“Conozco
a mi mamá desde el día que nací y
no está loca”, solía repetirle
a mis compañeros de clase como una gran verdad
a la que ellos jamás podrían haber arribado
cuando me hostigaban con falsas acusaciones de mi madre.
Acto seguido me reía burlonamente en sus narices
y los asustaba con un pequeño alicate del cual
sacaba la inútil lima amenazándolos con
clavársela en el corazón si no me dejaban
tranquilo.
Claro, en aquel entonces yo no sabía que nunca
podría haber alcanzado su corazón con
una punta de cinco centímetros y también
que carecía de la fuerza para incrustarlo incluso
ese largo. También debo admitir que desconocía
a mi madre, y que sólo pude llegar a conocerla
bien el día que dejé de verla como madre
para verla sólo como una persona. Bien luego
superé el estadio de culpa y como conceptos
relacionantes nos necesitábamos uno al otro
para existir.
Era tan fuerte el vínculo que nos unía
y sus invariables torturas diarias, sus azotes e ingeniosos
y siempre sorprendentes dolores que me causaba me hacían
tan feliz, porque era yo, sólo yo el único
objeto de sus ataques, y era mío, sólo
mío, el inmenso placer que sentía al
ver sus ojos brillantes y desvariados. Ella me enseñó que
el umbral del dolor es mucho más distante, más
inalcanzable, y su camino más rico y diverso
que el umbral del placer.
Cuando la mayoría de las personas no puede
soportar la picadura de una abeja o un dolor de muelas,
yo me enfrenté estoicamente a agujas de coser,
aceite caliente, cacerolas candentes, comida en mal
estado, y aún más, a la insoportable
omisión, al negativo, al menos que cero de permanecer
atado a la cama durante días sin ser merecedor
siquiera de su mirada, a la privación de luz
y alimento, a la incertidumbre de quedar solo en casa
sin saber si volvería entera o completamente
pasada, como la última que regresó para
no regresar más.
Entre los matices de la omisión de la tortura
física conocí las incluso más
sutiles, infinitas y tormentosas variantes de la manipulación
psicológica. La tortura psicológica se
convirtió en mi deseo obsesivo, la más
acuciante de mis necesidades casi diría biológicas.
Mi madre me enseñó todo lo que precisaba
saber, pero yo la adelanté rápidamente,
como buen alumno y fue cuando empecé a verla
como la pobre mujer que era, alcohólica, sola,
abandonada por mi padre... enferma.
Puedo decir con orgullo que reconozco todo intento
de control en cualquier persona que se me acerque diez
metros a la redonda, por el mismo hecho soy capaz de
ejercerlo en casi todo ser humano, sé reconocer
la debilidad y la templanza y me introduzco como cuña
desapercibida para tejer por dentro las redes de mi
antojo. Pero, como soy una persona, aún para
mi sorpresa, tremendamente fuerte, he reconocido en
estas artimañas sólo terreno fértil
para la psicosis y decidí sublimar todo mi potencial
en el arte. Bella y versátil creación
humana si las hay, antipragmática, manipuladora,
tan orgánica.
Me dediqué tras largas reflexiones a algo
que consideré muy original, y, sin querer sonar
pedante, genial.
Siempre había admirado las delicadas imágenes,
las innumeras variantes pero de fuerza erótica
constante de las fotos del bondage japonés.
Esas dulces criaturas, tan indefensas en su desnudez,
tan poderosas en su entrega, no hacían sino
despertar en mí los más intensos anhelos
de amarlas y protegerlas. Tan pequeñas, lisas,
tenues, pulidas, tan gradualmente variadas. Todo lo
opuesto a lo sublime. Un compendio de hermosura.
Los estándares de belleza occidentales son
tan aparatosos y desproporcionados. Son tan necrófilos
los ideales que la propaganda propone y el público
compra, tan... imbéciles.
Desde entonces comencé una búsqueda
infructuosa en tratar de primero, encontrarlas, y en
segundo lugar, fotografiar su cuerpos amordazados.
Pero, como anticipé, mi búsqueda fue
infructuosa, no había muchas japonesas dispuestas
a posar para mí, ni siquiera había muchas.
Coreanas, chinas, hasta me topé con unas filipinas.
Continuas frustraciones que podrían haber sido
espléndidas experiencias de no ser porque el
objeto de mi busca era otro. Con razón dice
el Tao que es feliz el que nada desea.
