Sorteo JOHN RAMBO. Vuelta al infierno. Participa en el sorteo de 3 DVDs edición del coleccionista dos discos en caja metálica.
Cuentos y relatos de terror, ciencia ficción y fantasía
Recomiéndanos a un amigo Añádenos a tus Favoritos
Relatos
MOVIES DISTRIBUCIÓN ESPECIAL BATMAN. La tienda online con la que sueñan los cinéfilos. DVD, HDDVD, BLU RAY, UMD, FIGURAS, BANDAS SONORAS, CAMISETAS, POSTERS...Entregas de 24 a 48 horas. Aloja tu web en www.preica.com. Hosting sólido desde 2 Euros

LOS VALLES SOLITARIOS, por Ana Martínez

Relatos de horror y fantasía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Muy bien. Mi primera víctima, o una de las primeras, fue el teléfono.
Un crimen espantoso. Lo eché en el sumidero mecánico de mi cocina.
Puse el aparato en punto medio.
El pobre teléfono murió por estrangulación lenta.
Luego maté a tiros el televisor.
El asesino, Ray Bradbury


El hombre, que durante la mayor parte de la tarde había permanecido sentado en el sillón, frente a la ventana, comenzó a imaginar cómo la noticia iba divulgándose por toda la ciudad tan veloz como sólo pueden hacerlo los rumores. A aquella hora la noticia debía haber bañado gran parte de la ciudad. El hombre vio el cuchicheo, escuchó el clamor de la gente murmurando, oyó a los miembros de la Comisión tecleando sus teléfonos móviles. El rumor se propagaba de casa en casa, atravesaba tabiques, pulsaba timbres, llamaba a cada una de las puertas de la enorme, gigantesca ciudad.

Una gota de sudor se le escurrió por la frente. Tal vez ya estuvieran buscándole. Pensaba esperarlos allí sentado, imperturbable. Y cuando derribaran la puerta de la casa de una patada lo verían usar la máquina del tiempo delante de sus narices como una declaración de guerra. Así había ocurrido un millón de veces en su cabeza. Echaban la puerta abajo y él, que les esperaba sentado en el asiento de la máquina, accionaba el interruptor al mismo tiempo que con la otra mano levantaba un dedo, un sólo dedo para decir que os jodan, y desaparecer en la marea espacio-temporal mientas los agentes de la Comisión se quedaban en el piso vacío con cara de gilipollas. Ellos sabrían que todo había empezado.

Estar sentado en la oscuridad era como estar al margen de todas las cosas. Fuera, la ciudad se iluminaba con un resplandor pálido de luces halógenas. Era siempre la misma fluorescencia azulada. Incluso de día, la ciudad parecía estar debajo de una cúpula de luz artificial que incitaba a la gente a meterse en las tiendas y comprar, a ir a los cines, quedarse en casa y mirar la pantalla del televisor, igualmente azul pero sin duda mucho más reconfortante.

Esperaba que su apartamento no llamara demasiado la atención y que el silencio no comenzara a vibrar como una alarma de incendios. Resultaba sospechoso que alguien, en un edificio del centro, tuviera las luces y la televisión apagadas a aquella hora y él lo sabía. A decir verdad le importaba una mierda, pero lo sabía. A pesar de que una parte de sí mismo deseaba pasar desapercibida, otra parte quería que todo acabara pronto. Que algún peatón con conciencia cívica levantara la cabeza, viera la ventana a oscuras, sospechara que ocurría algo raro e hiciera una llamada telefónica. Pero de momento sólo podía estar allí sentado, dejándose adormilar por el reflejo fantasmal de las luces de los coches, por el ronrroneo confuso de la enorme metrópolis, de la extensa urbe en que se había convertido la tierra. Un planeta que era una ciudad, un enorme ojo de mosca compuesto por miles de pequeños ojos que eran miles y miles de televisores, de pantallas de ordenador, de mundos virtuales.

