Vuelvo
a soñar. Me sueño otra vez, recorriendo
las entrañas del tiempo, sueño con tierras
desconocidas, imágenes nuevas pero difusas, lejanas,
escondidas. Sombras líquidas empapando la piel
de mis poros, nada cubre mi desnudez, pero no tengo
frío. La calidez del hogar lejano aún
me rodea, aún después de incontables siglos
de esta soledad casi voluntaria, siento en mi piel el
contacto del más íntimo de mis deseos,
y el ansia incombustible de la sed eterna de dolor.
Mis sentidos me llevan por caminos extraños,
mis ojos están cegados por la niebla y el sopor
de lágrimas injustas. Mis labios, resecos por
la sal de una sangre que no es mía, y mi piel,
cayendo a pedazos, uno tras otro, desollando mis instintos,
hasta dejarme en carne viva.
Una y otra vez, recorro esos senderos, al disolverse
las madrugadas, entre el silencio del sol aletargado,
y el insomnio de las estrellas, junto a mi cerebro desnudo
e indefenso. Una y otra vez el mismo sueño.
Por qué no puedo salir de este laberinto carnal,
que devora la vitalidad de mi cuerpo moribundo y aniquila
la voluntad de los dioses compasivos, por salvarme,
por glorificar mis noches sagradas. Acaso será
qué el significado oculto del dolor es aquel
gozo que nace en mi vientre, y se imprime en mis belfos
sangrantes por el placer de la noche...
...Y luego, despierto, lleno de un placer intenso, casi
como aquel goce que siento al poseer la noche nueva,
cansado de navegar en el mar insondable de tu horror
casi natural.
Ahora sé que pagaré el precio de una
muerte incipiente, la de la madre, ocurrida en el tiempo
que no debió acabar. Ella me lo pedía,
lo imploraba, pero no comprendí aquellas señales
del alma dormida, hasta que la encontré fría,
con los ojos rígidos, y el capullo vacío,
y supe que no tendría más aquella aura
hermosa pero entonces débil, que siempre compartió
su fulgor a mi lado.
No pude llorar, ella se llevó mis lágrimas,
no pude gritar, ella gritó por mí desde
sus entrañas con el dolor innominable del silencio
eterno. No pude recordar toda la rabia que sabía
escondida en mí, para gritarla, para echarla
en ardientes diatribas al viento matinal del cementerio,
y sólo entonces tuve silencio, igual que el solitario
capullo gris, el frío silencio del olvido del
Dios resentido.
Luego de pagar aquella deuda, la noche hará
suya la expiación del padre. Tal vez aquel precio
no sea grande, pero será igualmente una deuda
con el destino. Sé que aquel dolor fue por mí,
lo sé porque luego percibí que quería
sanar heridas mutuas, pero no pudo. Fue tarde cuando
finalmente lo entendí, entonces sus ojos señalaban
fijamente el destino del que desde entonces sería
mi futuro, mi presente y mi pasado.
Cómo olvidar aquellas manos callosas acariciando
la mejilla del niño triste, cómo olvidar
el olor de las madrugadas, cuando volvía ebrio
de tristeza, y con pasos duros, subía las escaleras.
Y luego la madre, llorosa, levantábase del sillón
para calentar la fría cena guardada para el desayuno
ligero; Como por Dios, como recordar sus palabras tibias
sanando las heridas del alma sangrante, sabiendo que
tal vez ese fue el error y la bendición, de irse
dejando atrás aquellos recuerdos que no quedarían
mas que en las páginas de un mal recuerdo.
Todo eso reclama el destino, pues mi conciencia, juez
inquebrantable, exige retribución por la vida,
la devolución de recuerdos casi muertos, que
sostienen la cáscara del olvido. No quiero aceptar
la carga que imponen unilateralmente los pecados que
no son míos, soy culpable, pero no convicto de
sus vidas, no pueden condenarme por vivir la vida del
liberto condenado a la horca repentina, pues si es así,
lucharé por la redención, aunque ésta
signifique perder todo rastro de humanidad restante
en el alma de un ente vacío y perdido.
Sueño de nuevo, pero ahora estoy preparado,
tengo entre las manos el escudo del perdón, lo
obtuve de ellos, que me lo otorgaron, a pesar de todo.
Con el perdón de ella, la madre dulce, compasión
sincera y vital obtuve la liviandad del rigor, con el
perdón del padre, la clemencia tierna y filial
y la fuerza para resistir mi condena.
Los espectros nocturnos, ahora no podrán atacar
los recuerdos, no encontrarán ni uno solo de
aquellos pecados olvidados, porque ellos, los padres,
los pagaron, ellos murieron en su cruz, por sus errores
e inmolaron la vida para redimir al hijo olvidado en
el yermo del desierto.
Por fin llega el alba y aún estoy caminando
en el sendero de los sueños. Pero ahora, a la
distancia, casi al final del túnel, brilla una
nueva luz, y siento que por fin comienzo a despertar
al tenue fulgor del amanecer restaurado.
* Ilustración de Antonio Casas. |