1
Algunas aventuras son tan extraordinarias
que, incluso sus protagonistas, nos resistimos
a creerlas. Contrarias a la razón
y a la lógica, son, al mismo tiempo,
ciertas e inolvidables. “No puede
suceder. Sin embargo, lo estoy viviendo”,
piensas.
Alex y yo teníamos doce años,
y además de compañeros de
clase, éramos amigos inseparables.
No sospechábamos que aquel treinta
y uno de octubre, festividad de Halloween
y víspera de Todos los Santos, nuestra
vida cambiaría para siempre.
En silencio, y conteniendo la risa, avanzamos
por el pasillo hasta llegar a la puerta
de la cocina. Asomé la cabeza: mi
madre estaba de espaldas, atareada con algo.
Hice un gesto a Alex: “ahí
está”. Él asintió
con picardía: “Sí, sí…”.
De repente, pretendiendo sorprenderla,
aparecí ataviado con mi flamante
disfraz de Chucky, el muñeco diabólico:
jersey multicolor, peto vaquero y zapatillas.
Solté una estentórea carcajada
mientras apuñalaba el aire con un
cuchillo de goma.
Mi madre nos había oído
desde el principio (la sonrisa de oreja
a oreja la delataba). Aun así, fingió
sorprenderse:
-¡Uuuh… Qué miedo!
-Sí, ya lo veo. – protesté,
molesto.
-Que sí, que casi me muero del sus…
La risa le impidió terminar la
frase. Poco después, siguiendo la
broma, formuló una pregunta cuya
respuesta conocía de sobra:
-¿Estabas solo?
Alex se dio por aludido, y apareció
en escena: luciendo (también) jersey
de rayas y sombrero, amenazaba con clavarnos
un guante con cuchillas de plástico.
-¡Oh!. ¡Freddy Krueger en
persona!– exclamó mi madre,
casi aplaudiendo. –Estáis muy…
muy…
-¿Terroríficos? - sugerí.
-Eso. Los dos asustaríais al miedo.
Sonreímos, halagados.
-Yo también tengo una sorpresa.
-¿Qué?– preguntamos,
al unísono.
Mi madre se hizo a un lado, y como si
fuese la azafata de un concurso, la señaló,
sobre la encimera:
-Nuestra calabaza de Halloween. - Había
cortado la parte superior a modo de tapadera.
-Tendremos que dibujarle una cara. –
propuso Alex.
-Claro. Una de mala malísima.
-¡Eh, mirad lo que tenemos aquí!–
exclamó mi madre sacando las semillas
de la calabaza.
-¡Qué raras! Tienen una mancha
en cada lado.
-Sí. Pero fijaos bien: ¿qué
forma tienen esas manchas?
-Parecen una… una… ¡¿calavera?!–
soltó Alex, incrédulo.
-¡Es verdad!
-¿Sabéis qué significa
eso?– preguntó mi madre, enigmática.
-Ni idea.- reconocí.
-Yo tampoco.
-Significa que son unas semillas muy especiales
y peligrosas: las únicas que pueden
convertirse en auténticas calabazas
de Halloween.
Nos miramos, intrigados.
-Auténticas… - repitió
Alex, pensativo.
Mi madre, con la actitud sigilosa (y teatral)
del espía que teme ser descubierto,
echó un vistazo a nuestro alrededor.
“Acercaos”, nos indicó
en silencio.
Y entonces, muy próximas nuestras
cabezas, nos embrujó con la magia
de las palabras, suaves y misteriosas:
-Se trata de una vieja leyenda: si se
plantan en un cementerio durante la noche
de Halloween, y se riegan con agua de lluvia,
brotan convertidas en calabazas poseídas
por el mismísimo Diablo. En su interior
arde el fuego del Infierno, y para evitar
que se extinga, lo alimentan con las almas
de quienes atrapan.
2
En mi cuarto, Alex y yo dibujábamos
el rostro que mi madre…
-¡De eso nada!. El cuchillo lo manejo
yo.
…tallaría en la calabaza.
-No, esa cara no vale. – dije señalando
el dibujo de mi amigo.
-¿Por qué?
-Porque te ha salido una cara de buena persona.
-Será de buena calabaza.
-Da igual. Las calabazas de Halloween tienen
que dar miedo.
-Como las de la leyenda.
-Claro.
-¿Imaginas que fuesen reales?
-Ya lo creo. Sería… sería…
- no encontraba la palabra adecuada para
expresar una idea tan fascinante.
-¡…para morirse!
-Eso. Para morirse, y arder en el fuego
del Infierno.
-Sí…
Estuvimos callados un rato, perdidos en
nuestras respectivas fantasías.
-Comprobémoslo. – soltó
Alex, de repente.
-¿El qué?
-Si la leyenda de las auténticas
calabazas de Halloween es cierta.
-¿Hablas en serio?
Alex asintió con determinación.
-P, pero… - no daba crédito
a las palabras de mi amigo.
-¿Por qué no? Esta noche,
en el cementerio, con las semillas de la
calavera. ¡Y el agua de lluvia!. -
dijo señalando el balde colocado
junto al armario. En él reposaba
el agua que, filtrada por la gotera del
techo, habían descargado oscuros
nubarrones en los últimos días.
-Lo tenemos todo. Es ahora o nunca.
“¿Qué hago?”,
pensé. ¿Aceptaba la propuesta,
quizá la locura, de entrar en el
cementerio durante la noche de Halloween?.
¿Dudaba para siempre de la existencia
de las auténticas calabazas?. Suspiré
hondo, y repetí mentalmente lo que
mi madre decía ante las grandes decisiones:
“¡Que sea lo que Dios quiera!”.
