“La
iconografía del infierno y sus fantásticas
criaturas es tan vasta como la del paraíso y
sus delicias, y por cada entidad superior existe alguna
analogía en el abismo. Desgraciadamente, o no,
este tenebroso registro reside en nuestro propio inconsciente.”
Siempre
he sentido una enorme atracción por la estética
del Abismo, y desde que tengo memoria he estudiado ávidamente
las imágenes y testimonios acerca del infierno.
Primero inconscientemente, con la ingenua fascinación
de los adolescentes, y más tarde, en forma deliberada
y meticulosa, buscando incansablemente en los museos,
los documentos de las diversas religiones, o los confusos
testimonios de los locos, porque como bien indican algunos
filósofos, éstos pueden percibir una realidad
más profunda.
Pero es a partir de la lectura del infierno dantesco
que comencé a deambular, en forma errática
y obsesiva, por un interminable laberinto de galerías
subterráneas, acariciando la idea de construir
un fantástico catálogo de las tinieblas.
“Si se me permite la extravagancia, para ejemplificar
el diseño de este “Catalogus Infernus“
al cual cada individuo suma su propia experiencia, utilizaré
la forma de una estrella de cinco puntas invertida (pentagrama
concebido por Eliphas Levi en el siglo
XIX para simbolizar el mal) con el nombre de los artistas
emblemáticos correspondiendo a cada una de las
puntas de la figura.
Empezando por Dante Alighieri, en
la base de la estrella como columna principal; Charles
Baudelaire y Felicien Rops,
inquietante pareja de simbolistas, en cuya obra se funde
lo erótico y lo satánico, en los extremos
laterales. Y finalmente, Edgar
Allan Poe, príncipe del horror y lo fantástico,
y H. R. Giger, genial surrealista suizo,
en los vértices restantes.
Esta figura primordial debe ser considerada sólo
como el patrón de un complejo sistema de pentagramas
encadenados en expansión, a cada uno de los cuales
corresponden cinco nombres semejantes a los anteriores,
que asimismo, en su totalidad, componen la superestructura
filosófica del “Catalogus Infernus”,
el cual, por su magnitud, sólo puede ser contemplado
parcialmente, a través de metáforas y
símbolos”.
Decir que quien describe los abismos es partidario
de Satán es una equivocación tan grande
como afirmar que el médico que estudia una enfermedad
lo hace con el fin de propagarla, y suspiro ante tan
frecuente error, cuando lo adecuado sería comprender
que toda esta imaginería es una sobrecogedora
metáfora de la incorregible crueldad del ser
humano. Y cuando dije anteriormente que este registro
del inconsciente colectivo puede ser una ventaja, fue
precisamente porque nos permite dar imagen y advertir
sobre nuestro ilimitado potencial destructivo a través
de la obra de arte, la espiritualidad o los confusos
testimonios de los locos.
El propósito primordial de mi trabajo era demostrar
mi más intima creencia que, como bien decía Charles Baudelaire: “La mayor
astucia del demonio es hacernos creer que no existe”
y adaptando su epistolar afirmación a Flaubert a nuestros días, agregar que todo el tercer milenio
y su despliegue de ciencia y tecnología no podrán
hacerme avergonzar de la hipótesis de “una
fuerza malvada exterior al hombre”, para explicar
ciertas atrocidades.
Estaba ejerciendo como profesor adjunto, en la cátedra
de Antropología Filosófica, cuando la
titular, la Dra. Karen Hornman, me sugirió presentar
una tesis sobre “La estética del infierno
en las diferentes culturas” para ser publicada
en los fascículos de la Universidad. De inmediato
pensé en la posibilidad de exponer el “Catalogus
Infernus”, en el cual venía trabajando
hacía varios años.
- Creo haberte comentado sobre una tesis en la que
trabajo hace tiempo- le dije a la Dra. Hornman después
de la clase, a solas en la sala de profesores-.
- Sé exactamente en qué dirección
va tu trabajo- contestó mientras conectaba su
ordenador. Y agregó imperativa:
- Hay algunas imágenes que quiero mostrarte.
Me acerqué a la computadora mientras terminaba
de iniciarse, y no pude evitar notar lo sensual que
estaba mi colega aquella noche, vestida con un elegante
conjunto de falda y saco negro, bajo el cual una delicada
camisa de seda cruda prendida hasta el cuello con lazo,
dejaba apreciar la firmeza y generosidad de sus senos.
