Cuentos y relatos de terror, ciencia ficción y fantasía
Recomiéndanos a un amigo Añádenos a tus Favoritos
Relatos
La Plaga. Un libro de Jeff Carlson. Editiones Minotauro. ¿Puede una vacuna causar el fin de la humanidad?. Aloja tu web en www.preica.com. Hosting sólido desde 2 Euros
LA VISITA, por Sergio Rodríguez (1/2)

Relatos de terror La tía y el sobrino salieron al porche y tomaron asiento en mecedoras de bejuco. El sol caía a plomo más allá de la muelle sombra que el cobertizo del porche proporcionaba. Tanto daba estar dentro o fuera de la casa. La sombra no impedía que el calor amenazara con disolver la médula de los huesos, el cerebro, la piel.

Cuarenta grados a soportar, aun estando lejos del alcance de los frenéticos rayos del sol. El norte es así en verano. Los pueblos fronterizos y el estío mantienen un maridaje inmemorial que no concluirá nunca.

El sobrino odiaba el calor porque no estaba acostumbrado a él. Sin embargo, de cuando en cuando pensaba que, en el supuesto de que él hubiera nacido en aquellas tierras, tampoco hubiera logrado habituarse a sufrir el maldito bochorno, la ausencia de viento, de nubes. Iba de viaje a aquella región fronteriza para visitar a algunos familiares. Nunca los hubiera visitado a todos, pues eran demasiados. La madre de él tenía trece hermanos, y cada uno de éstos había procreado, por lo menos, cuatro hijos. Nunca sabría el número exacto de sus primos o de sus sobrinos.

Estaba con la tía porque siempre se hospedaba en casa de ella. Se trataba de una mujer madura, cuyos tres hijos se habían marchado hacía un lustro, presuntamente a trabajar en maquiladoras al servicio de los estadounidenses. La verdad, sin embargo, era que se habían sumado a las filas de repartidores de droga de un par de miembros de un temible cártel norteño. Pero a ella no le importaba. Mientras no acribillaran a sus hijos, todo estaría bien a su alrededor.

Tomaron asiento en los sillones y dieron sorbos a los vasos llenos de té helado que se habían servido antes de salir. El sobrino cerró los ojos y en vano trató de sentir que el viento le golpeaba la cara. Apenas pudo sentirse más fresco allá afuera que adentro de la casa, donde pululaban los ventiladores. La tía, en cambio, afectaba resignación. Después de más de 60 años tolerando el calor infernal, había desarrollado una especie de inmunidad a los efectos del enfurecido sol. Ella suspiró, cerró los ojos y volvió a mecerse.

Ambos estarían en silencio por más de cinco minutos. Sus charlas solían ser insustanciales. Se hablaban más por fórmula de cortesía que por un genuino deseo de saber qué era de la vida de cada cual. Pero se querían. Desde pequeño, el sobrino se había mostrado como el más fiel adorador de aquella tía.

El sobrino abrió los ojos y clavó la vista en una casa que se alzaba del otro lado de la banqueta. Amén de advertir que, en apariencia, nadie salvo ellos se encontraba en la ciudad -el silencio era excesivo-, se dio cuenta de que jamás le había pedido a su tía que le hablara sobre esa residencia a la que el tiempo amenazaba con derrumbar. Era una casa de un piso, con tejados inclinados y no muchas ventanas. Se llegaba a ella tras cruzar una verja de poco más de un metro de altura, y que se separaba de la puerta principal de la casa por un jardín que, posiblemente, en algún tiempo fue vistoso. Ahora, en cambio, la desolación se había apoderado tanto del jardín -su follaje parecía el de una selva ignota- como de los muros, las puertas y las ventanas. En una palabra, era evidente que la casa se hallaba desierta. Cuándo y por qué había sido abandonada constituían dos interrogantes que, con suerte, la tía podría responder.

El sobrino entornó los ojos para mirar a la tía. La pilló con los ojos cerrados. Ello, sin embargo, no lo disuadió de interrogarla a propósito del particular. El sobrino carraspeó estrepitosamente, en señal no de querer tomar la palabra, sino con el mero fin de darle un ligero sobresalto a la mujer. Ésta abrió los ojos en el acto, dando a entender que no había estado corriendo el riesgo de quedarse dormida. Miró con dulzura al sobrino.

—Me llama la atención esa casa -dijo el sobrino, señalándola con la mano con que sostenía el vaso de té helado.

La tía miró la casa con displicencia y se abstuvo de replicar. El sobrino prosiguió:

— Que yo recuerde, siempre la he visto así, abandonada. ¿No tiene dueño?

La tía sonrió enigmáticamente.

— Puede ser —dijo.

El sobrino enarcó las cejas. La tía se explicó:

— Tal vez alguien viva ahí. No sé. El caso es que, doce años antes de que nacieras, algo inexplicable ocurrió en esa casa.

El oyente se mostró ampliamente interesado.

— ¿Hubo algún crimen? -fue lo único que se le ocurrió preguntar.

— Un crimen era el modo en que Reina trataba al pobre de Edmundo.

— Nunca había escuchado hablar de ellos. No me digas que eran de la familia.

— No -rió la tía-. Edmundo trabajaba en una maquiladora. Era un hombre trabajador. Quería mucho a Reina. Se había casado con ella a fuerza, porque habían encargado antes de comprometerse. Lo malo fue que Reina sufrió un aborto. Pobrecita. Parece ser que ese asunto la trastornó. Siguió casada con Edmundo, pero comenzó a tratarlo de una forma muy especial. Ya no daba trazas de estar enamorada de él. Comenzó a portarse como una tirana. Mi marido y yo oíamos desde aquí los gritos que le pegaba al pobre de Edmundo; le echaba en cara que no llevaba suficiente dinero a la casa, que era un perdedor, que no sabía tratarla, que no había sido capaz de engendrar con ella otro hijo. Edmundo no se defendía, creo, porque jamás se oía su voz replicándole a la grosera de Reina.

“Pasó el tiempo. Ellos siguieron viviendo con tirantez. Edmundo, al platicar casualmente con mi marido, le decía que él trabajaba por ‘su Reina’, sólo por eso. La amaba. Una vez, mi marido le preguntó por qué dejaba que la mujer lo tratara tan mal. Edmundo sonrió, se quedó callado unos momentos y, al fin, respondió: ‘Porque la amo.’ Mi marido vio que no tenía caso tratar de convencerlo de que le diera un escarmiento a aquella pelada. Yo nunca crucé más de dos o tres palabras con Reina. Las señoras apenas la veíamos. Como ir a la iglesia no iba mucho con ella, se ganó la antipatía de todos los vecinos. No tardó en rumorearse que era una bruja.”

— Porque no iba a la iglesia -intervino el sobrino, molesto ante aquella muestra de intolerancia pueblerina.

— Claro. Aquí no queremos a la gente sin fe. Una vez, el padre Portales nos dijo que él no se rebajaría a darle la bendición a esa fulana…

  Principal | 1 | 2 | Sobre el colaborador
2000 - 2008 TumbaAbierta.com sobre el material original. Alojado por RedisNet.com Preica.com Aviso Legal