Muy alterado volví a mi casa, mi razón
pendiente de un hilo, y ahí la vi, con su piel
aceitunada, sus maneras dulces, la lindura de sus rasgos
resumidos en esos ojos rasgados tan llenos de arcano
y sigilo. Su breve estatura... Todo me hacía
acordar a las orientales que había estado buscando.
Tan iluminado como estaba me acerqué con una
sonrisa resplandeciente a la boliviana que vendía
ropa interior a la entrada de un mercado. Ciertamente
su piel era dura y curtida, ¡ya podía
imaginar las fotos que le haría!
Le hice todo tipo de nudos, marineros, de alpinismo.
Para empezar un nudo margarita atado a sus tobillos,
lo que se convertiría casi en un ritual en mis
posteriores sesiones de bondage, seguían hermosos
nudos y lazos y vueltas y más vueltas sobre
el cuero tirante en cintura, entrepierna, axilas, muñecas.
Sus pieles contrastaban con suaves cuerdas blancas
o con otras moteadas.
A veces empezaba haciendo un nudo chino que taparía
su ombligo y remataba con cuatro nudos de aferrar en
brazos y piernas. Así andaban caminando un rato
por la casa luego de las fotos hasta que se adormecían
sus miembros y debía sacárselos. Una
vez simulé una tela de araña y otra dibujé con
sogas sobre el cuerpo de una particularmente alta una
cadena de ácido nucleico, o por lo menos así me
lo pareció.
Aprendí con maestría a atarlas a sillas,
escaleras, postes, árboles y columnas. También
le hice a una, sólo una ocasión, un nudo
corredizo y confieso que sentí tremendas ganas
de ser el verdugo. Pero yo estaba ya más allá de
todo eso. Estaba satisfecho. Era una persona socialmente
adaptada y artísticamente disfrutaba de alguna
notoriedad en publicaciones europeas especializadas.
La página ABCduBondage había hecho un
especial con mi trabajo.
Todo iba tan bien. Yo estaba curado. Todos contentos.
Yo sacaba mis fotos y ellas no sólo cobraban
muy bien sino que siempre las traté con cariño
y respeto. ¡Tanto afecto desperdiciado! ¡Tan
en mi cara se habían burlado de mí!
Fue una tarde muy fría de otoño que
descubrí por casualidad el complot del que tal
vez toda la raza humana éramos víctimas...
y al que yo debía poner remedio. Estaba sacando
unas fotos con una nueva modelo cuando una sustancia
pastosa, purulenta y verdosa empezó a fluir
de su ombligo manchando mis cuerdas, mi alfombra y
dejándome perplejo por entero. La mujer simplemente
se levantó corriendo, se vistió y salió sin
dar explicaciones.
Yo
había quedado petrificado esos cinco o seis
minutos que ella había tardado en vestirse y
salir por mi puerta, uniendo cabos sueltos, razonando
los motivos de este acontecimiento. Y entonces fatalmente
la verdad se descubrió a mis ojos. Su pretendida
actitud sumisa tan bien estudiada, sus camarillas,
sus bailes demoníacos, su música lastimera,
su tolerancia al dolor, no eran más que una
pantalla para encubrir sus auténticos planes.
Sin duda eran una poderosa raza intraterrestre que
pretendía colonizarnos, dominar a la raza humana
y finalmente destruirnos para imperar sobre la faz
del planeta. Primero empezarían con nuestro
país, al cual accedían tan libremente,
después con seguridad seguirían por toda
América y de ahí invadirían los
otros continentes. Pero nos habían elegido a
nosotros para empezar a estudiarnos.
Esa sustancia viscosa que había salido del
ombligo de una de las de su especie debería ser
de lo que estaban hechos, algún material incandescente
del magma de la Tierra. Todo encajaba a la perfección.
Tenía que poner fin a sus malévolos planes.
Debía destruir a cuanto espécimen tuviera
a mi alcance y para eso estaba en una posición
privilegiada. Debía destruir a todas las hembras
que pudiera de esa especie macabra.
Era una solitaria tarea a la que me enfrentaba, pero
no podía contárselo a nadie, temía
que me creyeran un desquiciado. Mi historia clínica,
mi madre, heridas que había causado a otros niños
en la escuela, las mascotas de mis vecinos degolladas
que había encontrado la policía al registrar
mi casa en busca de evidencias de que mi madre era un
dealer.
Fue entonces que decidí con premeditación,
en silencio y sistemáticamente, comenzar a ahorcarlas.
* Fotografías de Lady
Spuky. |