Sonreí con sincero afecto, y tendí
la mano.
-¿Trato hecho?– preguntó
Alex con el rostro iluminado.
-Trato hecho, colega.
“Teníamos doce años”,
he intentado justificarme, justificarnos,
muchas veces. Aunque no fuéramos
conscientes, en nuestros jóvenes
corazones y desbordante imaginación,
sólo había lugar para la aventura.
De algún modo, ahora lo sé,
estábamos obligados a hacerlo, porque
si las leyendas no se comprueban a esa edad,
ya no se comprueban nunca.
3
En la cocina, Alex y yo reunimos un pequeño
montón de semillas.
-¿Para qué las queréis?.
– preguntó mi madre terminando
de tallar el rostro de la calabaza.
Alex me miró de reojo.
-Para plantarlas. Queremos ver cómo
crecen. – dije con toda naturalidad.
Alex tosió, inquieto.
-Estupendo. – aprobó, divertida.
– Cuando estén maduras regaladme
una.
Alex suspiró, aliviado.
-¡Ya casi está!– anunció
mi madre poco después. – Sólo
falta el toque final.
Cortó una vela en dos mitades,
encendió una de ellas, y con su propia
cera, la fijó en el interior de la
calabaza. Colocó la parte superior
de ésta.
-¿Qué tal?
-¡Mola! – exclamó Alex.
Tenía razón. Había
quedado bastante bien.
-¿Y si apagamos la luz?. –
propuse. Los nubarrones habían hecho
que oscureciese antes de tiempo.
-Buena idea. – aprobó mi madre
dirigiéndose hacia el interruptor.
¡Clic!
Quedamos a oscuras, hechizados por la
luz (el fuego del Infierno) de la calabaza
(poseída por el mismísimo
Diablo). Su torva sonrisa escondía
perversas intenciones.
-¡¿Es o no es una auténtica
calabaza de Halloween?!– voceó
mi madre, detrás de nosotros.
Bañados por el dorado resplandor,
nos miramos al tiempo que tragábamos
saliva.
4
La noche de Halloween, reino de pesadillas,
nos aguardaba. Alex y yo, Freddy Krueger
y Chucky, debíamos reunirnos en la
plaza con los amigos de la pandilla. Desde
allí, haríamos la tradicional
ronda (¿truco o trato?) por las casas
del pueblo.
Salimos habiendo prometido a mi madre
(sinceramente, a pesar del cambio de planes)
seguir ciegamente todos y cada uno de sus
consejos y advertencias. Se empeñó,
además, en que nos llevásemos
mi mochila con sendos chubasqueros, una
linterna y un teléfono móvil
en su interior.
Nosotros añadimos, sin que lo advirtiera,
las semillas (envueltas en papel de aluminio),
y mi cantimplora con el agua de lluvia (las
densas nubes no garantizaban que volviese
a llover) filtrada por la gotera de mi habitación.
Al final de la calle, nos volvimos y…
“Sólo queremos comprobar
si la leyenda es cierta”.
…saludamos con la mano. Mi madre
nos despidió con idéntico
gesto.
Anduvimos un trecho y, en lugar de seguir
hasta la plaza, nos desviamos por una de
las callejas que llevan a la parte baja
del pueblo. Iluminados por la luna semioculta,
y pegados al arcén, seguimos el curso
de la carretera. Veinte minutos más
tarde, sin habernos cruzado con nadie, llegamos
al cementerio.
5
Era un recinto cuadrangular sobre el que
despuntaban las cruces y los panteones.
Desde la entrada, aferrados a los barrotes
de la verja, contemplamos la angosta avenida
que discurría hasta una florida rotonda.
A la derecha, y adosada a la tapia, una
humilde casita.
Silencio y quietud.
-¿Cómo entramos?–
susurró Alex.
Un coche se acercó por la carretera.
Nos agachamos. El fugaz barrido de sus faros
pasó sobre nuestras cabezas.
-Probemos por detrás, antes de
que alguien nos vea. – sugerí.
Rodeamos la vieja tapia hasta llegar al
solar que, según habíamos
visto en otras ocasiones, al pasar rumbo
a otros destinos, los visitantes usaban
como aparcamiento.
-Mira. – dijo Alex señalando
un contenedor de basura. Aunque los desperdicios
se acumulaban a su alrededor, incomprensible
y afortunadamente para nosotros, estaba
vacío.
-Ayúdame a empujarlo.
El suelo irregular convirtió su
desplazamiento en un pesado y ruidoso traqueteo
que nos obligó a detenernos varias
veces. Temimos que pudiese despertar a los
mismos muertos.
Situado el contenedor, nos subimos encima.
Con un pequeño salto, y mi ayuda,
Alex logró sentarse a horcajadas
sobre la pared. Le pasé la mochila,
y me ayudó a subir. En aquel momento
ni siquiera reparamos en ello, pero tuvimos
la suerte de no encontrar una afilada dentadura
de cristales rotos que cortara (literalmente,
me temo) nuestro propósito.
Un laberinto de sepulcros, estatuas y
cruces se extendía bajo nuestros
pies.
Silencio y quietud.
“Está lleno de gente y, sin
embargo, no hay nadie”, pensé.
-Deberíamos usar la linterna. –
dijo Alex sin ocultar su temor. El lugar
lo impresionaba tanto como a mí.
-Buena idea.
Abrí la mochila y la saqué.
No tuve tiempo de encenderla: el repentino
grito de Alex me hizo soltarla.
-M, mira… - balbuceó.
