Madera
podrida, flores deshechas, gusanos satisfechos y un
cadáver; tu cadáver.
Bella doncella, te han desenterrado, pero a pesar
de todo, tu cadáver mantiene la misma belleza
de aquellos años en que no diferenciábamos
nuestro sudor, en que creíamos que vivíamos
para siempre, y hoy, irónicamente, estamos juntos,
y yo, quizás te amo más, pero de tu boca
sale un pérfido olor.
Ya no te recordaba hasta que te vi allí, hecha
sólo un saco de huesos, después de aquel
accidente en el que pereciste, rompiendo tu cabeza contra
las piedras majestuosas que rodeaban el río en
el cual solíamos bañarnos. Imagino que
tu cerebro quedó hecho añicos del duro
golpe, que dejó ensangrentado todo a tu alrededor,
y yo lo sé, pues vi como tu sangre se unía
junto al agua, tiñéndola de rojo.
Después de tu entierro me sumergí en
una lóbrega liturgia, en la cual sólo
bebía absintio, y usaba algunas drogas inyectadas,
quizás buscando compañía a la tristeza
por medio de alucinaciones.
Ya, al verte otra vez, después de que un sujeto
extraño (extraño pues nadie lo vio, y
yo estaba muy drogado como para recordar mis sucesos
de aquellos días), te desenterró. Sé
que todos me miraron extraño, como si hubiese
hecho algo malo. Ahí, al verte de nuevo, sólo
pensé en volverte a la vida, y corría
desesperado a brujos y hechiceros para que te revivieran,
pero todo era imposible.
Por fin, y luego de semanas en que pensaba incluso
en acabar con mi vida, por la frustración de
no revivirte, hallé una vieja bruja, que llevaba
230 años en la tierra; 60 como loba y 170 como
mujer. Ella vivía en la montaña del aislamiento,
la montaña donde todos subían pero nadie
bajaba. Yo, después de dos días y medio
entre maleza, llegué hasta el sagrado escondite
de la bruja. Ahí deje tu cuerpo, junto a la bruja,
que rompía unas ramas junto al fuego, a ver si
tenía algún hechizo para revivirte.
Oh amada mía, del mal no se salva nadie.
La bruja, al verme, se enfureció, corría
escupiendo malas palabras de su boca alrededor del fuego.
Yo no lo sabía, ella era mi madre, y ella moriría
sólo si nos volvíamos a encontrar, pues
su antiguo dueño la castigó, pues ya siendo
humana, aún aullaba y comía cazadores
junto a los lobos. Ella me maldijo, me hechizó,
mientras moría. Ella se desvanecía junto
al fuego, sólo se volvía polvo.
Ahora yo muero poco a poco, y cada día más
flaco voy. Hoy los huesos se me ven, y así, raquítico,
ando por las montañas, contigo al hombro, porque,
aún y así, muerta y engusanada, te quiero
amar.
2002 |