del horror en la muerte de su amante sepulcral. La belleza maldita nace en El misterio de Ken (1888), con un cuento de la víspera de Todos los Santos escrito por Julian Hawthorne. Baudelaire (1821-1867) en sus Diarios íntimos define la belleza del siglo como algo "ardiente" y "triste", algo un poco vago. "Si se aprecia en el rostro de una mujer bella y seductora", dice, "nos hará soñar de una forma confusa en la voluptuosidad y la tristeza".

La huella de Francia en la literatura de vampiros sólo llegará cuando el vampiro cambia de sexo; con la aparición, en 1836, de La Morte amoureuse de Gautier. Baudelaire, que había mostrado su admiración hacia esa obra, no podía ser ajeno a un motivo que tanto cuadraba con su mundo estético. Así, dos de sus célebres flores del mal, Le Vampire y Les Métamorphoses des vampires, aluden a un tema que representan mejor que nada la encarnación de la femme fatale. Ambos poemas aparecen en 1857.

La mujer fatal reescrita en: Johann Wolfang Goethe (La novia de Corinto), Johann Ludwig Tieck (No despertéis a los muertos), E. T. A. Hoffman (Vampirismo), Charles Baudelaire (Las metamorfosis del vampiro), Sheridan Le Fanu (Carmilla), J. Hawthorne (El misterio de Ken), X. L. (El beso de Judas), E. F. Benson (La habitación de la torre), Rubén Darío (Thanathopia), Gautier, Swinburne... así les anda a la zaga Verónica Aisworth, que es la vampira de Orgasmos de sangre, un cuento de Carter Scott.

Erzebeth Bathory

El retrato original de la condesa Bathory no se ha encontrado. Éste, realizado a finales del siglo XVI, es uno de los más antiguos que se conservan.

 

Lord Byron

Lord Byron
(1788-1824)

 

ETA Hoffman

ETA Hoffman
(1776-1822)

 

Theophile Gautier

Theophile Gautier
(1811-1872)

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