Dio un respingo en el sillón y descubrió que a su alrededor la oscuridad se había hecho más intensa. Durante un momento se había quedado dormido. Le dolía la cabeza, pero daba igual. No pensaba dormirse otra vez. No pensaba dejar de estar alerta. Se frotó los ojos y descubrió que había alguien mirándole allá fuera. El hombre se quedó quieto, intentando enfocar la vista para examinar el rostro de la persona que le espiaba. La Comisión había enviado a alguien. No les habría costado mucho dar con él con todos los vecinos cuchicheando, señalándole, delatando sus movimientos. El otro, detrás de la ventana, no se movió. Parecía una sombra, parte del decorado de la ciudad, un fantasma más del juego de luces urbano. Pero estaba ahí, no había duda. El hombre intentó levantarse y el intruso, al otro lado del cristal, también se movió. Alargó el brazo para alcanzar el interruptor de la luz y el otro alargó el brazo para coger un arma. Lentamente, el hombre pulsó el interruptor y la sombra, al otro lado del cristal, sobre la gran ciudad, desapareció. Suspiró y apagó la luz de nuevo. No había sido más que su propio reflejo en el cristal. Pero mira que eres idiota, se dijo. Si sigues así tú mismo acabarás muerto del susto antes de que ellos lleguen. Sin embargo, no podía dejar de estar nervioso mientras escuchaba todos aquellos murmullos como papel que se arruga. Y la máquina a su lado, latiendo.

La máquina del tiempo. Un hallazgo. Un verdadero descubrimiento. Un aparato palpitante, casi vivo. La imaginó como un animal en su cubil, una enorme y maravillosa rata de respiración metálica. Su aliento era como desenroscar una tuerca. Emanaba un calor especial. Parecía que incluso transpiraba. Aquella máquina era el as escondido hasta el final del juego. Era el principio de la historia.

Y la historia era sencilla. ¿Acaso necesitaba recordarla? Persona Con Inquietudes conoce por casualidad a otra Persona Con Inquietudes y juntos empiezan a tramar cosas. Y a esas cosas las llaman medio en broma y para entenderse entre amigos, Actividades De Retroceso. Porque en eso consiste el juego. Retroceder. Acabar con todo aquello que les ahoga. Caniches automáticos, por ejemplo. Aparatos de limpieza robot. Alimentos engordados genéticamente. Pequeños chismes digitales que dirigen tu vida como una suegra con mal genio. Y así, poco a poco, la noticia va corriendo de boca en boca. De pronto hay más gente que busca el Retroceso y todo empieza a definirse. Y un día cualquiera, en algún lugar cualquiera del planeta, alguien manipula un cable y la membrana metálica de una máquina se arruga y arde. Alguien derrama el café encima del teclado de un ordenador, abre en canal el cuerpo de una niñera mecánica o tira por la ventana de un decimoséptimo piso un microtelevisor.

En su caso, había arrancado con sus propios dientes, en un acceso de rabia, la cabeza de uno de esos muñecos casi reales que lloran, cagan y mean. Después había seccionado con un cutter los brazos y las piernas y todo el entramado electrónico de la criatura y lo había ido tirando por el váter por el simple placer de ver al muñeco retornar a la mierda. Eso es lo que había hecho y lo que había constituido una verdadera liberación. Desmembrarlo con sus propias manos. Masticar el plástico de su cuello.

Había sido Salterio, el dependiente del centro comercial, quien le habló aquella tarde de las muñecas antiguas. "En tiempos pasados las muñecas eran de trapo, silenciosas, amigables. Los niños jugaban con ellas e imitaban sus voces y la comida que les daban era de mentira".

El dependiente lo había soltado como si nada, mientras metía en una bolsa del establecimiento el muñeco para su sobrina. Se había acercado y le había dicho, casi al oído, con una voz que recordaba un anuncio televisivo: pruébelo y si acaba pensando igual que yo, venga a verme.

Aquel mismo día, en su apartamento, descubrió lo siniestro que era el muñeco. Todo el armazón mecánico para que pareciera real. Esa forma de llorar como si fuera un niño histérico. Un niño de verdad. Le dio miedo y acabó por partir aquel monstruo en pedacitos y tirarlo por el váter. Como se hacía antiguamente con las cosas, pensó.

Salterio lo citó en un bar del otro lado de la ciudad. Dijo que estaba seguro de que iría porque nada más verlo se había dado cuenta de que era como él. Un hombre oprimido. Un hombre alienado en busca de la liberación. Le habló de otras personas iguales a ellos. Gente diferente en un mundo injusto. Les habían llamado maníacos. Les habían llamado terroristas y desviados, pero no eran más que personas que abogaban por una sociedad mejor. Le habló del Retroceso y de cómo el hombre sería más feliz si volviera.

