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POSESO, por Pedro Pereira (1/2)
PosesoEl reloj colgado en la pared indica las dos, estoy sentado sobre mi cómoda silla de madera barnizada con detalles al estilo gótico. Enfrente tengo a mi compañera de insomnios, mi mesa y sobre ella a mi derecha tengo una taza con café humeante, también una serie de discos y unos libros pequeños. La luz proveniente de un foco ubicado en la pared del mismo lado que mi taza de café ilumina toda la habitación. Me encuentro sólo y el silencio reinante es parecido al de un cementerio a media noche. Me levanté de la cama sin pegar los ojos, me dirigí a esta sala con intenciones de leer algunas líneas de un libro de los tantos que se encuentran sobre mi ya mencionada compañera. He terminado todo el volumen y volvería a mi lecho si no fuera por una extraña fuerza que espolea mis ganas de describir unos sucesos que acontecieron hace varios años en esta misma época del año, y varias escenas en esta misma sala. Son esos hechos que ahuyentan mis sueños y ahora vuelven a mi mente como un espíritu maligno.

La pesadilla comenzó en la década pasada, una década cargada de novedades según decían los mayores, por mi parte apenas contaba con dieciocho años. A esa edad mis gustos y mi espíritu rebelde de niño mimado e inquieto, me llevaron a tomar un oscuro camino. Fue la época en que mis días se volvían cortos y mis noches estaban inundadas por estremecedores alaridos, sombras misteriosas y silbidos nocturnos entre otras manifestaciones que no voy a mencionar, porque nadie me creería y se pondría en tela de juicio mi salud mental. Sin embargo, la historia que voy a relatar va mas allá de esas manifestaciones, mas allá de lo imaginable, más allá de las palabras, más, y más allá de lo que se pueda pensar después de leerla, pasaré a relatarla.

Comenzaré mencionando a un amigo, mi mejor amigo, lo recuerdo bien. Su gran constitución física y el corazón más grande que el mismo, lo convertían en una persona inspiradora de temor hasta que llegaba a ser conocido, joven, animoso, lleno de vida y sencillo como su nombre: Alexander, sus amigos lo llamábamos “Alex”.

Una tarde, a la hora en que acostumbrábamos reunirnos en mi casa, él se presentó con un libro, este hecho no me sorprendió en absoluto pero lo menciono porque en esta ocasión traía un libro especial, muy especial. Mientras nos dirigíamos a esta sala me dispuse a preguntarle sobre la obra que traía en manos, la respuesta inmediata consistió en una sonrisa, luego bajando el volumen sobre esta misma mesa, añadió:

- Este libro contiene pócimas, prácticas para invocar espíritus, detalles concernientes el juego de la copa...
- ¿El juego de la copa? – interrumpí.
- Si, la ouija –contesto con voz calmada sin dejar de hojear el libro.
- Pensé que podría ser algo mas divertido –añadí– donde hay copas siempre hay diversión.

Mi chiste carecía de gracia y Alex seguía con el rostro poseído por la seriedad, esa seriedad que lo irrumpió desde el momento de abrir aquel libro forrado con gamuza de tono negro. No pensé que mi chispa de buen humor podría crear un incendio en los ojos de mi siempre alegre amigo y tan devastador silencio en la sala. Luego de observarme severamente con aquellos ojos encendidos, con mirada de corneja, esos ojos oscuros, fríos y penetrantes. Mi serio amigo bajo de nuevo la mirada y continuó citando el contenido de la obra en cuestión. Ya le había perdido el hilo, aquellos ojos desconocidos turbaron mis ideas, mi atención se aferró a viejos recuerdos que cruzaron por mi mente a gran velocidad. El tiempo parecía detenerse. Un momento, tal vez un segundo, dudé de la persona que tenía enfrente. Desconocía al amigo con quien crecí jugando y haciendo travesuras inocentes. Mi mente aún volaba lejos cuando se dirigió a mí:

- ¿Qué te parece?
- No sé –respondí con duda. En realidad, no había prestado atención a todo lo que expuso a causa de aquel pasmo que mencioné anteriormente. Cerró el volumen y lo deslizo hacia mí, lo tomé mientras recordaba las atrocidades que contaban acerca de las personas que partían un libro como ese. No era supersticioso así que lo tomé con confianza, lo abrí y algunos raros dibujos acapararon mi atención. Después de leer algunas líneas descubrí que el contenido era más lóbrego que la tapa misma, miré a Alex y pregunté:
- ¿Crees en esto?
- No, pero me gustaría experimentar, sólo por curiosidad –respondió con cierto entusiasmo.
- No puedo negar que también me gustaría probar “el juego de la copa” –dije. Dejamos escapar algunas risotadas. Después, como de costumbre y buen anfitrión, ofrecí algo de beber a mi visita, me dirigí a la refrigerador y de la misma saqué una botella de agua inorgánica. Minutos más tarde el libro de tapa oscura sería de nuevo nuestro tema de conversación.

