“Elemental,
querido Watson”. Esta frase no le resultará
en ningún momento desconocida al lector habituado
al género policiaco y de intriga. Es la coletilla
del más famoso de los detectives que ha dado
la literatura: Sherlock Holmes. El famoso investigador
de gorra característica, lupa y excelente educación
británica se convirtió, allá por
los años 80 del siglo XIX, en el alter ego de Arhur Conan Doyle, un médico
rural escocés que buscó en la literatura
la estabilidad económica que la medicina no le
brindaba.
Sherlock fue sin lugar a dudas un ingenioso
descubrimiento literario, su recurrencia y el uso de
su persona para crear toda una saga de novelas consagraron
a el autor de por vida. Conan Doyle escribió
68 capítulos de las aventuras del investigador
más famoso de la literatura de todos los tiempos.
Sin embargo Sherlock Holmes no fue el único
producto novelesco salido de la pluma de Arthur
Conan Doyle, su afán investigador, las
experiencias acumuladas durante sus travesías
como médico naval, y su predisposición
a la intriga y el terror le llevó a escribir
infinidad de cuentos cortos, como los que hoy recomendamos
en esta edición de bolsillo, bastante económica
por cierto, de la editorial Punto de Lectura.
Se nos presentan aquí seis relatos titulados
genéricamente Cuentos
de Terror, aunque mejor deberían llamarse
“Cuentos Fantásticos”, porque es
verdad que al lector de hoy en día, versado y
curtido en obras más pavorosas y recientes, y
en la ciencia ficción cinematográfica,
estos relatos no le motivarán demasiado miedo.
Sin embargo son muy atractivos por la excelente prosa
que desborda el escritor escocés, la introducción
de las historias y las crónicas de situación.
Las narraciones se desarrollan en la Gran Bretaña
del sigo XIX y sus personajes son intrépidos
descubridores de realidades desconocidas, de misterios
por resolver. Al contrario de lo que pasa en las aventuras
de Sherlock Holmes estos enigmas que hoy presentamos
quedan en su mayoría sin solución aparente,
dejando al lector que saque sus propias conclusiones.
Ya lo dijo, a modo de sentencia, el propio autor en
más de una ocasión: “Una vez
descartado lo imposible, lo que queda, por improbable
que parezca, debe ser la verdad.”
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