La
última noche que alcancé a verle se perdía
en la séptima avenida, por la calle 9 hacia la
iglesia gótica San José, de la ciudad
de San Cristóbal, era un ladrón de historias,
un juglar, de él había aprendido sobre
el Silbón, la Sayona, y otros tantos espantos,
pero de él nada. Fue cuando empezó esa
búsqueda de los escritores que se habían
dedicado, y siguen escribiendo sobre los terrores y
horrores de este mundo bello y caótico.
Existen lectores que leen textos sin
conocer al autor, y hay textos que sólo mencionan
el nombre del autor y el año de nacimiento, sin
dar más detalles. Un lector acucioso en un determinado
género hurga en los baúles del olvido,
y más sí su lectura le lleva a conocer
otros libros de un autor determinado.
Nada había escrito en los últimos
días, y ha sido necesario para que yo escriba,
como quién despierta de un prolongado sueño,
la lectura de Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, y la pregunta
inquietante: ¿Con quién vamos? Se pregunta Gallegos al empezar el viaje. Y nosotros
querido lector, ¿con quién vamos? Y, más
si la lectura que nos acecha es la del misterio y el
terror.
No estaba de más que yo me
tomara la tarea de saber y hacerles saber con quién
vamos en la literatura del terror. ¿Quién
es Abraham Stoker, Stephen
King o Salvador Garmendia? Son
preguntas que a veces nos hacemos. Entonces el lector
al saber quién es, por ejemplo Horacio
Quiroga, intuye ese amor, sabor y depresión
por la muerte que impregna la obra de este escritor
maldito.
Y más cuando muchos consideran
al genero del terror como vulgar y del margen, y la
mayoría de los libros no merecen lágrimas,
sino risa.
Nada para nosotros ha concluido: todo
es sincrónico. Vivimos en la era del Internet;
en la edad del conocimiento globalizado, pero la lectura
parece caer en sombras y se empequeñece, por
ello este planteamiento de conocer lo olvidado que vale
la pena recordar, no todo lo escrito perdurará,
pero hay escritores que se harán inmortales con
sus obras, y dentro de unos años un Borges llegará a estar a la altura de un Homero o un Dante. Entonces es cuando tomamos
la fogata, y mostramos a hombres que se han dedicado
a escribir desde sus más extraños temores. |