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RUIDO DE FONDO, por Raúl Quiroz (1/2)

No puedo decir que con el tiempo me he acostumbrado a ésta penumbra malsana, ya que es lo único que mis ojos han contemplado, no hay un referente sensorial para la comparación. La umbrosa atmósfera de abismos inescrutables, el perpetuo haz enfermizo de luz dando eje al rotar de los muros -cilindro girando frenético y manteniéndome aislado del mundo- Outsider condenado a regurgitar el deplorable banquete de la soledad, tomando copas llenas de ese monocromático "ruido de fondo".

Muchas veces soñé adquirir la facultad de los espectros que poblaban mis lecturas de distensión, deslizarme a través de los espacios intermoleculares, apartar a voluntad las partículas subatómicas que me detuviesen y dejar atrás mi sombra y los pavorosos recuerdos tras las paredes de mi resignada prisión. Contemplar aunque sea una vez lo que hay más allá -última voluntad de agonizante-, correr desenfadado los lánguidos pliegues del cortinaje de la realidad, una realidad que se me muestra sólo a través de las frías páginas de los libros.

Pero no, no hay escape a este cadalso, torre negra al oriente de ningún lugar. No tendré la esperanza de Segismundo en el encierro, ni estiraré los brazos al despertar del sueño. Torturado rey Lear, iluminado Schopenhauer, opiómano Baudelaire.

¿Qué desquiciada mente tramó el castigo, qué cerebro retorcido maquinó mi agonía? ¿Cómo el genio puede desplomarse a tales profundidades de alineación, o la mano creadora oprimir insensible el barro primordial, desquebrajando su obra? No lo comprendo y sé -que por más que pasen los años- no lo llegaré a comprender. Si por lo menos, alguna vez me hubiese calentado el rostro con los tímidos resplandores de la aurora, si tan sólo una vez hubiese tiritado mi cuerpo en el fresco aliento de la medianoche.

Ellos, sólo alimentaron con gusto morboso, mis dos apetitos insaciables: el fin del ruido ensordecedor y la plenitud del conocimiento. Mis venas fueron las anchas calzadas para la morfina desde que tengo memoria. Mi primer recuerdo se remonta a ese tubo de ensayo, mirando con curiosidad aquellos lentes cóncavos, monóculos iridiscentes iluminados desde atrás, las frías tenazas escrutadoras, los cuentagotas de agonía, destilando las simientes de vida lentamente, sobre la superficie porosa del germen que no alcanzaría la salvación.

Por escasas siete lunas pude ver algo más que estas frías paredes. Me hallé en una gruta, húmeda y tibia. Con sus pulsaciones lentas, acompasadas, maternales, mantenía el "ruido" lejos de mí. Después de todo, creo que aquel letargo dio a mi existencia la serenidad que perdí cuando dejé sus coloidales encantos. Allí comenzó el dolor, desde ese momento empecé a escuchar el "ruido"... ¡Maldita vibración! ¡Es posible que todo ser humano sea perturbado de esta manera!

En los millares de libros que he devorado, nunca hallé la más mínima referencia al "ruido". ¿Por qué debo ser yo el único infausto ser viviente que sea condenado a sentir ese "ruido de fondo"? Que ni siquiera viene del otro lado de los muros. ¡Está en el aire mismo que respiro, en el compás tumefacto de mi corazón, en el maldito zumbido de las moscas. Se filtra por los ángulos convexos interdimensionales! La pulsación malsana de un cosmos agonizante, rumor de miríadas de plañideras ancestrales y titánicas, agazapadas en la vertiginosa curvatura del espacio.

Y también está la sensación centrífuga -vértigo imperecedero a flor de piel- como si mi prisión se hallase en el único punto inmóvil del globo terrestre y del universo entero. Las masas intranquilas de roca y océano, cristal y vegetación, caldo de cultivo de la vida e informes restos burbujeantes en degeneración. Estrellas y simientes se entregan a un orbital movimiento en torno al haz de luz enfermiza que tengo ante mis ojos.

Ruido de Fondo

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