Su sugerente
apellido, que aún los especialistas no han sabido
confirmar si era real o se trataba de un pseudónimo,
nos serviría para describir uno de sus relatos
más importantes. Algernon Blackwood (“bosque o madera negra”) es uno de los
grandes de la literatura de terror inglesa del siglo
XX y con su narración sobre el wendigo, el “hombre
del saco” de los indígenas canadienses,
se convirtió en uno de los precursores de la
iconografía lovecraftiana.
Incluido en la antología Los
mitos de Cthulhu de Rafael Llopis, El wendigo nos aterra
a través de los sentimientos de unos cazadores
que deben enfrentarse a esta criatura en el desamparo
de un bosque. Según la tradición norteamericana,
el wendigo es la encarnación de la llamada de
la selva, unos murmullos que oyen los que osan a adentrarse
en estos territorios antes de morir inexplicablemente.
Algo así como el canto de las sirenas. Dicen
que el wendigo vaga a una velocidad increíble,
tanto que le arden los pies, y en su “carrera”
atrapa a campistas y cazadores.
Posteriormente, August Derleth (1909-1971),
otro de los miembros del llamado Círculo de Lovecraft,
retomó la leyenda en el relato El
que camina en el viento dando al monstruo el
nombre de Ithaqua. Y también nuestro
contemporáneo Brian Lumley,
firme heredero de HPL,
ha rescatado al primigenio en su relato Nacido
de los vientos, que podemos encontrar en el libro Horror en Oakdeene (1985).
Para él: “el wendigo es la encarnación
de un poder que se remonta a la actividad más
remota, a un olvidado saber inmemorial. Este gran tornasuk
no es otro que el mismo Ithaqua, el que camina en los
vientos, y la simple visión de Él significa
la congelación y la muerte inevitable del desafortunado
observador. Es señor Ithaqua, tal vez el más
grande de los elementales aéreos míticos,
entabló una guerra contra los dioses mayores”.
Pero también podemos encontrar referencias al
wendigo, tal y como lo vio Blackwood,
en el cine: desde la original El
proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick
y Eduardo Sánchez, 1999), a la más que
recomendable Ravenous (Antonia Bird, 1999) o más descaradamente en
la premiada Wendigo (Larry
Fessenden, 2001).
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