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POR SIEMPRE, por Pablo Nicoli

Finalmente, después de nueve meses de activa lucha legal para obtener el permiso del juez que lograra la exhumación del cadáver, estuvo delante de la tumba de su pequeño hijo. No estaba sola; un enjambre de gente entre familiares, amigos y reporteros de noticias, sumaban el póstumo cortejo. Uno de los presentes; el magistrado, dio la orden a los sepultureros para que iniciaran su labor. La lluvia se precipitó aún más impetuosa y era seguro que hasta el mal tiempo conspiraría para alargar, aún fuera unos minutos más, la espera de aquella madre de fisonomía demacrada, en su intención de volver a contemplar el cuerpo de su hijo. Se sucedieron uno a uno los minutos y mientras tanto la mujer del velo anochecido tuvo la ocasión de evocar los años idos y felices junto a su pequeño; recordó el feliz nacimiento; la emoción y la alegría que la llenó al saberse madre y aquella inigualable sensación de sentir a su primogénito sobre su pecho, acogerlo en sus brazos y mostrarle la vida misma. Se acordó de la primera celebración de cumpleaños, junto a familiares, amigos y a su desaparecido esposo. Rememoró aquella mañana primaveral en la cual jugaba alegremente con su hijo en el jardín de la casa, con el perro, la pelota y la manguera del agua y sobre todo cuando su pequeño se acercó a ella, le acarició delicadamente el rostro y le dio un dulce beso mientras le decía:

- ¡Te quiero mucho mamita! ¡Te amaré por siempre!

Eso había sucedido hacía apenas un año, tres meses antes de que ocurriera el fatal accidente; que quizás como lo había declarado reiteradamente el abogado de la familia, no había sido casual, ya que existía una duda razonable para creer que esta muerte era premeditada.

Ahora -bajo la lluvia y al amparo de un enorme ciprés, terminada la penosa labor de los sepultureros, el cajón ubicado sobre el verde gras, a escasos segundos de que el profesional competente abriera la tapa de madera que guardaba los restos del niño y confirmara la argumentación del abogado-, María, la madre, pareció desfallecer; sus familiares la sostuvieron para que no se desparramara por el suelo; la tensión acumulada de largos nueve meses y en especial la de los últimos minutos había sido demasiada. La sentaron en una fría loza de mármol y le pidieron que no se acercara a ver el cadáver de su hijo; su estado no sería ya el mejor. Ella reaccionó de súbito, se paró y no dejo que nadie la contuviera. Se aproximó al hueco abierto en la tierra y quedó quieta, frente al ataúd. La tapa fue movida y detrás de esta se dejó ver el cuerpo gelatinoso de un niño de 7 años en avanzado estado de descomposición. La madre se dejo atrapar por el llanto o ¿quizás estaba llorando de alegría por el reencuentro? El médico comprobó el argumento del abogado -la caja estaba arañada por dentro-, y mientras se cubría medio rostro con un pañuelo húmedo, ordenó fuera cerrada nuevamente la cubierta. La mujer no lo permitió y pidió que la dejaran despedirse de su pequeño; quería contemplarlo de cerca por última vez. Un familiar quiso impedirlo; pero el amor de madre pudo más que cualquier argumento. Se arrodilló delante de su hijo y descubriéndose el velo se inclinó, lo abrazó y lo llevó a su pecho como cuando lo tuvo por primera vez al nacer. Un brazo se desprendió del cuerpo del niño; pero el amor de madre no lo notó.

- ¡Te quiero mucho hijito! ¡Te amaré por siempre! Le dijo y beso el rostro descarnado de su pequeño.

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