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LO QUE GUARDABA LA CASA (2/2)

Serían cerca de las 5 de la tarde y mi curiosidad por saber qué había del otro lado de la "puerta prohibida" fue progresivamente en aumento; así que luego de procurarme la cena, me dispuse a buscar algunas herramientas que me fueran de ayuda para cumplir el objetivo de abrir la vieja puerta de madera y descubrir los misterios que ocultaba.

Una vez subí al siguiente nivel de la edificación y me encontré, por segunda vez, después de tantos años frente a la habitación que me había sido vedado descubrir en mi niñez, inicié mi afanoso trabajo de desclavado y desentornillado de los maderos que se habían convertido en una dificultad considerable. No fue tarea fácil, los antiguos tornillos metálicos estaban completamente oxidados, y en uno que otro caso, apenas si mostraban la hendidura en la que debía acoplarse la herramienta adecuada.

Me las ingenié de la mejor forma de modo que, después de una agotadora jornada, tuve en conclusión dos largos maderos vencidos, casi destrozados a mis pies y -cosa inesperada, porque pensé que formaba parte del material menudo de la casa que se me había entregado-, la llave de la puerta, extraña, pero visiblemente ubicada en la cerradura; lista a ser activada.

Antes de proceder a mover la puerta pensé sobre lo que podría encontrar en el interior. Quizá desvelaría algunos secretos familiares, o encontraría los libros esotéricos del abuelo. Quizá sólo una habitación olvidada y atiborrada de objetos inservibles. Decidí resolver el enigma y darle vuelta a la llave. El mecanismo cedió sin mayor dificultad y me precipité a jalar de la perilla. Los goznes de la puerta emitieron un lamento retenido por décadas; pero esto no fue inconveniente para que yo pudiera abrirla y ver hacia el interior.

La habitación estaba totalmente oscura, como si no existiera ninguna ventana o entrada de luz por dentro, lo que llamó mi atención; pues aún no había anochecido. El olor viciado del ambiente me hirió sin compasión. No obstante el natural temor a lo desconocido, decidí dar un paso hacia adelante. Una vez adentro la habitación pareció ir inundándose de luz y una sensación desconcertante; pero agradable, se apoderó de mi cuerpo y especialmente de mi alma. Me sentí profundamente renovado, con una libertad difícil de explicar. Desde lo más profundo de la habitación una voz me llamó por mi nombre; era mi padre, sentado en un sillón, tal y como lo recordaba de mi niñez. No sentí ningún temor al verlo; sólo asombro. Me abalancé a sus brazos y le dije que lo había extrañado. Me respondió que no me apenara, que ahora estábamos juntos otra vez y me abrazó cariñosamente.

Le pregunté porque me había prohibido abrir la puerta de la habitación; porqué me había vedado esta posibilidad de niño. Con un dedo alzado me señaló una pared, de donde colgaba un desgastado espejo con marco de bronce; pude contemplar entonces la imagen reflejada de un niño de 7 años que supe, inequívocamente, era yo. Miré a mi padre, aún, con más asombro, y me dijo que sólo lo prohibido provoca la curiosidad esencial para ser capturado y que la niñez es sólo un estado espiritual que, si uno así lo desea, no puede ser alterado por el paso de los años.

Dos días después el antiguo cuidador de la casa regresó a buscar al nuevo dueño; pues había olvidado entregarle la llave de una de las habitaciones. La puerta de entrada a la edificación se encontraba abierta; penetró al interior y al no obtener respuesta a sus insistentes llamados, decidió subir al segundo piso en donde halló "la habitación clausurada", ahora al descubierto. La curiosidad lo atrapó y cuando se acercó a ver qué había del otro lado encontró el cuerpo sin vida de un niño desconocido, recostado sobre un antiguo sillón de terciopelo. En el rostro del pequeño se dibujaba una inequívoca expresión de sosiego y felicidad.

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