Finalmente,
después de nueve meses de activa lucha legal
para obtener el permiso del juez que lograra la exhumación
del cadáver, estuvo delante de la tumba de su
pequeño hijo. No estaba sola; un enjambre de
gente entre familiares, amigos y reporteros de noticias,
sumaban el póstumo cortejo. Uno de los presentes;
el magistrado, dio la orden a los sepultureros para
que iniciaran su labor. La lluvia se precipitó
aún más impetuosa y era seguro que hasta
el mal tiempo conspiraría para alargar, aún
fuera unos minutos más, la espera de aquella
madre de fisonomía demacrada, en su intención
de volver a contemplar el cuerpo de su hijo. Se sucedieron
uno a uno los minutos y mientras tanto la mujer del
velo anochecido tuvo la ocasión de evocar los
años idos y felices junto a su pequeño;
recordó el feliz nacimiento; la emoción
y la alegría que la llenó al saberse madre
y aquella inigualable sensación de sentir a su
primogénito sobre su pecho, acogerlo en sus brazos
y mostrarle la vida misma. Se acordó de la primera
celebración de cumpleaños, junto a familiares,
amigos y a su desaparecido esposo. Rememoró aquella
mañana primaveral en la cual jugaba alegremente
con su hijo en el jardín de la casa, con el perro,
la pelota y la manguera del agua y sobre todo cuando
su pequeño se acercó a ella, le acarició
delicadamente el rostro y le dio un dulce beso mientras
le decía:
- ¡Te quiero mucho mamita! ¡Te amaré
por siempre!
Eso había sucedido hacía apenas un año,
tres meses antes de que ocurriera el fatal accidente;
que quizás como lo había declarado reiteradamente
el abogado de la familia, no había sido casual,
ya que existía una duda razonable para creer
que esta muerte era premeditada.
Ahora -bajo la lluvia y al amparo de un enorme ciprés,
terminada la penosa labor de los sepultureros, el cajón
ubicado sobre el verde gras, a escasos segundos de que
el profesional competente abriera la tapa de madera
que guardaba los restos del niño y confirmara
la argumentación del abogado-, María,
la madre, pareció desfallecer; sus familiares
la sostuvieron para que no se desparramara por el suelo;
la tensión acumulada de largos nueve meses y
en especial la de los últimos minutos había
sido demasiada. La sentaron en una fría loza
de mármol y le pidieron que no se acercara a
ver el cadáver de su hijo; su estado no sería
ya el mejor. Ella reaccionó de súbito,
se paró y no dejo que nadie la contuviera. Se
aproximó al hueco abierto en la tierra y quedó
quieta, frente al ataúd. La tapa fue movida y
detrás de esta se dejó ver el cuerpo gelatinoso
de un niño de 7 años en avanzado estado
de descomposición. La madre se dejo atrapar por
el llanto o ¿quizás estaba llorando de
alegría por el reencuentro? El médico
comprobó el argumento del abogado -la caja estaba
arañada por dentro-, y mientras se cubría
medio rostro con un pañuelo húmedo, ordenó
fuera cerrada nuevamente la cubierta. La mujer no lo
permitió y pidió que la dejaran despedirse
de su pequeño; quería contemplarlo de
cerca por última vez. Un familiar quiso impedirlo;
pero el amor de madre pudo más que cualquier
argumento. Se arrodilló delante de su hijo y
descubriéndose el velo se inclinó, lo
abrazó y lo llevó a su pecho como cuando
lo tuvo por primera vez al nacer. Un brazo se desprendió
del cuerpo del niño; pero el amor de madre no
lo notó.
- ¡Te quiero mucho hijito! ¡Te amaré
por siempre! Le dijo y beso el rostro descarnado de
su pequeño. |