Súbitamente, la pantalla se vio colmada por
la fotografía de una antigua gruta oculta entre
los matorrales, presidida por una tosca figurilla de
profusa cornamenta.
- Es de un culto anterior al Cristianismo- dijo sin
quitar sus ojos azules de la pantalla-.
- Al principio -continuó- pensé por
la cornamenta del bajorrelieve que podía ser
Cernunnus, el Dios Celta; oel Baphomet de los templarios,
pero indudablemente se trata de una deidad distinta.
Y un instante después, antes que pudiese desviar
la vista o decir algo al respecto, una segunda imagen
irrumpió ante mí. Era un grabado del siglo
XIX en el cual una doncella, encadenada a una pilastra
fálica, esperaba ansiosa ser sacrificada.
- El grabado puede ser de Felicien Rops o Charles Meryon-
respondí excitado, notando que pese a la antigüedad
y limitaciones propias de la técnica, el artista
había logrado captar en forma minuciosa la delicada
anatomía de la joven, apenas cubierta por un
taparrabos y un ancho collar metálico que la
ceñía como un grillete.
Tanto los pequeños senos, como el abdomen y
el pubis, estaban descritos con sorprendente destreza,
al punto de advertir, que lo que en principio consideré
una copia en blanco y negro, estaba finamente trabajada
en distintos tonos de tierras, rojos y azules. Convergiendo
la descripción en la transida expresión
de la joven donde el terror y el deleite se confundían.
Extasiado en la contemplación de la obra, a
la cual sólo le faltaba animación para
su total realismo, dirigí la vista hacia mi colega,
para descubrir espantado, su rostro transfigurado por
una inusitada mueca diabólica.
En aquel momento, antes que pudiese articular palabra
alguna, la puerta de la sala se abrió bruscamente.
- Estamos cerrando- afirmó el portero parcamente
asomando la cabeza.
Cuando volví a mirar a la Dra. Hornman, ésta
había recobrado su imagen habitual.
- Probablemente la gruta esté situada en algún
lugar del Adriático- dijo mientras apagaba el
ordenador indiferentemente, como si nada hubiese sucedido-.
Perturbado por la confusa situación me retiré
sin hacer comentario alguno al respecto.
II
Viviendo en un barrio antiguo, apartado del centro de
la ciudad y favorecido por el aislamiento y la tranquilidad
propias de la zona, el ensayo estuvo bastante desarrollado
al cabo de unas semanas, añadiendo, en aquel
tiempo, un último pentagrama para completar una
sección.
“...Compuesto por el anteriormente citado Eliphas
Levi, creador del Baphomet, en la punta descendente;
Alaister Crowley, apodado “La Bestia”, por
su propia madre y Abdul Al Hazred, autor del Necronomicón,
para los vértices laterales. Y finalmente, Mistress
Umbra y Aracne, dominatrices del norte Europeo que alternan
en sus perfomances rituales satánicos con favores
sexuales, en las puntas superiores restantes.”
Fue entonces, cuando un insoportable hedor comenzó
a invadir la casa desde el baño, comprobando
de inmediato que la rejilla del desagüe se había
desbordado inundando el ambiente de excrementos. Lo
cual me llevó un par de horas baldear.
Al terminar, deje la casa exhausto y manejé
sin rumbo durante largo tiempo, hasta que finalmente,
me dirigí hacia el puerto, donde me detuve frente
a un antiguo edificio abarrotado de ornamentos grotescos.
Una vez arriba, una mujer de aspecto grosero, me introdujo
al apartamento.
- La Mistress está con un esclavo- dijo con
un guiño lascivo, dejándome a solas en
una sala sombría colmada de fetiches-.
Al cabo de un buen rato, la imponente Dominatrix apareció
ante mí.
- ¡Eliphas!- me dijo- Es un placer volver a verte.
Durante las horas siguientes, recibí una profusión
de castigos y humillaciones, sumido en un profundo trance,
los cuales me concedieron un inexpresable placer morboso.
Hasta alcanzar el orgasmo, besando la pezuña
partida de una rústica efigie de piedra.
