
Amanda se
miró a sí misma en el espejo y vio sus
ojos inundados de desencanto y tristeza. Había
trabajado sola por más de cinco años.
Casi había alcanzado la verdad muchas veces y
ésta había sido arrancada de sus manos
en el último segundo. La oficina había
sido quemada, todos los papeles y los archivos perdidos.
Documentos irremplazables que habían costado
vidas para conseguirlos. Fotos sobrecogedoras que mostraban
imágenes extrañas; accidentes inexplicables;
luces misteriosas brillando en bosques oscuros y carreteras
abandonadas, formaciones en el cielo, sombras acechando
en sombríos callejones o asomando por las ventanas
opacas y polvorientas de casas abandonadas.
La habitación del motel estaba a oscuras, la
luz de neón del aviso luminoso brillaba intermitentemente
a través de las persianas entrecerradas. El rumor
ocasional de un camión en la carretera hacía
vibrar suavemente los marcos de las ventanas. Deseó
poder estar en uno de aquellos camiones, viajando lejos
en la noche, escudada detrás del anonimato de
las luces de los faros, el timón firme en sus
manos y el pie apretando el acelerador a fondo, lejos,
lejos de los que la seguían.
La luz sobre el espejo del baño la hacía
ver pálida y enferma. El pelo castaño
colgaba sobre sus ojos. Abrió el grifo y recibió
agua fría en sus manos juntas, se lavó
la cara y mojó su cabello. Era hora de seguir
camino. Las luces de un auto iluminaron el estacionamiento
del motel. Se agachó frente a la ventana y atisbó
por entre las persianas. Un siniestro auto negro con
lunas polarizadas que se detuvo apartado de los demás.
Ambas puertas se abrieron y vio lo que más temía.
Dos hombres altos, con lentes oscuros a pesar de ser
de noche. Con abrigos largos negros y las solapas levantadas.
No esperó más. Fue a la parte posterior
de la habitación y salió por una ventana.
El frío de la noche la golpeó con fuerza.
Sólo llevaba un polo blanco, jeans y sandalias
de taco bajo. Esa mañana había salido
de su casa para ir de compras. No imaginaba que ya no
podría regresar. Había ido a la oficina
para recoger dinero. Desde la esquina vio el humo y
las llamas saliendo por las ventanas. Comprendió
enseguida lo ocurrido. No intentó seguir. Dio
vuelta al auto y supo inmediatamente que no había
retorno.
Todo había empezado como un pasatiempo, un
interés repentino y luego obsesivo en lo paranormal.
Un suceso llevó a otro, un relato entre amigos
se convirtió en una investigación, una
anécdota curiosa se volvió un hecho concreto
con pruebas. El ser fotógrafa independiente le
dio la posibilidad de entrar en lugares vedados para
otros. Poco a poco las fotos de publicidad y modas que
constituían su carrera, dieron paso a las de
hechos misteriosos. Las reuniones de amigas se volvieron
encuentros en medio de la noche con personajes atormentados
que querían contar una historia. Rostros que
a los pocos días aparecían casi irreconocibles
en las páginas policiales de los diarios. Se
volvió una solitaria, su enamorado rompió
con ella cansado de sus tardanzas, de su mirada ausente
y sus misteriosas citas. Trabajaba lo justo en su profesión
como para pagar sus gastos, invirtió sus ahorros
en excursiones a sitios perdidos y libros de OVNIS.
Un progresivo viaje por la oscuridad de lo inexplicable
que la llevó a su cita con lo desconocido. La
carretera oscura, muerta de sueño y frío
en el auto, escondida detrás una
duna, la tenue luz blanca que se convirtió en
un fulgor increíble que envolvió su auto
obligándola a huir despavorida. Luego de eso
las luces se volvieron algo casi diario. Tenía
miedo de salir sola a la noche,
especialmente si había estrellas. Invariablemente,
una o más comenzaban a moverse haciendo que se
le erizara el cabello en la nuca. Si había alguien
con ella, la lucecita se inmovilizaba apenas otra persona
trataba de verla. Llegó a pensar que estaba loca.
Una cámara de video la convenció de lo
contrario. Las luces se dejaban filmar.
Luego fueron los fantasmas. Una sesión de Ouija,
visitas a casas pesadas. Terminaron por seguirla a casa.
Ruidos en mitad de la noche, susurros en la oscuridad.
Se acostumbró a ello. Grabó en cinta todo
ruido extraño y tomó fotos de cuanta aparición
se cruzó en su camino. No tenía miedo
de fantasmas.
Los hombres de negro fueron distintos. Aparecieron de
la nada. Una llamada amenazadora a la oficina. El auto
negro estacionado en la vereda del frente. Aseguró
puertas y ventanas y metió todos los documentos
en una caja fuerte que había en la oficina. Dejó
de cazar luces y sombras por un tiempo.
Intentó llevar una vida normal, pero los hombres
de negro no la dejaron. Querían todo cuanto tenía.
