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Muy bien. Mi primera
víctima, o una de las primeras, fue el
teléfono.
Un crimen espantoso. Lo eché en el sumidero
mecánico de mi cocina.
Puse el aparato en punto medio.
El pobre teléfono murió por estrangulación
lenta.
Luego maté a tiros el televisor.
El asesino, Ray
Bradbury
El hombre, que durante la mayor parte de la tarde
había permanecido sentado en el sillón,
frente a la ventana, comenzó a imaginar
cómo la noticia iba divulgándose
por toda la ciudad tan veloz como sólo
pueden hacerlo los rumores. A aquella hora la
noticia debía haber bañado gran
parte de la ciudad. El hombre vio el cuchicheo,
escuchó el clamor de la gente murmurando,
oyó a los miembros de la Comisión
tecleando sus teléfonos móviles.
El rumor se propagaba de casa en casa, atravesaba
tabiques, pulsaba timbres, llamaba a cada una
de las puertas de la enorme, gigantesca ciudad.
Una gota de sudor se le escurrió por
la frente. Tal vez ya estuvieran buscándole.
Pensaba esperarlos allí sentado, imperturbable.
Y cuando derribaran la puerta de la casa de una
patada lo verían usar la máquina
del tiempo delante de sus narices como una declaración
de guerra. Así había ocurrido un
millón de veces en su cabeza. Echaban la
puerta abajo y él, que les esperaba sentado
en el asiento de la máquina, accionaba
el interruptor al mismo tiempo que con la otra
mano levantaba un dedo, un sólo dedo para
decir que os jodan, y desaparecer en la marea
espacio-temporal mientas los agentes de la Comisión
se quedaban en el piso vacío con cara de
gilipollas. Ellos sabrían que todo había
empezado.
Estar sentado en la oscuridad era como estar
al margen de todas las cosas. Fuera, la ciudad
se iluminaba con un resplandor pálido de
luces halógenas. Era siempre la misma fluorescencia
azulada. Incluso de día, la ciudad parecía
estar debajo de una cúpula de luz artificial
que incitaba a la gente a meterse en las tiendas
y comprar, a ir a los cines, quedarse en casa
y mirar la pantalla del televisor, igualmente
azul pero sin duda mucho más reconfortante.
Esperaba que su apartamento no llamara demasiado
la atención y que el silencio no comenzara
a vibrar como una alarma de incendios. Resultaba
sospechoso que alguien, en un edificio del centro,
tuviera las luces y la televisión apagadas
a aquella hora y él lo sabía. A
decir verdad le importaba una mierda, pero lo
sabía. A pesar de que una parte de sí
mismo deseaba pasar desapercibida, otra parte
quería que todo acabara pronto. Que algún
peatón con conciencia cívica levantara
la cabeza, viera la ventana a oscuras, sospechara
que ocurría algo raro e hiciera una llamada
telefónica. Pero de momento sólo
podía estar allí sentado, dejándose
adormilar por el reflejo fantasmal de las luces
de los coches, por el ronrroneo confuso de la
enorme metrópolis, de la extensa urbe en
que se había convertido la tierra. Un planeta
que era una ciudad, un enorme ojo de mosca compuesto
por miles de pequeños ojos que eran miles
y miles de televisores, de pantallas de ordenador,
de mundos virtuales.
Dio un respingo en el sillón y descubrió
que a su alrededor la oscuridad se había
hecho más intensa. Durante un momento se
había quedado dormido. Le dolía
la cabeza, pero daba igual. No pensaba dormirse
otra vez. No pensaba dejar de estar alerta. Se
frotó los ojos y descubrió que había
alguien mirándole allá fuera. El
hombre se quedó quieto, intentando enfocar
la vista para examinar el rostro de la persona
que le espiaba. La Comisión había
enviado a alguien. No les habría costado
mucho dar con él con todos los vecinos
cuchicheando, señalándole, delatando
sus movimientos. El otro, detrás de la
ventana, no se movió. Parecía una
sombra, parte del decorado de la ciudad, un fantasma
más del juego de luces urbano. Pero estaba
ahí, no había duda. El hombre intentó
levantarse y el intruso, al otro lado del cristal,
también se movió. Alargó
el brazo para alcanzar el interruptor de la luz
y el otro alargó el brazo para coger un
arma. Lentamente, el hombre pulsó el interruptor
y la sombra, al otro lado del cristal, sobre la
gran ciudad, desapareció. Suspiró
y apagó la luz de nuevo. No había
sido más que su propio reflejo en el cristal.
