(Una reescritura de Blancanieves
y los siete enanitos)
Todos conocemos el cuento desde siempre:
la jovencita envidiada a muerte por su madrastra
(madrastra malvada, claro está, ¿o
acaso queda otra opción en los cuentos
populares?) debido a su extrema belleza
y que, justo por esos celos destructivos,
huye al bosque, donde recibe la ayuda de
siete enanitos bondadosos.
Desde luego, y visto el considerable juego
que da la materia prima, reescrituras del
cuento las ha habido y las seguirá
habiendo a centenares. Desde
La niña de nieve de Angela
Carter (muy psicoanalítica,
muy simbólica, enteramente feminista)
hasta aquella adaptación cinematográfica
tan gótica y oscura que contó
con una impagable Sigourney Weaver
como bruja/ madrastra, pasando por reelaboraciones
bastante menos "castas" donde
la princesita acosada les agradece el favor
a los enanitos haciendo algo más
que limpiarles la casa, está claro
que Blancanieves
se perfila como uno de los cuentos con más
reescrituras en su haber. Quizás
no con tantas como Caperucita
Roja, de acuerdo, pero sin duda con
un cómputo igualmente nada desdeñable.
En cualquier caso, el presente artículo
se va a centrar en Red
as blood (Roja
como la sangre), el relato con el
que Tanith Lee compitió
para el World Fantasy y
que fue más tarde recogido en su
colección Red
as blood or Tales from the Sisters Grimmer.
Y me centro en este relato no sólo
por sus valores específicos como
pieza de "fantastique", sino por
hacerme un poco eco de él, ya que
parece ser que ni el relato en sí
ni la colección en la que se recogió
han sido nunca editados en castellano.
Y es una lástima, pues la propuesta
de Tanith Lee no carece
de atractivos. O dicho en otras palabras:
¿qué ocurriría si se
reescribiese el cuento de Blancanieves
con los papeles subvertidos, es decir, uno
en donde la madrastra es sólo una
pobre inocente y, en cambio, Blancanieves
es la mala? ¿Realmente el concepto
no despierta la menor curiosidad?
Cierto que, durante los primeros párrafos,
la idea en sí sólo parece
otra vuelta de tuerca más a las reescrituras
postmoderno-feministas de Angela
Carter, sobre todo en cuanto descubrimos
que la madrastra es la buena (a pesar de
ser "rubia", lo cual contraviene
el ideal de belleza y pureza del cuento
original) y Blancanieves y su madre
carnal son las malas (a pesar de ser "morenas",
de nuevo contraviniendo los mismos ideales
primigenios).
Sin embargo, pese a lo malintencionado
de este giro irónico seguramente
no exento de pulsaciones feministas, me
resulta más interesante el modo en
que Tanith Lee consigue
llevar el relato al terreno que mejor domina,
es decir, el del "fantastique"
y el terror... Y, así mismo, el modo
en que lamentablemente acaba traicionando
su propuesta inicial.
Para empezar, allá donde la Blancanieves
original había sido el fruto de un
deseo casual que la reina había expresado
en voz alta al ver el contraste de la sangre
en la nieve tras pincharse accidentalmente
con una aguja, la Blancanieves
de Tanith Lee (aquí
llamada Bianca) es directamente
el fruto de la brujería: la reina
se pincha el dedo a propósito con
una aguja de hueso y sacude unas gotas en
la nieve para formular su hechizo.
Por tanto, Blancanieves se convierte
automáticamente en la hija del Mal,
un engendro de naturaleza antinatural. En
ningún momento es Tanith
Lee tan explícita como yo
lo estoy siendo, pero la simplicidad de
su prosa es lo bastante elocuente: "La
reina nunca se acercaba a la ventana antes
del crepúsculo: no le gustaba la
luz del día". De todos
modos, por si acaso a alguien no le había
quedado claro del todo, la autora se descuelga
con un delicioso comentario relativo al
entierro de la reina: "Corría
un rumor bastante desagradable: un poco
de agua bendita salpicó el cadáver
y la carne muerta humeó".
Es prácticamente imposible que la
imagen, poderosísima aunque repetida
mil veces, no nos transporte de inmediato
a una cinta de vampiros de la Hammer...
