Crixus era
jonio, pero ya ni siquiera pensaba en regresar a su
natal Atenas. ¿Para qué? En la isla de
Knosos había vivido desde muy joven, tenía
casi todo lo que necesitaba y con seguridad iba a morir
allí. Pero no era feliz. Al fin y al cabo, también
era cierto que estaba muy solo. Muy solo.
Crixus no era viejo, pero había vivido mucho.
En algún momento había sido marino. Su
infancia fue tan solo el preludio de su oficio. De hecho
creció en el barco de su padre. A la madre no
llegó a conocerla: los vecinos contaban que había
muerto mientras le daba a luz, y algo le decía
que de cierta forma su padre lo culpaba de ello. Le
pegaba cuando se le antojaba, y eso es un buen indicio
para un niño.
Entre el puño y el remo creció, y Crixus
se alegró de la muerte de su progenitor. Como
por aquel momento ya tenía edad suficiente para
dirigir el navío –que más que navío
era bote- el muchacho, a sus quince años, se
hizo a la mar para ganarse su propio sustento. Cuatro
inviernos de mejor o peor suerte transcurrieron para
el joven en el mar Egeo con la ayuda, a veces, del padre
Poseidón, y en la mayoría de los casos
ayudándose a sí mismo. Hasta que un día
la corriente le arrastró mar afuera.
Crixus luchó cuanto pudo con los remos para
volver a la costa, pero solo logró cansarse sin
poder escapar de los vientos y el agua. Pasadas un par
de horas se resignó y se dejó llevar,
tendiéndose en el fondo de la chalupa y musitando
maldiciones a los dioses.
A los dos días llegó un joven barbudo
y extenuado a la isla de Knosos, lugar del que nadie
tenía noticias y a la que tampoco llegaba ninguna.
Así las cosas, es de suponer la sorpresa de las
ninfas de Artemis que tenían allí templo
y morada. Después de sorprenderse, las doncellas
pensaron en sacrificarlo inmediatamente a la Triple
Diosa –Magna Mater para los entendidos- a lo cual,
como es lógico, el propio Crixus supo encontrar
un montón de objeciones.
Entonces las ninfas, que a estas alturas tenían
pocos temas que debatir aparte de la hermosa cosecha
del año anterior o lo lindo que florecían
los prados en la primavera, se enfrascaron en recia
y animada discusión. Por suerte, en lo que deliberaban,
le dieron de comer y beber en abundancia, pues no era
oportuno que el sacrificio muriera de inanición
y no de un golpe de puñal. Crixus miró
con desagrado tales razones, pero no así al condumio
que tanta necesidad le hacía.
En lo que iba y venía el debate pasaron los
días, y las ninfas se fueron acostumbrando a
la presencia del náufrago, quien se esforzaba
en caer en gracia por razones obvias. La Sacerdotisa
Mayor, quien veía al joven con agrado, decidió
que siendo el único hombre que había pisado
Knosos (además de los sacerdotes de Apolo de
la isla vecina) se le perdonaría la vida a cambio
de ciertos favores una vez al año. Crixus aceptó,
si no gustoso al menos resignado y contento por no perder
la vida.
Así fue como se le ordenó que viviera
en la parte sur de la isla, apartado e ignorado por
las ninfas. Sabía que si intentaba escapar o
merodear por la isla las ninfas, tiernas pero diestras
en arquería, lo harían muñeco de
prácticas. Así que Crixus, solo con la
fuerza de sus brazos y un par de herramientas levantó
su casa, roturó el fértil suelo de Knosos,
sembró, juntó ganado, recogió la
cosecha y, en definitiva, vivió como un campesino
por veinticinco largos años. También,
siguiendo los consejos de su padre, plantó vid
silvestre cerca de la casa e hizo vino. Y, como no iba
a tomarse semejante trabajo en balde, mataba la monotonía
emborrachándose a dos cántaras.
No todo era aburrimiento, claro. Una ninfa le visitaba
una vez al año, siempre con el comienzo de la
primavera, y aquello era una buena forma de distracción.
