La luciferina figura de arcilla le había
robado la voluntad a Víctor. Como coleccionista
de arte negro, corroboró que la pieza era
genuina. Parecía un prodigio que la misma
estuviera en la exposición de antigüedades
de aquella ciudad gris engalanada de cipreses
y sauces llorones. Se trataba de un Baal, una
deidad de la antigua región babilónica
que representaba al dios de los fenicios cuyo
culto se realizaba en medio de lujuriosas orgías,
además de hacer intangibles a los que lo
invocaban.
Su fijación por la particular
efigiecilla lo tenía al borde del desequilibrio.
Se propuso como tantas veces en que se empecinaba
por algo, hurtar aquel llamativo demonio tremebundo.
Dotado de un recato sobrenatural, Víctor
miró a través de sus gafas oscuras
al guardia de seguridad con rostro de subnormal
que estaba en el umbral del recinto. Aún
era temprano y la gente llegaba como insectos
atraídos por los vetustos objetos, algunos
bizarros y con extrañas historias. Su plan
era infalible, lo había usado en varias
ocasiones bajo las mismas circunstancias. Le gustaba
alardear consigo mismo de su habilidad para esfumarse
con el botín dentro de su mochila sin que
nadie sospechara de un periodista que hacía
un reportaje para un periódico local.
***
La alarma de incendios aulló como animal
salvaje y aquella masa confusa se lanzó
perturbada hacia la salida, entonces Víctor
tomó aquel apolyon calizo y lo introdujo
en el bolso negro con la palabra PRENSA en color
amarillo. Con un disimulo bien ensayado le mostró
su carné de periodista al guardia de seguridad
quien entre el bullicio y la histeria de las personas,
sudaba como bestia rumiante que va rumbo al matadero.
El afligido hombrecillo vestido de caqui le contó
que la alarma de incendios se activó de
alguna manera. La multitud comenzó a correr
como posesos hacia las puertas, hasta que la alarma
enmudeció de nuevo. Inexplicablemente no
había señales de fuego. El caso
era que la falsa alarma había provocado
una histeria abrumadora y algunas personas lesionadas
por los empellones aguardaban en el suelo con
los rostros de asustadísimo. Víctor
anotó sin prisa en su libreta los datos
del incidente. Ni siquiera el guardia bobalicón
se había percatado de la ausencia de la
pieza. Salió de allí como lo hacía
“siempre que culminaba con un gran reportaje”.
***
Con el encendedor que había usado para
activar la alarma de incendios en la exposición,
prendió un cigarrillo y se lo llevó
a los labios con la simple satisfacción
de quien cumple con un deber. Ya en el metro compró
un pasaje y ocupó un asiento en la parte
trasera. Observó a una pareja de homosexuales
que se acariciaban el rostro mientras discutían
sobre asuntos placenteros. Le llamó la
atención una monja de hábito blanco,
una novicia quizás, joven y sobre todo
lo que pudo notar, muy atractiva. La acompañaba
un cura añoso quien miraba con cautela
disimulada la cotidiana escena de los sodomitas.
Siempre había sentido una inexpugnable
curiosidad por las religiosas que ocultaban su
naturaleza femenina dentro de esa vestimenta forzosa,
especialmente si eran guapas como ésta.
Víctor cerró los ojos por un momento
mientras palpaba la estatuilla en el interior
del bulto. Allí tenía aquella representación
del mal tallada en barro, toda para él.
Estaba ansioso por llegar a su apartamento para
contemplarla minuciosamente y acomodarla junto
a las demás piezas que había coleccionado
en innumerables viajes y eventuales ocasiones
como las de ese día. En estas cavilaciones
se encontraba cuando vio a la monja y al cura
levantarse para salir del tren. Como un capricho
que se tiene guardado en espera de que llegue
la oportunidad de ejecutarlo, resolvió
seguir a la pareja religiosa. La monja caminaba
tan rápido como sus inmaculados pies se
lo permitían para no quedar rezagada del
cura. La imaginaba toda transpirada bajo aquel
vaporoso hábito, el vaivén de los
pechos acalorados y la fricción de un muslo
contra otro en vertiginosa carrera por alcanzar
al cura.
Los siguió con cautela hasta que entraron
a una vieja capilla ubicada en un lacónico
edificio en los suburbios de un barrio con callejones
de indescifrables laberintos. Miró la calle
y se percató que con excepción de
un gato que devoraba el cadáver de una
enorme rata parda, no transitaba ni un ser por
aquel lugar. Parecía que una enigmática
fuerza de voluntad lo animaba a continuar con
la persecución o mejor dicho con la determinación
de penetrar al interior de la capilla, aún
cuando pensaba desistir de ese ridículo
acecho. Se acercó al portal de la minúscula
iglesia y dio vuelta al picaporte para comprobar
que la puerta no tenía puesto el cerrojo
como cualquier iglesia. Los feligreses no podrían
entrar si la puerta estuviera cerrada y se rió
de su obvia conclusión.
