La
luz tenue de la cervecería, su atmósfera
ocre de intimidad y relajo, favorecían las conversaciones
procaces. Vicente y sus amigos habían inaugurado
la noche hablando de anécdotas grotescas y despistes
estrambóticos. Andrea contó que, una tarde,
su madre estaba absorta viendo una película cuando
en una escena comenzó a llover y ella se levantó
como un resorte del sofá corriendo a quitar la
ropa del tendedero. Juan recordó un día
que, distraído, mordió la botella de cristal
del refresco que sujetaba con su mano izquierda en lugar
del bocadillo que tenía en la derecha. Uno de
sus incisivos aún conservaba la muesca.
La noche avanzaba entre cuencos de frutos secos y
vasos vacíos con ribetes de espuma. La conversación
dio un giro macabro cuando Vicente sacó uno de
sus temas predilectos: el de la ultratumba.
- ¿No habéis oído la historia
esa de un funeral en el que sonó un teléfono
móvil dentro del ataúd? Es genial. Al
parecer le dejaron al muerto el móvil encendido
dentro de la chaqueta y cerraron la tapa, lo olvidaron
allí...
- Eso es una leyenda urbana, hombre -interrumpió
Miriam-. Igual que la del tío que visitó
un cementerio por la noche y le dio un infarto del susto
que llevó al enganchársele la gabardina
en una rama que sobresalía del suelo. Son historias
que se propagan de boca en boca. Siempre se cuentan
diciendo que le sucedieron a un amigo de un amigo, pero
nadie las vive en carne propia.
- Bueno, ¿qué importa? -replicó
Vicente-. En el fondo, lo que vale es que sean buenas
historias. Todos podemos inventar una leyenda de esas
y hacérsela creer a alguien. Además, tampoco
es imposible que ocurran. Imaginad, por ejemplo, que
se entierra a un tipo con el móvil encendido
y recibe llamadas hasta que se acaba la batería...
Pues os juro que esto le pasó a un familiar lejano
mío...
Con un movimiento que recordaba al de una gata en
celo, Miriam se agarró al brazo de Vicente entre
regocijada y nerviosa, lanzando un gritito que revelaba
al mismo tiempo su deseo de no ser asustada y el placer
que sentiría si se violaba su deseo. El dolor
que le producían las uñas hincándose
en la piel avivó aún más a Vicente:
- Que sí, de verdad... Y cuentan en el pueblo
que el sonido despertaba a los cadáveres vecinos
y aterrorizaba a los paseantes solitarios...
Vicente no pudo contener un brote de risa gangosa.
Hizo una pausa y apuró su cerveza. La mirada
sarcástica de sus ojos permitía adivinar
una mente funcionando a toda máquina para combinar
retazos de realidad y absurdo en busca de alguna ocurrencia
que enardeciese la morbosa reacción de Miriam.
Antes de que la hallara, sin embargo, Julio quiso desviar
la conversación hacia los dominios de lo asqueroso
y, con su procacidad habitual, sacó a colación
las historias de los cuerpos extraños que algunos
médicos extraen del esfínter de sus pacientes.
Pero lo que más hilaridad produjo fue su referencia
a la broma que algunos gastan a sus amigos enviándoles
un mensaje de texto como el siguiente: “Hemos
instalado en su móvil un aviso de llamada mediante
vibrador. Introdúzcaselo en el ano y le estaremos
telefoneando toda la noche”.
De repente, y cuando se apagaba la breve carcajada
colectiva que la intervención de Julio había
provocado, todos advirtieron que Juan llevaba largo
rato sin hablar y su semblante estaba demudado como
el mármol sucio. Se había echado hacia
atrás. Parecía escondido. Miriam le preguntó
si se encontraba mal. Él se acercó a la
mesa y apoyó sus codos en las rodillas:
- Estoy bien. Es que me habéis hecho recordar
una cosa bastante desagradable..., algo que me ocurrió
hace tres años, en cuarto de carrera. No me gustaría
hacer bromas con ello. Nunca se lo he contado a nadie.
