La influencia
del extraño libro y la desbordante botella de
vino negro, habían causado aquel cambio de actitud
en la persona de Alex Millar. Su mente le advirtió
del peligro al cual estaba expuesto mientras que la
paranoia comenzaba con su sarcástico ritual de
persecución y sobresaltos. Miró por la
ventanilla del reducido cuarto de hormigón y
aseguró la chapa de la pesada puerta de madera.
Nada allá afuera, lo mismo de siempre, la misma
noche otoñal, el mismo frío y la misma
humedad. Volvió a mirar por la ventanilla y clavó
después su vista en la pequeña y salvadora
estufa eléctrica. Se acercó a ella y encendió
un cigarrillo.
El
reloj de su muñeca dio las dos de la madrugada
de aquel martes 13 de agosto, supo entonces que en unos
minutos más tendría que salir de su refugio
y cumplir con la tercera ronda. Su temor a enfrentarse
a las penumbras de esa oscuridad nocturna se incrementó
en forma extraña. Maldijo entre dientes.
Recordó las palabras de su novia al salir
de casa aquella tarde, “te extrañaré esta
noche, vuelve pronto y piensa en mí”,
su segunda semana en este nuevo trabajo y su primera
noche fuera de casa. Esto de ser nochero no le agradaba,
tampoco su precaria situación económica
y el lugar en donde se encontraba… el viejo cementerio
del poblado.
Se enfundó los gruesos guantes y abrochó hasta
el último cierre de su buzo térmico.
Tomó la linterna y traspasó la puerta
de madera. El helado aire lo recibió con hostilidad
y el vacío de una noche susurrante lo acarició con
sus transparentes garras.
Buscó con su cobarde mirada algo que su interior
le ordenaba. No encontró nada. Sintió que
alguien lo observaba, dio un paso y luego otro, entonces
escuchó otros pasos que no eran los suyos y
que venían de sus espaldas. Miró por
sobre su hombro y solo vio aquel telón negro
y espeso que cae cuando el astro se oculta, ¡estúpido
libro! No debería haberlo sacado de la biblioteca.
Si no fuera por aquel irónico bibliotecario
amante del terror y de aquellos seres de largos y filosos
colmillos. ¡Eres un cobarde! Lo aceptó.
¡No! No seguiría en ese lugar sin antes
abrir otra botella de dulce vino. Abrió su cartera
y sacó el cristal, lo bebió con algo
de excitación. Sus pasos se hicieron un poco
mas seguros, la luz de la linterna le ayudaba con agrado.
Dobló por el pasillo tres y se plantó frente
a una tumba que llamó dócilmente su atención.
Aquella seguía igual que el día en que
fue inaugurada, él estaba allí cuando
los parientes y deudos despidieron a su amado ser,
eso hace dos días. Las cuatro únicas
coronas y las marchitas flores aún permanecían
en el lugar, también el inofensivo perro de
pequeña raza que no aceptaba la partida de su
amo… un ejemplo de lealtad y amor en este mundo
de odio y mentiras.
El perro lo miró con paciencia y siguió estático
y recostado junto a la cruz de madera de aquella tumba
de tercera clase. Pobre e inocente animal, pensó para
sus adentros al tiempo que un nuevo sorbo de vino resbalaba
por su garganta. Prometió volver con un trozo
de pan en su próxima ronda. Entonces se alejó de
aquel triste lugar y encendió un nuevo cigarrillo.
Alex Millar era por entonces un joven humilde y de
aspecto terrible. Su actual situación le había
sumido en un estado de angustia producto de la constante
insatisfacción de muchas necesidades que a su
edad le eran propias e innatas. Sus cortos 23 años
y lo rudo de los anteriores empleos le habían
enseñado lo difícil que es surgir en
una sociedad envuelta en el desarrollo y el consumismo.
No poseía estudios ni experiencia sólida
en algún oficio técnico, eso le desalentaba.
Sin embargo, era un hombre normal y sin muchos vicios,
dispuesto a sacrificar su juventud para lograr en un
futuro muy lejano consolidar algunas de sus escondidas
metas. Su novia, con la cual compartía una roída
casita en las inmediaciones de una comuna popular,
lo respetaba y le creía, razón suficiente
para que el joven obrero sintiera un personal grado
de estima y una seguridad emocional propia. |