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I
La
luz blanca golpeó de pronto. Días, meses,
años, la luz blanca se extendía hacia
la eternidad.
La cálida voz lo sacó de ese estado de
somnolencia. “Charles, Charles”, repetía
la voz, “despierta”. Se levantó sobresaltado
y miró despavorido hacia los rincones, tratando
de visualizar algo que no estaba.
- ¿El sueño de la luz de nuevo?, dijo
dulcemente.
- Sí, pero esta vez salía de los rincones.
- Levántate Charles, que llegarás tarde
al trabajo.
- ¿Charles?
- Sí, Charles Youngman, y yo soy Linda Youngman, ¿recuerdas?,
dijo en tono burlón.
- Sí, sí, claro que recuerdo, replicó.
La silueta de la mujer atravesó la puerta
de la habitación y sus pasos se alejaron cada
vez más hasta desaparecer. Se levantó de
la cama y se empezó a vestir. Abrió el
armario y tomó un par de prendas. La luz blanca
penetró en los ojos con suma violencia y lo
tiró hacia la cama. Sus manos tocaron sus ojos
instintivamente y los frotaba con fuerza para recuperar
la vista. La luz crecía en su intensidad, los
ojos ardían y amenazaban a salirse de sus órbitas.
Los objetos ya no más poseían forma,
sólo quedaba esa aterradora luz, esa luz blanca.
Se escucharon gritos, luego entendió que era él
quien los estaba haciendo. Los pasos se acercaban,
la luz ardía, unas manos suaves lo agitaron,
una voz suave gritaba “Charles, despierta, despierta
por el amor de Dios”.
II
- Creo que no está bien.
- ¿Crees Linda?, no es nada normal que un hombre
empiece a gritar como un condenado, tome sus ojos y
trate de sacárselos. Si no lo hubiéramos
parado sus ojos estarían en algún lugar
de esa pieza.
- Vamos, Steven, pero no sé si es para tanto,
tú eres doctor, debes estar acostumbrado a esto.
- No, creo que es sicológico, conozco a un colega
en ese campo. Mira que el proceso es lento...
- Eso no nos importa. ¿Cuál es su nombre?
- Peter Larsen.
La luz empezaba a desaparecer, las cosas comenzaban
a tener forma. La luz potente que en algún momento
lo cegó completamente ahora había desaparecido.
Un hombre de mediana estatura, barba y bigotes canosos
lo observaba. Estaba sentado en una silla cercana a
la cama. A través de sus gruesos anteojos miraba
la cara de Charles, miraba a los ojos, miraba profundamente.
Su delgada figura no parecía saludable y Charles
dudaba si aquel hombre que se encontraba junto a él
había probado bocado en varios días.
El cabello se había fugado de su cabeza y lo
que años atrás había sido un extensa
melena ahora solamente quedaban mechones grises. Vestía
de traje y corbata.
- ¿Quién es usted?
- Perdón por no presentarme antes pero no quería
interrumpir su placentero sueño. Mi nombre es
Peter Larsen, siquiatra.
- No estoy loco.
- ¿Y quién dijo eso? pero no considerará algo
diario querer sacarse los ojos y aullar de dolor.
- No, usted no entiende no lo hago siempre, sólo
cuando la luz es muy fuerte.
- Luz, ¿qué luz?
Inmediatamente Charles se arrepintió de sus
palabras y prefirió nunca haberlas dicho.
- No, realmente usted no entiende.
- Entonces ¿qué es?, interrumpió Larsen.
- A cada rato llega una luz brillante, blanca, que
no me deja ver, me convierto en ciego, pero además
algunas veces llega con un ardor terrible. La última
vez los ojos me ardían tanto que...
La frase quedó ahogada en la garganta de Charles.
- Creo que hemos tenido suficiente por hoy.
El siquiatra caminó lentamente hacia la salida
de la habitación. Abrió la puerta y salió de
la pieza. Peter Larsen comenzó a bajar las escaleras
y fue cuando escuchó el escalofriante grito.
