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LA VISITA (2/2)

— ¿Qué pasó con Edmundo?

— Siguió como si nada. Se iba a chambear por la mañana y, por la noche, toleraba los regaños infundados de Reina. Posiblemente porque necesitaba más compañía de la que su esposa le podía dar, compró un perro, un pastor alemán precioso, con el que jugaba de cuando en cuando. Reina odiaba a ese perro. Ella no le daba de comer, claro. Eso lo tenía que hacer Edmundo. Cierta noche, la cosa se puso más fea que de costumbre. Los gritos de Reina nos despertaron a todos; nos asomamos para ver qué pasaba y vimos cómo echaba a empellones a Edmundo, ordenándole que se durmiera con su ‘amado perro’. ‘¡Tal vez con él tengas otro hijo!’, le gritó, antes de darle con la puerta en las narices. El pastor alemán ladró como desesperado hasta que Edmundo lo tranquilizó. Al fin, el hombre y la bestia se quedaron dormidos en el porche. Fue lastimoso. Me dieron ganas de llevarle al hombre una cobijita, pero mi marido me lo prohibió. ‘Allá él’, me dijo. ‘Se lo ha ganado.’

“Una noche cambiaron las cosas. A todos nos sorprendió que no se oyeran los gritos de Reina. Te juro que me dieron ganas de organizar una fiesta para celebrar el fin de las regañizas. Pero sólo a mí me dio gusto que Reina no regañara a Edmundo. Me dio la impresión de que a mi marido y a otros vecinos les extrañaba el asunto de otra manera. No tardé en darme cuenta de que pensaron que Edmundo se había hartado de Reina y la había matado. Mi marido llamó a dos amigos y se pusieron de acuerdo para explorar la casa. Querían salir de dudas. Tenían la seguridad de que sólo un crimen había podido cerrarle la boca a Reina. Los tres hombres se aproximaron con cuidado y echaron ojo. El pastor alemán dormía a pierna suelta y sólo por una ventana de la casa salía luz. No se atrevieron a llamar a Edmundo. Después de diez minutos de andar esperando que algo pasara, tiraron la toalla y se fueron. Mi marido no me habló por el resto de la noche.

“Al día siguiente, amaneció haciendo tanto calor como hoy. Mi marido se fue a trabajar. Yo no aguanté mucho tiempo dentro de la casa. Dejé preparada la comida y luego me vine aquí. Me senté en esta misma mecedora. Me llamó la atención el silencio. No se oía absolutamente nada, ni mi respiración. Sentí mucho miedo. Me puse chinita y el sudor se me congeló en la piel. Al instante empecé a sentir mucha frescura, casi frío. Y eso que estábamos a cuarenta a la sombra. Entonces, mi vista se quedó clavada en la casa de Edmundo. Vi que el perro estaba muy inquieto. Daba vueltas y vueltas, jadeaba. Parece ser que nadie había visto a Edmundo salir por la mañana. Entonces, vi que el perro se quedaba muy quieto y que, casi inmediatamente después, se ponía a aullar. Su aullido me horrorizó, pero no tanto como lo que vi dirigiéndose a la casa.”

El sobrino tragó saliva, se negó a parpadear.

— La vi de pronto -siguió la tía-. Una mujer diminuta. No te miento. Chiquitita. Mediría unos cincuenta centímetros. Estaba toda vestida de blanco y tenía el pelo tan largo que lo arrastraba detrás de los talones. Creo que tenía la nariz ganchuda y las manos medio deformes. No sé de dónde salió. La vi andar por la banqueta, detenerse un momento ante la casa de Edmundo y, por fin, entrar. Cruzó la puerta de la verja y no le hizo caso al perro, que se calló y se achicó cuando la mujer pasó a su lado. La puerta principal de la casa se abrió -no vi si alguien la había abierto-, la visita entró y la puerta volvió a cerrarse. Esperé más de media hora a que algo pasara: escuchar algo, ver salir a la mujer. Lo único que llegué a notar fue que el perro se había tirado de costado y ya no se movía.

Silencio de un minuto.

— ¿Y bien? -el sobrino no se había conformado con lo escuchado hasta ese momento.

— Nada -dijo la tía-. No vi salir a la enanita. A todo el mundo le conté el asunto. Desde luego que todos estuvimos de acuerdo con el padre Portales. La viejita esa era el Diablo. Había llegado a la casa para escarmentar a Reina por ser una pecadora.

— ¿Y Edmundo?

— Ahí está lo raro. Hace poco nos mandó una postal desde Los Ángeles. Se fue de mojado para allá y le está yendo bien. Es dependiente de una armería. No sabemos en qué momento se fue, ni si sabe lo que le pasó a Reina. Está muy raro.

— ¿Y el perro?

— El perro se murió. ¿No te dije? Se quedó tirado y se fue ensanchando como un globo. Luego se pudrió. Ahí ha de estar todavía su cadáver. El pasto lo debe de estar cubriendo. Nadie se le ha acercado a la casa desde aquel día. Por eso está en esas condiciones. Cualquier día de estos se cae, vas a ver.

— ¿No llamaron a alguna autoridad para que investigara?

— La autoridad son los narcos. ¿Para qué los íbamos a llamar?

El sobrino estaba en contra de tragarse aquello con tanta facilidad. Reparó en que el calor apretaba. Desvió los ojos de la casa de enfrente y los clavó en el rostro de la tía. La mujer había vuelto a cerrar los ojos. Afectaba pura placidez.

— ¿No crees que hayas tenido una alucinación? -preguntó el sobrino, a riesgo de hacer enojar a la oyente-. El calor extremo puede hacerlo a uno ver cosas.

La tía soltó una risita.

— Aquí sólo alucinan los que no están acostumbrados a este clima.

El sobrino volvió a mirar hacia la otra casa, y entonces advirtió que la hierba crecida oscilaba de modo curioso. Puso atención. La puerta de la verja se movió, causando rechinamientos. Vio salir a la criatura de que su tía le había hablado: vestida de blanco, pequeñísima, con la nariz ganchuda, el pelo larguísimo. El ser tenía los ojos negros como el azabache. El sobrino le sostuvo la mirada por un segundo. La criatura se alejó por la banqueta y en algún momento se perdió de la vista de todo mortal.

El sudor del sobrino se congeló. Se puso pálido y rompió a temblar. Miró de soslayo a la tía. Ésta, cerrados los ojos, tenía el rostro surcado por una extraña sonrisa.

2002

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