"Imagine"; dijo el dependiente, "cómo sería vivir sin todas estas luces que apagan el espíritu. Imagine hacer las cosas con sus propias manos, leer un libro de papel, pasear de noche por una calle desierta en la que se escucha chirriar a los grillos. Grillos de verdad, ¿me entiende? Esos insectos de las fotografías antiguas. El hombre de hoy en día se encuentra enmudecido, acobardado, le da miedo actuar, no quiere tomar decisiones. La culpa, como bien sabe usted, es de esos programas de televisión que le dicen a uno como pensar, de los asistentes automáticos que le ayudan a hacer la compra y que escogen por usted los mejores alimentos, casi todos transgénicos. ¿Necesito explicarle más? La culpa es de todas esas máquinas que no nos dejan ser libres. El muñeco que usted destrozó está mejor en el fondo del váter que entre los brazos de su sobrina".

Por eso, decía Salterio, había que actuar. Discretamente, sin que se notara. Había que hacer pequeños estropicios, diminutos sabotajes para que la Comisión apenas se diera cuenta y dejara el terreno libre para el golpe maestro. La Gran Vuelta Del Revés. El Retroceso definitivo.

"No es un plan original"; el dependiente dejó que el humo de su cigarrillo se diluyera sobre su cabeza", alguien lo encontró en un cuento ¿sabe? un cuento de un escritor del siglo XX, desconocido, muerto hace siglos, olvidado como tantos otros, pero sin duda, visionario. En el cuento un tipo se volvía loco y comenzaba a asesinar máquinas. Si, así lo había llamado el autor, asesinar. El personaje había echado helado de chocolate en la radio de su coche y se había quedado tan tranquilo. Pero eso es sólo ficción. El cuento de un tipejo que cría malvas desde los tiempos de vaya usted a saber y que nadie recuerda. Por eso pensamos que estaría bien recuperar la idea y hacerla real. Pensamos que era el único modo de hacer la revolución con prudencia y desde abajo. Está de acuerdo conmigo, ¿verdad?

Él asintió. Claro que estaba de acuerdo. Completamente de acuerdo. Cualquier persona en su sano juicio lo estaría. Afirmó que muchas veces había soñado con poseer cosas.

"Cosas secretas, usted me entiende. Quizá piense que estoy loco pero desde niño soñé con trenes de latón, reproducciones de hojalata, ya sabe, piezas de esas que ya no se encuentran ni en los museos.

Salterio sonrió.

"¿Y cómo cree que sería tener un perro?"; continuó el hombre. "Un perro de verdad que respire y se mueva sin ese chirrido de las mascotas robot. Imagine ir montado en bicicleta con su chucho brincando detrás, como se hacía en el pasado. En bicicleta, si aún fuera posible en todo el mundo encontrar alguna".

Se había despedido de Salterio en una esquina, prometiendo volver a verse cada cierto tiempo, sin levantar sospechas.

"Tal vez le gustaría comprarle a su sobrina otro muñeco y luego llevárselo a su casa a desahogarse bien con él. Esos aparatos se inflaman con una facilidad asombrosa y verlos arder es como una música. Se lo recomiendo".

"Le prometo que lo haré"; dijo a modo de despedida y encendió un cigarrillo bajo el cartel de Prohibido Fumar de un establecimiento caro.

Durante el camino de vuelta a casa, tiró su teléfono móvil al suelo y lo pisoteó hasta reventarlo. Sintió que se sacaba cinco años de encima, que ante él se encontraban TODAS LAS COSAS, con mayúsculas, y que podría tocarlas con tan sólo alargar la mano, así, maravillosamente libre, feliz hasta la locura. Aspiró el aire de la ciudad con fuerza y pensó que tendría que fingir cuando llegara a casa. Su mujer no podría entender ninguna de aquellas cosas. Su mujer no, tan rodeada de electrodomésticos llenos de botones, tan satisfecha con las comedias que veía por la tele la mayor parte del día. Se le antojó que su esposa era una autómata, fría y seria, llena de cables. Cada día la misma rutina, las mismas tareas, la misma mirada vacía frente al televisor. No lo entendería, qué va. Ya no sentía ningún amor por ella así que no le resultó difícil matarla, cortarla en trozos en la bañera y enterrarla en el parque dentro de una bolsa de basura. Cuando lo supo, Salterio lo aplaudió por ello, alabó que hubiera escogido para hacerlo un método tan tradicional.

