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LUZ, por Fernando Rodríguez

I

LuzLa luz blanca golpeó de pronto. Días, meses, años, la luz blanca se extendía hacia la eternidad.
La cálida voz lo sacó de ese estado de somnolencia. “Charles, Charles”, repetía la voz, “despierta”. Se levantó sobresaltado y miró despavorido hacia los rincones, tratando de visualizar algo que no estaba.

- ¿El sueño de la luz de nuevo?, dijo dulcemente.
- Sí, pero esta vez salía de los rincones.
- Levántate Charles, que llegarás tarde al trabajo.
- ¿Charles?
- Sí, Charles Youngman, y yo soy Linda Youngman, ¿recuerdas?, dijo en tono burlón.
- Sí, sí, claro que recuerdo, replicó.

La silueta de la mujer atravesó la puerta de la habitación y sus pasos se alejaron cada vez más hasta desaparecer. Se levantó de la cama y se empezó a vestir. Abrió el armario y tomó un par de prendas. La luz blanca penetró en los ojos con suma violencia y lo tiró hacia la cama. Sus manos tocaron sus ojos instintivamente y los frotaba con fuerza para recuperar la vista. La luz crecía en su intensidad, los ojos ardían y amenazaban a salirse de sus órbitas. Los objetos ya no más poseían forma, sólo quedaba esa aterradora luz, esa luz blanca. Se escucharon gritos, luego entendió que era él quien los estaba haciendo. Los pasos se acercaban, la luz ardía, unas manos suaves lo agitaron, una voz suave gritaba “Charles, despierta, despierta por el amor de Dios”.

II

- Creo que no está bien.
- ¿Crees Linda?, no es nada normal que un hombre empiece a gritar como un condenado, tome sus ojos y trate de sacárselos. Si no lo hubiéramos parado sus ojos estarían en algún lugar de esa pieza.
- Vamos, Steven, pero no sé si es para tanto, tú eres doctor, debes estar acostumbrado a esto.
- No, creo que es sicológico, conozco a un colega en ese campo. Mira que el proceso es lento...
- Eso no nos importa. ¿Cuál es su nombre?
- Peter Larsen.

La luz empezaba a desaparecer, las cosas comenzaban a tener forma. La luz potente que en algún momento lo cegó completamente ahora había desaparecido. Un hombre de mediana estatura, barba y bigotes canosos lo observaba. Estaba sentado en una silla cercana a la cama. A través de sus gruesos anteojos miraba la cara de Charles, miraba a los ojos, miraba profundamente. Su delgada figura no parecía saludable y Charles dudaba si aquel hombre que se encontraba junto a él había probado bocado en varios días. El cabello se había fugado de su cabeza y lo que años atrás había sido un extensa melena ahora solamente quedaban mechones grises. Vestía de traje y corbata.

- ¿Quién es usted?
- Perdón por no presentarme antes pero no quería interrumpir su placentero sueño. Mi nombre es Peter Larsen, siquiatra.
- No estoy loco.
- ¿Y quién dijo eso? pero no considerará algo diario querer sacarse los ojos y aullar de dolor.
- No, usted no entiende no lo hago siempre, sólo cuando la luz es muy fuerte.
- Luz, ¿qué luz?
Inmediatamente Charles se arrepintió de sus palabras y prefirió nunca haberlas dicho.
- No, realmente usted no entiende.
- Entonces ¿qué es?, interrumpió Larsen.
- A cada rato llega una luz brillante, blanca, que no me deja ver, me convierto en ciego, pero además algunas veces llega con un ardor terrible. La última vez los ojos me ardían tanto que...
La frase quedó ahogada en la garganta de Charles.
- Creo que hemos tenido suficiente por hoy.

El siquiatra caminó lentamente hacia la salida de la habitación. Abrió la puerta y salió de la pieza. Peter Larsen comenzó a bajar las escaleras y fue cuando escuchó el escalofriante grito.

III

La luz apareció con una brutalidad enorme. Los ojos quemaban, pero con la luz vino una voz, una voz grotesca y bizarra, que por su sonido provenía de las entrañas del infierno. La voz chillaba, gruñía sonidos horripilantes. Sus chillidos aumentaban de volumen y los oídos de Charles estuvieron apunto de explotar. Entre los chillidos, la voz cobró lógica y Charles logró escuchar, no le cuentes a nadie de nosotros, o tus sufrimientos serán eternos, haz lo que tienes que hacer y quedemos juntos para toda la eternidad. La luz se fue apagando lentamente.

Peter Larsen corrió nuevamente los escalones y abrió la puerta de golpe. Sus ojos no daban crédito a lo que estaba presenciando. Charles Youngman golpeaba su cabeza contra el suelo y se tomaba de los ojos. Lanzaba gritos de dolor, que se iban convirtiendo en chillidos. Peter se quedó helado. Pero de repente, la calma tomo por sorpresa al lugar y Charles, quien hace instantes lanzaba gritos de dolor caía en el suelo inconsciente.

