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LA NOCHE (2/2)

Finalmente después de mucho cincelar la piedra, tendríamos a la vista, la primera de tres tumbas que esa noche abriríamos. Dentro de la primera hallaríamos los huesos casi intactos de un clérigo católico; y junto a él, tres tipos diferentes de copas de oro o cáliz, además de joyas religiosas en oro y plata -crucifijos, cadenas, etc.-, y un magnífico anillo con un diamante incrustado. Realmente las valiosas prendas encontradas eran mucho más de lo que habíamos pensado obtener por nuestra aventura y suponíamos que al menos una cuantas docenas de tumbas más, podían contener estos y otros más increíbles tesoros. Despojamos al clérigo de sus joyas; aunque de mutuo acuerdo decidimos dejar uno de los tres cáliz junto a éste. Hasta esos momentos todo había parecido tan fácil de lograr que no terminaba una broma hecha, que empezaba otra y no nos percatábamos del intenso ruido que estábamos causando en la entrada al infierno.

Tratando de elegir la segunda cripta que profanaríamos fue que uno de mis compañeros se percató de un hecho insólito y curioso. Algunas de las tumbas más antiguas del siglo XVI, parecían contener los restos, no sólo de clérigos de la iglesia, sino la de personajes españoles, nombrados, en castellano antiguo como: "Caballeros y conquistadores de las tierras nuevas". Lo insólito se sucedió cuando pudimos leer en una de estas lápidas el nombre del fundador de la ciudad: Don Garcí Manuel de Carbajal, año del Señor de 1575. Quedamos todos sorprendidos y no hubo que esperar mucho para ver el contenido de aquella cripta. No encontramos como en el primer caso un hermoso cofre o cajón de madera, finamente tallado, sino una tabla, encima de la cual se acostaba un enmohecido y pesado traje metálico, con guantes, espada, yelmo y penacho; y una blanca calavera en su interior. Estábamos fascinados pues habíamos logrado un enorme descubrimiento histórico para la ciudad, que de seguro, cuando se hiciera pública parte de nuestra aventura, habría de reconocer nuestro valioso hallazgo.

Pero es a partir de aquí, que los siguientes acontecimientos habrían de tornar toda nuestra alegría y momentos de emociones eufóricas en pesadilla total; puesto que cuando continuamos la labor de profanación -de súbito convertida en labor histórica-, la tercera tumba nos depararía una sorpresa espeluznante. Encontramos los restos carcomidos -seguramente por las ratas-, de un hombre que extrañamente sólo podía haber nacido en este siglo. Lo dedujimos -además del tipo de vestiduras que llevaba puestas-, cuando observamos las tapaduras de las muelas; trabajo que sólo podía haber sido realizado por un médico odontólogo contemporáneo. Pero, ¿cómo podía explicarse esto?. ¿Es que alguien más se nos había adelantado en la misma aventura? O se trataría del hombre que nunca salió, del subterráneo de la catedral, 30 años atrás.

Y, ¿quién lo habría enterrado en esa cripta?. ¿Quizás fueron sus propios compañeros? Cuando tratamos de averiguar si alguna fecha estaba escrita en los restos de la loza que habíamos destrozado con el cincel, pudimos confirmar nuestras sospechas. En la piedra estaba toscamente pintado, en rojo, un año: 1964. En esos momentos, todos permanecíamos mudos y aunque nadie quisiera reconocerlo, estábamos visiblemente estremecidos por las grotescas imágenes descubiertas por nuestras luces. Y algo más vendría a rematar nuestro cada vez más deteriorado estado de ánimo.

Escuchamos un murmullo, acompañado de algunos golpes que parecían provenir, no del corredor por el cual habíamos ingresado a la gran habitación en donde nos hallábamos, sino por detrás de una puerta sellada y que sería nuestro siguiente paso obligado a seguir si queríamos continuar con la exploración de aquel subterráneo y no volver por nuestros pasos. Reflexioné, para mis adentros, que en lo que en un primer momento se había iniciado como una aventura de un grupo de amigos, a esas horas había pasado a convertirse en una visión de pesadilla; pero decididamente real y sobrecogedora. ¿Qué hacíamos sepultados allí adentro? ¿Quién de los tres estaba todavía dispuesto a continuar la exploración? ¿Y si éramos presa de algún percance o accidente?, ¿quién nos rescataría? No habían más testigos de nuestra vehemente empresa que nosotros mismos. Estos eran algunos pensamientos que cruzaban mi mente y que me hacían comprender lo absurdo de nuestra aventura. Pero como ninguno de nosotros tuvo el valor de reconocer abiertamente sus enormes temores, continuaríamos adelante, sin poder evitar ya los horrores que pudieran aguardarnos en las desconocidas profundidades del interior de la catedral.