III
La luz apareció con una brutalidad enorme.
Los ojos quemaban, pero con la luz vino una voz, una
voz grotesca y bizarra, que por su sonido provenía
de las entrañas del infierno. La voz chillaba,
gruñía sonidos horripilantes. Sus chillidos
aumentaban de volumen y los oídos de Charles
estuvieron apunto de explotar. Entre los chillidos,
la voz cobró lógica y Charles logró escuchar,
no le cuentes a nadie de nosotros, o tus sufrimientos
serán eternos, haz lo que tienes que hacer y
quedemos juntos para toda la eternidad. La luz se fue
apagando lentamente.
Peter Larsen corrió nuevamente los escalones
y abrió la puerta de golpe. Sus ojos no daban
crédito a lo que estaba presenciando. Charles
Youngman golpeaba su cabeza contra el suelo y se tomaba
de los ojos. Lanzaba gritos de dolor, que se iban convirtiendo
en chillidos. Peter se quedó helado. Pero de
repente, la calma tomo por sorpresa al lugar y Charles,
quien hace instantes lanzaba gritos de dolor caía
en el suelo inconsciente.
Peter salió de la habitación y bajó las
escaleras. Entró en la cocina y encontró a
Linda Youngman y a Steven Parkin hablando ávidamente.
Linda lanzó una carcajada que ahogo rápidamente
al ver a al siquiatra.
- ¿Cómo está?
- Nada bien, realmente no tengo idea de que le sucede,
me gustaría internarlo en un instituto mental.
- ¿Un manicomio?
- Sí, un manicomio.
- Estamos completamente de acuerdo.
- ¿Estamos?, dijo Peter.
- Sí, estamos, recuerde que soy médico
de cabecera de está familia hace mucho tiempo.
- Eso no le da derecho a decir por la señora.
- ¿Qué insinúa?
- Nada, ¿por qué piensa que estoy insinuando
algo?
- No me venga con sicología barata, que sea
un colega no le da derecho a...
Charles estaba parado en el umbral que daba a la
cocina. Linda comenzó a reír nerviosamente
y rápidamente tomo un par de platos y se puso
a lavarlos.
- ¿Cómo estas?, se te ve mal te daré unas
pastillas -le dijo a Charles-.
- Realmente no creo que sea una buena idea.
- Disculpa, pero el médico aquí soy
yo, estoy hace mucho antes que tu así que...
Peter Larsen tomó de un brazo a Charles y obligó a
subir las escaleras y entrar en el dormitorio. Tras él
entró el siquiatra.
- ¿Conoce los 10 mandamientos?
- ¡Claro que sí!
- ¿Recuerda el noveno?
- No desear la mujer del prójimo, pero yo no
lo hago.
- Yo no digo que lo haga.
La voz de Charles Youngman fue levantando sus revoluciones.
- Usted cree que el doctor Parkin tiene un romance
con mi esposa...
Los ojos de Peter Larsen cobraron un brillo inesperado.
- Yo no lo dije, usted sí.
- Tiene algo que ver con la luz que me quema los ojos?
- Piense, tal vez en algún medicamento, hay
algunos que yo conozco que tiene efectos secundarios
de ceguera y que tal vez en grandes dosis...
- ¿Cree que estoy siendo envenenado?
- Tal vez...
- ¡Salga de mi casa, está conversación
ha terminado!
Peter Larsen salió de la habitación y
bajó lentamente los escalones. Se dirigió hacia
la cocina, Steven y Laura estaban en ella, pero con
un poco de curiosidad se quedó fuera escuchando.
IV
- Creo que se te ha ido un poco la mano con lo de
la voz.
- Sin riesgo no hay ganancia, la medicina es muy lenta.
Pronto tendrá tanto miedo de esa luz que considerará la
opción del suicidio factible.
- Tu crees?