Peter salió de la habitación y bajó las escaleras. Entró en la cocina y encontró a Linda Youngman y a Steven Parkin hablando ávidamente. Linda lanzó una carcajada que ahogo rápidamente al ver a al siquiatra.

- ¿Cómo está?
- Nada bien, realmente no tengo idea de que le sucede, me gustaría internarlo en un instituto mental.
- ¿Un manicomio?
- Sí, un manicomio.
- Estamos completamente de acuerdo.
- ¿Estamos?, dijo Peter.
- Sí, estamos, recuerde que soy médico de cabecera de está familia hace mucho tiempo.
- Eso no le da derecho a decir por la señora.
- ¿Qué insinúa?
- Nada, ¿por qué piensa que estoy insinuando algo?
- No me venga con sicología barata, que sea un colega no le da derecho a...

Charles estaba parado en el umbral que daba a la cocina. Linda comenzó a reír nerviosamente y rápidamente tomo un par de platos y se puso a lavarlos.

- ¿Cómo estas?, se te ve mal te daré unas pastillas -le dijo a Charles-.
- Realmente no creo que sea una buena idea.
- Disculpa, pero el médico aquí soy yo, estoy hace mucho antes que tu así que...

Peter Larsen tomó de un brazo a Charles y obligó a subir las escaleras y entrar en el dormitorio. Tras él entró el siquiatra.

- ¿Conoce los 10 mandamientos?
- ¡Claro que sí!
- ¿Recuerda el noveno?
- No desear la mujer del prójimo, pero yo no lo hago.
- Yo no digo que lo haga.

La voz de Charles Youngman fue levantando sus revoluciones.

- Usted cree que el doctor Parkin tiene un romance con mi esposa...

Los ojos de Peter Larsen cobraron un brillo inesperado.

- Yo no lo dije, usted sí.
- Tiene algo que ver con la luz que me quema los ojos?
- Piense, tal vez en algún medicamento, hay algunos que yo conozco que tiene efectos secundarios de ceguera y que tal vez en grandes dosis...
- ¿Cree que estoy siendo envenenado?
- Tal vez...
- ¡Salga de mi casa, está conversación ha terminado!

Peter Larsen salió de la habitación y bajó lentamente los escalones. Se dirigió hacia la cocina, Steven y Laura estaban en ella, pero con un poco de curiosidad se quedó fuera escuchando.

IV

- Creo que se te ha ido un poco la mano con lo de la voz.
- Sin riesgo no hay ganancia, la medicina es muy lenta. Pronto tendrá tanto miedo de esa luz que considerará la opción del suicidio factible.
- Tu crees?

Linda lo tomó del brazo y le acarició la cabeza.

- Piensa, imagina que una luz te quema los ojos, mientras no ves absolutamente nada, el miedo te paraliza, y una voz salida de las mismas entrañas del infierno te repite una y otra vez que te suicides.

Linda sonrió maliciosamente y encontró sus labios con los de Steven en un profundo beso. Peter Larsen chocó contra una pequeña lámpara y el ruido bastó para alertar a los amantes. Lanzó una loca carrera hacia la puerta y logró atravesarla , dejando atrás gritos de furia y desesperación, no reconoció si eran de Linda o Steven. Pronto vio a Steven salir de la casa y correr tras él. Traía algo en su mano, un objeto metálico. ¡Oh Dios!, pensó Peter, Steven quien en algún momento fue un respetado médico, ahora corría desesperadamente con un revólver en sus manos. Si la persecución sigue así, no tardará en darme alcance, pensó Peter. Dobló en un callejón y se escondió detrás de unas cajas. Steven entró en el callejón respirando dificultosamente. Buscó la delgada silueta del siquiatra pero no la encontró. De repente, Peter embistió contra Steven y logró golpearlo en el vientre. Peter Larsen corrió por el estrecho callejón, mientras Steven se recuperaba. Steven apuntó, sabía que si fallaba todo el plan se vendría abajo, no podía darse el lujo de errar el tiro. El revólver escupió una ráfaga de metal, dejando un seco estallido en el aire.

Charles Youngman recuperó el conocimiento y bajó en busca de Laura. La encontró sentada en la silla de la cocina. Linda Youngman se sobresaltó cuando lo vio.

- ¿Esperas a alguien más?
- No, no, ¿a quién más?
- ¿Y el doctor Parkin?
- Se fue, era tarde y tiene que levantarse temprano...

La frase se vio interrumpida por un seco golpe en la puerta. Linda se abalanzó a abrirla. La imagen no podía ser más funesta: el doctor Parkin cargaba en brazos en cuerpo inmóvil de Peter Larsen.

- No podrías haber elegido a un siquiatra más estúpido, ¿alguno que no se diera cuenta lo que planeábamos?

Por unos instantes Charles Youngman había sido olvidado de la escena. Steven lo vio y dejo el cuerpo muerto del siquiatra. Sacó el arma y miró los ojos de Charles.
- S¿abes que tengo que matarte?
- Sí pero una cosa es decirlo y otra hacerlo.