Sentado sobre la tapia, cerca de nosotros,
un gato negro nos observaba. No parecía
inquieto por nuestra presencia. Más
bien al contrario: su penetrante mirada
y su inmovilidad parecían retarnos.
Estuvimos así, observándonos
mutuamente, durante un tiempo que nos pareció
eterno. Al cabo, el felino se levantó
y, con fría indiferencia, se alejó
unos pasos. Nos dedicó una última
y enigmática mirada antes de perderse
en la oscuridad.
-¡Uf…! - resopló Alex.
- ¡Menudo susto!
-Para susto el mío, que casi me tiras.
– protesté.
Nos tomamos un respiro y, todavía
inquietos, bajamos a una colmena de nichos
adosada a la tapia. Después, sólo
tuvimos que descolgarnos hasta el suelo.
6
Estábamos dentro.
Recogí la linterna y la agité:
en su interior chocaban piezas sueltas.
-Genial…
-¿Hacia dónde vamos?
-Ni idea. – dije encogiéndome
de hombros. – Busquemos algún
sitio con tierra.
Empezamos a recorrer estrechos pasadizos
de grava…
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
…una y mil veces entrelazados. El
camposanto en un intrincado y silencioso
laberinto.
De vez en cuando, oíamos el rumor
de algún coche en la carretera.
Tardamos un rato en encontrarla: alineada
junto a otras más antiguas, una tumba
a medio excavar. A su lado, la tierra extraída.
-¡Justo lo que necesitábamos!–
exclamó Alex.
-No perdamos el tiempo. – dije con
indisimulada ansiedad.
Saqué de la mochila el papel de
aluminio y la cantimplora.
-¿Listo?
Alex suspiró antes de contestar:
-Listo.
Desenvolví las semillas y las tiré
dentro de la tumba. Las cubrimos con unos
puñados de tierra.
-¿Puedo?– preguntó
Alex tendiendo la mano.
-Claro. – accedí. Le entregué
la cantimplora.
De súbito, por el rabillo del ojo,
algo llamó mi atención: a
nuestra izquierda, en una de las avenidas,
una débil y temblorosa claridad.
-¡Mira!– exclamé.
De manera instintiva, Alex soltó
la cantimplora y se escondió detrás
de la tumba. Yo había quedado petrificado
por la sorpresa, y tuvo que tirar de mí.
Poco a poco, la claridad, acompañada
por el inconfundible crujido de unos pasos,…
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
… fue haciéndose más
intensa.
Quienquiera que fuese, se acercaba.
7
En el suelo, una afilada sombra precedió
a una figura masculina, alta y corpulenta,
que portaba un farol. Su rostro era una
incógnita en la oscuridad.
Alex y yo nos miramos, aterrados: “¡Un
fantasma!”.
Pasó ante la tumba a medio excavar
sin advertir nuestra presencia. Temí
que pudiera oír el latido atronador
de nuestros corazones.
Esperamos unos segundos antes de asomarnos:
se alejaba.
Conteniendo la respiración, y de
puntillas,…
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
…salimos de nuestro escondite dispuestos
a poner tierra de por medio. El deseo de
comprobar la leyenda de las auténticas
calabazas de Halloween se había esfumado
en el acto.
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
-¡Eh, vosotros!. – atronó
una voz.
Quedamos petrificados. Nuestras caras,
blancas como el papel:
“¡Nos ha descubierto!”
-¡Quietos!. ¡No os mováis!.
– ordenó, tajante.
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
-¡Viviviennne…!
-¡…a por nosssotr…!.
Corrimos como nunca lo habíamos
hecho:
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH,
CRUNCH, CRUNCH…
¿Hacia dónde y durante cuánto
tiempo?. No lo sé.
Al fin, extenuado por la angustia y el
esfuerzo, me detuve. Los latidos se confundían
con los jadeos. Si era posible morir de
miedo, yo estaba a punto de hacerlo.
La luz del farol no se veía por
ninguna parte.
-Alex… - resollé.
No hubo respuesta. Busqué a mi
alrededor.
Había desaparecido.
8
¿Dónde estaba? ¿Lo
había atrapado el hombre del farol?
¿Me atraparía a mí
también?
“No puede suceder. Sin embargo,
lo estoy viviendo”, pensé,
desesperado.
Debía escapar y pedir ayuda. Pero,
¿cómo lograrlo? El ruido de
mis pisadas…
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
…amplificado por el silencio de
la noche, me delataba de manera escandalosa.
¡No tenía ninguna posibilidad!
Respiré hondo, e intenté
tranquilizarme. Sin demasiado éxito.
“Él tiene el farol”.
– pensé. – “Sabré
por dónde viene”.
“A menos que…”.
No me atrevía a pensarlo.
“¡A menos que lo haya apagado!
Escondido en la oscuridad, ¡me atrapará
antes de que pueda verlo!”
Un escalofrío me estremeció.
Silencio y quietud.
9
Pasé junto a una pared de nichos
cuando, de repente, tuve la intensa e incómoda
sensación de ser observado. Me detuve,
alerta.
No había nadie. Mejor dicho: no
veía a nadie. Sin embargo,…
¡me estaban mirando! Estaba seguro.
Sentía el penetrante aguijón
de unos ojos. Lo sentía muy cerca.
Desde… ¡una de las fotografías
incrustadas en las lápidas!
Las inquisitoriales pupilas (imposible
apreciar su color) pertenecían a
una chica de rasgos tan hermosos como afligidos.
Miraba (¡¿me miraba?!) con
profunda amargura. Recordé una poesía
leída en clase:
La princesa está
triste... ¿Qué tendrá
la princesa?
Era la chica más guapa del mundo.
La inscripción cincelada en la
losa reveló su nombre y edad: Rosario,
trece años.