Y ahora estaba allí, sentado en la habitación oscura de un apartamento oscuro, queriendo y no queriendo que lo encontraran con aquello a su lado.

La máquina del tiempo.

Eso superaba cualquier pequeña chapucilla. Cuántos no habían soñado con una. Cuántos no habían soñado con volver aunque sólo fuera un instante. Retroceder era la palabra exacta. Y la máquina del tiempo estaba allí, en la salita de su casa, al alcance de la mano, a la espera del gran golpe. Pero retroceder significaba cambiar algo. Mover hilos, ajustar tuercas, estar en el lugar preciso en el momento preciso. Él iba a viajar en el tiempo, cambiaría algunas cosas y luego volvería para recoger a sus compañeros y vivir en un lejano mundo idílico. Tal vez en la Edad Media. Tal vez en el Siglo de Oro donde todo era limpio y puro y, sobretodo, artesanal. Lo que importaba es que estarían lejos y libres y se la habrían jugado a la Comisión.

Eso, claro, en el supuesto caso de que la máquina funcionara.

Había dado con los planos hacía unas semanas. Se los dio un viejo marciano encogido en el fondo de una trastienda maloliente del Pequeño Marte. Salterio le había dicho que fuera allí, que buscara al anciano en una tienda de recambios para impresoras y que después volviera rápidamente a su casa sin hablar con nadie. Había ido y el viejo extraterrestre, que parecía dormitar detrás del mostrador, lo arrastró a la trastienda. En las estanterías no había recambios, ni nada parecido. Los frascos, de un color ámbar oscuro, se alineaban uno al lado del otro con un brillo opaco, como si tuvieran dentro lagartijas, hierbas, uñas de algún animal. Olía a algo que podía haber sido incienso. En un rincón, sobre una mesa, descansaba la escultura de un chino gordo y afable, sentado y sonriente como si estuviera perdonándote la vida.

El marciano sonrió. La tienda era una tapadera. Era difícil que los agentes se acercaran a los suburbios, allí solían dejarles más o menos en paz, pero en ocasiones, la Comisión hacía una redada y más de uno acababa en la cárcel.

"Salterio me habló de usted"; dijo el marciano al tiempo que abría un cofrecillo que parecía antiguo. "Por lo visto tiene conocimientos superiores de física y mecánica y pensó que era el más indicado para el proyecto".

Le tendió los planos y al rato salía de la tienda con una caja de recambios para impresoras bajo el brazo y silbando una canción.

En su apartamento supo que tenía entre las manos algo importante. Algo vital. Y comenzó a seguir las instrucciones hasta que estuvo lista.

Pasada la media noche, la ciudad empezaba a apagarse. Por turnos, el bullicio de las calles, el grañido de la autopista, los cines, los centros comerciales se iban diluyendo hasta hacerse imperceptibles. Era el silencio de la madrugada. Todos dormían. Y sin embargo, para los oídos del hombre la ciudad entera estaba llena de ruidos. Ruidos pequeños, diminutos, microscópicos. Ruidos sigilosos, endebles, ruidos blandos sin ecos, como el rozar del aire en los altos rascacielos, como el parpadeo lento de millones de pares de ojos.

El hombre conocía todos y cada uno de esos sonidos. A fuerza de escuchar había aprendido a distinguir unos de otros. El zumbar de los insectos metálicos. Los indigentes crujiendo en las esquinas. El viento en las ramas de los árboles.

Encendió un cigarrillo y dejó que el humo le llenara los pulmones. En cierta manera estaba impaciente porque lo encontraran. Hacía varios días que se había dado cuenta de que un tipo lo seguía. Lo vigilaban desde lejos. Probablemente, si ahora mismo se asomaba vería al otro lado de la acera a aquel personaje siniestro envuelto en su gabardina.

