Tengo un
cuaderno donde, desde hace mucho tiempo, voy apuntando
frases que me han llamado la atención. Ese cuaderno
es hijo de otro y de otro, y de otro más que
ya no recuerdo en la fecha que lo empecé. Raramente
los hojeo. Esta semana, en la búsqueda desesperada
de algún documento encontré esos antiguos
blocks de apuntes literarios. Abrí al azar, por
la mitad, uno de ellos y me saltó al cuello la
siguiente sentencia: “La realidad es un sueño
enfermo”. En mi poca destreza documentalista
sólo apunté el nombre del autor, Carlos
Fuentes, pero no el libro de donde la saqué.
Curiosamente uno de sus libros esperaba sobre mi mesa
para ser recomendado en este Marcapáginas.
Inquieta compañía es un volumen, publicado por Alfaguara, de seis cuentos
en los que Fuentes no hace sino corroborar
aquella frase: la enfermedad de este sueño, el
de la realidad, el de la vida, que nos produce inquietantes
monstruos. Se trata de media docena de excelentes relatos
en los que los protagonistas advierten sutiles amenazas:
una sombra tras la ventana, el deslizar de un gato por
el pasillo, la presencia de dos personas en el inhabitado
piso de arriba, una paciente en coma con un extraño
apetito sexual, y la enigmática identidad de
un hombre sin pelo y sin edad. Fuentes nos introduce en inquietantes paisajes y momentos, todos
distintos, todos iguales, en los que los fenómenos
menos reales de la vida, esos que estamos hartos de
ver en televisión y en el cine, se cuelan un
día tras las puertas del armario, o en la cartera
del trabajo para trastocar toda clase de sistema establecido.
Compañías que no hemos solicitado, y que
sin embargo se empeñan, macabramente, en cortejarnos
en esta realidad enferma.
Fuentes aplica historias de la literatura
universal y las reconfigura desde la óptica mexicana.
No tan alejada del mundo del más allá,
la sociedad mexicana se caracteriza por establecer un
vínculo más que especial, con la vida
después de la muerte, con las apariciones y la
ultratumba. Basta recordar las páginas magníficas
del Pedro Páramo de Juan Rulfo, y oír los cascos
del caballo del patriarca rondar las noches de Comala,
vagando como un alma en pena para pagar por sus pecados
terrenales. México, y su sociedad, fruto de un
sincretismo riquísimo, es un ejemplo magnífico
de como el cosmos de la no-vida se ha adaptado perfectamente
a la sociedad. Fiestas del día de difuntos, cultos,
etc dan prueba de ello.
En este caso Carlos Fuentes utiliza
esta idiosincrasia especial para aplicarla a una serie
de relatos en los que aparece como elemento común
una cierta presencia inquietante. Un estar y no estar
de personas que cargan una cierta peculiaridad tenebrosa.
Una inquieta compañía.
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