Linda lo tomó del brazo y le acarició la
cabeza.
- Piensa, imagina que una luz te quema los ojos, mientras
no ves absolutamente nada, el miedo te paraliza, y
una voz salida de las mismas entrañas del infierno
te repite una y otra vez que te suicides.
Linda sonrió maliciosamente y encontró sus
labios con los de Steven en un profundo beso. Peter
Larsen chocó contra una pequeña lámpara
y el ruido bastó para alertar a los amantes.
Lanzó una loca carrera hacia la puerta y logró atravesarla
, dejando atrás gritos de furia y desesperación,
no reconoció si eran de Linda o Steven. Pronto
vio a Steven salir de la casa y correr tras él.
Traía algo en su mano, un objeto metálico. ¡Oh
Dios!, pensó Peter, Steven quien en algún
momento fue un respetado médico, ahora corría
desesperadamente con un revólver en sus manos.
Si la persecución sigue así, no tardará en
darme alcance, pensó Peter. Dobló en
un callejón y se escondió detrás
de unas cajas. Steven entró en el callejón
respirando dificultosamente. Buscó la delgada
silueta del siquiatra pero no la encontró. De
repente, Peter embistió contra Steven y logró golpearlo
en el vientre. Peter Larsen corrió por el estrecho
callejón, mientras Steven se recuperaba. Steven
apuntó, sabía que si fallaba todo el
plan se vendría abajo, no podía darse
el lujo de errar el tiro. El revólver escupió una
ráfaga de metal, dejando un seco estallido en
el aire.
Charles Youngman recuperó el conocimiento y
bajó en busca de Laura. La encontró sentada
en la silla de la cocina. Linda Youngman se sobresaltó cuando
lo vio.
- ¿Esperas a alguien más?
- No, no, ¿a quién más?
- ¿Y el doctor Parkin?
- Se fue, era tarde y tiene que levantarse temprano...
La frase se vio interrumpida por un seco golpe en la
puerta. Linda se abalanzó a abrirla. La imagen
no podía ser más funesta: el doctor Parkin
cargaba en brazos en cuerpo inmóvil de Peter
Larsen.
- No podrías haber elegido a un siquiatra más
estúpido, ¿alguno que no se diera cuenta
lo que planeábamos?
Por unos instantes Charles Youngman había sido
olvidado de la escena. Steven lo vio y dejo el cuerpo
muerto del siquiatra. Sacó el arma y miró los
ojos de Charles.
- S¿abes que tengo que matarte?
- Sí pero una cosa es decirlo y otra hacerlo.
Al terminar la frase, Charles embistió a Steven
con fuerza. Steven perdió el equilibrio y cayó al
suelo. El arma voló de sus manos y Linda fue
en su búsqueda. Charles se recuperó de
la embestida y golpeó a Linda, luego se precipitó hacia
el arma. La tomó y se dio cuenta de que Steven
había escapado. Linda yacía inconsciente
en el piso cerca de él. Charles corrió hacia
la puerta y salió hacia la fría noche
de invierno. Divisó la silueta del doctor adentrándose
hacia la noche. Charles corrió detrás
de él, y descargó el arma dos veces.
Paró su carrera y vio que la silueta se seguía
moviendo y alejándose. Elevó su brazo,
midió la distancia y descargó el arma
por tercera, ésta vez estaba seguro que lo había
conseguido. Fue por el cuerpo y notó que todavía
se encontraba con vida.
- Lo siento Charles, pero esa mujer..., esa mujer
es endemoniadamente bella.
La ráfaga de metal finalizó con la vida
de Steven Parkin.
La luz lo golpeó con fuerza y la voz se presentó por
segunda vez, “Bien hecho, ahora ella, ella es
la causante de todo”.
Linda iba de punta a punta de la habitación.
