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LLAMADAS PERDIDAS, por José Carlos Loredo

Llamadas perdidasLa luz tenue de la cervecería, su atmósfera ocre de intimidad y relajo, favorecían las conversaciones procaces. Vicente y sus amigos habían inaugurado la noche hablando de anécdotas grotescas y despistes estrambóticos. Andrea contó que, una tarde, su madre estaba absorta viendo una película cuando en una escena comenzó a llover y ella se levantó como un resorte del sofá corriendo a quitar la ropa del tendedero. Juan recordó un día que, distraído, mordió la botella de cristal del refresco que sujetaba con su mano izquierda en lugar del bocadillo que tenía en la derecha. Uno de sus incisivos aún conservaba la muesca.

La noche avanzaba entre cuencos de frutos secos y vasos vacíos con ribetes de espuma. La conversación dio un giro macabro cuando Vicente sacó uno de sus temas predilectos: el de la ultratumba.

- ¿No habéis oído la historia esa de un funeral en el que sonó un teléfono móvil dentro del ataúd? Es genial. Al parecer le dejaron al muerto el móvil encendido dentro de la chaqueta y cerraron la tapa, lo olvidaron allí...

- Eso es una leyenda urbana, hombre -interrumpió Miriam-. Igual que la del tío que visitó un cementerio por la noche y le dio un infarto del susto que llevó al enganchársele la gabardina en una rama que sobresalía del suelo. Son historias que se propagan de boca en boca. Siempre se cuentan diciendo que le sucedieron a un amigo de un amigo, pero nadie las vive en carne propia.

- Bueno, ¿qué importa? -replicó Vicente-. En el fondo, lo que vale es que sean buenas historias. Todos podemos inventar una leyenda de esas y hacérsela creer a alguien. Además, tampoco es imposible que ocurran. Imaginad, por ejemplo, que se entierra a un tipo con el móvil encendido y recibe llamadas hasta que se acaba la batería... Pues os juro que esto le pasó a un familiar lejano mío...

Con un movimiento que recordaba al de una gata en celo, Miriam se agarró al brazo de Vicente entre regocijada y nerviosa, lanzando un gritito que revelaba al mismo tiempo su deseo de no ser asustada y el placer que sentiría si se violaba su deseo. El dolor que le producían las uñas hincándose en la piel avivó aún más a Vicente:

- Que sí, de verdad... Y cuentan en el pueblo que el sonido despertaba a los cadáveres vecinos y aterrorizaba a los paseantes solitarios...

Vicente no pudo contener un brote de risa gangosa. Hizo una pausa y apuró su cerveza. La mirada sarcástica de sus ojos permitía adivinar una mente funcionando a toda máquina para combinar retazos de realidad y absurdo en busca de alguna ocurrencia que enardeciese la morbosa reacción de Miriam. Antes de que la hallara, sin embargo, Julio quiso desviar la conversación hacia los dominios de lo asqueroso y, con su procacidad habitual, sacó a colación las historias de los cuerpos extraños que algunos médicos extraen del esfínter de sus pacientes. Pero lo que más hilaridad produjo fue su referencia a la broma que algunos gastan a sus amigos enviándoles un mensaje de texto como el siguiente: “Hemos instalado en su móvil un aviso de llamada mediante vibrador. Introdúzcaselo en el ano y le estaremos telefoneando toda la noche”.

De repente, y cuando se apagaba la breve carcajada colectiva que la intervención de Julio había provocado, todos advirtieron que Juan llevaba largo rato sin hablar y su semblante estaba demudado como el mármol sucio. Se había echado hacia atrás. Parecía escondido. Miriam le preguntó si se encontraba mal. Él se acercó a la mesa y apoyó sus codos en las rodillas:

- Estoy bien. Es que me habéis hecho recordar una cosa bastante desagradable..., algo que me ocurrió hace tres años, en cuarto de carrera. No me gustaría hacer bromas con ello. Nunca se lo he contado a nadie.