Y fue al moverme cuando tuve la pavorosa
confirmación. El presentimiento había
sido acertado: ¡desde la fotografía,
los ojos de Rosario me siguieron!.
Sendas lágrimas surcaron sus mejillas.
“Ayúdame”, suplicaba
en silencio.
10
Me alejé, conmocionado.
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
La estrecha avenida desembocaba en otra
perpendicular a ella. Medité un instante,
y decidí continuar por la derecha.
Poco después, me detuve en seco:
una tenue y oscilante claridad asomaba al
fondo.
Huí en dirección opuesta.
Y caí en la trampa. Literalmente,
en brazos del fantasma. Solté un
grito de aterrada sorpresa.
Comprendí que había usado
el farol como señuelo para llevarme
hasta él.
Imposible escapar de sus enormes manos,
sólidas como grilletes. Acercó
su cara a la mía. Percibí
su olor seco y áspero.
-Por fin te encuentro. Es hora de reunirte
con tu amigo. – dijo con voz grave
y satisfecha.
Se me doblaron las piernas, y todo, como
el agua en un sumidero, giró hasta
desaparecer.
11
Recobré la conciencia de manera
lenta, pesada. Intenté abrir los
ojos, pero la luz me cegó.
-¡Ya despierta!. – exclamó
una voz que reconocí enseguida.
-¡¿Alex, eres tú?!–
pregunté con feliz incredulidad.
Protegía mis ojos con las manos.
-Sí. ¿Cómo te encuentras?
-¡No te atrapó!. ¡No
te atrapó!– vociferé,
exultante. Ni siquiera oí su pregunta.
Superado el deslumbramiento inicial, pude
ver el sitio en el que me encontraba: un
desconocido dormitorio. A un lado de la
cama, mi amigo. Al otro,… ¡no!...
¡no podía ser! Las mismas facciones.
El mismo olor seco y áspero…
¡Era el hombre del farol!
La pesadilla continuaba.
Grité.
-¡No, no!– me sujetó
Alex.
-Tranquilo, chaval. – dijo aquél.
– Soy Vicente, el sepulturero. Siento
haberte asustado.
Miré a Alex, los ojos abiertos
como platos: asintió con una tranquilizadora
sonrisa en los labios.
Un alivio infinito hizo que me desplomase
en la cama. La naturaleza terrenal del hombre
lo cambiaba todo.
-¿Dónde estamos?–
pregunté cuando fui capaz de hablar.
-En mi casa. En el cementerio. ¿Tienes
hambre, chaval?
12
Sentados a la mesa, dimos buena cuenta
de nuestras respectivas tazas de chocolate
caliente. A través de la ventana
podía verse la carretera: aún
era de noche.
“No he debido estar desmayado mucho
tiempo”, supuse.
-Esperáis que os lo pregunte, ¿verdad?
Esperáis que os pregunte por qué
estáis aquí. – inquirió
Vicente.
Cabizbajos, guardamos silencio.
-No hace falta. Lo sé.
Nos miramos, atónitos.
-¡¿Lo sabe?!– preguntó
Alex.
Vicente asintió, apesadumbrado:
-Habéis venido para comprobar si
la leyenda de las auténticas calabazas
de Halloween es cierta.
-¿C, cómo…?–
tartamudeé.
Sin decir nada, Vicente abandonó
el salón.
-No sois los primeros que lo intentan.
– dijo ya de vuelta, ofreciéndome
el portarretratos que había ido a
buscar. -Hubo otros. Incluida mi hija.
La fotografía haba sido tomada
en un prado: Vicente posaba junto a una
niña de rasgos tan hermosos como,
entonces, alegres.
¡Era Tosario, la chica más
guapa del mundo!
Sujetaban sendos ramos de campanillas
de otoño.
Con mano temblorosa, pasé el marco
a mi amigo.
-Se llamaba Rosario. Tenía trece
años. – declaró Vicente,
nostálgico.
Recordé la inscripción de
la lápida.
-¿Se llamaba?– apuntó
Alex, sin entender.
-Está muerta. – dije yo.
Me miraron, sorprendidos.
-¿La conocías?– quiso
saber el hombre.
-He visto la foto de su tumba. Era muy guapa.
-La mataron las malditas calabazas. –
el semblante de Vicente se endureció.
-Después, como cuenta la leyenda,
condenaron su alma al suplicio del fuego.
– Los ojos le brillaban.
“Por eso llora”, pensé.
La princesa está
triste... ¿Qué tendrá
la princesa?
“Por eso lloráis”.
Vicente tardó un poco en volver
a hablar:
-Cuando la encontré, todo había
terminado. – apretó los puños
con rabia contenida. -En uno de sus bolsillos
guardaba esto. – dijo buscando entre
sus ropas. Mostró un diminuto frasco
de cristal con tres semillas de calabaza
ya viejas, secas. La mancha con forma de
calavera no había desaparecido.
-Son como las vuestras, ¿verdad?
-Sí. - reconocí.
-¿Cuántas tenéis?
-Diez… doce… – calculó
Alex.
-¡Tenemos que destruirlas!. –exclamó
Vicente. Su feroz y repentina determinación
nos sobresaltó.
-Primero tendremos que encontrarlas. –
informé.
-¿Encontrarlas? ¿No las tenéis?
-Las enterramos.
Un trueno retumbó sobre nuestras
cabezas.
El sepulturero se levantó atropelladamente
y abrió el armario que había
tras él. Sacó un rosario y
me lo entregó:
-Guárdalo. Nos ayudará.
Cogió su vieja escopeta y se llenó
los bolsillos de cartuchos.