Pensaba si todo lo que habían ocasionado valía
la pena. Claro que valía la pena se dijo, el
amor no tiene precio, el amor no tiene barreras. El
golpe abrió la puerta de par en par. Charles
Youngman entró a la habitación y clavó sus
ojos en Linda.
- ¿Donde está Steven?
- Muerto, en un frío lugar de la calle, murió como
el perro que era.
- ¿Perro?, quión crees que eres para
decir eso del hombre más dulce del mundo, él
si me amaba, él me respetaba, él...
Linda rompió en llanto, Charles se acercó y
la tomó del cabello con bruscamente.
- No te saldrás con la tuya, has dejado el
cuerpo muerto de Steven en la calle, y ya que el arma
es la misma que mató al siquiatra, te culparán
a ti. La venganza de Steven está sobre ti, maldito.
Charles estalló en carcajadas, y dijo:
- ¿Crees realmente que quiero escapar?, todo
lo que quería era despertar y tener una hermosa
esposa a mi lado todos los días, pero supongo
que eso es demasiado, ¿no crees? No, mi plan
es mucho más sencillo, es lo que la voz me ordenó,
iremos al cementerio y allí acabaré con
nuestras vidas, pero antes recargaré, no quiero
quedarme sin balas en el momento menos indicado, sería
algo realmente incómodo.
Comenzó a reír, de una manera grotesca,
hasta que la carcajadas se convirtieron en gritos.
- ¿Qué voz? La voz que escuchaste era
la mía, yo te hablaba para inducirte al suicidio.
- No, la voz es real, y se presentó luego de
matar a Steven, y cuánta razón tenía,
vendrás conmigo.
La tomó aun más fuerte de los cabellos,
y la arrastró a hacia fuera de la casa. Visualizó rápidamente
un auto y forzó la cerradura. Empujó a
Linda dentro del auto y puso el motor en marcha. Con
una mano conducía y con la otra sostenía
el revólver a la altura de la cabeza de Linda.
Las sirenas empezaron a escucharse en las cercanías.
- Lo ves, te dije que la policía vendría,
seguramente algún vecino avisó el robo
del auto, y ahora vendrán por ti.
- Perfecto, déjalos que vengan.
El auto dobló peligrosamente una curva y llegó al
portón del cementerio. Tomó a Linda por
los cabellos nuevamente y fueron hacia el portón.
Charles sacó el arma y disparó contra
la cerradura del cementerio, logró abrirla.
V
Se adentraron en el interior del cementerio y Charles
buscó una cripta lo suficientemente grande que
pudiera forzarse. Penetraron en la lúgubre cripta,
Charles tiró a Linda al suelo y sacçp
el arma. La luz golpeó a Charles, pero no lo
suficientemente fuerte para desequilibrarlo. La voz
dijo: “bien hecho, Charles, bien hecho, ahora
sólo queda matarla para que solamente quedemos
tú y yo, vamos, apresúrate y hazlo”.
Charles, más calmado, apuntó el arma
y la descargó cuatro veces seguidas, luego fue
todo silencio. Se reposó contra una pared y
esperó.
La policía arribí al lugar y vio el portón
del cementerio forzado. Un equipo comando comenzó a
entrar en el lugar, rápidamente divisaron la
cripta abierta. Tres de los seis que eran, entraron
y encontraron a un hombre sosteniendo un revólver
y un papel en la otra. Un cuerpo femenino, estaba tirado
en el piso con cuatro balazos en el cuerpo.
- ¡Suelte el arma, y ponga las manos en la nuca!
Charles no se inmutó.
- ¡¡Suelte el arma, y ponga las manos
en la nuca!!
Charles llevó el arma a su boca.
- ¡No lo haga!
Charles apretó el gatillo y la descarga de metal
atravesó su cabeza. El cuerpo sin vida cayó al
suelo todavía sosteniendo la nota. Un policía
se acercó, tomo la nota y la leyó en
voz alta: “Yo soy la luz del mundo. El que me
sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá luz
y vida. Juan 8”. |
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