La penumbra que Juan había creado en unos pocos segundos suscitó en sus amigos una mezcla de preocupación y curiosidad. Andrea, muy seria, le dijo que si lo contaba quizá se desahogase y se sintiera mejor. Julio propuso pedir otra ronda. Juan hizo un esfuerzo y, contrayendo los músculos de su rostro, vaciló un instante antes de comenzar a hablar. Todos se inclinaron hacia delante y prestaron una atención sincera a sus palabras.

- No, yo no quiero más cerveza... El caso es que... una mañana, en las prácticas de anatomía, estábamos haciendo unas disecciones y empezó a sonar un teléfono móvil. El profesor levantó la vista del cadáver y con una mirada de reprobación recorrió el grupo que formábamos alrededor de la mesa. Algunos nos palpamos los bolsillos para comprobar que no llevábamos móvil. Otros sacaron sus teléfonos, pero ninguno de ellos estaba encendido. Sin embargo, el timbre seguía sonando. Era una de esas melodías tontas, no recuerdo cuál... Por un momento pensamos que el que se escuchaba era el móvil del profesor y algunos le miramos con sorna. Él, sin decir palabra, hizo un gesto separando las manos como dando a entender que ni siquiera llevaba móvil...

- ¡Venga ya! interrumpió Julio . ¡A que el móvil era del muerto!

Juan suspiró y le miró de reojo.

- Ya sé que es previsible, pero yo no lo pasé nada bien. El sonido era cada vez más alto, y no colgaban. Un compañero sugirió que el teléfono podría estar en algún armario o alguna estantería, pero era evidente que el sonido procedía de allí mismo, de donde estábamos agrupados en torno a la mesa de disección... Desde luego, el único que de ninguna manera podía tener un móvil era el cadáver..., aunque a Julio ahora le parezca una posibilidad muy clara.

»Todos estábamos perplejos. El sonido era sordo, como si saliera de algún agujero oculto que lo comprimía. El profesor comenzó a palpar el cadáver. Presionó la parte baja del abdomen y el sonido cambió de tono... Recuerdo perfectamente la cara del profesor transfigurada por el asombro, y el paso atrás que dieron algunos de mis compañeros. Estábamos desconcertados, asustados. Nos sabíamos qué hacer.

»Muy callado, el profesor siguió tanteando aquella zona del cadáver. Sólo habló para decir que notaba una especie de temblor tenue... Y lo que todos temíamos se convirtió en realidad. Después de presionar el pubis, introdujo los dedos índice y corazón en el ano del cadáver y nos miró con la frente cubierta de sudor, con un gesto de satisfacción y escalofrío. El móvil estaba alojado en el recto del cadáver.

Julio no pudo evitar una risa nasal que se contagió a Miriam y Vicente. Lanzándoles una mirada fugaz de reproche, Juan prosiguió, serio y pálido:

- El profesor sajó el perineo y extrajo un teléfono pequeño, cubierto de adherencias purulentas y restos de excrementos resecos. Desde entonces tengo metido en la nariz un olor ácido de formol y carne putrefacta... Por fin el timbre dejó de sonar y en ese momento fue como si escucháramos un silencio angustioso, opresivo. Yo creo que fue eso lo que nos hizo caer en la cuenta de la situación tan estrafalaria y asquerosa en la que nos encontrábamos. Un compañero se mareó, y el silencio lo rompieron las náuseas de una chica y la risa nerviosa de otro compañero... Yo recuerdo que sólo me preguntaba cómo no se había consumido la batería del móvil en las dos o tres semanas que el cadáver llevaba almacenado allí.

»Como si él mismo no supiera de qué manera salir de aquella situación ridícula, el profesor limpió un poco el aparato y lo miró con cara de bobo. Hicimos corro alrededor suyo y pudimos ver que en la pantalla se anunciaban cuarenta y tres llamadas perdidas. El profesor pulsó instintivamente el botón de OK. Apareció la notificación de “un nuevo número”... Todas las llamadas correspondían a un mismo número...

