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BOLIVIAN BONDAGE, por María García

Bolivian Bondage“Conozco a mi mamá desde el día que nací y no está loca”, solía repetirle a mis compañeros de clase como una gran verdad a la que ellos jamás podrían haber arribado cuando me hostigaban con falsas acusaciones de mi madre. Acto seguido me reía burlonamente en sus narices y los asustaba con un pequeño alicate del cual sacaba la inútil lima amenazándolos con clavársela en el corazón si no me dejaban tranquilo.

Claro, en aquel entonces yo no sabía que nunca podría haber alcanzado su corazón con una punta de cinco centímetros y también que carecía de la fuerza para incrustarlo incluso ese largo. También debo admitir que desconocía a mi madre, y que sólo pude llegar a conocerla bien el día que dejé de verla como madre para verla sólo como una persona. Bien luego superé el estadio de culpa y como conceptos relacionantes nos necesitábamos uno al otro para existir.

Era tan fuerte el vínculo que nos unía y sus invariables torturas diarias, sus azotes e ingeniosos y siempre sorprendentes dolores que me causaba me hacían tan feliz, porque era yo, sólo yo el único objeto de sus ataques, y era mío, sólo mío, el inmenso placer que sentía al ver sus ojos brillantes y desvariados. Ella me enseñó que el umbral del dolor es mucho más distante, más inalcanzable, y su camino más rico y diverso que el umbral del placer.

Cuando la mayoría de las personas no puede soportar la picadura de una abeja o un dolor de muelas, yo me enfrenté estoicamente a agujas de coser, aceite caliente, cacerolas candentes, comida en mal estado, y aún más, a la insoportable omisión, al negativo, al menos que cero de permanecer atado a la cama durante días sin ser merecedor siquiera de su mirada, a la privación de luz y alimento, a la incertidumbre de quedar solo en casa sin saber si volvería entera o completamente pasada, como la última que regresó para no regresar más.

Entre los matices de la omisión de la tortura física conocí las incluso más sutiles, infinitas y tormentosas variantes de la manipulación psicológica. La tortura psicológica se convirtió en mi deseo obsesivo, la más acuciante de mis necesidades casi diría biológicas. Mi madre me enseñó todo lo que precisaba saber, pero yo la adelanté rápidamente, como buen alumno y fue cuando empecé a verla como la pobre mujer que era, alcohólica, sola, abandonada por mi padre... enferma.

Puedo decir con orgullo que reconozco todo intento de control en cualquier persona que se me acerque diez metros a la redonda, por el mismo hecho soy capaz de ejercerlo en casi todo ser humano, sé reconocer la debilidad y la templanza y me introduzco como cuña desapercibida para tejer por dentro las redes de mi antojo. Pero, como soy una persona, aún para mi sorpresa, tremendamente fuerte, he reconocido en estas artimañas sólo terreno fértil para la psicosis y decidí sublimar todo mi potencial en el arte. Bella y versátil creación humana si las hay, antipragmática, manipuladora, tan orgánica.

Me dediqué tras largas reflexiones a algo que consideré muy original, y, sin querer sonar pedante, genial.
Siempre había admirado las delicadas imágenes, las innumeras variantes pero de fuerza erótica constante de las fotos del bondage japonés. Esas dulces criaturas, tan indefensas en su desnudez, tan poderosas en su entrega, no hacían sino despertar en mí los más intensos anhelos de amarlas y protegerlas. Tan pequeñas, lisas, tenues, pulidas, tan gradualmente variadas. Todo lo opuesto a lo sublime. Un compendio de hermosura.

Los estándares de belleza occidentales son tan aparatosos y desproporcionados. Son tan necrófilos los ideales que la propaganda propone y el público compra, tan... imbéciles.

Desde entonces comencé una búsqueda infructuosa en tratar de primero, encontrarlas, y en segundo lugar, fotografiar su cuerpos amordazados. Pero, como anticipé, mi búsqueda fue infructuosa, no había muchas japonesas dispuestas a posar para mí, ni siquiera había muchas. Coreanas, chinas, hasta me topé con unas filipinas. Continuas frustraciones que podrían haber sido espléndidas experiencias de no ser porque el objeto de mi busca era otro. Con razón dice el Tao que es feliz el que nada desea.