13
Salimos corriendo de la casa. Los relámpagos
partían la noche. Alex y yo nos habíamos
puesto los chubasqueros.
-¡Tenemos que encontrarlas antes
de que empiece la tormenta!– exclamó
Vicente con asfixiante urgencia. -¿Por
dónde?
Intentamos hacer memoria.
-Por allí.
-¿Estás seguro? Yo creo que
era por allá.
Vicente, decidido a no perder el precioso
y escaso tiempo, se puso en marcha. Lo seguimos.
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
Torcía a la derecha, avanzaba,
se detenía, dudaba, iba a la izquierda,
retrocedía unos pasos…
-¿Veis algo?¿Recordáis
haber pasado por aquí?
-Puede…
-Sí, a lo mejor…
Caían las primeras gotas.
-¡¿Dónde estarán?!-
soltó Vicente presa de la frustración.
Seguimos buscando.
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
La gotas eran más grandes y numerosas.
-¡Un momento!– exclamó
Alex. -Creo que era por aquí. ¡Sí,
por aquí!
Lo seguimos.
La lluvia arreciaba por momentos.
Encontramos la cantimplora poco después,
junto a la tumba medio excavada en la que
habíamos enterrado las semillas.
“Qué curiosa imagen”,
pensé. La cantimplora estaba, literalmente,
entre dos aguas: la contenida y la exterior.
Vicente suspiró, abatido:
-Demasiado tarde.
El aguacero había convertido la
tierra en una encharcada papilla.
-¿Y ahora qué?– pregunté,
asustado.
14
-¡Mirad!– exclamó Alex
señalando el interior de la tumba.
La tierra, azotada por la intensa lluvia,
se removía dando paso a emergentes
curvas enlodadas. Sobre éstas, pequeños
fuegos… ¡inmunes al líquido
elemento! Un coro de voces, semejantes a
torturados chirridos metálicos, comenzó
a oírse:
¡...HALLOWEEEH...
HALLOWEEEH... HALLOWEEEH...!
Poco a poco, las llamas fueron dibujando
los perfiles tras los que ardían:
perversas sonrisas, ahora retorcidas por
el dolor del parto, talladas en diminutas
calabazas. En su interior ardían
los espíritus de sus víctimas.
¡...HALLOWEEEH...
HALLOWEEEH... HALLOWEEEH...!
Crecieron ante nuestros atónitos
y desorbitados ojos. A medida que aumentaban
de tamaño, su quejido adquirió
potencia y gravedad hasta convertirse en
una ronca amenaza:
¡…HALLOWEEEH…
HALLOWEEEH… HALLOWEEEH…!
Las orondas criaturas, amontonadas como
serpientes en su nido, cubrieron el fondo
de la tumba.
De repente, y con la velocidad del rayo,
saltaron hacia nosotros.
El susto nos hizo caer de espaldas sobre
la gravilla.
Las calabazas, sujetas a la tierra por
el tallo, fibroso cordón umbilical,
mordían el aire como perros rabiosos
sujetos por sus correas.
Una logró morder la punta de mi
zapatilla. Sentado en el suelo, agité
la pierna, frenético. Por fin, y
sin saber cómo, logré soltarme.
Los afilados dientes habían rasgado
el caucho.
Vicente recuperó su escopeta, y
de un certero disparo, reventó una
de las calabazas.
El fuego quedó suspendido en el
aire antes de desaparecer. Una ligera humareda
de rostros humanos ascendió hacia
el cielo lluvioso.
-¡Huyamooos…!– vociferó
el hombre.
No tuvo que repetirlo. Nos pusimos en
pie y
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH,
CRUNCH, CRUNCH…
15
Miramos hacia atrás: la jauría
tiraba de sus amarres. De pronto, y a pesar
del ruido de la lluvia, oímos el
chasquido que producía la rotura
de uno de los tallos.
La escalofriante sonrisa de la calabaza
pareció ensancharse:
…¡HALLOWEEEN!...
-¡Se ha soltado!
Vino hacia nosotros con pasmosa rapidez,
botando como si fuese una pelota. Su rostro
de fuego dejaba una estela de luz en la
negrura de la noche.
Vicente apuntó.
La calabaza estaba cerca…
-¡Dispara!¡Dispara!
…muy cerca…
-¡Nos va a coger!
…demasiado…
La calabaza explotó. Una espiral
de ánimas ascendió al Paraíso.
Vicente cargó la escopeta. Quería
destruirlas mientras aún fuese posible.
Disparó en falso. Volvió a
apretar el gatillo. Nada.
-¡La lluvia la ha inutilizado!
Nuevos chasquidos nos helaron la sangre.
Las calabazas empezaron a botar hacia nosotros.
-¡Viviviennnen…!
-¡…t, todaaaas…!
-¡Por aquí!– gritó
Vicente echando a correr.
Lo seguimos.
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
El espeluznante grito de las calabazas
parecía mordernos mientras corríamos:
¡…HALLOWEEEH…
HALLOWEEEH… HALLOWEEEH…!
Sólo dos palabras en nuestras mentes:
“lejos” y “rápido”.
…CRUNCH, CRUN
Vicente se detuvo, sin previo aviso, ante
una caseta. Alex y yo (¡ay!) chocamos
con él.
La puerta… ¡no se abría!
“¡Esta cerrada con llave!”,
pensé, aterrorizado.
Las calabazas estaban cerca…
-¡Rápido!¡Rápido!
…muy cerca…
-¡Vamos, vamos…!– exigió
Vicente, golpeándola.
…demasiado…
La puerta…
16
…cedió.
Oscuridad absoluta. Portazo y corrimiento
de un cerrojo. Sonoros golpes en la entrada.
