La tía y el sobrino salieron al porche y tomaron
asiento en mecedoras de bejuco. El sol caía a
plomo más allá de la muelle sombra que
el cobertizo del porche proporcionaba. Tanto daba estar
dentro o fuera de la casa. La sombra no impedía
que el calor amenazara con disolver la médula
de los huesos, el cerebro, la piel.
Cuarenta grados a soportar, aun estando lejos del
alcance de los frenéticos rayos del sol. El
norte es así en verano. Los pueblos fronterizos
y el estío mantienen un maridaje inmemorial
que no concluirá nunca.
El sobrino odiaba el calor porque no estaba acostumbrado
a él. Sin embargo, de cuando en cuando pensaba
que, en el supuesto de que él hubiera nacido
en aquellas tierras, tampoco hubiera logrado habituarse
a sufrir el maldito bochorno, la ausencia de viento,
de nubes. Iba de viaje a aquella región fronteriza
para visitar a algunos familiares. Nunca los hubiera
visitado a todos, pues eran demasiados. La madre de él
tenía trece hermanos, y cada uno de éstos
había procreado, por lo menos, cuatro hijos.
Nunca sabría el número exacto de sus
primos o de sus sobrinos.
Estaba con la tía porque siempre se hospedaba
en casa de ella. Se trataba de una mujer madura, cuyos
tres hijos se habían marchado hacía un
lustro, presuntamente a trabajar en maquiladoras al
servicio de los estadounidenses. La verdad, sin embargo,
era que se habían sumado a las filas de repartidores
de droga de un par de miembros de un temible cártel
norteño. Pero a ella no le importaba. Mientras
no acribillaran a sus hijos, todo estaría bien
a su alrededor.
Tomaron asiento en los sillones y dieron sorbos a
los vasos llenos de té helado que se habían
servido antes de salir. El sobrino cerró los
ojos y en vano trató de sentir que el viento
le golpeaba la cara. Apenas pudo sentirse más
fresco allá afuera que adentro de la casa, donde
pululaban los ventiladores. La tía, en cambio,
afectaba resignación. Después de más
de 60 años tolerando el calor infernal, había
desarrollado una especie de inmunidad a los efectos
del enfurecido sol. Ella suspiró, cerró los
ojos y volvió a mecerse.
Ambos estarían en silencio por más de
cinco minutos. Sus charlas solían ser insustanciales.
Se hablaban más por fórmula de cortesía
que por un genuino deseo de saber qué era de
la vida de cada cual. Pero se querían. Desde
pequeño, el sobrino se había mostrado
como el más fiel adorador de aquella tía.
El sobrino abrió los ojos y clavó la
vista en una casa que se alzaba del otro lado de la
banqueta. Amén de advertir que, en apariencia,
nadie salvo ellos se encontraba en la ciudad -el silencio
era excesivo-, se dio cuenta de que jamás le
había pedido a su tía que le hablara
sobre esa residencia a la que el tiempo amenazaba con
derrumbar. Era una casa de un piso, con tejados inclinados
y no muchas ventanas. Se llegaba a ella tras cruzar
una verja de poco más de un metro de altura,
y que se separaba de la puerta principal de la casa
por un jardín que, posiblemente, en algún
tiempo fue vistoso. Ahora, en cambio, la desolación
se había apoderado tanto del jardín -su
follaje parecía el de una selva ignota- como
de los muros, las puertas y las ventanas. En una palabra,
era evidente que la casa se hallaba desierta. Cuándo
y por qué había sido abandonada constituían
dos interrogantes que, con suerte, la tía podría
responder.
El sobrino entornó los ojos para mirar a la
tía. La pilló con los ojos cerrados.
Ello, sin embargo, no lo disuadió de interrogarla
a propósito del particular. El sobrino carraspeó estrepitosamente,
en señal no de querer tomar la palabra, sino
con el mero fin de darle un ligero sobresalto a la
mujer. Ésta abrió los ojos en el acto,
dando a entender que no había estado corriendo
el riesgo de quedarse dormida. Miró con dulzura
al sobrino.
—Me llama la atención esa casa -dijo
el sobrino, señalándola con la mano con
que sostenía el vaso de té helado.
La tía miró la casa con displicencia
y se abstuvo de replicar. El sobrino prosiguió:
— Que yo recuerde, siempre la he visto así,
abandonada. ¿No tiene dueño?
La tía sonrió enigmáticamente.
— Puede ser —dijo.
El sobrino enarcó las cejas. La tía se
explicó:
— Tal vez alguien viva ahí. No sé. El caso es que, doce años
antes de que nacieras, algo inexplicable ocurrió en esa casa.
El oyente se mostró ampliamente interesado.
— ¿Hubo algún crimen? -fue lo único que se le ocurrió preguntar.
— Un crimen era el modo en que Reina trataba al pobre de Edmundo.
— Nunca había escuchado hablar de ellos. No me digas que eran de
la familia.
— No -rió la tía-. Edmundo trabajaba en una maquiladora.
Era un hombre trabajador. Quería mucho a Reina. Se había casado
con ella a fuerza, porque habían encargado antes de comprometerse. Lo
malo fue que Reina sufrió un aborto. Pobrecita. Parece ser que ese asunto
la trastornó. Siguió casada con Edmundo, pero comenzó a
tratarlo de una forma muy especial. Ya no daba trazas de estar enamorada de él.
Comenzó a portarse como una tirana. Mi marido y yo oíamos desde
aquí los gritos que le pegaba al pobre de Edmundo; le echaba en cara que
no llevaba suficiente dinero a la casa, que era un perdedor, que no sabía
tratarla, que no había sido capaz de engendrar con ella otro hijo. Edmundo
no se defendía, creo, porque jamás se oía su voz replicándole
a la grosera de Reina.
“Pasó el tiempo. Ellos siguieron viviendo con tirantez. Edmundo,
al platicar casualmente con mi marido, le decía que él trabajaba
por ‘su Reina’, sólo por eso. La amaba. Una vez, mi marido
le preguntó por qué dejaba que la mujer lo tratara tan mal. Edmundo
sonrió, se quedó callado unos momentos y, al fin, respondió: ‘Porque
la amo.’ Mi marido vio que no tenía caso tratar de convencerlo de
que le diera un escarmiento a aquella pelada. Yo nunca crucé más
de dos o tres palabras con Reina. Las señoras apenas la veíamos.
Como ir a la iglesia no iba mucho con ella, se ganó la antipatía
de todos los vecinos. No tardó en rumorearse que era una bruja.”
— Porque no iba a la iglesia -intervino el sobrino, molesto ante aquella
muestra de intolerancia pueblerina.
— Claro. Aquí no queremos a la gente sin fe. Una vez, el padre Portales
nos dijo que él no se rebajaría a darle la bendición a esa
fulana… |