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Finalmente después de mucho cincelar la piedra,
tendríamos a la vista, la primera de tres tumbas
que esa noche abriríamos. Dentro de la primera
hallaríamos los huesos casi intactos de un clérigo
católico; y junto a él, tres tipos diferentes
de copas de oro o cáliz, además de joyas
religiosas en oro y plata -crucifijos, cadenas, etc.-,
y un magnífico anillo con un diamante incrustado.
Realmente las valiosas prendas encontradas eran mucho
más de lo que habíamos pensado obtener
por nuestra aventura y suponíamos que al menos
una cuantas docenas de tumbas más, podían
contener estos y otros más increíbles
tesoros. Despojamos al clérigo de sus joyas;
aunque de mutuo acuerdo decidimos dejar uno de los tres
cáliz junto a éste. Hasta esos momentos
todo había parecido tan fácil de lograr
que no terminaba una broma hecha, que empezaba otra
y no nos percatábamos del intenso ruido que estábamos
causando en la entrada al infierno.
Tratando de elegir la segunda cripta que profanaríamos
fue que uno de mis compañeros se percató
de un hecho insólito y curioso. Algunas de las
tumbas más antiguas del siglo XVI, parecían
contener los restos, no sólo de clérigos
de la iglesia, sino la de personajes españoles,
nombrados, en castellano antiguo como: "Caballeros
y conquistadores de las tierras nuevas". Lo insólito
se sucedió cuando pudimos leer en una de estas
lápidas el nombre del fundador de la ciudad:
Don Garcí Manuel de Carbajal, año del
Señor de 1575. Quedamos todos sorprendidos y
no hubo que esperar mucho para ver el contenido de aquella
cripta. No encontramos como en el primer caso un hermoso
cofre o cajón de madera, finamente tallado, sino
una tabla, encima de la cual se acostaba un enmohecido
y pesado traje metálico, con guantes, espada,
yelmo y penacho; y una blanca calavera en su interior.
Estábamos fascinados pues habíamos logrado
un enorme descubrimiento histórico para la ciudad,
que de seguro, cuando se hiciera pública parte
de nuestra aventura, habría de reconocer nuestro
valioso hallazgo.
Pero es a partir de aquí, que los siguientes
acontecimientos habrían de tornar toda nuestra
alegría y momentos de emociones eufóricas
en pesadilla total; puesto que cuando continuamos la
labor de profanación -de súbito convertida
en labor histórica-, la tercera tumba nos depararía
una sorpresa espeluznante. Encontramos los restos carcomidos
-seguramente por las ratas-, de un hombre que extrañamente
sólo podía haber nacido en este siglo.
Lo dedujimos -además del tipo de vestiduras que
llevaba puestas-, cuando observamos las tapaduras de
las muelas; trabajo que sólo podía haber
sido realizado por un médico odontólogo
contemporáneo. Pero, ¿cómo podía
explicarse esto?. ¿Es que alguien más
se nos había adelantado en la misma aventura?
O se trataría del hombre que nunca salió,
del subterráneo de la catedral, 30 años
atrás.
Y, ¿quién lo habría enterrado en
esa cripta?. ¿Quizás fueron sus propios
compañeros? Cuando tratamos de averiguar si alguna
fecha estaba escrita en los restos de la loza que habíamos
destrozado con el cincel, pudimos confirmar nuestras
sospechas. En la piedra estaba toscamente pintado, en
rojo, un año: 1964. En esos momentos, todos permanecíamos
mudos y aunque nadie quisiera reconocerlo, estábamos
visiblemente estremecidos por las grotescas imágenes
descubiertas por nuestras luces. Y algo más vendría
a rematar nuestro cada vez más deteriorado estado
de ánimo.
Escuchamos un murmullo, acompañado de algunos
golpes que parecían provenir, no del corredor
por el cual habíamos ingresado a la gran habitación
en donde nos hallábamos, sino por detrás
de una puerta sellada y que sería nuestro siguiente
paso obligado a seguir si queríamos continuar
con la exploración de aquel subterráneo
y no volver por nuestros pasos. Reflexioné, para
mis adentros, que en lo que en un primer momento se
había iniciado como una aventura de un grupo
de amigos, a esas horas había pasado a convertirse
en una visión de pesadilla; pero decididamente
real y sobrecogedora. ¿Qué hacíamos
sepultados allí adentro? ¿Quién
de los tres estaba todavía dispuesto a continuar
la exploración? ¿Y si éramos presa
de algún percance o accidente?, ¿quién
nos rescataría? No habían más testigos
de nuestra vehemente empresa que nosotros mismos. Estos
eran algunos pensamientos que cruzaban mi mente y que
me hacían comprender lo absurdo de nuestra aventura.