Repiqueteo de la lluvia en el techo de uralita.
Penetrante olor a desinfectante y humedad.
Se hizo la mortecina luz de una bombilla.
A nuestro alrededor se apiñaban multitud
de herramientas, cajas, botes… Pálidos
y mojados, intentamos recobrar el aliento.
-Y ahora,… ¿qué hacemos?.
– quise saber, jadeante por el esfuerzo
y el miedo.
Fuera, las calabazas golpeaban la puerta.
…¡HALLOWEEEH!…
-Buscar la luz. – dijo Vicente sopesando
el rosario que colgaba de mi cuello. –
Aunque alumbra como el fuego, sólo
ella ilumina.
-Si tuvieras tu escopeta… - se lamentó
Alex.
Unos bidones de plástico, llenos
con un líquido de intenso color verde,
llamaron mi atención.
-Tengo una idea. El herbicida. Las calabazas
no son hierbas, pero sí vegetales.
Quizás…
A Vicente se le iluminaron los ojos:
-…el veneno produzca el mismo efecto
en ellas.
-Claro. Podemos llenar esas botellas de
plástico con pistola. – sugirió
Alex.
-¡Bien pensado, chavales!
Aquéllas contenían un producto
abrillantador. Lo sustituimos por el herbicida.
Más golpes. La puerta vibraba en
su marco.
…¡HALLOWEEEH!...
Vicente indicó una rejilla de ventilación
en la pared trasera:
-Este es el plan: Yo las entretengo. Vosotros
escapáis.
-¡¿Qué?!
-Ellas son muchas y nuestras posibilidades
muy pocas. Si os quedáis, nos cogerán
a los tres.
-P, pero… juntos… podríamos…
- balbuceé.
-Sí. Juntos. – recalcó
Alex.
Vicente posó su mano en el hombro
de mi amigo, afectuoso, paternal:
-No permitiré que corráis
la misma suerte que mi hija.
No supimos qué decir.
Desencajó la rejilla. Por la pequeña
ventana, casi a ras del suelo, se asomó
al exterior. Ya no llovía.
-¿Ves…
Mi pregunta quedó interrumpida
por el brusco e inesperado movimiento: el
hombre metió la cabeza antes de que
una calabaza se la arrancase de un mordisco:
…¡HALLOWEEEH!...
De modo automático, más
instintivo que voluntario, Alex y yo dirigimos
nuestros respectivos envases con pistola
hacia la abertura: el herbicida produjo
una inmediata y devastadora corrosión
en el rostro de la calabaza. El fuego y
sus torturadas víctimas quedaron
al descubierto. Creí ver a Rosario
entre la ardiente multitud.
La endiablada criatura profirió
(de algún modo) un agudo chillido
de rabia y dolor antes de alejarse. En el
aire quedó un intenso olor a azufre.
-¡Funciona!– exclamamos, pletóricos.
-Por poco… – suspiró
Vicente. – No perdamos el tiempo.
Ahora o nunca.
Nos miramos sin articular palabra.
-No temáis. Tened fe. – dijo
mientras volvía a sopesar el rosario.
-Hasta pronto. – se despidió
Alex. Sus ojos brillaban.
-Hasta pronto, chaval.
Vicente se dirigió a la puerta,
y comenzó a golpearla:
-¡Eh, montón de melones!¡Os
vamos a cortar en rodajas!
Las calabazas respondieron a la provocación,
enfurecidas:
…¡HALLOWEEEH,
HALLOWEEEH, HALLOWEEEH!…
Nos hizo una señal: “¡Ahora!”
Escudriñamos el exterior: no había
(no veíamos) ninguna calabaza. Por
si acaso, lanzamos una generosa nube de
herbicida. Acto seguido, sintiendo que podían
arrancármela de un momento a otro,
saqué la cabeza.
No había (no veía) calabazas
en la costa.
Salí. Pistola en mano, sintiéndome
el protagonista de una película de
acción, guardé el paso de
mi amigo. Atentos a nuestro alrededor, oímos
a Vicente:
-¡¿Cuál de vosotras
llevó a Cenicienta al baile?!¡Seguro
que no os dio propina!
“Suerte. Para todos.”
17
El primer paso…
…CRUNCH…
…nos paralizó.
¡La gravilla!. ¡La delatora
gravilla!
“Si pudiéramos avanzar sin
pisarla…”
Alex chasqueó los dedos en silencio:
“lo tengo”. Levantó el
pie, y alargando la zancada, se subió
en la losa de una tumba cercana. Con el
dedo, trazó varios arcos seguidos
en el aire.
Asentí. Había captado la
idea.
Saltando de sepulcro (“perdón”)
en sepulcro (“perdón”),
nos alejamos de las calabazas. De la caseta.
De Vicente.
Volvimos la vista: la distancia y la superposición
de estructuras nos impedía ver la
caseta.
¡TIRURITUTIII… TIRURITUTIIII...!
La musiquilla, tan inoportuna como diáfana,
salía de mi mochila.
-¡Tu madre!
-¡Mi móvil!
Aterrado, pulsé todos los botones
que encontró mi dedo. Todos menos
el que debía, porque…
¡…TIRURITUTIII… TIRURITUTIII…!
-¡Shssss!¡Apágaloooo!
-¡No grites, que nos van a oír!.
¡…TIRURITUTIII… TIRURITUTIII…!
Una estridente voz, semejante a un chirrido
metálico, interrumpió nuestra
pelea con la electrónica:
…¡HALLOWEEEH!...
Una calabaza nos observaba sin dejar de
votar. Tras ella, como respondiendo a una
señal, estalló una súbita
detonación. Humo y llamas.