Pero mira que eres idiota, se dijo. Si sigues
así tú mismo acabarás muerto
del susto antes de que ellos lleguen. Sin embargo,
no podía dejar de estar nervioso mientras
escuchaba todos aquellos murmullos como papel
que se arruga. Y la máquina a su lado,
latiendo.
La máquina del tiempo. Un hallazgo. Un
verdadero descubrimiento. Un aparato palpitante,
casi vivo. La imaginó como un animal en
su cubil, una enorme y maravillosa rata de respiración
metálica. Su aliento era como desenroscar
una tuerca. Emanaba un calor especial. Parecía
que incluso transpiraba. Aquella máquina
era el as escondido hasta el final del juego.
Era el principio de la historia.
Y la historia era sencilla. ¿Acaso necesitaba
recordarla? Persona Con Inquietudes conoce por
casualidad a otra Persona Con Inquietudes y juntos
empiezan a tramar cosas. Y a esas cosas las llaman
medio en broma y para entenderse entre amigos,
Actividades De Retroceso. Porque en eso consiste
el juego. Retroceder. Acabar con todo aquello
que les ahoga. Caniches automáticos, por
ejemplo. Aparatos de limpieza robot. Alimentos
engordados genéticamente. Pequeños
chismes digitales que dirigen tu vida como una
suegra con mal genio. Y así, poco a poco,
la noticia va corriendo de boca en boca. De pronto
hay más gente que busca el Retroceso y
todo empieza a definirse. Y un día cualquiera,
en algún lugar cualquiera del planeta,
alguien manipula un cable y la membrana metálica
de una máquina se arruga y arde. Alguien
derrama el café encima del teclado de un
ordenador, abre en canal el cuerpo de una niñera
mecánica o tira por la ventana de un decimoséptimo
piso un microtelevisor.
En su caso, había arrancado con sus propios
dientes, en un acceso de rabia, la cabeza de uno
de esos muñecos casi reales que lloran,
cagan y mean. Después había seccionado
con un cutter los brazos y las piernas y todo
el entramado electrónico de la criatura
y lo había ido tirando por el váter
por el simple placer de ver al muñeco retornar
a la mierda. Eso es lo que había hecho
y lo que había constituido una verdadera
liberación. Desmembrarlo con sus propias
manos. Masticar el plástico de su cuello.
Había sido Salterio, el dependiente del
centro comercial, quien le habló aquella
tarde de las muñecas antiguas. "En
tiempos pasados las muñecas eran de trapo,
silenciosas, amigables. Los niños jugaban
con ellas e imitaban sus voces y la comida que
les daban era de mentira".
El dependiente lo había soltado como
si nada, mientras metía en una bolsa del
establecimiento el muñeco para su sobrina.
Se había acercado y le había dicho,
casi al oído, con una voz que recordaba
un anuncio televisivo: pruébelo y si acaba
pensando igual que yo, venga a verme.
Aquel mismo día, en su apartamento, descubrió
lo siniestro que era el muñeco. Todo el
armazón mecánico para que pareciera
real. Esa forma de llorar como si fuera un niño
histérico. Un niño de verdad. Le
dio miedo y acabó por partir aquel monstruo
en pedacitos y tirarlo por el váter. Como
se hacía antiguamente con las cosas, pensó.
Salterio lo citó en un bar del otro lado
de la ciudad. Dijo que estaba seguro de que iría
porque nada más verlo se había dado
cuenta de que era como él. Un hombre oprimido.
Un hombre alienado en busca de la liberación.
Le habló de otras personas iguales a ellos.
Gente diferente en un mundo injusto. Les habían
llamado maníacos. Les habían llamado
terroristas y desviados, pero no eran más
que personas que abogaban por una sociedad mejor.
Le habló del Retroceso y de cómo
el hombre sería más feliz si volviera.