Pero como ninguno de nosotros tuvo el valor de reconocer
abiertamente sus enormes temores, continuaríamos
adelante, sin poder evitar ya los horrores que pudieran
aguardarnos en las desconocidas profundidades del interior
de la catedral.
Procedimos a desclavar tres enormes tablones de la puerta
por donde se habían escuchado provenir los inexplicables
ruidos, y mientras nos ocupábamos en esta labor,
tratábamos de hallar una razón valedera
que pudiera dar sentido a la presencia de algo o alguien
en esa parte del subterráneo. A alguno se le
ocurrió decir que quizás habíamos
llegado al tramo final de nuestra exploración
y que lo que encontraríamos detrás de
aquella puerta, era la salida que nos conduciría
al exterior, de donde, por supuesto, habrían
de provenir los sonidos escuchados por todos. Una vez
cayó pesadamente al suelo el último madero
y abrimos la puerta -no sin dificultad-, quedamos todos
espantados al observar, delante nuestro, una repulsiva
criatura dentada que nos acechaba. La escena que siguió
fue intensa y terriblemente lenta. Instintivamente,
Gonzalo cogió una de las herramientas y la levantó
por los aires en señal más de defensa
que de ataque. Yo, por la terrible impresión
recibida, retrocedí unos pasos y sin quererlo
resbalé aparatosamente, cayendo al suelo y rompiendo
mi linterna. Max quedó inmóvil; paralizado,
contemplando sin ninguna protección la horrible
entidad que estaba por atraparlo; no obstante, le oímos
decir que no temiéramos; que nada malo nos sucedería.
Aquella entidad que habíamos tomado como una
criatura sobrenatural, no era sino una estatua inerte,
o una especie de gárgola de piedra que cuidaba
la entrada al recinto contiguo. Soltamos al unísono
una carcajada nerviosa que disipó en algo las
fuertes emociones. Todo se había tratado nada
más que de un error; un susto. Sin embargo cuando
ingresamos a la otra habitación no pudimos observar
que hubiera alguna salida aparente. Era más,
los murmullos -que ahora habían pasado a convertirse
en voces casi guturales y especialmente los golpes-,
habían aumentado en intensidad. Decididamente
supimos que habían ciertas cosas que ya no podían
explicarse de manera natural. Cruzamos de lado a lado,
no sin temor, el nuevo recinto que más parecía
un túnel con las ya acostumbradas oquedades en
las paredes cuando de súbito los ignorados sonidos
se detuvieron, como si de pronto ese algo o alguien
se hubiera percatado de nuestra presencia. Inesperadamente
vimos deslizarse algo desproporcionado de uno de los
tantos huecos de las paredes a otro lugar no muy lejano
de nosotros. Fue una visión de espanto, pero
por la velocidad con la que sucedió no pudimos
determinar que había sido.
No obstante, era obvio que no estábamos solos.
Creo que ninguno de nosotros pudo conservar más
tiempo su lucidez mental, y empezaron los insultos y
reproches a la idea de encontrarnos allí; estados
de histeria que sólo condujeron a la exaltación
y al caos. No obstante y quizás por el terror
que todos sentíamos hacia aquél algo desconocido,
lograríamos ponernos de acuerdo. Estábamos
decididos a encontrar, como fuera, una salida al exterior
-si es que existía en esa parte del subsuelo-,
corrimos lo
más aprisa que pudimos por aquel túnel,
no sin dejar de percatarnos que a nuestro rápido
paso por la interminable galería, innumerables
ojos fosforescentes, nos veían pasar delante,
mientras por todo el lugar se dejaba escuchar un ahogado
aullido y el rechinar de dientes de una criatura infernal;
quien sabe si fuera esto o se tratara de algo peor.
De súbito Gonzalo creyó ver una débil
luz proveniente del techo, y milagrosamente una empinada
escalinata de piedra que ascendía a este supuesto
escape. Subimos como pudimos, y al llegar al pináculo
desplazamos una loza semiquebrada y descubrimos lo que
parecía corresponder a una de las naves de la
iglesia de Santo Domingo. Agradecimos a Dios que todo
hubiera pasado y juramos nunca más regresar,
ni revelar nuestra historia; no fuera que un nuevo grupo
de aventureros se animara a explorar el subterráneo
de la catedral y fueran presa de las criaturas de la
noche. |
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