Se puso en contacto con Salterio en el mismo momento en que sospechó que iban a por él. El dependiente le recomendó que huyera. Que utilizara la máquina y se largara. Más tarde habría tiempo para volver, reorganizarse y actuar, dijo.

"Vuelva a casa y haga el equipaje. Si se disponen a detenerle active la máquina del tiempo y viaje al siglo XVI. Allí estará seguro, se lo garantizo"; y añadió recalcando las últimas palabras: "Pero, por lo que más quiera, no ponga en peligro toda la operación".

Después lo vio alejarse como si nunca se hubieran conocido.

Y notó que el individuo de la gabardina volvía a seguirlo. Varios metros por detrás, los zapatos del desconocido sonaban como un eco de los suyos. Tuvo miedo y aceleró el paso hasta que creyó estar a salvo en su apartamento.

Durante varios días estuvo soñando con aquel viaje. El siglo XVI, ¿por qué no? Ya estaba bien de actuar con discreción. Había que dar un paso más allá, cruzar el umbral de la revolución, dejarse de gilipolleces y retroceder de una vez. ¿O es que iban a pasarse toda la vida tratando de estropear los aparatos informáticos con disimulo infantil? Ser la mosca cojonera de la sociedad era mucho más que eso, mucho más que escupir desde el balcón sobre los coches de los altos ejecutivos. Había que empezar a tocar los huevos en serio.

Y el siglo XVI era la salida, un siglo luminoso en el que todos los hombres podían ser felices. Terencio, uno de los activistas que le había presentado Salterio, les habló de aquella época y mientras lo hacía le brillaban los ojos. Terencio se declaraba un asceta. Bebía de fuentes muy antiguas, de viejos textos agustinianos, de Luis de León y de la noche oscura del alma. Decía haber dejado atrás todo deseo material.

"Hace tiempo que trato de investigar detalles sobre los años del 1500. Una época extraordinaria de la que muy poco de sabe. Casi toda la literatura del momento fue destruida en la purga de archivos del 2053, pero nunca hay que perder la esperanza de que quede algo".

Terencio dio un trago a su cerveza y puso sobre la mesa el libro. Se trataba de una edición de 1980 de las obras completas de San Juan de la Cruz. La desembaló despacio, con lentitud ritual mientras el bar giraba a su alrededor como algo ruidoso y ajeno. Terencio alzó los ojos del libro y su mirada estaba perdida en algún punto lejano, muy lejano, más allá del bar y la gente y la maldita y gigantesca ciudad. En un susurro recitó: "Los valles solitarios nemerosos. Y el hombre notó cómo se le iba poniendo la carne de gallina. Dios, los valles solitarios nemerosos".

Había repetido aquel verso en su cabeza una y otra vez y siempre le venía a la imaginación el mismo paraje verde y sombrío, delicadamente hermoso. Era un paisaje del siglo XVI y él sería el primer hombre en retroceder allí. Por aquel paisaje, pensó, merecía la pena estar sentado en la oscuridad de un apartamento medio vacío, esperando a que los agentes de la Comisión le dieran una patada a la puerta.

De pronto, una idea cruzó su mente. Se enderezó en el asiento con el corazón latiéndole más deprisa de lo que jamás, pensaba, le había latido.

A lo mejor, y sólo a lo mejor, la Comisión ya se encontraba allí. Tal vez estuviera sentado tan tranquilo, creyéndose a salvo, y un segundo después caería al suelo, muerto. O la máquina se desmoronaría de pronto, hecha añicos. Porque la Comisión tenía sus métodos. Vaya si los tenía.

Recordaba perfectamente el caso de aquel tipo, el austriaco al que encontraron muerto en el patio de su casa. Apareció en todos los telediarios y todos sin excepción habían sacado los mismos primeros planos de su rostro mientras yacía en el suelo. Era un rostro ensangrentado y desfigurado por los cientos de picotazos de la perdiz de metal que la Comisión le había enviado. El tipo aquel, el austriaco, había estado cometiendo delitos contra la salud pública y la seguridad ciudadana. Vivía en el campo, en una especie de granja en la que criaba sus propios animales y cuidaba de un huerto de hortalizas. Según el Gobierno, se encontraba en posesión de especies prohibidas como conejos, palomos, gallinas y, sobretodo, perdices. Así que la Comisión envió aquella perdiz metálica para que se escondiera entre las otras. Fue alimentada como las de verdad hasta que un día saltó a la cara de aquel tipo austriaco, lo mató a picotazos y luego emitió un pitido de misión cumplida. Las cosas pasaban así.
Por eso, la sospecha iba creciendo poco a poco en su mente. Se iba dibujando cada vez con mayor claridad hasta alcanzar la categoría de certeza. Se quedó helado. Escuchaba.