La penumbra que Juan había creado en unos pocos
segundos suscitó en sus amigos una mezcla de
preocupación y curiosidad. Andrea, muy seria,
le dijo que si lo contaba quizá se desahogase
y se sintiera mejor. Julio propuso pedir otra ronda.
Juan hizo un esfuerzo y, contrayendo los músculos
de su rostro, vaciló un instante antes de comenzar
a hablar. Todos se inclinaron hacia delante y prestaron
una atención sincera a sus palabras.
- No, yo no quiero más cerveza... El caso es
que... una mañana, en las prácticas de
anatomía, estábamos haciendo unas disecciones
y empezó a sonar un teléfono móvil.
El profesor levantó la vista del cadáver
y con una mirada de reprobación recorrió
el grupo que formábamos alrededor de la mesa.
Algunos nos palpamos los bolsillos para comprobar que
no llevábamos móvil. Otros sacaron sus
teléfonos, pero ninguno de ellos estaba encendido.
Sin embargo, el timbre seguía sonando. Era una
de esas melodías tontas, no recuerdo cuál...
Por un momento pensamos que el que se escuchaba era
el móvil del profesor y algunos le miramos con
sorna. Él, sin decir palabra, hizo un gesto separando
las manos como dando a entender que ni siquiera llevaba
móvil...
- ¡Venga ya! interrumpió Julio . ¡A
que el móvil era del muerto!
Juan suspiró y le miró de reojo.
- Ya sé que es previsible, pero yo no lo pasé
nada bien. El sonido era cada vez más alto, y
no colgaban. Un compañero sugirió que
el teléfono podría estar en algún
armario o alguna estantería, pero era evidente
que el sonido procedía de allí mismo,
de donde estábamos agrupados en torno a la mesa
de disección... Desde luego, el único
que de ninguna manera podía tener un móvil
era el cadáver..., aunque a Julio ahora le parezca
una posibilidad muy clara.
»Todos estábamos perplejos. El sonido
era sordo, como si saliera de algún agujero oculto
que lo comprimía. El profesor comenzó
a palpar el cadáver. Presionó la parte
baja del abdomen y el sonido cambió de tono...
Recuerdo perfectamente la cara del profesor transfigurada
por el asombro, y el paso atrás que dieron algunos
de mis compañeros. Estábamos desconcertados,
asustados. Nos sabíamos qué hacer.
»Muy callado, el profesor siguió tanteando
aquella zona del cadáver. Sólo habló
para decir que notaba una especie de temblor tenue...
Y lo que todos temíamos se convirtió en
realidad. Después de presionar el pubis, introdujo
los dedos índice y corazón en el ano del
cadáver y nos miró con la frente cubierta
de sudor, con un gesto de satisfacción y escalofrío.
El móvil estaba alojado en el recto del cadáver.
Julio no pudo evitar una risa nasal que se contagió
a Miriam y Vicente. Lanzándoles una mirada fugaz
de reproche, Juan prosiguió, serio y pálido:
- El profesor sajó el perineo y extrajo un
teléfono pequeño, cubierto de adherencias
purulentas y restos de excrementos resecos. Desde entonces
tengo metido en la nariz un olor ácido de formol
y carne putrefacta... Por fin el timbre dejó
de sonar y en ese momento fue como si escucháramos
un silencio angustioso, opresivo. Yo creo que fue eso
lo que nos hizo caer en la cuenta de la situación
tan estrafalaria y asquerosa en la que nos encontrábamos.
Un compañero se mareó, y el silencio lo
rompieron las náuseas de una chica y la risa
nerviosa de otro compañero... Yo recuerdo que
sólo me preguntaba cómo no se había
consumido la batería del móvil en las
dos o tres semanas que el cadáver llevaba almacenado
allí.
»Como si él mismo no supiera de qué
manera salir de aquella situación ridícula,
el profesor limpió un poco el aparato y lo miró
con cara de bobo. Hicimos corro alrededor suyo y pudimos
ver que en la pantalla se anunciaban cuarenta y tres
llamadas perdidas. El profesor pulsó instintivamente
el botón de OK. Apareció la notificación
de “un nuevo número”... Todas las
llamadas correspondían a un mismo número...
