 |
El
reloj colgado en la pared indica las dos, estoy sentado
sobre mi cómoda silla de madera barnizada con detalles
al estilo gótico. Enfrente tengo a mi compañera
de insomnios, mi mesa y sobre ella a mi derecha tengo
una taza con café humeante, también una
serie de discos y unos libros pequeños. La luz
proveniente de un foco ubicado en la pared del mismo lado
que mi taza de café ilumina toda la habitación.
Me encuentro sólo y el silencio reinante es parecido
al de un cementerio a media noche. Me levanté de
la cama sin pegar los ojos, me dirigí a esta sala
con intenciones de leer algunas líneas de un libro
de los tantos que se encuentran sobre mi ya mencionada
compañera. He terminado todo el volumen y volvería
a mi lecho si no fuera por una extraña fuerza que
espolea mis ganas de describir unos sucesos que acontecieron
hace varios años en esta misma época del
año, y varias escenas en esta misma sala. Son esos
hechos que ahuyentan mis sueños y ahora vuelven
a mi mente como un espíritu maligno.
La pesadilla comenzó en la década pasada,
una década cargada de novedades según
decían los mayores, por mi parte apenas contaba
con dieciocho años. A esa edad mis gustos y mi
espíritu rebelde de niño mimado e inquieto,
me llevaron a tomar un oscuro camino. Fue la época
en que mis días se volvían cortos y mis
noches estaban inundadas por estremecedores alaridos,
sombras misteriosas y silbidos nocturnos entre otras
manifestaciones que no voy a mencionar, porque nadie
me creería y se pondría en tela de juicio
mi salud mental. Sin embargo, la historia que voy a
relatar va mas allá de esas manifestaciones,
mas allá de lo imaginable, más allá
de las palabras, más, y más allá
de lo que se pueda pensar después de leerla,
pasaré a relatarla.
Comenzaré mencionando a un amigo, mi mejor amigo,
lo recuerdo bien. Su gran constitución física
y el corazón más grande que el mismo,
lo convertían en una persona inspiradora de temor
hasta que llegaba a ser conocido, joven, animoso, lleno
de vida y sencillo como su nombre: Alexander, sus amigos
lo llamábamos “Alex”.
Una tarde, a la hora en que acostumbrábamos
reunirnos en mi casa, él se presentó con
un libro, este hecho no me sorprendió en absoluto
pero lo menciono porque en esta ocasión traía
un libro especial, muy especial. Mientras nos dirigíamos
a esta sala me dispuse a preguntarle sobre la obra que
traía en manos, la respuesta inmediata consistió
en una sonrisa, luego bajando el volumen sobre esta
misma mesa, añadió:
- Este libro contiene pócimas, prácticas
para invocar espíritus, detalles concernientes
el juego de la copa...
- ¿El juego de la copa? – interrumpí.
- Si, la ouija –contesto con voz calmada sin dejar
de hojear el libro.
- Pensé que podría ser algo mas divertido
–añadí– donde hay copas siempre
hay diversión.
Mi chiste carecía de gracia y Alex seguía
con el rostro poseído por la seriedad, esa seriedad
que lo irrumpió desde el momento de abrir aquel
libro forrado con gamuza de tono negro. No pensé
que mi chispa de buen humor podría crear un incendio
en los ojos de mi siempre alegre amigo y tan devastador
silencio en la sala. Luego de observarme severamente
con aquellos ojos encendidos, con mirada de corneja,
esos ojos oscuros, fríos y penetrantes. Mi serio
amigo bajo de nuevo la mirada y continuó citando
el contenido de la obra en cuestión. Ya le había
perdido el hilo, aquellos ojos desconocidos turbaron
mis ideas, mi atención se aferró a viejos
recuerdos que cruzaron por mi mente a gran velocidad.
El tiempo parecía detenerse. Un momento, tal
vez un segundo, dudé de la persona que tenía
enfrente. Desconocía al amigo con quien crecí
jugando y haciendo travesuras inocentes. Mi mente aún
volaba lejos cuando se dirigió a mí:
- ¿Qué te parece?
- No sé –respondí con duda. En realidad,
no había prestado atención a todo lo que
expuso a causa de aquel pasmo que mencioné anteriormente.
Cerró el volumen y lo deslizo hacia mí,
lo tomé mientras recordaba las atrocidades que
contaban acerca de las personas que partían un
libro como ese. No era supersticioso así que
lo tomé con confianza, lo abrí y algunos
raros dibujos acapararon mi atención. Después
de leer algunas líneas descubrí que el
contenido era más lóbrego que la tapa
misma, miré a Alex y pregunté:
- ¿Crees en esto?