"Imagine"; dijo el dependiente, "cómo
sería vivir sin todas estas luces que apagan
el espíritu. Imagine hacer las cosas con
sus propias manos, leer un libro de papel, pasear
de noche por una calle desierta en la que se escucha
chirriar a los grillos. Grillos de verdad, ¿me
entiende? Esos insectos de las fotografías
antiguas. El hombre de hoy en día se encuentra
enmudecido, acobardado, le da miedo actuar, no
quiere tomar decisiones. La culpa, como bien sabe
usted, es de esos programas de televisión
que le dicen a uno como pensar, de los asistentes
automáticos que le ayudan a hacer la compra
y que escogen por usted los mejores alimentos,
casi todos transgénicos. ¿Necesito
explicarle más? La culpa es de todas esas
máquinas que no nos dejan ser libres. El
muñeco que usted destrozó está
mejor en el fondo del váter que entre los
brazos de su sobrina".
Por eso, decía Salterio, había que
actuar. Discretamente, sin que se notara. Había
que hacer pequeños estropicios, diminutos
sabotajes para que la Comisión apenas se
diera cuenta y dejara el terreno libre para el
golpe maestro. La Gran Vuelta Del Revés.
El Retroceso definitivo.
"No es un plan original"; el dependiente
dejó que el humo de su cigarrillo se diluyera
sobre su cabeza", alguien lo encontró
en un cuento ¿sabe? un cuento de un escritor
del siglo XX, desconocido, muerto hace siglos,
olvidado como tantos otros, pero sin duda, visionario.
En el cuento un tipo se volvía loco y comenzaba
a asesinar máquinas. Si, así lo
había llamado el autor, asesinar. El personaje
había echado helado de chocolate en la
radio de su coche y se había quedado tan
tranquilo. Pero eso es sólo ficción.
El cuento de un tipejo que cría malvas
desde los tiempos de vaya usted a saber y que
nadie recuerda. Por eso pensamos que estaría
bien recuperar la idea y hacerla real. Pensamos
que era el único modo de hacer la revolución
con prudencia y desde abajo. Está de acuerdo
conmigo, ¿verdad?
Él asintió. Claro que estaba de
acuerdo. Completamente de acuerdo. Cualquier persona
en su sano juicio lo estaría. Afirmó
que muchas veces había soñado con
poseer cosas.
"Cosas secretas, usted me entiende. Quizá
piense que estoy loco pero desde niño soñé
con trenes de latón, reproducciones de
hojalata, ya sabe, piezas de esas que ya no se
encuentran ni en los museos.
Salterio sonrió.
"¿Y cómo cree que sería
tener un perro?"; continuó el hombre.
"Un perro de verdad que respire y se mueva
sin ese chirrido de las mascotas robot. Imagine
ir montado en bicicleta con su chucho brincando
detrás, como se hacía en el pasado.
En bicicleta, si aún fuera posible en todo
el mundo encontrar alguna".
Se había despedido de Salterio en una esquina,
prometiendo volver a verse cada cierto tiempo,
sin levantar sospechas.
"Tal vez le gustaría comprarle a su
sobrina otro muñeco y luego llevárselo
a su casa a desahogarse bien con él. Esos
aparatos se inflaman con una facilidad asombrosa
y verlos arder es como una música. Se lo
recomiendo".
"Le prometo que lo haré"; dijo
a modo de despedida y encendió un cigarrillo
bajo el cartel de Prohibido Fumar de un establecimiento
caro.
Durante el camino de vuelta a casa, tiró
su teléfono móvil al suelo y lo
pisoteó hasta reventarlo. Sintió
que se sacaba cinco años de encima, que
ante él se encontraban TODAS LAS COSAS,
con mayúsculas, y que podría tocarlas
con tan sólo alargar la mano, así,
maravillosamente libre, feliz hasta la locura.
Aspiró el aire de la ciudad con fuerza
y pensó que tendría que fingir cuando
llegara a casa. Su mujer no podría entender
ninguna de aquellas cosas. Su mujer no, tan rodeada
de electrodomésticos llenos de botones,
tan satisfecha con las comedias que veía
por la tele la mayor parte del día. Se
le antojó que su esposa era una autómata,
fría y seria, llena de cables. Cada día
la misma rutina, las mismas tareas, la misma mirada
vacía frente al televisor. No lo entendería,
qué va. Ya no sentía ningún
amor por ella así que no le resultó
difícil matarla, cortarla en trozos en
la bañera y enterrarla en el parque dentro
de una bolsa de basura. Cuando lo supo, Salterio
lo aplaudió por ello, alabó que
hubiera escogido para hacerlo un método
tan tradicional.