-¿Q, qué es eso?
-Es… en la caseta.
Los votes de la calabaza se hicieron más
altos, y su expresión, si cabe, más
feroz.:
…¡HALLOWEEEH!...
Reanudó la caza.
18
Dimos media vuelta, y…
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
…emprendimos la huida. Los latidos
se confundían con los jadeos.
De repente, surgiendo de las tinieblas,
otra calabaza…
…¡HALLOWEEEH!…
…nos cortó el paso.
-¡Por aquí!– exclamó
Alex señalando una avenida perpendicular
a la nuestra, ya rebasada. Retrocedimos.
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
Incomprensiblemente, las calabazas aminoraron
el ritmo de la persecución. ¿Por
qué?. Para mayor sorpresa y desconcierto,
desembocamos en la rotonda ajardinada. Al
fondo, la verja principal y la carretera.
¡¿Nos dejaban escapar?!
-¡Salvados!– exclamé
con infinita alegría.
-¡Lo conseguimos!– chilló
Alex con voz quebrada.
Corrimos hacia la salvación:
…CRUNCH, CRUNCH, CR…
Una tercera calabaza, aparecida de repente,
se interpuso entre la verja y nosotros.
Volvimos a la rotonda. El pérfido
juego llegaba a su fin: Las calabazas habían
interceptado todas las avenidas (escapatorias)
que confluían en nosotros.
Estábamos rodeados.
Se aproximaban con botes lentos y cortos.
No solo no permitían nuestra huida
(como ingenuamente habíamos supuesto),
sino que, además, como si de una
manada de crueles gatos se tratase, disfrutaban
con el sufrimiento de los indefensos ratones.
Sus grotescas sonrisas se estiraron de
manera imposible:
…¡HALLOWEEEH,
HALLOWEEEH, HALLOWEEEH!…
Casi sin darnos cuenta, nos metimos en
el ajardinado redondel. Espalda contra espalda,
y con la única defensa del herbicida
de nuestros respectivos envases, presenciamos
con aterrada fascinación el estrechamiento
del cerco. Pronto nos reuniríamos
con Vicente…
“No permitiré que corráis
la misma suerte que mi hija”.
…y Rosario, la chica más
guapa del mundo.
Tropecé con algo. Caí sobre
el césped y las flores.
19
Bajo mis pies, semienterrado en el lodo,
el farol de Vicente. Apagado. Lo cogí
mientras me levantaba.
-¡S, se acercan…!– gimió
Alex.
Las calabazas, muy juntas ya, estaban
a pocos metros. Su intenso hedor llegaba
hasta nosotros.
…¡HALLOWEEEH,
HALLOWEEEH, HALLOWEEEH!…
Aferré la cruz del rosario.
“No temáis.
(Estaba… caliente).
Tened fe”.
Bajé la vista, y advertí
que el rosario, colgado de mi cuello, emitía
un resplandor intermitente. Sus cuentas,
ensartadas muy juntas, semejaban…
¡DIOS…
…semejaban…
…MIO!
-¡Alex!.
Miró de reojo, un instante:
-¿Q, qué significa eso?
-¡¿No lo ves?!. ¡Son
ellas!
-¡¿Las calabazas?!
-¡Sí!
Se habían detenido. Muy cerca.
Nos observaban sin dejar de botar:
…¡HALLOWEEEH,
HALLOWEEEH, HALLOWEEEH!…
Un repentino y extraño hormigueo
recorrió mi mano. Levanté
el farol.
“¿Qué más?¿Qué
más puede pasar?”
Su puertecilla se abrió. Lentamente.
Sola.
Entonces recordé.
“…la luz. Aunque alumbra como
el fuego, sólo ella ilumina”.
Y comprendí:
Sólo la Luz te salva de las llamas.
Introduje el rosario, sarta de diminutas
calabazas, en el pequeño receptáculo
de hierro y cristal. La puertecilla se cerró.
Lentamente. Sola.
Lo levanté sobre mi cabeza. El
parpadeo luminoso del rosario se hizo más
intenso.
De improviso, el coro de chirriantes voces
fue bajando el tono hasta enmudecer. El
desconcierto primero, y la zozobra después,
hicieron que las macabras sonrisas desapareciesen.
-¿Qué les pasa?
-¡Es la Luz, Alex!¡La Luz!
El farol, colgado de mi mano, se había
convertido en un potente foco. Alex y yo
podíamos mirarlo directamente sin
deslumbrarnos. Sin sufrir. Para ellas, en
cambio, su contemplación suponía
un auténtico martirio:
…¡¡¡HALLOWEEEH!!!...
De súbito, fibrosas raíces
brotaron en sus flancos, uniéndolas
entre sí. Las llamas de su interior,
devoradoras insaciables, comenzaron a aflorar
convirtiéndolas en torturadas bolas
de fuego:
…¡¡¡HALLOWEEEH!!!...
El humo de la combustión ascendía
dibujando efímeros y sinuosos semblantes.
Dos de ellos quedaron flotando frente a
nosotros.
Eran Vicente y Rosario.
Sonrieron felices antes de disiparse en
las alturas.
A nuestro alrededor, el rosario de calabazas
se consumía:
…¡¡¡HALLOWEEEH!!!...
La luz del farol (del rosario), sujeta
sobre mi cabeza, osciló varias veces
antes de estallar en un fogonazo blanco
que lo llenó todo.
20
Poco a poco, la nada lechosa fue oscureciéndose
hasta convertirse en penumbra. Sobre el
horizonte, un suave y resplandeciente hilo
dorado. La noche de Halloween, tiempo de
sombras y misterios, de pesadillas y vigilias,
llegaba a su fin.