Y es que, aunque el relato jamás
materialice la palabra "vampiro",
resulta difícil resistirse a concluir
que tanto Bianca como su madre
lo sean (no sólo por su apariencia
física, no sólo porque la
primera asesine al montero real hundiendo
"su cabeza en el cuello de él"...
sino también porque, de hecho, el
espejo mágico de la madrastra asegura
verlo todo en el reino "excepto
a Bianca", lo cual nos remite
inevitablemente a la popular leyenda de
que los vampiros no se reflejan en los espejos).
El desarrollo del relato sigue siendo
básicamente fiel al cuento de los
hermanos Grimm, claro que
siempre con un ojo puesto en posibilidades
más tenebrosas: el padre de Blancanieves
se casa en segundas nupcias e, inevitablemente,
se inicia una tensa relación entre
madrastra e hijastra. Claro que la desconfiada
en este caso es Blancanieves quien,
horrorizada en secreto ante las idiosincrasias
católicas de su madrastra (que tiene
la osadía de pretender regalarle
un pequeño crucifijo, ¡que
incluso insiste en que haga la Confirmación!),
se convierte en una suerte de versión
femenina de Damien, tan conspiradora
y maligna como aquél, sólo
que con el pelo "negro como la
madera de estos árboles retorcidos
y ancestrales", piel blanca como
la nieve y labios rojos como la sangre.
Como vemos, y aunque soterrado, siempre
hay un cierto poso de ironía en el
relato. Por otro lado, también se
mantiene en esta reescritura el hecho de
que la reina se quiera deshacer de Blancanieves,
claro que los celos no tienen absolutamente
nada que ver en esta ocasión, sino
más bien el (abstracto y maligno)
efecto de Bianca sobre el reino:
"La enfermedad, que durante treinta
años no había asolado la región,
empezó a consumirla de nuevo, y esta
vez no había cura posible".
Como ya hemos comentado al cierre del párrafo
anterior, también esta vez fracasa
el montero real en su misión, claro
que ni mucho menos "de motu propio"
por compasión hacia la princesita,
sino debido a la acción sanguinaria
de la misma.
Es en la segunda parte del relato, no
obstante, donde la propuesta de
Tanith Lee empieza a perder pie
de forma vertiginosa. Y es que, mientras
la primera mitad se veía beneficiada
por su evidente poder de sugerencia, por
saber jugar con los elementos del cuento
original y tensarlos adecuadamente para
alcanzar sus propósitos, el desenlace
del relato da por el contrario la incómoda
impresión de o bien quedarse corto
o bien pasarse de largo con un inesperado
cambio de tono que traiciona por completo
el que había hasta el momento.
Los siete enanitos, por ejemplo, son aquí
transformados en siete árboles enanos
capaces de moverse y seguir a Blancanieves,
¿suponemos que para protegerla?,
claro que la función que desempeñan
dentro del relato no queda ni siquiera meridianamente
definida y, al final, lo cierto es que se
ven limitados a ser poco más que
una presencia oscura sin mayor trascendencia.
Por otro lado, y considero que éste
es el mayor handicap de la propuesta, la
lucha entre el Bien y el Mal (o entre el
Cristianismo y lo Pagano, para ser más
exactos con la ideología de la autora)
se acaba subrayando de manera casi groseramente
explícita: con la intención
de cambiar de aspecto para ofrecer la manzana
a Blancanieves, por ejemplo, la
reina hace un trato con el ángel
"Lucefiel (por algunos denominado
Satán, Rex Mundi, pero en cualquier
caso la siniestra mano izquierda de los
designios de Dios)". Además,
la manzana que en el cuento original estaba
envenenada a través de la brujería,
contiene aquí "un fragmento
de la carne de Cristo, la hostia consagrada,
la Eucaristía". Y ya como
colofón, el Príncipe Azul
del final, que en este caso la "salva"
-nunca mejor dicho- no con un beso de amor
sino dándole la oportunidad de "empezar
de nuevo" bajo otra condición,
tiene en la muñeca una marca con
forma de estrella ("en cierta ocasión,
la atravesó un clavo",
nos dice... ¿se puede ser más
obvio?).
En su descargo, no obstante, mencionar
algún último destello ocasional
del tono más sugerente y sutil de
la primera mitad del relato; en concreto,
en lo que se refiere a que la madrastra
disfrazada no le trae a Bianca
solamente una manzana para engatusarla,
sino en total tres presentes "de
parte de las brujas" (presentes
que no son oro, incienso y mirra, pero...).
junio de 2005
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