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Literatura fantástica
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VLAD, de Carlos Fuentes

Mucho se ha escrito sobre el Conde Drácula. Muchas han sido las apariciones del personaje creado por Bram Stoker en novelas, relatos, cómics, cine y televisión. ¿Pero quién fue en realidad el Conde Drácula?

Sin duda, todos los indicios apuntan al famoso voivoda de Valaquia, el sanguinario y cruel Vlad Tepes (1431-1476), también conocido como el Empalador gracias a su predilección por tal peculiar método de castigo.

¿Tiene algo que ver el personaje histórico con el mito del vampiro? En realidad, no mucho. Es cierto que nuestro querido Vlad era bastante aficionado al derramamiento de sangre (ajena, por supuesto), pero en eso no se distinguía de buena parte de los príncipes, reyes o incluso Papas de la época. No eran buenos tiempos para la lírica, no señor. A menos que estuviera acompañada de una buena dosis de tinta extraída de las venas de algún pobre desdichado o de alguna incauta y virginal doncella.

Pero aparte de estos pequeños detalles nuestro voivoda favorito no tenía nada de chupasangre, sambenito que injustamente le cayó encima tras la publicación de la famosa novela stokeriana.

De hecho, debo mencionar que en Rumanía, como he podido comprobar en un reciente viaje a Transilvania, no están nada contentos con la fama “adicional” de su gran héroe histórico. Porque no olvidemos que en ese país el famoso Vlad es para muchos un héroe y un personaje digno de admiración. Claro que las tradiciones vampíricas de esas tierras eran y aún son importantes, de ahí que Stoker se inspirara en Tepes y le otorgara el don de la inmortalidad vampírica.

En general, siempre que hemos visto al Conde Drácula en cine o televisión ha sido casi exclusivamente bajo el prisma del vampiro, con la excepción notable del Drácula (1992) de Coppola donde sí se nos presenta una clara retrospectiva del Vlad Tepes histórico. A la manera de Coppola, por supuesto.

Carlos Fuentes, el gran escritor mexicano, nos lo ha traído de nuevo y de una forma muy digna y original. En su libro de relatos Inquieta compañía (2004), se nos presenta a Vlad, protagonista de un cuento del mismo título, como un anciano vampiro de noble estirpe que inesperadamente visita tierras mexicanas en busca de paz y sosiego. Su nombre nos debería resultar bastante familiar, ¿verdad? Y por si quedan dudas, veamos el nombre completo: Conde Vladimir Radu. Las pistas no pueden ser más claras. Pero, como diría Jack the ripper, vayamos por partes.

La historia del relato es la siguiente: Yves Navarro es un tranquilo abogado que vive felizmente casado con su mujer y una hija, quien un buen día recibe un misterioso encargo: legalizar las gestiones pertinentes para que un no menos misterioso personaje llegado del Este de Europa –el ya mencionado Conde Vladimir– pueda habilitar un viejo palacio en pleno Distrito Federal para su próxima residencia. Cuando Navarro le visita queda impactado ante su presencia, viste de negro, es delgado y alto, rostro pálido y, detalle importante, lleva siempre gafas oscuras.

Otro detalle, no menos importante, es que el citado Conde es poco amigo de la luz solar. Esto sin embargo no es motivo suficiente para que nuestro querido Navarro sospeche la verdadera naturaleza de su cliente, todo lo más le considera un tipo “rarito” (¿cuántos artistas no lo son?).

Poco a poco la trama se complica, hasta que un buen día su hija y su esposa desaparecen misteriosamente. Cuando Navarro vuelve a visitar al Conde, y tras una opípara cena a base de vino y vísceras, queda inexplicablemente dormido. Despierta al amanecer y descubre que en el sótano de la vieja casa hay una gran cantidad de féretros, en uno de los cuales se encuentra el distinguido anfitrión. Con una particularidad, si cabe, y es que el hombre carece de ojos. Sí, ojos. En su lugar únicamente dos cuencas vacías, de ahí la costumbre del amigo en cubrirlas con gafas oscuras.

No pretendo desvelar toda la trama del relato, que es magnífico, por si alguno de los lectores de este artículo aún no lo ha leído. Sí mencionar, que la presencia de Vlad en México no se debe a la casualidad, y por tanto su encuentro con Navarro no es fortuito.

La mujer, Asunción, y especialmente la hija, Magdalena, son elementos determinantes. ¿Qué es lo que distingue esta historia de otras muchas? Aparte del incuestionable talento de su prosa, rica y llena de matices, hay algo que atrapa a cualquier lector aficionado a la literarura fantástica y, muy especialmente, vampírica: el tratamiento que Carlos Fuentes ofrece de un personaje tan conocido como el Conde Drácula. Porque efectivamente, y esto no es un secreto desvelado porque se sospecha desde el principio, Vladimir Radu no es otro que el famoso e histórico Vlad Tepes, hijo de Vlad Dracul, antiguo y poderoso soberano de Valaquia. ¿Un vampiro? Sí. Pero no porque lo haya sido siempre, sino porque fue convertido en tal por otro vampiro. En este caso, por una dulce y cándida niña vampira.

Aquí Fuentes revela un gran conocimiento del mundo de los Nosferatu. La niña, Minea (¿a qué suena ese nombre?), es una vampira de varios siglos de edad pero de apariencia infantil, perteneciente a una de las muchas tribus de chupasangres que habitan el planeta. Es ella quien localiza al antiguo déspota de Valaquia y quien, aún en vida, le convierte en criatura de la noche. Cómo lo hace, y cómo lo describe Fuentes, es para ser leído y no explicado.

Se nos presenta, pues, la existencia de un mundo paralelo, de una sociedad de seres de la noche que viven al margen de la sociedad humana, y entre ellos, sólo entre ellos, se encuentra nuestro querido voivoda. No es el líder supremo, sino simplemente, uno más. Que busca, como todos, humanos o vampiros, la compañía de un ser querido. En definitiva, una inquieta compañía.

Lo curioso y original es, que tras buscarla por todo el orbe es en México, en medio de una gran ciudad como es el Distrito Federal, donde la encuentra. Y será paciente, esperará, para por fin, unir su vida a la de su eterna compañera. “Un niño pequeño es como un Dios inacabado, y el mundo la obra interminable de ese Dios inacabado”, le espeta el Conde a Navarro en un pasaje del relato. Por eso los niños son tan importantes, porque ellos son la parte inacabada de Dios, de quienes se nutre para seguir existiendo. Como, de alguna manera, los vampiros.

No pocos, desde la mítica Lilith, se han valido de la sangre de los niños para perpetuar su existencia. Los niños como símbolo, porque de eso se trata, de la pureza divina, seres aún no manchados por la codicia y la crueldad del ser adulto.

El relato de Carlos Fuentes plantea numerosas preguntas, todas ellas inquietantes. ¿Vale la pena la inmortalidad? ¿Es un privilegio o una condena? ¿Es posible desear la muerte para vivir, tras ella, la vida? ¿Es la propia vida una prisión, como la muerte? El vampiro, como reflejo del anhelo del ser humano, mortal, por conseguir la inmortalidad, es decir, la vida eterna. Y la sangre, una vez más, como motor de vida y muerte.

Os recomiendo a todos la lectura de Vlad, de Carlos Fuentes, y de su magnífica Inquieta compañía.

Eduardo Zaramella
marzo de 2005

Inquieta compañía. Clic para ampliar

Inquieta compañía
Carlos Fuentes

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