Fue así que aquella mañana consiguieron
entrar a su oficina y desaparecerlo todo en una nube
de fuego y humo. Pero no era eso lo único que
buscaban. La querían a ella también. No
tenían prisa, se sentía un ratón
en un laberinto, corriendo adonde ellos la conducían.
No pudo llegar al aeropuerto, la desviaron, provocaron
un accidente. La hicieron escapar a la carretera. Pensó
en abandonar el auto, escapar a pie, no se atrevió.
Así fue a dar al motel en el desierto. Estacionó
el auto lejos de la habitación. Pensó
en dormir un rato y luego escapar al siguiente paradero
de trailers donde pediría que alguien la llevara
o se escondería en algún camión
para luego saltar y perderse en alguna ciudad grande.
Ahora la envolvía la noche. Se metió a
un callejón detrás del motel y se dirigió
al descampado lejos de la carretera. Se oía el
ruido de un televisor en una habitación, voces
discutiendo en otra, una puerta se abrió proyectando
un rectángulo de luz amarilla en el suelo oscuro.
Trataría de cruzar los cerros y luego salir de
nuevo al camino para pedir autostop.
Caminaba despacio, agachada, tratando de no hacer
ruido entre las malezas bajas. Estaba muy oscuro, se
acostumbró a la luz de las estrellas, pero el
paisaje seguía siendo una sucesión de
sombras recortadas contra el cielo azul oscuro. El olor
a aceite y humo de motores recalentados de la carretera
se fue desvaneciendo poco a poco y los pulmones se le
llenaron del aire fresco de la noche. Felizmente no
hacía demasiado frío y el ejercicio la
hizo transpirar al cabo de un rato. Se alejó
del motel escondiéndose en las sombras. Se arañó
los brazos en las ramas secas y las sandalias se le
llenaron de tierra y piedras. Tenía que detenerse
cada pocos metros para sacudir los pies. Le dolían
las pantorrillas y la espalda por andar casi en cuclillas.
Cuando estuvo a medio subir las faldas del cerro más
cercano, el terreno se hizo más suave. La arena
fina no le importaba y se sentía tibia aún
por el sol de la mañana. El cerro estaba salpicado
de rocas grandes y peñascos que le permitían
caminar erguida. Cuando hubo subido lo suficiente, se
escondió detrás de una roca y miró
hacia las luces del motel. La carretera era una cinta
negra que se perdía en el horizonte. El motel
era una isla de luz en la oscuridad. El auto negro parecía
una cucaracha inmóvil a esa distancia. Distinguió
a uno de los hombres que se movía de puerta en
puerta tratando de hallar su habitación. El otro
estaría tratando infructuosamente de sacarle
información al recepcionista. Había tenido
un golpe de suerte increíble al llegar al motel.
Era fin de semana y estaba casi lleno; estacionó
su carro confundiéndolo entre una docena que
había en el estacionamiento. Cuando se hallaba
preguntándose cómo alquilar una habitación
sin llamar la atención del recepcionista, un
grupo de chicos y chicas bajó de un carro. Eran
jóvenes de su edad, suplicó a uno de ellos
que le alquilara una habitación para ella. Inventó
una historia de un marido celoso del que se estaba divorciando
y la acosaba. Se veía tan nerviosa y desamparada
que no resultó difícil convencerlo. Las
chicas se pusieron de su lado de inmediato. Les dio
el dinero y esperó afuera a que salieran con
las llaves. Estaba segura que no la delatarían.
Siguió subiendo el cerro; sintiéndose
casi contenta, por primera vez en mucho tiempo. Sólo
faltaba rodear un peñasco y alcanzaría
la cima. Al dar vuelta a la roca, el hombre de negro
le cerró el paso. La adrenalina inundó
su cuerpo y le provocó un hormigueo desagradable;
no pudo hacer nada.
El hombre la tomó de los hombros y la levantó
del suelo como si fuera una pluma. La boca se le secó,
no pudo emitir ni un gemido. El hombre la acercó
a su rostro y la miró por sobre sus lentes oscuros.
Un par de carbones encendidos al rojo apareció
en el fondo de aquellos ojos como pozos. Amanda dejó
de forcejear. Los lentes del hombre cayeron al suelo.
Su mirada envolvió a Amanda y se sintió
flotar dentro de ella. ¨No temas, no luches¨
escuchó en su cerebro. Los ojos rojos se volvieron
estrellas, galaxias, vorágines de astros en el
centro del universo. Su cuerpo se volvió nada
y se fundió con el hombre, una mancha oscura
subió al cielo como una gota negra cayendo al
revés, precipitándose en el abismo de
estrellas.
Un búho cantó desde una rama cercana
y en la carretera, las luces traseras de un solitario
camión se perdieron en el horizonte. Un soplo
de viento salpicó de arena los lentes oscuros
abandonados en el suelo y cubrió las huellas
de Amanda como si ella nunca hubiera pasado por ahí. |