
-Púyale pa´ arriba - me dijo Don Apolinar
un día, entonces yo le pedí que me contara
un cuento de camino y me relató lo siguiente:
"Hace mucho tiempo en la época de mi General
Gómez, cuando yo era uno de sus soldados, sucedió
un extraño caso por allá en el caserío
de la Costa. Una noche de esas que no se duerme, por
estar moliendo Caña en el Trapiche para hacer
la panela. Aquella noche sólo habían quedado
cuatro obreros, ya que era la ultima molienda y ya casi
se había trabajado toda la caña, entre
ellos había un muchacho del cual no recuerdo
el nombre, lo cierto era que ese muchacho no se metía
con nadie, lo trataban como el bobo de la aldea. Las
risotadas no se hicieron esperar, aquellos obreros se
burlaban a cada instante de aquel muchacho.
Se cuenta que ya pasadas las 12 de la noche, se aparecieron
en aquel trapiche tres hermosas mujeres.
Los obreros dejaron sus quehaceres y empezaron a cortejar
a aquellas damas, pero el muchacho sintió recelo
y un poco de miedo, por lo cual se alejó de la
parrilla y se colocó al lado de los bueyes, ya
que el trapiche era movido por estos animales.
Las mujeres empezaron a juguetear y seducir a aquellos
tres hombres ciegos por el placer, no les importó
nada, cada hombre se llevó a una mujer.
Gemidos y suspiros se dejaban escuchar aquella noche,
el muchacho temiendo que eso era algo del maligno, se
metió debajo de los bueyes, a los que se considera
animales santos de protección, pues ellos eran
los ayudantes de San Isidro Labrador. Pasada una hora
o más, se escuchó varios alaridos en aquel
trapiche. El joven no se atrevió a salir de su
escondite.
Al instante, observó a las tres mujeres manchadas
en sangre, que daban círculos alrededor de la
yunta de bueyes, e invitaban al muchacho a salir y entregarse
al placer. Pero el joven que era prudente y no tenía
nada de bobo como otros pensaban, esperó allí
a que amaneciera.
A punto de amanecer, el joven observó cómo
las mujeres habían cambiado las expresiones de
su rostro y llenas de ira y rabia le gritaban injurias
y maldiciones, en sus ojos brotaban relampagueos de
candela. Cuando un gallo cantó a lo lejos anunciando
el amanecer, aquellas mujeres desaparecieron del trapiche.
Al otro día el joven bajo al pueblo, busco a
los jefes civiles y al sacerdote, estos subieron inmediatamente
y encontraron tres cadáveres sin sangre. El sacerdote
bendijo aquel lugar, luego mando a que aquel trapiche
pereciera bajo el manto de las llamas".
Después Don Apolinar se despidió de mí
con una palmada en las espaldas y así termino
su historia. |