Pese a todos los buenos atributos y a su robusto y
atlético físico, Alex Millar era un ser
supersticioso y apegado a antiguas creencias folclóricas
las que en cierto grado lo limitaban y hacían
de él, un cobarde más en este mundo de
cobardes.
Nunca antes había trabajado en tales condiciones.
Solo y abandonado en la inmensidad de un cementerio
putrefacto y esperando con ansias la llegada del sol
y de su salvador relevo ¡Estúpido libro
de vampiros! ¡Extraña noche!
Introdujo su mano en la bolsa de alimentos y sacó el único
pan que en ella quedaba… promesas son promesas.
Salió nuevamente del cuartucho y se preparó para
la nueva ronda. Tomó la avenida Santo Thomás
y dobló en el pasillo 6. La oscuridad lo envolvió por
completo y se aferró a sus miembros para no
soltarlos más.
Había caminado unos 200 metros cuando un sonido
espantoso y anormal irrumpió en el lugar, borrando
de inmediato todo vestigio de calma y silencio. Alex
palideció e imaginó por un segundo un
sin fin de visiones extrañas y malignas. No
se equivocaba, el animalesco sonido venía del
pasillo 3 y era sin duda el alarido lastimoso de un
perro vagabundo. ¡Sí! ¡El leal perruno
de la tumba reciente! Entonces sus ideas se revolvieron
en su mente y el pánico le cubrió con
su velo de locura y cobardía. ¿Qué ocurría
en ese pasillo? ¿Acaso algún profanador
pisaba también aquella tierra podrida y nauseabunda? ¿Algún
ser de raza desconocida? ¿Un animal salvaje?
Sus pasos se hicieron inestables, sus manos se humedecieron
y sus ojos también. La linterna le indicó el
camino y le mostró con horror el final de su
decadente búsqueda. Quiso gritar pero no pudo,
sintió como su corazón le subía
a la boca y lo enmudecía sátira y sarcásticamente.
Allí estaba, frente a él y en forma real
e inexplicable la tumba reciente de hace dos días… ella
había sido excavada, un gran orificio sobre
el barroso suelo lo confirmaba. Se acercó como
pudo al abismo y vio un segundo horror aún más
diabólico… ¡el ataúd estaba
vacío! Un hilo de sangre lo recorría
sin piedad y se perdía después por la
prolongación del pasillo hacia una oscuridad
más cruel y violenta.
Una ráfaga de dudas y preguntas lo abordó por
segunda vez, ¿y el perro? ¿Acaso excavó hasta
la madera para robar después el cuerpo de su
inerte amo? Imposible… lógicamente imposible… ¿entonces? ¿Un
ladrón? ¿Qué robaría un
ladrón en una tumba de última categoría
y en esta parte del cementerio ¿y la sangre? ¡No!
No podría ser cierto. Cerró sus ojos
y trató de calmar aquella histeria carnívora,
aunque algo en su interior le confirmaba su imbécil
teoría.
Un vampiro enterrado en aquel ataúd, un perro
poseído por aquel ser, el ser devorando al can
después de dos días de castigo y sufrimientos.
Huyó del lugar y en su brusca carrera perdió su
linterna y también su hombría. El desconcierto
lo confundió y lo sumió en un abismo
sin retorno. Sus pies torpes y empolvados obedecieron
a un cerebro enfermo y traicionero y pisotearon por
muchas veces un camino ya explorado y reconocido… Alex
Millar en su arrebato y desorden, se había perdido
en la necrópolis criminal y a merced de un ser
horroroso y salvaje.
El silencio retornó al panorama y se abrasó nuevamente
con su hermanable oscuridad. Alex aun no se recuperaba
de su precipitada carrera cuando cubrió su cuerpo
detrás de una lápida mohosa y oscura
que las raíces y el paso del tiempo habían
transformado en un monumento al abandono e indiferencia.
Miró hacia los cielos negruzcos y comprobó que
recién la noche comenzaba su lento descenso.
El miedo comenzó entonces a carcomer su espíritu
y su alma. El sudor frío empapó sus ropas… la
noche devoradora no lo abandonaría todavía.
Se resignó y esperó lo peor, sabía
que aquel ser lo abordaría con sus garras y
largos colmillos.
Lo peor vino después. Alex Millar enloqueció en
un segundo, pues de aquellas penumbras silenciosas
y aborrecidas, emanó de improviso una sádica
y lunática risa que impregnó el aire
y el ambiente con su asqueroso aroma… el hombre
se aferró a la lápida y levantó la
cabeza, necesitaba saber la procedencia de aquella
risa de ultratumba. No le costó descubrir su
origen, allí estaba. Frente a él y recostada
sobre una roída cruz de blanco granito. Alex
gritó hacia los cielos y buscó con su
vista alguna imagen sagrada que lo pudiera salvar… sus
fuerzas cayeron al abismo sin fondo y su cuerpo también.
Las primeras bocinas irrumpieron en aquella fría
mañana otoñal. La pesada puerta principal
del recinto se abrió después de una inusual
espera. Los cuantiosos curiosos y desocupados vagabundos
aferraron sus manos a los astillosos barrotes de la
reja centenaria. Pese a todo, nadie dio una explicación
satisfactoria…
Dentro del recinto, las caras y rostros evidenciaban
un impacto a una escena que después del hecho
fue bastante divulgada por los habitantes más
antiguos del poblado.
Boca abajo y con una expresión de horror incrustada
en su cabeza, yacía el inerte cuerpo de Alex
Millar… Mas
allá y recostada sobre el suelo barroso, reía
y balbuceaba sonidos guturales una esquelética
mujer que un día antes se había fugado
del manicomio.
Dos detalles de aquella loca ocasionaron la alarma
entre los que rodeaban el espantoso lugar. El primero
era que en sus tiesos brazos colgaba aún el cuerpo
de un cadáver exhumado y de procedencia humilde
y enfermiza. El otro, fue lo que mostraba entre sus
dientes cariados y amarillos, una cosa amorfa, terrible,
carente de piel y rodeada de pelos…
2003 |