Procedimos a desclavar tres enormes tablones de la puerta por donde se habían escuchado provenir los inexplicables ruidos, y mientras nos ocupábamos en esta labor, tratábamos de hallar una razón valedera que pudiera dar sentido a la presencia de algo o alguien en esa parte del subterráneo. A alguno se le ocurrió decir que quizás habíamos llegado al tramo final de nuestra exploración y que lo que encontraríamos detrás de aquella puerta, era la salida que nos conduciría al exterior, de donde, por supuesto, habrían de provenir los sonidos escuchados por todos. Una vez cayó pesadamente al suelo el último madero y abrimos la puerta -no sin dificultad-, quedamos todos espantados al observar, delante nuestro, una repulsiva criatura dentada que nos acechaba. La escena que siguió fue intensa y terriblemente lenta. Instintivamente, Gonzalo cogió una de las herramientas y la levantó por los aires en señal más de defensa que de ataque. Yo, por la terrible impresión recibida, retrocedí unos pasos y sin quererlo resbalé aparatosamente, cayendo al suelo y rompiendo mi linterna. Max quedó inmóvil; paralizado, contemplando sin ninguna protección la horrible entidad que estaba por atraparlo; no obstante, le oímos decir que no temiéramos; que nada malo nos sucedería.

Aquella entidad que habíamos tomado como una criatura sobrenatural, no era sino una estatua inerte, o una especie de gárgola de piedra que cuidaba la entrada al recinto contiguo. Soltamos al unísono una carcajada nerviosa que disipó en algo las fuertes emociones. Todo se había tratado nada más que de un error; un susto. Sin embargo cuando ingresamos a la otra habitación no pudimos observar que hubiera alguna salida aparente. Era más, los murmullos -que ahora habían pasado a convertirse en voces casi guturales y especialmente los golpes-, habían aumentado en intensidad. Decididamente supimos que habían ciertas cosas que ya no podían explicarse de manera natural. Cruzamos de lado a lado, no sin temor, el nuevo recinto que más parecía un túnel con las ya acostumbradas oquedades en las paredes cuando de súbito los ignorados sonidos se detuvieron, como si de pronto ese algo o alguien se hubiera percatado de nuestra presencia. Inesperadamente vimos deslizarse algo desproporcionado de uno de los tantos huecos de las paredes a otro lugar no muy lejano de nosotros. Fue una visión de espanto, pero por la velocidad con la que sucedió no pudimos determinar que había sido.

No obstante, era obvio que no estábamos solos. Creo que ninguno de nosotros pudo conservar más tiempo su lucidez mental, y empezaron los insultos y reproches a la idea de encontrarnos allí; estados de histeria que sólo condujeron a la exaltación y al caos. No obstante y quizás por el terror que todos sentíamos hacia aquél algo desconocido, lograríamos ponernos de acuerdo. Estábamos decididos a encontrar, como fuera, una salida al exterior -si es que existía en esa parte del subsuelo-, corrimos La nochelo más aprisa que pudimos por aquel túnel, no sin dejar de percatarnos que a nuestro rápido paso por la interminable galería, innumerables ojos fosforescentes, nos veían pasar delante, mientras por todo el lugar se dejaba escuchar un ahogado aullido y el rechinar de dientes de una criatura infernal; quien sabe si fuera esto o se tratara de algo peor.

De súbito Gonzalo creyó ver una débil luz proveniente del techo, y milagrosamente una empinada escalinata de piedra que ascendía a este supuesto escape. Subimos como pudimos, y al llegar al pináculo desplazamos una loza semiquebrada y descubrimos lo que parecía corresponder a una de las naves de la iglesia de Santo Domingo. Agradecimos a Dios que todo hubiera pasado y juramos nunca más regresar, ni revelar nuestra historia; no fuera que un nuevo grupo de aventureros se animara a explorar el subterráneo de la catedral y fueran presa de las criaturas de la noche.

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