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Literatura fantástica
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LA ISLA DEL DOCTOR MOREAU (1896), DE H.G. WELLS

Aldoux Huxley, que ya había hablado de los sueños utópicos en Un mundo feliz, escribe en La isla: "Mientras se mantenga fuera del contacto con el resto del mundo, una sociedad ideal puede ser una sociedad viable". El ideal -parece decirnos- sólo puede existir en la clandestinidad, restringido al resto del mundo. El poder corruptor de la civilización es una temática antigua; la encontramos ya en Rousseau y en su teoría del buen salvaje, la maldad humana ligada al proceso de aprendizaje de las habilidades sociales. Será, pues, sólo al margen de la civilización, al margen del mundo, que las sociedades ideales podrán ser viables.

Ante el fracaso de la vida en sociedad tal y como se ha entendido siempre -que ha llevado al hombre a guerras fratricidas y a destruir el medio que lo rodea en un proceso suicida- algunos visionarios han propuesto alternativas: en Cataluña, por ejemplo, donde la corriente utópica siempre ha calado hondo, Narcís Monturiol, Joan Rovira, Francesc Sunyer y los hermanos Antoni y Josep Anselm Clavé se sintieron atraídos por las doctrinas de Etienne Cabet, quien hablaba en su Viaje a Icaria de una sociedad comunista basada en los ideales de fraternidad y justicia. El intento de llevar a la práctica esta utopía, no obstante, fracasó en el mismo instante que los icarianos -esos antiguos catalanes- intentaron realizarla.

Herbert George Wells, que era del parecer que si la humanidad no cambiaba el rumbo de sus actos estaba condenada a destruirse a si misma, debía tener muy presentes estas utopías cuando creó el personaje del Dr. Moreau: un hombre siniestro y enloquecido, ciertamente, pero también un visionario brillante que no encuentra su lugar en la sociedad victoriana, moralista y estrecha de miras. La realidad, nos recuerdan los pensadores, es las más de las veces el taller donde trabaja el escritor de ficción. Wells -que tan bien supo trabajar con la realidad, es decir, con la ficción- demostró a lo largo de su vida un gran interés por anticiparse a la ciencia y a la tecnología, y explorar el futuro de la humanidad. Sus novelas (La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau, El hombre invisible o La guerra de los mundos) así lo demuestran.

La isla del doctor Moreau es la historia en primera persona de Edward Prendick, un náufrago que llega a una pequeña isla que no sale en ningún mapa, y donde un misterioso doctor, exiliado de Inglaterra por sus brutales prácticas científicas con animales, habita, como una especie de deidad primitiva -como el Kurtz de El corazón de las tinieblas.

A parte de Moreau, únicamente Montgomery es la otra alma humana de aquella isla sin nombre. El resto de habitantes, como Prendick descubrirá con horror, no son humanos, pero tampoco son animales. Con estupor descubriremos que Moreau ha proseguido en la clandestinidad de aquella isla con sus antiguos experimentos, y ha logrado resultados aterradores: en su voluntad de convertir bestias salvajes en hombres, ha cruzado razas hasta resultados monstruosos, aberrantes. Al final, como no podía ser de otro modo, las criaturas se vuelven contra su creador y lo destruyen, por haberlos hecho de aquella manera, por haber tratado de civilizarlos. Moreau, como todos los visionarios utópicos de la historia, como todos los soñadores, es derrotado por su propio sueño, y se hace evidente de esta manera la imposibilidad de combatir los instintos animales -en último término también los del hombre- con la disciplina educativa, tal y como proponía Moreau: "Vuelven a sus orígenes -dice lacónicamente ante su fracaso- En el mismo instante en que aparto la mano de ellos, la bestia empieza a aparecer silenciosamente, a afirmarse de nuevo...".

Paralelamente a estas interpretaciones más de tipo filosófico, la novela también entra de lleno en el debate sobre la vivisección que aquellos últimos años del siglo XIX estaba tan de moda entre la comunidad científica inglesa. Seguro que ayer, como hoy, las prácticas de Moreau provocarían más de un escalofrío entre la población. Aquel periodista que logra entrar en el laboratorio de Moreau a escondidas y explicar al mundo lo que ahí hacía el buen doctor, no representa sino la opinión pública en general. El mismo día que publicó el artículo denunciando la crueldad desmesurada de algunos de sus experimentos, se explica que un pobre perro, desollado y mutilado, escapó del laboratorio de Moreau... Pensemos que, de resultas de la novela, dos años más tarde de su publicación apareció la British Union for Abolition of Vivisection.

Al final de la novela, Prendick consigue volver a Inglaterra y explicar su historia. Es como Gulliver, cuando explica de la existencia de un lugar maravilloso, el país de los houyhnhnms, y de aquellos caballos con inteligencia humana, los yahoo.

Es también como Ulises Mérou, el protagonista de El planeta de los simios. Todos ellos han de enfrentarse a una realidad “antinatural”, trastornada, donde las bestias salvajes someten a los hombres gracias a su mayor inteligencia. Todos ellos, también, en el fondo, son plenamente conscientes que las auténticas bestias no son precisamente aquellas que caminan sobre cuatro patas y tienen el cuerpo recubierto de pelo.

Dice Gulliver al final de sus viajes: "Quien podrá leer lo que digo sobre las virtudes de los gloriosos houyhnhnms sin sentir vergüenza de sus vicios, cuando se considera el animal dominante y el más inteligente de su país?". Y prosigue: "No diré nada de aquellas remotas naciones donde gobiernan los yahoos, las máximas morales y de gobierno de los cuales serían nuestra felicidad si las observáramos".

La nueva Icaria, Utopia... Desengañémonos, en la isla de Moreau había monstruos, pero éramos nosotros.

 

Daniel Genís Mas
publicado originalmente en catalán
en enero de 2006 en la revista Mira’m

H. G. Wells

H.G. Wells
(1866 - 1946)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Isla del Dr Moreau

Portada de La Isla del Dr. Moreau.

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