El
Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr.
Hyde fue escrito a finales de 1885
en Bornemouth. Robert Louis Stevenson,
de 35 años, estaba en cama, recuperándose
de su última crisis pulmonar -por
aquel entonces ignoraba que nueve años
más tarde la tuberculosis le acabaría
venciendo. En su postración había
tenido un sueño revelador: había
imaginado una historia de terror protagonizada
por un individuo de personalidad doble que
sembraba el pánico por las calles
de Londres.
A su esposa Fanny el
relato no la convenció. Consideraba
que la trama daba para mucho más
que para una simple historia de terror,
y que las implicaciones morales podían
llevar a hacer una novela donde se abordaran
aspectos más profundos de la condición
humana. Después de mucho resistirse,
Stevenson decidió
rehacer el relato y centrarse en la problemática
interna del protagonista, y no tanto en
sus actos macabros. El resultado fue el
manuscrito inicial de El
Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr.
Hyde. El acierto del nuevo enfoque
fue total, la Sra. Stevenson
mediante.
Para entender algunos aspectos de la novela,
como la dualidad del protagonista, algunos
críticos han hecho notar la influencia
que sin duda tuvo sobre Stevenson
su Edimburgo natal. La ciudad escocesa,
aquellos primeros años del siglo
XIX, era en realidad dos ciudades en una:
por un lado había la Edimburgo de
la New Town, la de los barrios respetables,
religiosos y bienpensantes, y por otro había
la Edimburgo de la bohemia, los burdeles
y la delincuencia. El contraste de una respecto
a la otra fue lo que, en opinión
de algunos críticos literarios, despertó
en Stevenson la fascinación
por el tema de la dualidad de la naturaleza
humana y le dispensó los materiales
con los cuales construir la historia de
Jekyll y Hyde.
De todas formas, parece que la idea de
Stevenson no era del todo
original. Los estudiosos se han encargado
de buscar -y encontrar- todo tipo de precursores
a la historia del Dr. Jekyll, desde
el cuento de E.T.A. Hoffman
El elixir del diablo
(1816) hasta El
caballero doble (1840) de Theophile
Gautier, pasando por Las
memorias privadas de un condenado
(1824) de Thomas Jefferson
o el William Wilson
(1839) de Edgar
Allan Poe.
A parte, nos permitimos apuntar también
nosotros que la personalidad del ficticio
Dr. Jekyll no era ninguna irrealidad
esos años. Como testimonio de ello
tenemos la misma vida del desventurado
Edgar Allan Poe: "Él
fue el primero de aquellos seres desdoblados,
de aquellas naturalezas escindidas, de aquellos
espíritus mitad pensamiento y mitad
sentimiento que constituyen la problemática
creación literaria de toda la época",
nos dice Arthur Moeller.
El Romanticismo se encargó sobradamente
de construir doctores Jekyll, individuos
melancólicos, pesimistas, de sensibilidad
extrema y proclives a la locura y al suicidio.
Individuos como S.T. Coleridge,
Lord
Byron o Percey y Mary
Shelley en Gran Bretaña, o Novalis,
Hölderlin o Goethe
en Alemania.
Con la losa de su tuberculosis a cuestas,
Stevenson hizo un descenso
temático a los infiernos más
profundos y temidos para los escritores
y lectores de la época victoriana:
la perversión, el pecado, la culpa,
la maldad, la dualidad de aquella sociedad
de las apariencias, etc. "Y así
consiguió asomarse a la miseria y
a la grandeza humanas, para mostrar la verdadera
cara del hombre, que tantos rasgos tiene
de bestia", dice Marcelo
di Marco.
El Dr. Jekyll -que suena casi
como “je kill”, es
decir, “yo asesino” mitad
en francés mitad en inglés-
sería la cara del hombre y Mr.
Hyde -en inglés el verbo “to
hide” significa “ocultar”-
sería la bestia que se esconde detrás.
"Todos los hombres del mundo son
una mezcla del bien y del mal, y Edward
Hyde, solo, entre los hombres del mundo,
era el puro mal", leemos en el
libro.
Escindido en dos mitades, resultaba que
una, la original, era el Dr. Jekyll,
donde habitaba, como en todos los hombres
del mundo, el bien y el mal; la otra mitad,
llamada Mr. Hyde, era, en cambio,
pura maldad. Y ante los remordimientos y
la infelicidad de la mitad original, observamos
como la mitad mala y homicida, aquella que
actúa según su voluntad sin
escuchar a razones o convenciones, es plenamente
–terriblemente- feliz. En el fondo,
vendría a decirnos, todos deseamos
liberar a nuestro Edward Hyde.
Y la llave de las cadenas que sujetan al
monstruo es un brebaje, una poción
mágica que el Dr. Jekyll ha
inventado en su laboratorio. Después
de bebérsela nos dice: "Mi
demonio, que había estado encerrado
durante un tiempo, salió rugiendo".
Podemos ver en este elixir una referencia
a la importancia que tenían las drogas
en aquella generación romántica
inglesa: su consumo era usado como estimulante
del sueño, de visiones terroríficas,
y estaba en perfecta sintonía con
una tendencia que reflejaba el ambiente
de una época fascinada por la exploración
del subconsciente a través del sueño.
Ya nos decía Vladimir Nabokov
que en nuestra novela incluso las
cámaras subterráneas y los
corredores donde habitaba Edward Hyde
hacen pensar en el laberinto del mundo del
subconsciente. Eso que Antonio Machado
llamaba las “galerías del
alma”, cuando cantaba: "Y
era el demonio de mi sueño, el ángel
más hermoso...".
publicado originalmente
en catalán
en noviembre de 2005 en la revista Mira’m
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