En el rincón, detrás de la puerta de la cocina, un murmullo.

No es bueno obsesionarse, se dijo. Muchas veces la sugestión y el miedo jugaban malas pasadas, como en aquella fábula hindú que le contó Salterio en que el Miedo había causado más muertos que la propia Peste. Por eso no era bueno obsesionarse, no lo era.

Encendió otro cigarrillo y recordó lo que le había sucedido al hombre que armó un escándalo en los urinarios públicos de un centro comercial. Varios canales de televisión se hicieron eco de la noticia. Al parecer, un perturbado de mediana edad que respondía a las iniciales M. G., natural de Chicago, había entrado en el aseo de caballeros de una conocida cadena de centros comerciales haciendo cundir el pánico. Estampó contra la letrina la cabeza de uno de los androides que amablemente ofrecían toallitas húmedas, procuró orinarse fuera, obvió tirar de la cadena y se negó a lavarse las manos después de usar el retrete. El androide, que cumplía con su trabajo, fue asaltado brutalmente. El agresor explicó al agente de seguridad que uno necesitaba intimidad para mear y que el robot aquel era de inclinaciones sexuales sospechosas. A la mierda los robots, declaró antes de estallar en una carcajada histérica.

El agente tranquilizó al hombre con amabilidad y le comunicó que el gerente no pensaba presentar cargos. Sin duda el autómata lo había irritado y el cliente tenía siempre la razón. Acompañaron al hombre a su casa y éste prosiguió su vida sin incidentes hasta que la Comisión decidió enviar a las hormigas.

Las hormigas entraron por debajo de la puerta, se metieron en su cama y le recorrieron el cuerpo mordiéndole con sus diminutas mandíbulas de acero inoxidable. Y cada mordedura era un poco más de veneno entrando en su cuerpo.

Pero lo peor era la certidumbre de que algo parecido podía sucederle a él. Sin duda los vecinos habían sospechado y le habían delatado. O la Comisión había pinchado su teléfono y colocado micrófonos casi invisibles debajo de las mesas. Porque a pesar de que las actividades de retroceso procuraban ser discretas, la Comisión se daba cuenta. Y a veces enviaba cosas.

El hombre se frotó las manos, inquieto. Los valles solitarios nemerosos, se dijo para infundirse valor, pero no sirvió de nada. Estaban allí. Lo sabía. Se propuso escuchar el ruido de los rincones, el crujido de las puertas. En la cocina, el frigorífico ronroneaba como un gato feliz. Un grifo del cuarto de baño dejaba caer una gota cada diez minutos. De vez en cuando se oía al ascensor del edificio subir y bajar. Y nada más. Pero el hombre estaba seguro.

Oía a los insectos entrando, escurriéndose por la rendija de la puerta principal, avanzando en silencio por encima de la alfombra. No sabía qué clase de insectos eran, pero estaban allí. Iban a matarlo como al austriaco y al tipo de los urinarios. Iban a picarle hasta que perdiera el conocimiento y después se irían y en las oficinas de la Comisión se celebraría una fiesta.

Mierda, dijo el hombre mientras tomaba conciencia de su situación.

Apenas se atrevía a ponerse de pie. Tenía miedo y el miedo no le dejaba pensar. Los oía. Estaban repartiéndose por la habitación. Sus pequeñas patitas, finas como alambres, arañaban el suelo de la casa. Era cuestión de segundos que lo atacaran.

Se incorporó con las piernas temblando y supo que no iba a ser él la primera víctima. Iban primero a por su máquina. Los oía. Casi podía ver brillar sus caparazones con la poca luz que entraba por la ventana. Los insectos habían empezado a anidar en la máquina, a desenroscar algunas tuercas, habían estado royendo cables. ¿Cómo puede roer un insecto?, se dijo. Dios mío.

