
Unos meses después de que mi padre falleciera
-hablo de un conocido místico cuyo nombre deseo
guardar en reserva-, tuve noticias de la herencia y
de la "casa" en momentos que me disponía
a salir de la ciudad por asuntos de negocios, los cuales
finalmente aplacé durante unos días; los
suficientes que me permitieran ver, después de
cuatro décadas, la propiedad heredada y preparar
la venta de un inmueble que, por más que hubiera
deseado, mis responsabilidades profesionales no me hubieran
permitido ocupar.
La casa había pertenecido a la familia por más
de 200 años. Dentro de ésta disfruté
de la mejor época que pueda recordar, la niñez.
No se trataba de una edificación extremadamente
grande; pero sí mostraba una conformación
arquitectónica peculiar que exaltaba misterios
y secretos aún por descifrar, por lo menos, tal
era el recuerdo que conservaba en mi memoria.
Estaba construida a unos cuantos kilómetros en
el interior de la arbolada campiña y gozaba de
un extraordinario panorama natural en medio de un pequeño
valle.
No quedando otros miembros vivos de la familia N. más
que yo, se me había otorgado en definitiva la
propiedad, la cual ahora, dos días después
y habiendo arribado al lugar, podía observar
en todo su esplendor. La vieja casona permanecía
impasible delante mío; sin dar mayores muestras
de vida en su interior. Por un momento pensé
que había equivocado el día propicio de
la semana para visitarla; era domingo y el cuidador
que tenía la encomienda de entregármela
quizás no esperaba mi llegada.
Bajé del carruaje y observé durante un
tiempo indeterminado enteramente el exterior; después
de todo sólo pernoctaría en el lugar hasta
el día siguiente y quizás nunca más
regresaría al valle. Me acerqué a la entrada
en forma de arco de la casa y me dispuse a tocar a la
maciza puerta de nogal. Mis llamados sonaron graves
y profundos y de momento nadie pareció escucharlos.
Insistí durante unos minutos y cuando ya me disponía
a marcharme irremediablemente, alguien desde el otro
lado abrió el enorme portón. Se trataba
del cuidador, el cual al enterarse de mi identidad,
se apresuró a coger mis escasas pertenencias
y luego de pedirme que pasara adelante, las guardó
dentro de la casa.
Al ingresar a la primera habitación quedé
paralizado. El lugar permanecía exactamente igual
a como yo lo recordaba de niño. Los objetos ornamentales,
el mobiliario, los detalles más insignificantes
eran los mismos y parecía que el tiempo se había
detenido en el interior. Miles de acontecimientos, voces
e imágenes se precipitaron sobre mi mente, recuerdos
infantiles que ya casi había creído extinguidos.
Situaciones que me hicieron reparar en lo feliz que
había sido alguna vez y lo desdichado que era
hoy con mi recargada vida, plagada de responsabilidades,
malos humores y poco tiempo para disfrutar de mis últimos
años.
Después de recorrer pasillos, habitaciones y
subir la interminable escalinata llegué, finalmente,
a la que una vez fuera mi habitación -la que
a diferencia del resto de la casa no me pareció
reconocer. ¿Habría envejecido y cambiado
tanto de aspecto como lo había hecho yo?-. Y
junto a ésta, al extremo del corredor, "la
puerta prohibida" -clavada, resguardada por dos
enormes tablones dispuestos en forma de cruz-, que mi
padre, reiteradamente, me dijera que no abriera mientras
fuera yo todavía un niño. En ese momento,
mientras evocaba el pasado, el cuidador me alcanzó
una lista detallada de todos los bienes de la casa,
lo cual me hizo salir de mi pasajera abstracción,
aprovechando la ocasión para preguntarle:
- ¿Qué hay de lo que guarda esta habitación
cerrada? ¿También forma parte del inventario?
- ¡No señor! -me contestó muy seguro
de lo que decía-. Esta parte de la casa nunca
ha sido abierta u ocupada; tenía que permanecer
en esta situación hasta la muerte de su padre,
así lo pidió en su testamento.
Acto seguido me entregó también las llaves
de todas las habitaciones y de las 3 puertas de acceso
a la propiedad, y sin mucho decir se apresuró
a despedirse; luego dio media vuelta y se marchó.
Me hallé de momento totalmente solo en el lugar. |