La mañana siguiente, aún poseído
por la resaca de aquella noche saturnal, salí
a retirar algunos libros relacionados con el ensayo
de una biblioteca del centro, cuando al regresar, con
el firme propósito de ponerme a trabajar de inmediato,
me sorprendió otra vez la intolerable pestilencia
de las deyecciones, lo cual decidí solucionar
definitivamente, destapando el conducto con un grueso
cable de acero. Pero inesperadamente, esa misma madrugada,
mientras trabajaba en el ordenador, esperando una respuesta
del Ashmolean Museum de Oxford, acerca de la autenticidad
del Necronomicón,
otra repentina evacuación llenó la casa
de podredumbre.
A primera hora del día siguiente, y ante la
imposibilidad de poder solucionar un problema tan sencillo,
fui a buscar al fontanero para terminar de una vez por
todas con el asunto.
- Es natural que se siga rebalsando- dijo el hombre
en forma elocuente-. El problema no está en su
cañería sino en la cloaca principal.
Que a continuación, nos dedicamos a buscar,
hasta que finalmente, divisamos la tapa de la alcantarilla
desde nuestra terraza, en un terreno baldío adyacente.
- Debe ser aquella losa que se ve claramente entre
las matas. Dijo el fontanero con una euforia que no
compartí, porque sabía que aquel campo
estaba clausurado hacía largo tiempo y contaba
con tres perros adiestrados para proteger la propiedad
de intrusos, y a menos que viniese el cuidador a alimentarlos,
lo cual sucedía muy esporádicamente, era
imposible entrar al área sin ser atacado por
las bestias. Por lo tanto dejé marchar al fontanero
con la promesa de ir a buscarlo ni bien viniese el guardián.
III
La cuestión del drenaje llegó al límite
la noche siguiente, en que la deposición fue
tan abundante y nauseabunda que descontrolado tomé
unos trozos de carne cruda de la heladera, los tiré
por debajo del portón del terreno baldío,
y mientras los perros acudían a comerlos, salté
por la medianera del fondo para abrir la tapa del sumidero
de una vez por todas.
Había corrido la pesada laja, con gran esfuerzo,
y observado para mi trastorno, que no se trataba de
un simple tapón interrumpiendo el drenaje, sino
de la entrada a una vasta red de alcantarillado de principios
del siglo pasado, cuando los ladridos de la jauría
me tomaron por sorpresa.
Traté en vano de alcanzar la medianera por donde
había entrado, pero la más encarnizada
de las fieras hundió sus fauces en mi pierna
antes de que pudiese salir.
Los animales habían sido entrenados para la
caza e inmediatamente formaron a mi alrededor un triángulo
irreductible en el cual quede inexorablemente atrapado.
La escena era aterradora y un instante después,
la segunda fiera, de mirada obtusa e indiferente, me
mordió en el brazo. Apelando a un esfuerzo sobrehumano
para evitar ser despedazado, retrocedí hasta
la alcantarilla y me tiré literalmente dentro
de ella, librándome de tal forma de las fauces
de los cancerberos.
Una vez en el húmedo interior de la cámara
logré correr la pesada tapa de piedra hasta su
lugar original para protegerme de las bestias y me quedé
sentado sobre el piso tratando de vendar las heridas
con los jirones de la camisa. Al cabo de unos momentos,
por la pérdida de sangre y las densas emanaciones
tóxicas del interior de la bóveda, perdí
el conocimiento.
IV
“Los estudios topográficos del infierno
han sido variados y minuciosos. Desde el viaje iniciático
a través de regiones sobrenaturales colmadas
de criaturas fantásticas, descritas por Homero y Virgilio, a la célebre “caverna
de los condenados“, de las religiones Judeo-cristianas.
A las cuales, Dante Alighieri, agrega
la geometría (ciencia de creciente popularidad
en la alta edad media) al definir una estructura de
siete círculos o niveles descendentes en cuyo
centro se encuentra el mismísimo Satán.
A partir de aquel momento, el elemento científico
se incorpora a las hipótesis y aparecen teorías
de pensadores provenientes del campo científico,
como Blaise Pascal, quien conjetura
complicadas figuras geométricas en cuestiones
espirituales o P.T. de Chardin, con
su teoría de masas de energías negativas
errantes por el cosmos capaces de atraer las almas de
los condenados. Tratando de fusionar en el siglo XX,
lo que Santo Tomás de Aquino en el Medioevo: ciencia y religión.