Y ahora estaba allí, sentado en la habitación
oscura de un apartamento oscuro, queriendo y no
queriendo que lo encontraran con aquello a su
lado.
La máquina del tiempo.
Eso superaba cualquier pequeña chapucilla.
Cuántos no habían soñado
con una. Cuántos no habían soñado
con volver aunque sólo fuera un instante.
Retroceder era la palabra exacta. Y la máquina
del tiempo estaba allí, en la salita de
su casa, al alcance de la mano, a la espera del
gran golpe. Pero retroceder significaba cambiar
algo. Mover hilos, ajustar tuercas, estar en el
lugar preciso en el momento preciso. Él
iba a viajar en el tiempo, cambiaría algunas
cosas y luego volvería para recoger a sus
compañeros y vivir en un lejano mundo idílico.
Tal vez en la Edad Media. Tal vez en el Siglo
de Oro donde todo era limpio y puro y, sobretodo,
artesanal. Lo que importaba es que estarían
lejos y libres y se la habrían jugado a
la Comisión.
Eso, claro, en el supuesto caso de que la máquina
funcionara.
Había dado con los planos hacía
unas semanas. Se los dio un viejo marciano encogido
en el fondo de una trastienda maloliente del Pequeño
Marte. Salterio le había dicho que fuera
allí, que buscara al anciano en una tienda
de recambios para impresoras y que después
volviera rápidamente a su casa sin hablar
con nadie. Había ido y el viejo extraterrestre,
que parecía dormitar detrás del
mostrador, lo arrastró a la trastienda.
En las estanterías no había recambios,
ni nada parecido. Los frascos, de un color ámbar
oscuro, se alineaban uno al lado del otro con
un brillo opaco, como si tuvieran dentro lagartijas,
hierbas, uñas de algún animal. Olía
a algo que podía haber sido incienso. En
un rincón, sobre una mesa, descansaba la
escultura de un chino gordo y afable, sentado
y sonriente como si estuviera perdonándote
la vida.
El marciano sonrió. La tienda era una
tapadera. Era difícil que los agentes se
acercaran a los suburbios, allí solían
dejarles más o menos en paz, pero en ocasiones,
la Comisión hacía una redada y más
de uno acababa en la cárcel.
"Salterio me habló de usted";
dijo el marciano al tiempo que abría un
cofrecillo que parecía antiguo. "Por
lo visto tiene conocimientos superiores de física
y mecánica y pensó que era el más
indicado para el proyecto".
Le tendió los planos y al rato salía
de la tienda con una caja de recambios para impresoras
bajo el brazo y silbando una canción.
En su apartamento supo que tenía entre
las manos algo importante. Algo vital. Y comenzó
a seguir las instrucciones hasta que estuvo lista.
Pasada la media noche, la ciudad empezaba a apagarse.
Por turnos, el bullicio de las calles, el grañido
de la autopista, los cines, los centros comerciales
se iban diluyendo hasta hacerse imperceptibles.
Era el silencio de la madrugada. Todos dormían.
Y sin embargo, para los oídos del hombre
la ciudad entera estaba llena de ruidos. Ruidos
pequeños, diminutos, microscópicos.
Ruidos sigilosos, endebles, ruidos blandos sin
ecos, como el rozar del aire en los altos rascacielos,
como el parpadeo lento de millones de pares de
ojos.
El hombre conocía todos y cada uno de esos
sonidos. A fuerza de escuchar había aprendido
a distinguir unos de otros. El zumbar de los insectos
metálicos. Los indigentes crujiendo en
las esquinas. El viento en las ramas de los árboles.
Encendió un cigarrillo y dejó que
el humo le llenara los pulmones. En cierta manera
estaba impaciente porque lo encontraran. Hacía
varios días que se había dado cuenta
de que un tipo lo seguía. Lo vigilaban
desde lejos. Probablemente, si ahora mismo se
asomaba vería al otro lado de la acera
a aquel personaje siniestro envuelto en su gabardina.
Se puso en contacto con Salterio en el mismo momento
en que sospechó que iban a por él.
El dependiente le recomendó que huyera.
Que utilizara la máquina y se largara.
Más tarde habría tiempo para volver,
reorganizarse y actuar, dijo.