Más o menos buena. Primero Crixus esperaba con
ansiedad la floración, luego ese sentimiento
fue sustituido por un entusiasmo medianamente marcado,
al final lo tomó por un hecho corriente y ahora
ya le daba en verdad lo mismo.
Aquel día Crixus despertó, e incorporándose
a medias en su camastro, extendió la mano hacia
el ánfora y bebió un largo trago de vino.
La bebida le ayudó a librarse de los restos de
sueño y algo de la resaca del día anterior.
Salió de la choza y se estiró al sol de
la mañana, haciendo crujir sus articulaciones.
Anduvo un rato por el sembrado arrancando malas hierbas,
contó el ganado con los dedos para asegurarse
de que estaba completo y masticó un poco de pan
de centeno viejo.
Knosos estallaba de alegría por la llegada
de la primavera, pero Crixus no se unía al júbilo
reinante. Se movía con desgano entre tanta belleza:
la cabeza le dolía y la gastritis no se aliviaba
ya con leche de cabra. Era lógico que no se sintiese
de humor para admirar el paisaje. Con paso lento regresó
a la cabaña y al vino.
El sol se movió en el cielo, trepando hasta
el cenit para resbalar después hacia el poniente.
Crixus ya no bebía, ni entonaba canciones marineras
con aliento de viñedo, sino que dormitaba con
el ánfora casi vacía en las rodillas.
Casi al anochecer, otra silueta humana rompió
la natural asimetría del paisaje. Una figura
grácil brotó de la espesura.
-¡Crixus! ¡Crixus!
El hombre no despertó.
-¡Crixus!
La ninfa se acercó a la cabaña. Con
los tintes del atardecer su túnica blanca se
teñía de naranjas y, a trasluz, dejaba
ver un cuerpo de formas perfectas y sensuales.
-¿Crixus? –llamó la muchacha inclinándose
sobre él, en tanto sus cabellos descendían
por los hombros como una cascada de oros.
El hombre ni siquiera se movió.
-Despierta –susurró ella con voz suave,
mientras su mano delicada acariciaba la mejilla de Crixus-
Ya es hora.
Crixus abrió los ojos y su primera visión
fueron los senos de la doncella, apenas cubiertos, junto
a su rostro. Ella se irguió y quedó mirándolo
arrobada.
-Crixus, hoy es el día.
El hombre bostezó, recogiendo el ánfora
de sus rodillas. La agitó, y los restos de vino
gorgotearon por un momento en el fondo antes de perderse
en su garganta.
-Vamos, Crixus.
Él intentó sonreír, pero solo
logró una triste mueca.
- Ven mañana. Hoy no estoy de humor.
La muchacha se acercó aun más y posó
la mano sobre el pelo ensortijado de Crixus. El vientre
quedó a la altura de sus ojos, y el hombre aspiró
el aroma que despedía su cuerpo: una fragancia
suave, casi floral, suave y atrayente. Acariciándolo,
la muchacha musitó.
-Sabes que tiene que ser hoy. Hoy es el día.
Mañana será tarde para festejar la llegada
de la primavera.
Crixus sintió como su cuerpo respondía
por instinto. Casi sin darse cuenta levantó el
brazo, rozando con su diestra callosa la entrepierna
de la ninfa. Estaba suave y caliente. La piel de la
doncella se erizó, tembló, mientras palpaba
el cuello de Crixus.
-¡Vamos, Crixus! –rogó.
Él se levantó y echó a andar
tras la muchacha. Sus ojos estaban fijos en la cadera,
que acunaba su mirada en cada paso. Ella de vez en cuando
volvía el rostro y le sonreía, aunque
el hombre ya no necesitaba más insinuaciones.
Ambos se internaron en la floresta en silencio, mientras
a su alrededor el rumor del bosque los envolvía.
El hombre sabía muy bien a donde iban; como cada
vez durante aquellos veinticinco años irían
a la orilla del río, a la piedra ceremonial de
Artemis Cazadora. A bañarse en los primeros rayos
lunares de la primavera. Crixus se secó el sudor
de la frente, sin perder de vista el cuerpo frágil
y sensual de la ninfa.