Desde entonces escudriñamos constantemente ese libro negro –así lo llamábamos–, una por una esas hojas ambarinas. No pasó mucho tiempo y conseguimos una tabla, una copa de cristal, cuatro velas y aromatizantes. La tabla era perfecta, no descubrí en su superficie algún defecto. Tan perfecta como un cristal, yo calculaba que un simple soplido podría deslizar sobre ella hasta una jarra de cerveza. En cuanto a las velas, dos de ellas eran de color negro, las otras dos de color rojo. Teníamos todo lo necesario para la sesión, excepto una pieza elemental e indispensable. Sí, lo único que quedaba por obtener era el lugar de nuestra “reunión con los espíritus”. Inicialmente pensamos en una casa abandonada, que si mal no recuerdo no quedaba lejos del lugar en donde estábamos. La idea quedó descartada después de calcular que el lugar en cuestión nos mantendría mirando a todos lados, para ver si por casualidad alguien se aproximaba al lugar, eso impediría la concentración exigida por el libro citado anteriormente.

Entonces pensamos en un amigo cuyo hogar era deshabitado a ciertas horas, excepto por él. Nuestro amigo Michel Vivis, sin mascota más que su guitarra. Vivis era el clásico chico rebelde, tenía el dormitorio tapizado con imágenes de músicos, motocicletas, calaveras y el retrato a quien identificamos como diablo también estaba en la pared de su habitación, hijo único de una adinerada familia se caracterizaba por su vida despreocupada, su vulgar conducta y sus gustos hacia escandalosos grupos musicales. Empezó a fumar a los catorce años a escondida de sus padres, claro, éstos lo descubrieron en esta actividad cuando el insurrecto cumplía apenas diecisiete años, justamente en su fiesta de cumpleaños. En los estudios, era muy hábil, no justamente con los libros sino con las letras y hojas pequeñas, con tal don pasaba todas las materias. Sus padres, que peleaban constantemente ahuyentaban a los empleados. Los esposos cansados de reñir todos los días, terminaron por separarse quedando el hijo con la madre. La señora Susan Vivis, madre de este pintoresco amigo pasaba la mayor parte del día fuera del hogar. No voy a describir con más detalles la vida de este desordenado amigo.

Cinco minutos después de pensar en él, ya estábamos mirando a través de los cristales de una de las ventanas de la casa más grande del distrito, la cual, pensábamos, sería el lugar propicio para nuestro experimento. La ventana mencionada pertenecía a la habitación de nuestro amigo Michel. Por unos minutos lo observamos, dormía placidamente de forma contraria al molde de su cama, llevaba una camisa celeste con rayas azules completamente abierta, un jeans color negro cortado a la altura de las rodillas y su instrumento musical yacía en el piso. Golpeamos el cristal con las manos para de esa formar despertarlo. Después de muchos intentos, decidimos entrar por la puerta posterior de la casa que calculamos estaría abierta. Y así ocurrió, después de ingresar por el pasillo del fondo, pasamos por la cocina y al fin llegamos al living, miramos el lugar, todo estaba como de costumbre, la puerta del dormitorio estaba abierta, ingresamos y despertamos a nuestro aliado.

No pensó dos veces para contestar con una respuesta afirmativa cuando le propusimos nuestra idea de experimentar con los espíritus y esa misma tarde, acordamos en establecer nuestro primer contacto con el más allá. Movimos la cama hacia un costado, ubicamos estratégicamente las cuatro velas, el aromatizante que se quemaba en un pequeño braserillo ya envolvía la habitación con su ablandador aroma, juntamos las cortinas y la tabla ya se hallaba en el suelo. De esa forma el lugar para la ansiada reunión quedó listo. Nos estremecimos después de apagar las luces y ver lo macabro que se veía la habitación con el objeto diabólico en el centro, bajo la luz de las velas. Nos sentamos sobre la alfombra oscura en posición de meditación, nos miramos y sonreímos incrédulos de lo que estábamos por hacer, la copa ya se encontraba en su lugar.

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