"Vuelva a casa y haga el equipaje. Si se
disponen a detenerle active la máquina
del tiempo y viaje al siglo XVI. Allí estará
seguro, se lo garantizo"; y añadió
recalcando las últimas palabras: "Pero,
por lo que más quiera, no ponga en peligro
toda la operación".
Después lo vio alejarse como si nunca se
hubieran conocido.
Y notó que el individuo de la gabardina
volvía a seguirlo. Varios metros por detrás,
los zapatos del desconocido sonaban como un eco
de los suyos. Tuvo miedo y aceleró el paso
hasta que creyó estar a salvo en su apartamento.
Durante varios días estuvo soñando
con aquel viaje. El siglo XVI, ¿por qué
no? Ya estaba bien de actuar con discreción.
Había que dar un paso más allá,
cruzar el umbral de la revolución, dejarse
de gilipolleces y retroceder de una vez. ¿O
es que iban a pasarse toda la vida tratando de
estropear los aparatos informáticos con
disimulo infantil? Ser la mosca cojonera de la
sociedad era mucho más que eso, mucho más
que escupir desde el balcón sobre los coches
de los altos ejecutivos. Había que empezar
a tocar los huevos en serio.
Y el siglo XVI era la salida, un siglo luminoso
en el que todos los hombres podían ser
felices. Terencio, uno de los activistas que le
había presentado Salterio, les habló
de aquella época y mientras lo hacía
le brillaban los ojos. Terencio se declaraba un
asceta. Bebía de fuentes muy antiguas,
de viejos textos agustinianos, de Luis de León
y de la noche oscura del alma. Decía haber
dejado atrás todo deseo material.
"Hace tiempo que trato de investigar detalles
sobre los años del 1500. Una época
extraordinaria de la que muy poco de sabe. Casi
toda la literatura del momento fue destruida en
la purga de archivos del 2053, pero nunca hay
que perder la esperanza de que quede algo".
Terencio dio un trago a su cerveza y puso sobre
la mesa el libro. Se trataba de una edición
de 1980 de las obras completas de San
Juan de la Cruz. La desembaló
despacio, con lentitud ritual mientras el bar
giraba a su alrededor como algo ruidoso y ajeno.
Terencio alzó los ojos del libro y su mirada
estaba perdida en algún punto lejano, muy
lejano, más allá del bar y la gente
y la maldita y gigantesca ciudad. En un susurro
recitó: "Los valles solitarios nemerosos.
Y el hombre notó cómo se le iba
poniendo la carne de gallina. Dios, los valles
solitarios nemerosos".
Había repetido aquel verso en su cabeza
una y otra vez y siempre le venía a la
imaginación el mismo paraje verde y sombrío,
delicadamente hermoso. Era un paisaje del siglo
XVI y él sería el primer hombre
en retroceder allí. Por aquel paisaje,
pensó, merecía la pena estar sentado
en la oscuridad de un apartamento medio vacío,
esperando a que los agentes de la Comisión
le dieran una patada a la puerta.
De pronto, una idea cruzó su mente. Se
enderezó en el asiento con el corazón
latiéndole más deprisa de lo que
jamás, pensaba, le había latido.
A lo mejor, y sólo a lo mejor, la Comisión
ya se encontraba allí. Tal vez estuviera
sentado tan tranquilo, creyéndose a salvo,
y un segundo después caería al suelo,
muerto. O la máquina se desmoronaría
de pronto, hecha añicos. Porque la Comisión
tenía sus métodos. Vaya si los tenía.
Recordaba perfectamente el caso de aquel tipo,
el austriaco al que encontraron muerto en el patio
de su casa. Apareció en todos los telediarios
y todos sin excepción habían sacado
los mismos primeros planos de su rostro mientras
yacía en el suelo. Era un rostro ensangrentado
y desfigurado por los cientos de picotazos de
la perdiz de metal que la Comisión le había
enviado. El tipo aquel, el austriaco, había
estado cometiendo delitos contra la salud pública
y la seguridad ciudadana. Vivía en el campo,
en una especie de granja en la que criaba sus
propios animales y cuidaba de un huerto de hortalizas.
Según el Gobierno, se encontraba en posesión
de especies prohibidas como conejos, palomos,
gallinas y, sobretodo, perdices. Así que
la Comisión envió aquella perdiz
metálica para que se escondiera entre las
otras. Fue alimentada como las de verdad hasta
que un día saltó a la cara de aquel
tipo austriaco, lo mató a picotazos y luego
emitió un pitido de misión cumplida.
