Hoy pasé
por el cementerio de la Chacarita y descubrí,
alarmado, que estaban enterrando a un hombre que se
llamaba como yo, Marcos Pizarro.
No pude evitarlo: una horrible conmoción me
sacudió y casi todo mi cuerpo se convirtió
en un zumbido de cuerpo, en un conjunto de músculos
que temblaban involuntariamente y que vibraban como
las alas frenéticas de un insecto atrapado. Pero
yo, el que habita debajo de la carne, estaba muy quieto.
Desde allí, desde el escondite misterioso de
mis entrañas, oía, como lejano, el pánico:
el miedo parecía una chicharra que se oye y no
se ve.
Toda esta suerte aciaga recorrió largos y anchos
de mi ánimo, ya de naturaleza sensible y pusilánime,
para estacarme a golpes contra la tierra. En la mañana
de hoy.
Sin embargo, a cualquiera que, como yo, le haya pasado
algo semejante sabrá que existe una fuerza que
puede vencer al miedo: la curiosidad. Así pues,
me acerqué.
Miré desde cierta distancia la ceremonia. Además
del cura, había un hombre. Sólo un hombre.
Esperé que todo terminara.
Terminó.
El cura se iba. Pero el hombre se quedaba. Mientras
tanto yo, desde mi escondite, escuchaba los tenebrosos
acordes de mis músculos.
Alguien más se acercó: era el hombre que
pone lápidas. La puso y se fue. Yo continuaba
a cierta distancia (y desde cierta distancia); el hombre
que había presenciado la ceremonia seguía
allí, siempre. En un momento, mi curiosidad me
arrastró. En la tumba había una inscripción
que decía:
Marcos Pizarro
? - 1999
—¿Sabe usted a qué se dedicaba
la persona que murió?
—No lo sé —me contestó, entornando
su rostro hacia mí.
Un pequeño silencio se acentuaba en el cementerio
y era cada vez más intenso. Mientras tanto aquel
hombre no me quitaba la vista de encima. Yo insistí:
—Disculpe mi atrevimiento, pero ¿fue usted
amigo de ese hombre?
—¿Del que está ahí abajo?
—Y me señalaba la tierra.
“Qué pregunta estúpida —pensé—,
¿acaso es un chiste?” Pero le dije:
—Sí, me refiero al muerto, a Marcos Pizarro.
—No, no fui su amigo: yo no lo conocía.
—¿Y por qué vino usted a este entierro?
—Por la misma razón que usted.
—Disculpe, pero no entiendo. Mi nombre es Marcos.
¿El suyo?
—Marcos, también. Marcos Pizarro.
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