— ¿Qué pasó con Edmundo?
— Siguió como si nada. Se iba a chambear
por la mañana y, por la noche, toleraba los regaños
infundados de Reina. Posiblemente porque necesitaba
más compañía de la que su esposa
le podía dar, compró un perro, un pastor
alemán precioso, con el que jugaba de cuando
en cuando. Reina odiaba a ese perro. Ella no le daba
de comer, claro. Eso lo tenía que hacer Edmundo.
Cierta noche, la cosa se puso más fea que de
costumbre. Los gritos de Reina nos despertaron a todos;
nos asomamos para ver qué pasaba y vimos cómo
echaba a empellones a Edmundo, ordenándole que
se durmiera con su ‘amado perro’. ‘¡Tal
vez con él tengas otro hijo!’, le gritó,
antes de darle con la puerta en las narices. El pastor
alemán ladró como desesperado hasta que
Edmundo lo tranquilizó. Al fin, el hombre y la
bestia se quedaron dormidos en el porche. Fue lastimoso.
Me dieron ganas de llevarle al hombre una cobijita,
pero mi marido me lo prohibió. ‘Allá
él’, me dijo. ‘Se lo ha ganado.’
“Una noche cambiaron las cosas. A todos nos sorprendió
que no se oyeran los gritos de Reina. Te juro que me
dieron ganas de organizar una fiesta para celebrar el
fin de las regañizas. Pero sólo a mí
me dio gusto que Reina no regañara a Edmundo.
Me dio la impresión de que a mi marido y a otros
vecinos les extrañaba el asunto de otra manera.
No tardé en darme cuenta de que pensaron que
Edmundo se había hartado de Reina y la había
matado. Mi marido llamó a dos amigos y se pusieron
de acuerdo para explorar la casa. Querían salir
de dudas. Tenían la seguridad de que sólo
un crimen había podido cerrarle la boca a Reina.
Los tres hombres se aproximaron con cuidado y echaron
ojo. El pastor alemán dormía a pierna
suelta y sólo por una ventana de la casa salía
luz. No se atrevieron a llamar a Edmundo. Después
de diez minutos de andar esperando que algo pasara,
tiraron la toalla y se fueron. Mi marido no me habló
por el resto de la noche.
“Al día siguiente, amaneció haciendo
tanto calor como hoy. Mi marido se fue a trabajar. Yo
no aguanté mucho tiempo dentro de la casa. Dejé
preparada la comida y luego me vine aquí. Me
senté en esta misma mecedora. Me llamó
la atención el silencio. No se oía absolutamente
nada, ni mi respiración. Sentí mucho miedo.
Me puse chinita y el sudor se me congeló en la
piel. Al instante empecé a sentir mucha frescura,
casi frío. Y eso que estábamos a cuarenta
a la sombra. Entonces, mi vista se quedó clavada
en la casa de Edmundo. Vi que el perro estaba muy inquieto.
Daba vueltas y vueltas, jadeaba. Parece ser que nadie
había visto a Edmundo salir por la mañana.
Entonces, vi que el perro se quedaba muy quieto y que,
casi inmediatamente después, se ponía
a aullar. Su aullido me horrorizó, pero no tanto
como lo que vi dirigiéndose a la casa.”
El sobrino tragó saliva, se negó a parpadear.
— La vi de pronto -siguió la tía-.
Una mujer diminuta. No te miento. Chiquitita. Mediría
unos cincuenta centímetros. Estaba toda vestida
de blanco y tenía el pelo tan largo que lo arrastraba
detrás de los talones. Creo que tenía
la nariz ganchuda y las manos medio deformes. No sé
de dónde salió. La vi andar por la banqueta,
detenerse un momento ante la casa de Edmundo y, por
fin, entrar. Cruzó la puerta de la verja y no
le hizo caso al perro, que se calló y se achicó
cuando la mujer pasó a su lado. La puerta principal
de la casa se abrió -no vi si alguien la había
abierto-, la visita entró y la puerta volvió
a cerrarse. Esperé más de media hora a
que algo pasara: escuchar algo, ver salir a la mujer.
Lo único que llegué a notar fue que el
perro se había tirado de costado y ya no se movía.
Silencio de un minuto.
— ¿Y bien? -el sobrino no se había
conformado con lo escuchado hasta ese momento.
— Nada -dijo la tía-. No vi salir a la
enanita. A todo el mundo le conté el asunto.
Desde luego que todos estuvimos de acuerdo con el padre
Portales. La viejita esa era el Diablo. Había
llegado a la casa para escarmentar a Reina por ser una
pecadora.
— ¿Y Edmundo?
— Ahí está lo raro. Hace poco nos
mandó una postal desde Los Ángeles. Se
fue de mojado para allá y le está yendo
bien. Es dependiente de una armería. No sabemos
en qué momento se fue, ni si sabe lo que le pasó
a Reina. Está muy raro.
— ¿Y el perro?
— El perro se murió. ¿No te dije?
Se quedó tirado y se fue ensanchando como un
globo. Luego se pudrió. Ahí ha de estar
todavía su cadáver. El pasto lo debe de
estar cubriendo. Nadie se le ha acercado a la casa desde
aquel día. Por eso está en esas condiciones.
Cualquier día de estos se cae, vas a ver.
— ¿No llamaron a alguna autoridad para
que investigara?
— La autoridad son los narcos. ¿Para qué
los íbamos a llamar?
El sobrino estaba en contra de tragarse aquello con
tanta facilidad. Reparó en que el calor apretaba.
Desvió los ojos de la casa de enfrente y los
clavó en el rostro de la tía. La mujer
había vuelto a cerrar los ojos. Afectaba pura
placidez.
— ¿No crees que hayas tenido una alucinación?
-preguntó el sobrino, a riesgo de hacer enojar
a la oyente-. El calor extremo puede hacerlo a uno ver
cosas.
La tía soltó una risita.
— Aquí sólo alucinan los que no
están acostumbrados a este clima.
El sobrino volvió a mirar hacia la otra casa,
y entonces advirtió que la hierba crecida oscilaba
de modo curioso. Puso atención. La puerta de
la verja se movió, causando rechinamientos. Vio
salir a la criatura de que su tía le había
hablado: vestida de blanco, pequeñísima,
con la nariz ganchuda, el pelo larguísimo. El
ser tenía los ojos negros como el azabache. El
sobrino le sostuvo la mirada por un segundo. La criatura
se alejó por la banqueta y en algún momento
se perdió de la vista de todo mortal.
El sudor del sobrino se congeló. Se puso pálido
y rompió a temblar. Miró de soslayo a
la tía. Ésta, cerrados los ojos, tenía
el rostro surcado por una extraña sonrisa.
2002 |