Avanzó como pudo hacia la cocina y comenzó a abrir cajones. No iba a permitir que la Comisión se saliera con la suya. Ni hablar. Si debía morir, moriría luchando hasta el final por la causa.

En uno de los cajones encontró un martillo y lo sujetó con fuerza. Un martillo serviría. Al menos de momento. Por el rabillo del ojo vio su figura en un espejo y sintió miedo. Un hombre con un martillo en la mano dispuesto a saltar sobre cualquier cosa. Pero ese hombre era él, desgarbado, envuelto en sudor, con los dedos crispados sobre el arma. Recordó las palabras de Salterio, huya, pero por lo que más quiera, no ponga en peligro toda la operación.

Se quedó quieto en la puerta del salón, con los oídos atentos a cualquier nuevo movimiento. Seguían allí, sobre su máquina. Acertaba a ver el bulto en la oscuridad, a los insectos correteando de un lado a otro por encima de la máquina, sobre los muebles a lo largo de la alfombra. Algunos habían empezado a correr hacia él.

Levantó el martillo y lo dejó caer sobre una mesa. Vio algunos insectos aplastados y fue a por más. Pisoteó los que venían hacia él por el suelo pero resultó inútil. Había muchos. Y le estaban subiendo por la pierna.

El hombre lanzó un grito de terror y comenzó a dar martillazos ciegamente. Martillazos por toda la casa. Escuchó cómo la máquina del tiempo cedía y se desmoronaba. Hijos de puta, gritó. Y siguió alzando el martillo y dejándolo caer sobre los insectos mecánicos que lo rodeaban.

Se tambaleó cuando le pareció que el apartamento estaba vacío. Las piernas le fallaron al no ver ningún caparazón de insecto muerto a su alrededor y cayó de rodillas abrazándose al montón de tuercas que había sido la máquina. Se quedó así toda la noche.

El incidente no apareció en los periódicos porque no había nada que contar. Tan sólo que un hombre había muerto en su apartamento víctima de un ataque al corazón.

Nadie se había dado cuenta de que algo iba mal. El hombre, dijeron los vecinos, pocas veces salía de casa. Era un tipo raro y su mujer lo había abandonado hacía un tiempo. No pensaron que podía haberle ocurrido algo hasta que un nauseabundo hedor comenzó a extenderse por el portal.

Uno de los agentes que se personaron en el edificio introdujo los datos del suceso en un microordenador. Aquel tipo de sucesos eran habituales entre personas que vivían solas, en especial ancianos. Ocurría todos los días.

- ¿Quién era?

- Ni idea. Un tipo como otro cualquiera. No suelo fijarme en la gente que me cruzo en el ascensor. Nadie lo hace.

- Yo juraría que jamás lo había visto.

- Mi señora dice que era un hombre silencioso, ponía le televisión muy flojita. Y no roncaba. Nuestra habitación está al lado de la suya…

- Lo dejó su mujer, ¿sabe? Pero nunca oí que discutieran. Eran un matrimonio muy discreto, y eso que aquí las paredes parecen de papel, ¿sabe?

El agente asintió y tomó algunas notas.

- Era un hombre normal. Trabajaba en las oficinas del centro. Como todo el mundo.

- De todas formas, ya no importa.

- El agente intentó que los vecinos le dejaran pasar e introducir los últimos datos del informe.

- Retiraremos el cuerpo y un androide auxiliar vendrá a desinfectar el apartamento. Quedará como nuevo.

- Era muy desordenado, mire como lo tenía todo.

El agente alargó el cuello y echó un rápido vistazo al interior de la vivienda. Con una mueca imperceptible comentó:

- Quizás sufriera algún síndrome paranoico relacionado con la falta de higiene y el desorden. En cualquier caso, eso ha de determinarlo el forense.

- Ya lo sacan - dijo alguien entre la multitud de personas que se agolpaban en el rellano de la escalera con curiosidad de reality show.

Un funcionario empujó la camilla con el hombre muerto dentro de una funda. Todos se miraron y, casi al mismo tiempo, se taparon la nariz con sus pañuelos.

Ana Martínez
junio de 2007

 
   Volver
2000 - 2008 TumbaAbierta.com sobre el material original. Alojado por Preica.com Preica.com Aviso Legal