Más tarde, en la modernidad, la literatura se
satura de infranqueables laberintos a través
de la pluma de Kafka o W. Burroughs,
en cuya interzona, regida por el caprichoso diseño
de un mercado persa, engendros grotescos dominan a los
prisioneros a través de las drogas...”
El contacto húmedo y tibio con cierto fluido
espeso de la alcantarilla hizo que me despertara, y
si bien había oscurecido, una extraña
luz violácea, que atribuí al reflejo de
la luna en los antiguos azulejos de los muros, me rebeló
la forma pentagonal de la cripta. Demasiado débil
para salir por donde había entrado, lo cual podía
ser mortal, decidí internarme en el subterráneo
con la esperanza de que hubiese otra salida, aún
observando, la oscura posibilidad de quedar sepultado
en un laberinto en pleno siglo XXI.
Horas después de deambular en círculos,
un nuevo y más profundo horror se sumó
a la lista de calamidades. El espacio del túnel
comenzó a reducirse paulatinamente, obligándome
a reptar para seguir avanzando, y aunque tales circunstancias
hubiesen desquiciado a cualquiera, extrañamente
conservé la calma, al experimentar la sensación
de ser un distante espectador del delirio. En aquel
punto, el progresivo estreñimiento del claustro
fue tal que comencé a sofocarme, haciendo que
mi cara estuviera tan próxima a los muros que
pude leer claramente inscripciones manuscritas indicando
períodos entre fechas, como graban los presos
en sus celdas, siendo algunos lapsos tan extensos, que
me hicieron sollozar al comprender que no resistiría
encerrado tanto tiempo.
Fue entonces cuando una luz al final del corredor, me
produjo la fugaz ilusión de haber encontrado
una salida, y por el denodado esfuerzo que tuve que
realizar al arrastrarme, supuse que me estaba moviendo
cuesta arriba. Sin embargo, y ante mi desconcierto,
el foco desapareció repentinamente sin ninguna
explicación aparente.
Quise gritar y no pude. ¡Dios mío, quisiera
despertar de esta insoportable pesadilla!
Entonces el punto de luz apareció de nuevo,
pero esta vez pude reptar hacia él con mayor
ligereza, como una larva anhelante de ser redimida por
la claridad. Delgadas escisiones comenzaron a aparecer
en los muros laterales con meticulosa regularidad, pero
antes que pudiera suspirar aliviado, la luz giro vertiginosamente
hacia la izquierda, y luego a la derecha, haciendo que
entendiera por fin lo que sucedía: me encontraba
en el interior de un corredor móvil el cual describía
evoluciones que no podía calcular de antemano.
Traté de observar al exterior a través
de las escisiones ojivales buscando alguna referencia,
y lo que vi me llenó de renovado espanto: la
cabeza y el cuerpo de una fabulosa sierpe, cuya piel
estaba grabada con infinitos pentagramas, ondulando
en el lecho de la tierra, y por mi posición y
relación respecto a estos puntos, tuve la horrorosa
certeza de estar prisionero en su interior.
Seguidamente, volví a perder el conocimiento.
V
Fui encontrado por el cuidador del terreno baldío
en el mismo lugar por donde había entrado al
alcantarillado, una semana después de los oscuros
episodios e internado inmediatamente en cuidados intensivos
del Hospital para mi recuperación. Para ser dado
de alta me impusieron la estricta condición de
iniciar un tratamiento psiquiátrico, lo cual
me demoró un mes más antes volver a casa.
A mi regreso noté que el terreno lindante había
sido vendido, ocupando el predio una moderna construcción
bajo la cual desaparecía toda huella de los funestos
incidentes mencionados. Decidí no publicar mis
notas en la universidad por razones obvias y guardar
sólo para mí el material en un archivo
oculto de mi ordenador.
“...Siendo espíritus inclinados al caos
naturalmente, deberán regenerarse en la disciplina
y la medida más estricta, para poder sobrevivir
a la violencia de ese ser estático y brutal que
habita en su fuero íntimo y que es el verdadero
núcleo del “Catalogus Infernus”.
* Ilustración de Dark Idol. |