Al terminar la frase, Charles embistió a Steven con fuerza. Steven perdió el equilibrio y cayó al suelo. El arma voló de sus manos y Linda fue en su búsqueda. Charles se recuperó de la embestida y golpeó a Linda, luego se precipitó hacia el arma. La tomó y se dio cuenta de que Steven había escapado. Linda yacía inconsciente en el piso cerca de él. Charles corrió hacia la puerta y salió hacia la fría noche de invierno. Divisó la silueta del doctor adentrándose hacia la noche. Charles corrió detrás de él, y descargó el arma dos veces. Paró su carrera y vio que la silueta se seguía moviendo y alejándose. Elevó su brazo, midió la distancia y descargó el arma por tercera, ésta vez estaba seguro que lo había conseguido. Fue por el cuerpo y notó que todavía se encontraba con vida.

- Lo siento Charles, pero esa mujer..., esa mujer es endemoniadamente bella.

La ráfaga de metal finalizó con la vida de Steven Parkin.

La luz lo golpeó con fuerza y la voz se presentó por segunda vez, “Bien hecho, ahora ella, ella es la causante de todo”.

Linda iba de punta a punta de la habitación. Pensaba si todo lo que habían ocasionado valía la pena. Claro que valía la pena se dijo, el amor no tiene precio, el amor no tiene barreras. El golpe abrió la puerta de par en par. Charles Youngman entró a la habitación y clavó sus ojos en Linda.

- ¿Donde está Steven?
- Muerto, en un frío lugar de la calle, murió como el perro que era.
- ¿Perro?, quión crees que eres para decir eso del hombre más dulce del mundo, él si me amaba, él me respetaba, él...

Linda rompió en llanto, Charles se acercó y la tomó del cabello con bruscamente.

- No te saldrás con la tuya, has dejado el cuerpo muerto de Steven en la calle, y ya que el arma es la misma que mató al siquiatra, te culparán a ti. La venganza de Steven está sobre ti, maldito.

Charles estalló en carcajadas, y dijo:

- ¿Crees realmente que quiero escapar?, todo lo que quería era despertar y tener una hermosa esposa a mi lado todos los días, pero supongo que eso es demasiado, ¿no crees? No, mi plan es mucho más sencillo, es lo que la voz me ordenó, iremos al cementerio y allí acabaré con nuestras vidas, pero antes recargaré, no quiero quedarme sin balas en el momento menos indicado, sería algo realmente incómodo.

Comenzó a reír, de una manera grotesca, hasta que la carcajadas se convirtieron en gritos.

- ¿Qué voz? La voz que escuchaste era la mía, yo te hablaba para inducirte al suicidio.

- No, la voz es real, y se presentó luego de matar a Steven, y cuánta razón tenía, vendrás conmigo.

La tomó aun más fuerte de los cabellos, y la arrastró a hacia fuera de la casa. Visualizó rápidamente un auto y forzó la cerradura. Empujó a Linda dentro del auto y puso el motor en marcha. Con una mano conducía y con la otra sostenía el revólver a la altura de la cabeza de Linda. Las sirenas empezaron a escucharse en las cercanías.

- Lo ves, te dije que la policía vendría, seguramente algún vecino avisó el robo del auto, y ahora vendrán por ti.

- Perfecto, déjalos que vengan.

El auto dobló peligrosamente una curva y llegó al portón del cementerio. Tomó a Linda por los cabellos nuevamente y fueron hacia el portón. Charles sacó el arma y disparó contra la cerradura del cementerio, logró abrirla.

V

Se adentraron en el interior del cementerio y Charles buscó una cripta lo suficientemente grande que pudiera forzarse. Penetraron en la lúgubre cripta, Charles tiró a Linda al suelo y sacçp el arma. La luz golpeó a Charles, pero no lo suficientemente fuerte para desequilibrarlo. La voz dijo: “bien hecho, Charles, bien hecho, ahora sólo queda matarla para que solamente quedemos tú y yo, vamos, apresúrate y hazlo”. Charles, más calmado, apuntó el arma y la descargó cuatro veces seguidas, luego fue todo silencio. Se reposó contra una pared y esperó.

La policía arribí al lugar y vio el portón del cementerio forzado. Un equipo comando comenzó a entrar en el lugar, rápidamente divisaron la cripta abierta. Tres de los seis que eran, entraron y encontraron a un hombre sosteniendo un revólver y un papel en la otra. Un cuerpo femenino, estaba tirado en el piso con cuatro balazos en el cuerpo.

- ¡Suelte el arma, y ponga las manos en la nuca!

Charles no se inmutó.

- ¡¡Suelte el arma, y ponga las manos en la nuca!!

Charles llevó el arma a su boca.

- ¡No lo haga!

Charles apretó el gatillo y la descarga de metal atravesó su cabeza. El cuerpo sin vida cayó al suelo todavía sosteniendo la nota. Un policía se acercó, tomo la nota y la leyó en voz alta: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá luz y vida. Juan 8”.

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