Puedo
sentir en mi cabeza y en el estertor de mis sienes las
caprichosas formaciones de nimbos, cúmulos y
estratos, hacerse y deshacerse, entregarse a cópulas
cataclísmicas en el luminoso éter. Pero
siempre girando en torno al haz de luz enfermiza, cabalgando
con galopes de rayos en tormentas sobre las masas continentales,
milímetro a milímetro, año tras
año, alzando o hundiendo sus cumbres, haciendo
yermos los valles o estallando en orgías verdes
las selvas de niebla, atizando sus entrañas de
magma en el movimiento constante. La danza a la deriva
al son del "ruido de fondo" y la órbita
invariable alrededor del haz enfermizo de luz.
Con sus legiones de almas envueltas en carne y sangre,
nervios, huesos y purulenta secreción -cortejo
fúnebre de la anunciación, resignada procesión
al lecho de tierra muerta-, girando, siempre girando
en torno a la columna de mortecina luz. Y más
allá de los continentes vaporosos en delirios
de ciclones y huracanes, donde los picos escabrosos
temen asomarse por encima de las llanuras de tormentas,
los lazos electromagnéticos giran. Como giran
las múltiples esferas, como se entregan a órbitas
perpetuas las nebulosas espirales y los cúmulos
de estrellas, los quasares y agujeros negros, los vagabundos
congelados y los luminosos vientos de plasma. Un universo
preso de giros, compulsivo derviche cósmico buscando
la evasión del continuo espacio-tiempo sin lograrlo,
presa de esta dimensión.
El "ruido" continúa, no mengua la
pulsación basculante, atenaza cada músculo,
cada quiebre de la respiración, cada página
entre mis dedos abriendo la vastedad del mundo, sólo
imaginable por oposición. Los ecos en lo que
debe ser un largo pasadizo se acercan, resuenan en síncope
con el "ruido". La marcha de los verdugos,
el síndrome de La Bastilla. Allí está
otra vez la grieta negra, la fragua que vomita mi alimento
diario.
Las voces silenciadas de mis creadores son como monstruosas
oraciones, letanías de trueno. Pude oír
claramente uno de sus diálogos y me revelaron
el secreto, el misterio del origen. ¡Por Dios!
Todo era cierto, no era un pliegue de locura alentada
por el "ruido de fondo". Diez años
encerrado, diez malditos años.
Un experimento fallido. Sólo Dios sabe cuántos
como yo habrían hallado su fin en estas mazmorras.
Sólo Él, insensible ante el desquiciado
orgullo humano buscando controlar la creación,
puede conceder horas a las horas, almas a las células
que se unen por la voluntad de unos locos que intentan
procrear al hombre perfecto. Diez años, sólo
un niño, la potencialidad última de la
mente en el cuerpo de un niño, atormentado por
el ruido del universo en movimiento. Los cables registrando
cada uno de mis impulsos nerviosos, escaneando cada
variación neuronal, esperando descubrir qué
se esconde en el salto de instante a instante, cuando
pareciera que pierdo la noción del todo a cada
milésima de segundo que transcurre y sin embargo,
conservo sobre una pantalla invariable todas las experiencias.
Inmóviles, sin poder hacer más que contemplarlas,
al borde de la locura.
¡No! Ya no les daré material para su
morbosa ciencia. Daré fin al engendro que crearon.
Ahora sé la verdad. Buscaré la forma de
aniquilarme. Es demasiado... dicen que soy el que ha
soportado más. Los otros no pasaron de los seis
años, no soportaron el "ruido" y el
giro vertiginoso. Por eso anularon mi voz, para no oír
mis gritos desgarrados.
El "ruido", maldición, el maldito
"ruido".
Las nubes estallan en tormentas. El rumor del Armagedón,
se acerca una lluvia de meteoros, dentro de tres días
caerá sobre Alaska...
Estrellas colapsan en el extremo de la espiral de
Andrómeda. Las ballenas jorobadas inician su
canto nupcial...
El soplo de vida escapa a una masa bermellón
y burbujeante en una fría caverna de Plutón.
Otro engendro es fecundado veinte metros más
allá del muro...
Nace un continente con furia en un joven planeta girando
en torno de Aldebarán. Un árbol milenario
es cortado en un bosque boreal...
El "ruido", el haz de luz enfermizo. El
"ruido", pulsando, invariable... ¡La
inmensa bestia del cosmos tiene que contener la respiración
alguna vez! |