Juan hizo una extraña pausa. Agarró la cáscara de un cacahuete y la aplastó entre sus dedos mientras miraba al centro de la mesa con los ojos como platos y un gesto de vacilación evidente. Sus amigos callaban y se miraban unos a otros. Andrea echó un trago. Sin que nadie dijera nada, Juan continuó:

- Las señales del pánico que me estaba invadiendo eran muy claras, pero todos las atribuyeron a lo escabroso de la situación... Os juro que sentí como si el universo entero se derrumbara dentro de mi cuerpo cuando comprobé que en la pantalla aparecía mi número de teléfono...

Las risas se habían esfumado. Vicente se atrevió a insinuar que quizá Juan se hallara tan impresionado que, bajo los efectos de la sugestión, se equivocase al leer el número.

- No reaccionó Juan. Me aseguré. Pestañeé fuerte varias veces y el número seguía allí, en medio de la mano enguantada del profesor. No sé cuántos segundos duró aquel tormento. Sólo recuerdo que el profesor recobró la compostura, apagó el móvil y lo dejó en una bolsita de plástico.

Vicente emitió un soplido que expresaba una mezcla de susto e incredulidad. Los demás tenían su mirada clavada en Juan, quien siguió hablando algo más tranquilo después de recorrer en semicírculo el corro de ojos que tan abiertos mantenía su relato:

- Aquella noche apenas dormí. A pesar de que me había apresurado a dar de baja mi número de teléfono y hasta había quitado el chip del aparato, cada poco me despertaba la melodía de mi móvil y tardaba unos segundos atroces en darme cuenta de que el sonido procedía de una pesadilla. Al día siguiente tiré también el aparato. Lo dejé en un contenedor que había al lado de la puerta trasera de la facultad. No quise tirarlo a la basura en mi casa.

.Ávido, Vicente le preguntó si ahí terminaba la historia. Los demás hacían oscilar su mirada entre Vicente y Juan como suscribiendo la insatisfacción del primero. Juan se echó hacia atrás en su asiento:

- ¿Os parece poco...? Desde entonces raramente utilizo el móvil. Conservo uno que me regalaron mis padres las navidades siguientes, pero apenas lo uso. Lo conservo porque fue un regalo.

La conversación se congeló. Intentando reanimarla, Julio insistió en la posibilidad de que todo hubiera sido un efecto del miedo generado por la situación. Juan se obstinaba en negarlo:

- ¡Te digo que no, joder! Estoy completamente seguro. Recuerdo perfectamente el número: 936039716.

Tímidamente, los demás daban la razón a Vicente y Julio, aunque sus gestos revelaban una especie de congoja mal asimilada. Juan había comenzado a recobrar el color de su rostro y propuso pedir la cuenta.

Entonces, como un latigazo, comenzó a sonar la melodía de un teléfono móvil, una de esas melodías estúpidas y estridentes.

Todos volvieron a clavar su mirada en Juan. Era el suyo, el que le habían regalado sus padres aquella navidad. Juan tragó saliva, lo sacó del bolsillo con manos temblorosas y, cuando echó un vistazo la pantalla antes de contestar, lo soltó como si fuera un hierro candente.

El aparato rebotó en la mesa y, sobre el suelo, se movía como una enorme mosca moribunda por efecto del vibrador. Juan palideció. El hilillo de un vómito apenas abortado le asomó por la comisura de la boca. Se agarró a la banqueta y su rostro se contrajo en un gesto de pánico profundo, cruel. Sus ojos se abrieron vacíos como si hubiera visto a un fantasma.

Andrea le puso la mano sobre la nuca y propuso a Miriam pedir un vaso de agua. Vicente recogió el teléfono y miró la pantalla. Se quedó petrificado, en pie, sin apartar la vista. Julio, Miriam y Andrea se acercaron a él. Parpadeando sobre el fondo de una luz verde fosforescente como la de un fuego fatuo, todos pudieron ver el número 936039716.

Un leve hedor ácido se sobrepuso al aroma tostado de la cerveza.

2003

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