- No, pero me gustaría experimentar, sólo
por curiosidad –respondió con cierto entusiasmo.
- No puedo negar que también me gustaría
probar “el juego de la copa” –dije.
Dejamos escapar algunas risotadas. Después, como
de costumbre y buen anfitrión, ofrecí
algo de beber a mi visita, me dirigí a la refrigerador
y de la misma saqué una botella de agua inorgánica.
Minutos más tarde el libro de tapa oscura sería
de nuevo nuestro tema de conversación.
Desde entonces escudriñamos constantemente ese
libro negro –así lo llamábamos–,
una por una esas hojas ambarinas. No pasó mucho
tiempo y conseguimos una tabla, una copa de cristal,
cuatro velas y aromatizantes. La tabla era perfecta,
no descubrí en su superficie algún defecto.
Tan perfecta como un cristal, yo calculaba que un simple
soplido podría deslizar sobre ella hasta una
jarra de cerveza. En cuanto a las velas, dos de ellas
eran de color negro, las otras dos de color rojo. Teníamos
todo lo necesario para la sesión, excepto una
pieza elemental e indispensable. Sí, lo único
que quedaba por obtener era el lugar de nuestra “reunión
con los espíritus”. Inicialmente pensamos
en una casa abandonada, que si mal no recuerdo no quedaba
lejos del lugar en donde estábamos. La idea quedó
descartada después de calcular que el lugar en
cuestión nos mantendría mirando a todos
lados, para ver si por casualidad alguien se aproximaba
al lugar, eso impediría la concentración
exigida por el libro citado anteriormente.
Entonces pensamos en un amigo cuyo hogar era deshabitado
a ciertas horas, excepto por él. Nuestro amigo
Michel Vivis, sin mascota más que su guitarra.
Vivis era el clásico chico rebelde, tenía
el dormitorio tapizado con imágenes de músicos,
motocicletas, calaveras y el retrato a quien identificamos
como diablo también estaba en la pared de su
habitación, hijo único de una adinerada
familia se caracterizaba por su vida despreocupada,
su vulgar conducta y sus gustos hacia escandalosos grupos
musicales. Empezó a fumar a los catorce años
a escondida de sus padres, claro, éstos lo descubrieron
en esta actividad cuando el insurrecto cumplía
apenas diecisiete años, justamente en su fiesta
de cumpleaños. En los estudios, era muy hábil,
no justamente con los libros sino con las letras y hojas
pequeñas, con tal don pasaba todas las materias.
Sus padres, que peleaban constantemente ahuyentaban
a los empleados. Los esposos cansados de reñir
todos los días, terminaron por separarse quedando
el hijo con la madre. La señora Susan Vivis,
madre de este pintoresco amigo pasaba la mayor parte
del día fuera del hogar. No voy a describir con
más detalles la vida de este desordenado amigo.
Cinco minutos después de pensar en él,
ya estábamos mirando a través de los cristales
de una de las ventanas de la casa más grande
del distrito, la cual, pensábamos, sería
el lugar propicio para nuestro experimento. La ventana
mencionada pertenecía a la habitación
de nuestro amigo Michel. Por unos minutos lo observamos,
dormía placidamente de forma contraria al molde
de su cama, llevaba una camisa celeste con rayas azules
completamente abierta, un jeans color negro cortado
a la altura de las rodillas y su instrumento musical
yacía en el piso. Golpeamos el cristal con las
manos para de esa formar despertarlo. Después
de muchos intentos, decidimos entrar por la puerta posterior
de la casa que calculamos estaría abierta. Y
así ocurrió, después de ingresar
por el pasillo del fondo, pasamos por la cocina y al
fin llegamos al living, miramos el lugar, todo estaba
como de costumbre, la puerta del dormitorio estaba abierta,
ingresamos y despertamos a nuestro aliado.
No pensó dos veces para contestar con una respuesta
afirmativa cuando le propusimos nuestra idea de experimentar
con los espíritus y esa misma tarde, acordamos
en establecer nuestro primer contacto con el más
allá. Movimos la cama hacia un costado, ubicamos
estratégicamente las cuatro velas, el aromatizante
que se quemaba en un pequeño braserillo ya envolvía
la habitación con su ablandador aroma, juntamos
las cortinas y la tabla ya se hallaba en el suelo. De
esa forma el lugar para la ansiada reunión quedó
listo. Nos estremecimos después de apagar las
luces y ver lo macabro que se veía la habitación
con el objeto diabólico en el centro, bajo la
luz de las velas. Nos sentamos sobre la alfombra oscura
en posición de meditación, nos miramos
y sonreímos incrédulos de lo que estábamos
por hacer, la copa ya se encontraba en su lugar. |
 |