Alex y yo nos levantamos del barro al
que habíamos caído:
-¿Estás bien?
-Eso creo. – contesté sujetándome
la cabeza. Recogí el farol, intacto.
Sin el rosario.
A nuestro alrededor, sobre la gravilla,
había quedado impreso el negativo
calcinado de las calabazas.
21
La caseta era un perímetro de pocos
ladrillos irregularmente devorados por las
llamas. Dentro, el intenso calor había
provocado en las diversas materias diferentes
y características transformaciones:
fusión, incineración, evaporación…
En cuanto a Vicente…
Su espíritu, ya liberado, demostraba
que no había podido escapar de las
calabazas. Pero, ¿dónde estaba
su cuerpo?¿Había sido totalmente
devorado por el fuego?¿Era posible
que no quedase ningún vestigio de
él?
-Puede que saliera por detrás,
como nosotros, y lo cogieran en otra parte.
– aventuró mi amigo.
Depositamos el farol. Como ofrenda.
-Es hora de marcharnos. – suspiró
Alex. El cansancio, físico y emocional,
se reflejaba en su rostro.
-Aún no. Queda algo por hacer.
Me acompañó hasta la rotonda.
-Ayúdame. – le dije mientras
empezaba a cortar flores.
Entre los dos formamos un hermoso ramo
de campanillas de otoño.
22
A la luz del día de Difuntos, no
fue difícil encontrarla. Era la misma,
y era distinta. Sus rasgos eran tan hermosos
como felices. En la fotografía de
la lápida, sus ojos estaban llenos
de vida.
“La princesa ya no está triste”.
-Seguro que le gustan.
Un débil y breve fulgor titiló
en su cuello: lucía,…
…¡el rosario desaparecido!
Me agaché para depositar el ramo
al pie del nicho, y entonces lo vi.
Tuve que apoyarme para no caer.
Alex, inquieto, advirtió mi azoramiento:
-¿Qué…
Atónito, no pudo terminar la frase.
El difunto que ocupaba el nicho inferior
al de Rosario era…
23
…¡Vicente!
La fecha de la lápida anunciaba
que había muerto el mismo día
que su hija: ¡un año atrás!
Por tanto, como imaginamos la primera
vez que lo vimos, farol en mano, Vicente
era (había sido)…
…¡un fantasma!
En la fotografía, su rostro, como
el de su hija, reflejaba una dicha inmensa.
Estaban con la Luz.
24
Camino de la verja…
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
…reparamos en la puerta de la humilde
casa adosada a la tapia. Estaba entreabierta.
Imposible resistir el impulso. La movimos.
Sus bisagras chirriaron.
Para nuestra (enésima) sorpresa,
la morada de Vicente, la misma en la que
yo me había repuesto del desmayo,
la misma en la que habíamos compartido
mesa y chocolate caliente, estaba vacía.
La ausencia de enseres, el polvo acumulado
y el olor a humedad, indicaban que llevaba
mucho tiempo deshabitada.
Al menos un año.
Entramos.
Tirado en el suelo, viejo y amarillento,
un periódico. Su cabecera, dos palabras
impresas con solemnes mayúsculas:
GACETA LOCAL
Una súbita corriente de aire lo
abrió. Las páginas aletearon,
frenéticas, durante unos segundos.
En la página derecha, encajada
entre las columnas de texto, la misma fotografía
enmarcada que Vicente nos mostró
horas (siglos) antes. Arriba, un titular:
NUNCA SIN TI. PARA SIEMPRE CONTIGO.
En cuclillas, sin atrevernos a tocar el
papel, seguimos leyendo:
Ayer, día de Difuntos, han
sido encontrados, a primera hora de la mañana,
los cuerpos sin vida de Vicente, el sepulturero,
y de Rosario, su hija. Según el jardinero
del cementerio, autor del hallazgo, “la
chica estaba tendida en el suelo, y su padre,
con un rosario entre las manos, reposaba
de rodillas, sobre ella.
Se cree que la pequeña ha sido víctima
de una dolencia cardiaca.
“Vicente ha muerto de pena”,
declara el jardinero.
25
Salimos cabizbajos, perdidos en nuestros
pensamientos.
Un torturado chirrido metálico…
…¡Las calabazas!...
…nos sobresaltó.
Era la verja de entrada. Se estaba abriendo.
Lentamente. Sola.
El cementerio (abarrotado y, al mismo
tiempo, sin nadie) nos despedía.
No así a Chucky y a Freddy Krueger.
Éstos quedaban allí, enterrados
para siempre.
Nos dirigimos hacia aquélla…
…CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
… y la cruzamos.
A nuestra espalda, silencio y quietud.
Delante, el creciente tráfico de
la carretera.
26
Llegado este punto, podría pensarse
que aquí termina nuestra asombrosa
historia. Pero no es así.
Antes o después, alguien, en alguna
parte, volverá a encontrar una calabaza
cuyas pepitas tengan una extraña
mancha con forma de calavera.
Si el involuntario descubridor es un adulto
(como yo lo soy ahora), pensará,
atareado y desdeñoso, que tiene cosas
más importantes y serias a las que
dedicar su tiempo.
Pero si es (como diría Vicente)
un chaval de doce años, y tiene la
imaginación y el valor suficientes,
ocurrirán tantas y tan extraordinarias
cosas que, incluso sus protagonistas, se
resistirán a creerlas. Contrarias
a la razón y a la lógica,
serán, al mismo tiempo, ciertas e
inolvidables. “No puede suceder. Sin
embargo, lo estoy viviendo”, pensarán. |