Muy alterado volví a mi casa, mi razón pendiente de un hilo, y ahí la vi, con su piel aceitunada, sus maneras dulces, la lindura de sus rasgos resumidos en esos ojos rasgados tan llenos de arcano y sigilo. Su breve estatura... Todo me hacía acordar a las orientales que había estado buscando. Tan iluminado como estaba me acerqué con una sonrisa resplandeciente a la boliviana que vendía ropa interior a la entrada de un mercado. Ciertamente su piel era dura y curtida, ¡ya podía imaginar las fotos que le haría!

Le hice todo tipo de nudos, marineros, de alpinismo. Para empezar un nudo margarita atado a sus tobillos, lo que se convertiría casi en un ritual en mis posteriores sesiones de bondage, seguían hermosos nudos y lazos y vueltas y más vueltas sobre el cuero tirante en cintura, entrepierna, axilas, muñecas. Sus pieles contrastaban con suaves cuerdas blancas o con otras moteadas.

A veces empezaba haciendo un nudo chino que taparía su ombligo y remataba con cuatro nudos de aferrar en brazos y piernas. Así andaban caminando un rato por la casa luego de las fotos hasta que se adormecían sus miembros y debía sacárselos. Una vez simulé una tela de araña y otra dibujé con sogas sobre el cuerpo de una particularmente alta una cadena de ácido nucleico, o por lo menos así me lo pareció.

Aprendí con maestría a atarlas a sillas, escaleras, postes, árboles y columnas. También le hice a una, sólo una ocasión, un nudo corredizo y confieso que sentí tremendas ganas de ser el verdugo. Pero yo estaba ya más allá de todo eso. Estaba satisfecho. Era una persona socialmente adaptada y artísticamente disfrutaba de alguna notoriedad en publicaciones europeas especializadas. La página ABCduBondage había hecho un especial con mi trabajo.

Todo iba tan bien. Yo estaba curado. Todos contentos. Yo sacaba mis fotos y ellas no sólo cobraban muy bien sino que siempre las traté con cariño y respeto. ¡Tanto afecto desperdiciado! ¡Tan en mi cara se habían burlado de mí!

Fue una tarde muy fría de otoño que descubrí por casualidad el complot del que tal vez toda la raza humana éramos víctimas... y al que yo debía poner remedio. Estaba sacando unas fotos con una nueva modelo cuando una sustancia pastosa, purulenta y verdosa empezó a fluir de su ombligo manchando mis cuerdas, mi alfombra y dejándome perplejo por entero. La mujer simplemente se levantó corriendo, se vistió y salió sin dar explicaciones.

Bolivian BondageYo había quedado petrificado esos cinco o seis minutos que ella había tardado en vestirse y salir por mi puerta, uniendo cabos sueltos, razonando los motivos de este acontecimiento. Y entonces fatalmente la verdad se descubrió a mis ojos. Su pretendida actitud sumisa tan bien estudiada, sus camarillas, sus bailes demoníacos, su música lastimera, su tolerancia al dolor, no eran más que una pantalla para encubrir sus auténticos planes. Sin duda eran una poderosa raza intraterrestre que pretendía colonizarnos, dominar a la raza humana y finalmente destruirnos para imperar sobre la faz del planeta. Primero empezarían con nuestro país, al cual accedían tan libremente, después con seguridad seguirían por toda América y de ahí invadirían los otros continentes. Pero nos habían elegido a nosotros para empezar a estudiarnos.

Esa sustancia viscosa que había salido del ombligo de una de las de su especie debería ser de lo que estaban hechos, algún material incandescente del magma de la Tierra. Todo encajaba a la perfección. Tenía que poner fin a sus malévolos planes. Debía destruir a cuanto espécimen tuviera a mi alcance y para eso estaba en una posición privilegiada. Debía destruir a todas las hembras que pudiera de esa especie macabra.

Era una solitaria tarea a la que me enfrentaba, pero no podía contárselo a nadie, temía que me creyeran un desquiciado. Mi historia clínica, mi madre, heridas que había causado a otros niños en la escuela, las mascotas de mis vecinos degolladas que había encontrado la policía al registrar mi casa en busca de evidencias de que mi madre era un dealer.

Fue entonces que decidí con premeditación, en silencio y sistemáticamente, comenzar a ahorcarlas.

* Fotografías de Lady Spuky.

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