En el interior del recinto había tres mujeres,
una de ellas muy vieja y taciturna recitaba un
monorrítmico soliloquio mientras manoseaba
las cuentas de un rosario, las otras dos como
en estado catártico fijaban la mirada en
el crucificado del altar.
Disimuladamente se ocultó detrás
de una virgen lacrimosa con los brazos elevados
que estaba cerca del cirial y aguardó hasta
que las mujeres abandonaron el recinto. El reloj
de pulsera marcaba las siete menos cuarto y aún
no había llegado a su apartamento, pensó.
Sintió un arañazo en el estómago
y se acordó que había almorzado
muy temprano. Estaba allí y esperaría
hasta las siete en punto. Se sentía cansado
y cerraría los ojos por un breve momento.
***
Despertó por el rumor que hacen los cirios
cuando se extinguen. Miró el reloj y comprobó
que habían transcurrido tres horas. Ahora
eran las diez de la noche y estaba allí
en el interior de una iglesia en penumbras. Le
dolían el cuello y la espalda por haber
dormido en una posición tan incómoda.
Se sentía aturdido por una jaqueca tan
aguda que sentía que le latían los
sesos. Los arañazos en el estómago
que atribuía al hambre eran más
intensos, parecía como si un animal de
filosas uñas le rasgara las vísceras.
Con visible malestar recordó episodios
de una macabra pesadilla en donde era poseído
por el Baal, la invisible fuerza del demonio,
que dominaba su cuerpo y su mente forzándolo
a matar y decapitar con una afilada cruz al cura
cuarentón y luego violar y torturar despiadadamente
a la joven monja hasta matarla y recostar aquel
cuerpo inerte y mancillado en el altar consagrado.
Quería borrar esas cruentas imágenes
de su memoria, salir de allí lo más
pronto posible. Ansiaba llegar a su apartamento
y darse un prolongado atracón que lo despojara
del recuerdo de aquellas muertes imaginadas. Sacó
el encendedor del bolsillo del pantalón
y lo prendió para ubicar la salida. Aquel
silencio sepulcral lo ponía muy nervioso,
si el cura o la monja lo sorprendían, con
certeza llamarían a la policía y
entonces tendría que dar muchas explicaciones,
inclusive de la figura hurtada en la exposición.
No, tenía que salir de allí lo más
pronto posible. Se recriminaba la estupidez garrafal
de haber acechado a la pareja religiosa, no podía
concebir por qué se le había ocurrido
una idea tan absurda. Casi olvidaba su mochila
y eso era lo único que le faltaba para
ganarse el premio de la imbecilidad, se dijo para
sus adentros.
***
Los persistentes golpes en la puerta de su apartamento
lo despertaron. Debía ser la casera que
venía a cobrar la renta o el chico del
periódico, quizá algún extraterrestre
o el mismísimo demonio, pensó evidentemente
molesto. Tenía la cabeza echa un desastre
un verdadero caos, apenas podía recordar
cómo llegó al apartamento y cuándo
se acostó con la ropa puesta. Parecía
como si la memoria se hubiera mudado de su cabeza
dejando solamente un impreciso recuerdo de la
noche anterior. Los golpes en la puerta cesaron,
quien hubiera sido se rindió de tocar pensando
que no había nadie en el apartamento. Miró
el reloj de pulsera que todavía llevaba
puesto, cosa que le extrañó porque
se lo quitaba antes de dormir y lo ponía
en la mesita de noche con la alarma digital activada
para las siete de la mañana. Maldijo como
un loco cuando se percató de que eran las
dos de la tarde y tenía una cita con un
coleccionista de arte muy cotizado esos días.
Llamaría al periódico con la excusa
de que estaba enfermo y que le concertaran otra
cita. Era cierto que estaba enfermo, se sentía
completamente agotado. Prendió el televisor
y se dispuso a hacer café. Se dio una ducha
con agua fría y se fijó que tenía
el estómago arañado. Comprobó
que el demacrado y ojeroso rostro que lo miraba
desde el espejo era el suyo. Se afeitó
sin ganas, sacó un puñado de analgésicos
del frasco y los masticó hasta tragarlos.
Sirvió una taza de café sin azúcar
y como un autómata se fijó en las
imágenes del televisor…
***
Lentamente, fue acordándose de las vivencias
del día anterior, al unísono con las
escenas que presentaban en ese momento en la pantalla
chica. Los dos religiosos mutilados y sanguinolentos
que vio en las noticias, le refrescaban la memoria
y se acordó del Baal. Aquellas imágenes
le devolvían el recuerdo de lo acontecido
en su macabra pesadilla. El rostro demacrado del
espejo era ahora una pálida máscara
horrorizada, incrédula. La taza cayó
al suelo y luego el cuerpo del periodista. Antes
de que sus ojos se cerraran para siempre escuchó
los golpes en la puerta.
enero de 2005
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