Las cosas pasaban así.
Por eso, la sospecha iba creciendo poco a poco
en su mente. Se iba dibujando cada vez con mayor
claridad hasta alcanzar la categoría de
certeza. Se quedó helado. Escuchaba.
En el rincón, detrás de la puerta
de la cocina, un murmullo.
No es bueno obsesionarse, se dijo. Muchas veces
la sugestión y el miedo jugaban malas pasadas,
como en aquella fábula hindú que
le contó Salterio en que el Miedo había
causado más muertos que la propia Peste.
Por eso no era bueno obsesionarse, no lo era.
Encendió otro cigarrillo y recordó
lo que le había sucedido al hombre que
armó un escándalo en los urinarios
públicos de un centro comercial. Varios
canales de televisión se hicieron eco de
la noticia. Al parecer, un perturbado de mediana
edad que respondía a las iniciales M. G.,
natural de Chicago, había entrado en el
aseo de caballeros de una conocida cadena de centros
comerciales haciendo cundir el pánico.
Estampó contra la letrina la cabeza de
uno de los androides que amablemente ofrecían
toallitas húmedas, procuró orinarse
fuera, obvió tirar de la cadena y se negó
a lavarse las manos después de usar el
retrete. El androide, que cumplía con su
trabajo, fue asaltado brutalmente. El agresor
explicó al agente de seguridad que uno
necesitaba intimidad para mear y que el robot
aquel era de inclinaciones sexuales sospechosas.
A la mierda los robots, declaró antes de
estallar en una carcajada histérica.
El agente tranquilizó al hombre con amabilidad
y le comunicó que el gerente no pensaba
presentar cargos. Sin duda el autómata
lo había irritado y el cliente tenía
siempre la razón. Acompañaron al
hombre a su casa y éste prosiguió
su vida sin incidentes hasta que la Comisión
decidió enviar a las hormigas.
Las hormigas entraron por debajo de la puerta,
se metieron en su cama y le recorrieron el cuerpo
mordiéndole con sus diminutas mandíbulas
de acero inoxidable. Y cada mordedura era un poco
más de veneno entrando en su cuerpo.
Pero lo peor era la certidumbre de que algo parecido
podía sucederle a él. Sin duda los
vecinos habían sospechado y le habían
delatado. O la Comisión había pinchado
su teléfono y colocado micrófonos
casi invisibles debajo de las mesas. Porque a
pesar de que las actividades de retroceso procuraban
ser discretas, la Comisión se daba cuenta.
Y a veces enviaba cosas.
El hombre se frotó las manos, inquieto.
Los valles solitarios nemerosos, se dijo para
infundirse valor, pero no sirvió de nada.
Estaban allí. Lo sabía. Se propuso
escuchar el ruido de los rincones, el crujido
de las puertas. En la cocina, el frigorífico
ronroneaba como un gato feliz. Un grifo del cuarto
de baño dejaba caer una gota cada diez
minutos. De vez en cuando se oía al ascensor
del edificio subir y bajar. Y nada más.
Pero el hombre estaba seguro.
Oía a los insectos entrando, escurriéndose
por la rendija de la puerta principal, avanzando
en silencio por encima de la alfombra. No sabía
qué clase de insectos eran, pero estaban
allí. Iban a matarlo como al austriaco
y al tipo de los urinarios. Iban a picarle hasta
que perdiera el conocimiento y después
se irían y en las oficinas de la Comisión
se celebraría una fiesta.
Mierda, dijo el hombre mientras tomaba conciencia
de su situación.
Apenas se atrevía a ponerse de pie. Tenía
miedo y el miedo no le dejaba pensar. Los oía.
Estaban repartiéndose por la habitación.
Sus pequeñas patitas, finas como alambres,
arañaban el suelo de la casa. Era cuestión
de segundos que lo atacaran.
Se incorporó con las piernas temblando
y supo que no iba a ser él la primera víctima.
Iban primero a por su máquina. Los oía.
Casi podía ver brillar sus caparazones
con la poca luz que entraba por la ventana. Los
insectos habían empezado a anidar en la
máquina, a desenroscar algunas tuercas,
habían estado royendo cables. ¿Cómo
puede roer un insecto?, se dijo. Dios mío.
