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MARCOS PIZARRO, por Juan Diego Incardona

Hoy pasé por el cementerio de la Chacarita y descubrí, alarmado, que estaban enterrando a un hombre que se llamaba como yo, Marcos Pizarro.

No pude evitarlo: una horrible conmoción me sacudió y casi todo mi cuerpo se convirtió en un zumbido de cuerpo, en un conjunto de músculos que temblaban involuntariamente y que vibraban como las alas frenéticas de un insecto atrapado. Pero yo, el que habita debajo de la carne, estaba muy quieto. Desde allí, desde el escondite misterioso de mis entrañas, oía, como lejano, el pánico: el miedo parecía una chicharra que se oye y no se ve.

Toda esta suerte aciaga recorrió largos y anchos de mi ánimo, ya de naturaleza sensible y pusilánime, para estacarme a golpes contra la tierra. En la mañana de hoy.

Sin embargo, a cualquiera que, como yo, le haya pasado algo semejante sabrá que existe una fuerza que puede vencer al miedo: la curiosidad. Así pues, me acerqué.

Miré desde cierta distancia la ceremonia. Además del cura, había un hombre. Sólo un hombre. Esperé que todo terminara.

Terminó.

El cura se iba. Pero el hombre se quedaba. Mientras tanto yo, desde mi escondite, escuchaba los tenebrosos acordes de mis músculos.

Alguien más se acercó: era el hombre que pone lápidas. La puso y se fue. Yo continuaba a cierta distancia (y desde cierta distancia); el hombre que había presenciado la ceremonia seguía allí, siempre. En un momento, mi curiosidad me arrastró. En la tumba había una inscripción que decía:

Marcos Pizarro
? - 1999

—¿Sabe usted a qué se dedicaba la persona que murió?

—No lo sé —me contestó, entornando su rostro hacia mí.

Un pequeño silencio se acentuaba en el cementerio y era cada vez más intenso. Mientras tanto aquel hombre no me quitaba la vista de encima. Yo insistí:

—Disculpe mi atrevimiento, pero ¿fue usted amigo de ese hombre?

—¿Del que está ahí abajo? —Y me señalaba la tierra.

“Qué pregunta estúpida —pensé—, ¿acaso es un chiste?” Pero le dije:

—Sí, me refiero al muerto, a Marcos Pizarro.

—No, no fui su amigo: yo no lo conocía.

—¿Y por qué vino usted a este entierro?

—Por la misma razón que usted.

—Disculpe, pero no entiendo. Mi nombre es Marcos. ¿El suyo?

—Marcos, también. Marcos Pizarro.

Marcos Pizarro

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