Aldoux
Huxley, que ya había hablado
de los sueños utópicos en
Un mundo feliz,
escribe en La isla:
"Mientras se mantenga fuera del
contacto con el resto del mundo, una sociedad
ideal puede ser una sociedad viable".
El ideal -parece decirnos- sólo puede
existir en la clandestinidad, restringido
al resto del mundo. El poder corruptor de
la civilización es una temática
antigua; la encontramos ya en Rousseau
y en su teoría del buen salvaje,
la maldad humana ligada al proceso de aprendizaje
de las habilidades sociales. Será,
pues, sólo al margen de la civilización,
al margen del mundo, que las sociedades
ideales podrán ser viables.
Ante el fracaso de la vida
en sociedad tal y como se ha entendido siempre
-que ha llevado al hombre a guerras fratricidas
y a destruir el medio que lo rodea en un
proceso suicida- algunos visionarios han
propuesto alternativas: en Cataluña,
por ejemplo, donde la corriente utópica
siempre ha calado hondo, Narcís
Monturiol, Joan Rovira,
Francesc Sunyer y los hermanos
Antoni y Josep
Anselm Clavé se sintieron
atraídos por las doctrinas de Etienne
Cabet, quien hablaba en su Viaje
a Icaria de una sociedad comunista
basada en los ideales de fraternidad y justicia.
El intento de llevar a la práctica
esta utopía, no obstante, fracasó
en el mismo instante que los icarianos -esos
antiguos catalanes- intentaron realizarla.
Herbert George Wells,
que era del parecer que si la humanidad
no cambiaba el rumbo de sus actos estaba
condenada a destruirse a si misma, debía
tener muy presentes estas utopías
cuando creó el personaje del
Dr. Moreau: un hombre siniestro y enloquecido,
ciertamente, pero también un visionario
brillante que no encuentra su lugar en la
sociedad victoriana, moralista y estrecha
de miras. La realidad, nos recuerdan los
pensadores, es las más de las veces
el taller donde trabaja el escritor de ficción.
Wells -que tan bien supo
trabajar con la realidad, es decir, con
la ficción- demostró a lo
largo de su vida un gran interés
por anticiparse a la ciencia y a la tecnología,
y explorar el futuro de la humanidad. Sus
novelas (La máquina
del tiempo, La
isla del doctor Moreau, El
hombre invisible o La
guerra de los mundos) así
lo demuestran.
La isla del doctor
Moreau es la historia en primera
persona de Edward Prendick,
un náufrago que llega a una pequeña
isla que no sale en ningún mapa,
y donde un misterioso doctor, exiliado de
Inglaterra por sus brutales prácticas
científicas con animales, habita,
como una especie de deidad primitiva -como
el Kurtz de
El corazón de las tinieblas.
A parte de Moreau, únicamente
Montgomery es la otra alma humana
de aquella isla sin nombre. El resto de
habitantes, como Prendick descubrirá
con horror, no son humanos, pero tampoco
son animales. Con estupor descubriremos
que Moreau ha proseguido en la
clandestinidad de aquella isla con sus antiguos
experimentos, y ha logrado resultados aterradores:
en su voluntad de convertir bestias salvajes
en hombres, ha cruzado razas hasta resultados
monstruosos, aberrantes. Al final, como
no podía ser de otro modo, las criaturas
se vuelven contra su creador y lo destruyen,
por haberlos hecho de aquella manera, por
haber tratado de civilizarlos. Moreau,
como todos los visionarios utópicos
de la historia, como todos los soñadores,
es derrotado por su propio sueño,
y se hace evidente de esta manera la imposibilidad
de combatir los instintos animales -en último
término también los del hombre-
con la disciplina educativa, tal y como
proponía Moreau: "Vuelven
a sus orígenes -dice lacónicamente
ante su fracaso- En el mismo instante en
que aparto la mano de ellos, la bestia empieza
a aparecer silenciosamente, a afirmarse
de nuevo...".
Paralelamente a estas interpretaciones
más de tipo filosófico, la
novela también entra de lleno en
el debate sobre la vivisección que
aquellos últimos años del
siglo XIX estaba tan de moda entre la comunidad
científica inglesa. Seguro que ayer,
como hoy, las prácticas de Moreau
provocarían más de un escalofrío
entre la población. Aquel periodista
que logra entrar en el laboratorio de Moreau
a escondidas y explicar al mundo lo que
ahí hacía el buen doctor,
no representa sino la opinión pública
en general. El mismo día que publicó
el artículo denunciando la crueldad
desmesurada de algunos de sus experimentos,
se explica que un pobre perro, desollado
y mutilado, escapó del laboratorio
de Moreau... Pensemos que, de resultas
de la novela, dos años más
tarde de su publicación apareció
la British Union for Abolition of
Vivisection.
Al final de la novela, Prendick
consigue volver a Inglaterra y explicar
su historia. Es como Gulliver,
cuando explica de la existencia de un lugar
maravilloso, el país de los houyhnhnms,
y de aquellos caballos con inteligencia
humana, los yahoo.
Es también como Ulises Mérou,
el protagonista de El
planeta de los simios. Todos ellos
han de enfrentarse a una realidad “antinatural”,
trastornada, donde las bestias salvajes
someten a los hombres gracias a su mayor
inteligencia. Todos ellos, también,
en el fondo, son plenamente conscientes
que las auténticas bestias no son
precisamente aquellas que caminan sobre
cuatro patas y tienen el cuerpo recubierto
de pelo.
Dice Gulliver al final de sus
viajes: "Quien podrá leer
lo que digo sobre las virtudes de los gloriosos
houyhnhnms sin sentir vergüenza de
sus vicios, cuando se considera el animal
dominante y el más inteligente de
su país?". Y prosigue:
"No diré nada de aquellas
remotas naciones donde gobiernan los yahoos,
las máximas morales y de gobierno
de los cuales serían nuestra felicidad
si las observáramos".
La nueva Icaria, Utopia... Desengañémonos,
en la isla de Moreau había
monstruos, pero éramos nosotros.
publicado originalmente
en catalán
en enero de 2006 en la revista Mira’m
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