Avanzó como pudo hacia la cocina y comenzó
a abrir cajones. No iba a permitir que la Comisión
se saliera con la suya. Ni hablar. Si debía
morir, moriría luchando hasta el final
por la causa.
En uno de los cajones encontró un martillo
y lo sujetó con fuerza. Un martillo serviría.
Al menos de momento. Por el rabillo del ojo vio
su figura en un espejo y sintió miedo.
Un hombre con un martillo en la mano dispuesto
a saltar sobre cualquier cosa. Pero ese hombre
era él, desgarbado, envuelto en sudor,
con los dedos crispados sobre el arma. Recordó
las palabras de Salterio, huya, pero por lo que
más quiera, no ponga en peligro toda la
operación.
Se quedó quieto en la puerta del salón,
con los oídos atentos a cualquier nuevo
movimiento. Seguían allí, sobre
su máquina. Acertaba a ver el bulto en
la oscuridad, a los insectos correteando de un
lado a otro por encima de la máquina, sobre
los muebles a lo largo de la alfombra. Algunos
habían empezado a correr hacia él.
Levantó el martillo y lo dejó caer
sobre una mesa. Vio algunos insectos aplastados
y fue a por más. Pisoteó los que
venían hacia él por el suelo pero
resultó inútil. Había muchos.
Y le estaban subiendo por la pierna.
El hombre lanzó un grito de terror y comenzó
a dar martillazos ciegamente. Martillazos por
toda la casa. Escuchó cómo la máquina
del tiempo cedía y se desmoronaba. Hijos
de puta, gritó. Y siguió alzando
el martillo y dejándolo caer sobre los
insectos mecánicos que lo rodeaban.
Se tambaleó cuando le pareció que
el apartamento estaba vacío. Las piernas
le fallaron al no ver ningún caparazón
de insecto muerto a su alrededor y cayó
de rodillas abrazándose al montón
de tuercas que había sido la máquina.
Se quedó así toda la noche.
El incidente no apareció en los periódicos
porque no había nada que contar. Tan sólo
que un hombre había muerto en su apartamento
víctima de un ataque al corazón.
Nadie se había dado cuenta de que algo
iba mal. El hombre, dijeron los vecinos, pocas
veces salía de casa. Era un tipo raro y
su mujer lo había abandonado hacía
un tiempo. No pensaron que podía haberle
ocurrido algo hasta que un nauseabundo hedor comenzó
a extenderse por el portal.
Uno de los agentes que se personaron en el edificio
introdujo los datos del suceso en un microordenador.
Aquel tipo de sucesos eran habituales entre personas
que vivían solas, en especial ancianos.
Ocurría todos los días.
- ¿Quién era?
- Ni idea. Un tipo como otro cualquiera. No suelo
fijarme en la gente que me cruzo en el ascensor.
Nadie lo hace.
- Yo juraría que jamás lo había
visto.
- Mi señora dice que era un hombre silencioso,
ponía le televisión muy flojita.
Y no roncaba. Nuestra habitación está
al lado de la suya…
- Lo dejó su mujer, ¿sabe? Pero
nunca oí que discutieran. Eran un matrimonio
muy discreto, y eso que aquí las paredes
parecen de papel, ¿sabe?
El agente asintió y tomó algunas
notas.
- Era un hombre normal. Trabajaba en las oficinas
del centro. Como todo el mundo.
- De todas formas, ya no importa.
- El agente intentó que los vecinos le
dejaran pasar e introducir los últimos
datos del informe.
- Retiraremos el cuerpo y un androide auxiliar
vendrá a desinfectar el apartamento. Quedará
como nuevo.
- Era muy desordenado, mire como lo tenía
todo.
El agente alargó el cuello y echó
un rápido vistazo al interior de la vivienda.
Con una mueca imperceptible comentó:
- Quizás sufriera algún síndrome
paranoico relacionado con la falta de higiene
y el desorden. En cualquier caso, eso ha de determinarlo
el forense.
- Ya lo sacan - dijo alguien entre la multitud
de personas que se agolpaban en el rellano de
la escalera con curiosidad de reality show.
Un funcionario empujó la camilla con el
hombre muerto dentro de una funda. Todos se miraron
y, casi al mismo tiempo, se taparon la nariz con
sus pañuelos.
junio de 2007
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