Serían cerca de las 5 de la tarde y mi curiosidad
por saber qué había del otro lado de la
"puerta prohibida" fue progresivamente en
aumento; así que luego de procurarme la cena,
me dispuse a buscar algunas herramientas que me fueran
de ayuda para cumplir el objetivo de abrir la vieja
puerta de madera y descubrir los misterios que ocultaba.
Una vez subí al siguiente nivel de la edificación
y me encontré, por segunda vez, después
de tantos años frente a la habitación
que me había sido vedado descubrir en mi niñez,
inicié mi afanoso trabajo de desclavado y desentornillado
de los maderos que se habían convertido en una
dificultad considerable. No fue tarea fácil,
los antiguos tornillos metálicos estaban completamente
oxidados, y en uno que otro caso, apenas si mostraban
la hendidura en la que debía acoplarse la herramienta
adecuada.
Me las ingenié de la mejor forma de modo que,
después de una agotadora jornada, tuve en conclusión
dos largos maderos vencidos, casi destrozados a mis
pies y -cosa inesperada, porque pensé que formaba
parte del material menudo de la casa que se me había
entregado-, la llave de la puerta, extraña, pero
visiblemente ubicada en la cerradura; lista a ser activada.
Antes de proceder a mover la puerta pensé sobre
lo que podría encontrar en el interior. Quizá
desvelaría algunos secretos familiares, o encontraría
los libros esotéricos del abuelo. Quizá
sólo una habitación olvidada y atiborrada
de objetos inservibles. Decidí resolver el enigma
y darle vuelta a la llave. El mecanismo cedió
sin mayor dificultad y me precipité a jalar de
la perilla. Los goznes de la puerta emitieron un lamento
retenido por décadas; pero esto no fue inconveniente
para que yo pudiera abrirla y ver hacia el interior.
La habitación estaba totalmente oscura, como
si no existiera ninguna ventana o entrada de luz por
dentro, lo que llamó mi atención; pues
aún no había anochecido. El olor viciado
del ambiente me hirió sin compasión. No
obstante el natural temor a lo desconocido, decidí
dar un paso hacia adelante. Una vez adentro la habitación
pareció ir inundándose de luz y una sensación
desconcertante; pero agradable, se apoderó de
mi cuerpo y especialmente de mi alma. Me sentí
profundamente renovado, con una libertad difícil
de explicar. Desde lo más profundo de la habitación
una voz me llamó por mi nombre; era mi padre,
sentado en un sillón, tal y como lo recordaba
de mi niñez. No sentí ningún temor
al verlo; sólo asombro. Me abalancé a
sus brazos y le dije que lo había extrañado.
Me respondió que no me apenara, que ahora estábamos
juntos otra vez y me abrazó cariñosamente.
Le pregunté porque me había prohibido
abrir la puerta de la habitación; porqué
me había vedado esta posibilidad de niño.
Con un dedo alzado me señaló una pared,
de donde colgaba un desgastado espejo con marco de bronce;
pude contemplar entonces la imagen reflejada de un niño
de 7 años que supe, inequívocamente, era
yo. Miré a mi padre, aún, con más
asombro, y me dijo que sólo lo prohibido provoca
la curiosidad esencial para ser capturado y que la niñez
es sólo un estado espiritual que, si uno así
lo desea, no puede ser alterado por el paso de los años.
Dos días después el antiguo cuidador
de la casa regresó a buscar al nuevo dueño;
pues había olvidado entregarle la llave de una
de las habitaciones. La puerta de entrada a la edificación
se encontraba abierta; penetró al interior y
al no obtener respuesta a sus insistentes llamados,
decidió subir al segundo piso en donde halló
"la habitación clausurada", ahora al
descubierto. La curiosidad lo atrapó y cuando
se acercó a ver qué había del otro
lado encontró el cuerpo sin vida de un niño
desconocido, recostado sobre un antiguo sillón
de terciopelo. En el rostro del pequeño se dibujaba
una inequívoca expresión de sosiego y
felicidad. |