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LAS SOMBRAS DEL MIEDO (1/2)

Pese a todos los buenos atributos y a su robusto y atlético físico, Alex Millar era un ser supersticioso y apegado a antiguas creencias folclóricas las que en cierto grado lo limitaban y hacían de él, un cobarde más en este mundo de cobardes.

Nunca antes había trabajado en tales condiciones. Solo y abandonado en la inmensidad de un cementerio putrefacto y esperando con ansias la llegada del sol y de su salvador relevo ¡Estúpido libro de vampiros! ¡Extraña noche!

Introdujo su mano en la bolsa de alimentos y sacó el único pan que en ella quedaba… promesas son promesas. Salió nuevamente del cuartucho y se preparó para la nueva ronda. Tomó la avenida Santo Thomás y dobló en el pasillo 6. La oscuridad lo envolvió por completo y se aferró a sus miembros para no soltarlos más.

Había caminado unos 200 metros cuando un sonido espantoso y anormal irrumpió en el lugar, borrando de inmediato todo vestigio de calma y silencio. Alex palideció e imaginó por un segundo un sin fin de visiones extrañas y malignas. No se equivocaba, el animalesco sonido venía del pasillo 3 y era sin duda el alarido lastimoso de un perro vagabundo. ¡Sí! ¡El leal perruno de la tumba reciente! Entonces sus ideas se revolvieron en su mente y el pánico le cubrió con su velo de locura y cobardía. ¿Qué ocurría en ese pasillo? ¿Acaso algún profanador pisaba también aquella tierra podrida y nauseabunda? ¿Algún ser de raza desconocida? ¿Un animal salvaje?

Sus pasos se hicieron inestables, sus manos se humedecieron y sus ojos también. La linterna le indicó el camino y le mostró con horror el final de su decadente búsqueda. Quiso gritar pero no pudo, sintió como su corazón le subía a la boca y lo enmudecía sátira y sarcásticamente. Allí estaba, frente a él y en forma real e inexplicable la tumba reciente de hace dos días… ella había sido excavada, un gran orificio sobre el barroso suelo lo confirmaba. Se acercó como pudo al abismo y vio un segundo horror aún más diabólico… ¡el ataúd estaba vacío! Un hilo de sangre lo recorría sin piedad y se perdía después por la prolongación del pasillo hacia una oscuridad más cruel y violenta.

Una ráfaga de dudas y preguntas lo abordó por segunda vez, ¿y el perro? ¿Acaso excavó hasta la madera para robar después el cuerpo de su inerte amo? Imposible… lógicamente imposible… ¿entonces? ¿Un ladrón? ¿Qué robaría un ladrón en una tumba de última categoría y en esta parte del cementerio ¿y la sangre? ¡No! No podría ser cierto. Cerró sus ojos y trató de calmar aquella histeria carnívora, aunque algo en su interior le confirmaba su imbécil teoría.

Un vampiro enterrado en aquel ataúd, un perro poseído por aquel ser, el ser devorando al can después de dos días de castigo y sufrimientos.

Huyó del lugar y en su brusca carrera perdió su linterna y también su hombría. El desconcierto lo confundió y lo sumió en un abismo sin retorno. Sus pies torpes y empolvados obedecieron a un cerebro enfermo y traicionero y pisotearon por muchas veces un camino ya explorado y reconocido… Alex Millar en su arrebato y desorden, se había perdido en la necrópolis criminal y a merced de un ser horroroso y salvaje.

El silencio retornó al panorama y se abrasó nuevamente con su hermanable oscuridad. Alex aun no se recuperaba de su precipitada carrera cuando cubrió su cuerpo detrás de una lápida mohosa y oscura que las raíces y el paso del tiempo habían transformado en un monumento al abandono e indiferencia.
Miró hacia los cielos negruzcos y comprobó que recién la noche comenzaba su lento descenso. El miedo comenzó entonces a carcomer su espíritu y su alma. El sudor frío empapó sus ropas… la noche devoradora no lo abandonaría todavía. Se resignó y esperó lo peor, sabía que aquel ser lo abordaría con sus garras y largos colmillos.

Lo peor vino después. Alex Millar enloqueció en un segundo, pues de aquellas penumbras silenciosas y aborrecidas, emanó de improviso una sádica y lunática risa que impregnó el aire y el ambiente con su asqueroso aroma… el hombre se aferró a la lápida y levantó la cabeza, necesitaba saber la procedencia de aquella risa de ultratumba. No le costó descubrir su origen, allí estaba. Frente a él y recostada sobre una roída cruz de blanco granito. Alex gritó hacia los cielos y buscó con su vista alguna imagen sagrada que lo pudiera salvar… sus fuerzas cayeron al abismo sin fondo y su cuerpo también.

Las primeras bocinas irrumpieron en aquella fría mañana otoñal. La pesada puerta principal del recinto se abrió después de una inusual espera. Los cuantiosos curiosos y desocupados vagabundos aferraron sus manos a los astillosos barrotes de la reja centenaria. Pese a todo, nadie dio una explicación satisfactoria…

Dentro del recinto, las caras y rostros evidenciaban un impacto a una escena que después del hecho fue bastante divulgada por los habitantes más antiguos del poblado.

Boca abajo y con una expresión de horror incrustada en su cabeza, yacía el inerte cuerpo de Alex Millar… Mas allá y recostada sobre el suelo barroso, reía y balbuceaba sonidos guturales una esquelética mujer que un día antes se había fugado del manicomio.

Dos detalles de aquella loca ocasionaron la alarma entre los que rodeaban el espantoso lugar. El primero era que en sus tiesos brazos colgaba aún el cuerpo de un cadáver exhumado y de procedencia humilde y enfermiza. El otro, fue lo que mostraba entre sus dientes cariados y amarillos, una cosa amorfa, terrible, carente de piel y rodeada de pelos…

2003

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