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LO QUE GUARDABA LA CASA, de Pablo Nicoli (1/2)



Unos meses después de que mi padre falleciera -hablo de un conocido místico cuyo nombre deseo guardar en reserva-, tuve noticias de la herencia y de la "casa" en momentos que me disponía a salir de la ciudad por asuntos de negocios, los cuales finalmente aplacé durante unos días; los suficientes que me permitieran ver, después de cuatro décadas, la propiedad heredada y preparar la venta de un inmueble que, por más que hubiera deseado, mis responsabilidades profesionales no me hubieran permitido ocupar.

La casa había pertenecido a la familia por más de 200 años. Dentro de ésta disfruté de la mejor época que pueda recordar, la niñez. No se trataba de una edificación extremadamente grande; pero sí mostraba una conformación arquitectónica peculiar que exaltaba misterios y secretos aún por descifrar, por lo menos, tal era el recuerdo que conservaba en mi memoria.

Estaba construida a unos cuantos kilómetros en el interior de la arbolada campiña y gozaba de un extraordinario panorama natural en medio de un pequeño valle.

No quedando otros miembros vivos de la familia N. más que yo, se me había otorgado en definitiva la propiedad, la cual ahora, dos días después y habiendo arribado al lugar, podía observar en todo su esplendor. La vieja casona permanecía impasible delante mío; sin dar mayores muestras de vida en su interior. Por un momento pensé que había equivocado el día propicio de la semana para visitarla; era domingo y el cuidador que tenía la encomienda de entregármela quizás no esperaba mi llegada.

Bajé del carruaje y observé durante un tiempo indeterminado enteramente el exterior; después de todo sólo pernoctaría en el lugar hasta el día siguiente y quizás nunca más regresaría al valle. Me acerqué a la entrada en forma de arco de la casa y me dispuse a tocar a la maciza puerta de nogal. Mis llamados sonaron graves y profundos y de momento nadie pareció escucharlos. Insistí durante unos minutos y cuando ya me disponía a marcharme irremediablemente, alguien desde el otro lado abrió el enorme portón. Se trataba del cuidador, el cual al enterarse de mi identidad, se apresuró a coger mis escasas pertenencias y luego de pedirme que pasara adelante, las guardó dentro de la casa.

Al ingresar a la primera habitación quedé paralizado. El lugar permanecía exactamente igual a como yo lo recordaba de niño. Los objetos ornamentales, el mobiliario, los detalles más insignificantes eran los mismos y parecía que el tiempo se había detenido en el interior. Miles de acontecimientos, voces e imágenes se precipitaron sobre mi mente, recuerdos infantiles que ya casi había creído extinguidos. Situaciones que me hicieron reparar en lo feliz que había sido alguna vez y lo desdichado que era hoy con mi recargada vida, plagada de responsabilidades, malos humores y poco tiempo para disfrutar de mis últimos años.

Después de recorrer pasillos, habitaciones y subir la interminable escalinata llegué, finalmente, a la que una vez fuera mi habitación -la que a diferencia del resto de la casa no me pareció reconocer. ¿Habría envejecido y cambiado tanto de aspecto como lo había hecho yo?-. Y junto a ésta, al extremo del corredor, "la puerta prohibida" -clavada, resguardada por dos enormes tablones dispuestos en forma de cruz-, que mi padre, reiteradamente, me dijera que no abriera mientras fuera yo todavía un niño. En ese momento, mientras evocaba el pasado, el cuidador me alcanzó una lista detallada de todos los bienes de la casa, lo cual me hizo salir de mi pasajera abstracción, aprovechando la ocasión para preguntarle:

- ¿Qué hay de lo que guarda esta habitación cerrada? ¿También forma parte del inventario?

- ¡No señor! -me contestó muy seguro de lo que decía-. Esta parte de la casa nunca ha sido abierta u ocupada; tenía que permanecer en esta situación hasta la muerte de su padre, así lo pidió en su testamento.

Acto seguido me entregó también las llaves de todas las habitaciones y de las 3 puertas de acceso a la propiedad, y sin mucho decir se apresuró a despedirse; luego dio media vuelta y se marchó. Me hallé de momento totalmente solo en el lugar.

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