Juan hizo una extraña pausa. Agarró la
cáscara de un cacahuete y la aplastó entre
sus dedos mientras miraba al centro de la mesa con los
ojos como platos y un gesto de vacilación evidente.
Sus amigos callaban y se miraban unos a otros. Andrea
echó un trago. Sin que nadie dijera nada, Juan
continuó:
- Las señales del pánico que me estaba
invadiendo eran muy claras, pero todos las atribuyeron
a lo escabroso de la situación... Os juro que
sentí como si el universo entero se derrumbara
dentro de mi cuerpo cuando comprobé que en la
pantalla aparecía mi número de teléfono...
Las risas se habían esfumado. Vicente se atrevió
a insinuar que quizá Juan se hallara tan impresionado
que, bajo los efectos de la sugestión, se equivocase
al leer el número.
- No reaccionó Juan. Me aseguré. Pestañeé
fuerte varias veces y el número seguía
allí, en medio de la mano enguantada del profesor.
No sé cuántos segundos duró aquel
tormento. Sólo recuerdo que el profesor recobró
la compostura, apagó el móvil y lo dejó
en una bolsita de plástico.
Vicente emitió un soplido que expresaba una
mezcla de susto e incredulidad. Los demás tenían
su mirada clavada en Juan, quien siguió hablando
algo más tranquilo después de recorrer
en semicírculo el corro de ojos que tan abiertos
mantenía su relato:
- Aquella noche apenas dormí. A pesar de que
me había apresurado a dar de baja mi número
de teléfono y hasta había quitado el chip
del aparato, cada poco me despertaba la melodía
de mi móvil y tardaba unos segundos atroces en
darme cuenta de que el sonido procedía de una
pesadilla. Al día siguiente tiré también
el aparato. Lo dejé en un contenedor que había
al lado de la puerta trasera de la facultad. No quise
tirarlo a la basura en mi casa.
.Ávido, Vicente le preguntó si ahí
terminaba la historia. Los demás hacían
oscilar su mirada entre Vicente y Juan como suscribiendo
la insatisfacción del primero. Juan se echó
hacia atrás en su asiento:
- ¿Os parece poco...? Desde entonces raramente
utilizo el móvil. Conservo uno que me regalaron
mis padres las navidades siguientes, pero apenas lo
uso. Lo conservo porque fue un regalo.
La conversación se congeló. Intentando
reanimarla, Julio insistió en la posibilidad
de que todo hubiera sido un efecto del miedo generado
por la situación. Juan se obstinaba en negarlo:
- ¡Te digo que no, joder! Estoy completamente
seguro. Recuerdo perfectamente el número: 936039716.
Tímidamente, los demás daban la razón
a Vicente y Julio, aunque sus gestos revelaban una especie
de congoja mal asimilada. Juan había comenzado
a recobrar el color de su rostro y propuso pedir la
cuenta.
Entonces, como un latigazo, comenzó a sonar
la melodía de un teléfono móvil,
una de esas melodías estúpidas y estridentes.
Todos volvieron a clavar su mirada en Juan. Era el
suyo, el que le habían regalado sus padres aquella
navidad. Juan tragó saliva, lo sacó del
bolsillo con manos temblorosas y, cuando echó
un vistazo la pantalla antes de contestar, lo soltó
como si fuera un hierro candente.
El aparato rebotó en la mesa y, sobre el suelo,
se movía como una enorme mosca moribunda por
efecto del vibrador. Juan palideció. El hilillo
de un vómito apenas abortado le asomó
por la comisura de la boca. Se agarró a la banqueta
y su rostro se contrajo en un gesto de pánico
profundo, cruel. Sus ojos se abrieron vacíos
como si hubiera visto a un fantasma.
Andrea le puso la mano sobre la nuca y propuso a Miriam
pedir un vaso de agua. Vicente recogió el teléfono
y miró la pantalla. Se quedó petrificado,
en pie, sin apartar la vista. Julio, Miriam y Andrea
se acercaron a él. Parpadeando sobre el fondo
de una luz verde fosforescente como la de un fuego fatuo,
todos pudieron ver el número 936039716.
Un leve hedor ácido se sobrepuso al aroma tostado
de la cerveza.
2003 |