El trino del río ahogó los sonidos de
la fronda, y las ondas de plata se adivinaban entre
los troncos y el follaje de los matorrales. El bosque
terminó, y la muchacha miró a Crixus,
que asintió y se detuvo. Ella desnudó
sus carnes perfectas, más hermosas y apetecibles
aún que bajo la túnica. Con lentos movimientos
penetró en la rivera y quedó allí,
dejando que el agua fluyese sobre su piel para purificarla
antes del ritual.
Crixus la miró permanecer inmóvil, respirando
los aromas de la noche. Sí, era lo suficientemente
hermosa como para dar envidia a la más encumbrada
princesa griega. Y muy joven. No más de dieciséis
años de pureza entre los bosques de Artemis,
moldeando su cuerpo con el ejercicio y la caza.
La muchacha salió del agua, y su piel mojada
brilló a la luz de la luna sobre sus cabellos
pegados a la espalda. Le sonrió una vez más,
pidiéndole paciencia, y avanzó hasta la
piedra ceremonial. Cuando se tendió sobre ella
su cuerpo quedó inclinado hacia el río,
y sus piernas abiertas apuntaban a Crixus.
-Ven, estoy lista –su voz era ahora un susurro
insinuante.
Crixus se acercó dominando sus pasiones, grabando
en la memoria todos los detalles para rememorarlos en
el próximo año de soledad. Avanzó
hasta sentir en sus muslos el calor de los de ella,
se inclinó olfateando de nuevo su fragancia y
posó las manos encallecidas sobre sus caderas,
con toda la suavidad que le permitían sus cuarenta
y cuatro años. Dejó que sus dedos resbalasen
sobre la piel pálida, avanzando milímetro
a milímetro por sus costados, sus costillas,
sus senos duros y redondeados, sus pezones que se dibujaban
como una invitación, su pecho que oscilaba en
agitada respiración, sus hombros mojados por
el río, su cuello terso...
Crixus apoyó todo su peso sobre la garganta,
apretando la tráquea con los pulgares. La ninfa
comenzó a debatirse desesperada al sentir que
el aire ya no llegaba a sus pulmones; pero el hombre,
lejos de liberarla, oprimiendo con más fuerza.
La doncella, en su agonía, posó sus uñas
largas y agudas sobre la espalda de Crixus dejando ocho
largos surcos. Sin embargo, esto sólo aceleró
su muerte: el asesino, al sentirse herido, echó
mano a sus últimas fuerzas a la par que gritaba
una maldición. El debatir de ave de la muchacha
se hizo débil, débil, débil, débil...
Crixus soltó la garganta llena de marcas y se
incorporó. Le dolían los arañazos,
le pesaban los brazos y sentía latiendo todos
sus músculos, a flor de piel por el esfuerzo.
Tomó el cadáver y llevando su carga comenzó
a andar hacia un recodo más profundo del río,
mascullando para sí mismo “Por Zeus...
ya estoy muy viejo para estos menesteres... mis miembros
no son tan fuertes como antes...”
El pelo largo y dorado de la ninfa se enredó
en un matorral, pero Crixus lo liberó con un
movimiento brusco. Entre las zarzas quedaron varios
mechones de hebras de oro en señal de protesta.
“... ¿cada vez son más pesadas?
¿O yo soy más débil?...”
Junto a la ribera la dejó caer, y con un ruido
sordo la cabeza de la doncella golpeó una roca
tiñéndola de sangre. Gruesas gotas de
sudor corrían desde la nuca hacia la espalda
de Crixus, que las sentía como carbones sobre
sus heridas. “... ¡Qué se te niegue
la entrada a los Campos Elíseos, maldita ninfa!
Si vienes a sacrificarte por tu propia voluntad... ¿por
qué me desollas entonces?...”
Años atrás Crixus habría poseído
el cadáver. Luego lo conservaría para
su disfrute hasta que empezase a apestar, pero... Empujó
el cuerpo con el pie y quedó mirando como la
corriente lo arrastraba hacia el reino de Poseidón,
para ser pasto de peces.
...esta noche de primavera todo lo que deseaba Crixus
era regresar a su cabaña y vaciar un ánfora,
a la salud de la Triple Diosa. |