De pronto
se halló en un vacío inmenso, rodeado
por la más temida oscuridad. Nada se veía
y nada se escuchaba. Por alguna razón su cuerpo
emanaba un inusual resplandor que permitía sólo
a sí mismo verse. Estaba vestido con su uniforme
escolar. Se le ocurrió llamar en alta voz a la
espera de que alguien le contestara, sin embargo por
más fuerza que le pusiera a su clamor no conseguía
emitir sonido alguno. La voz se le había apagado
y su temor se acrecentaba cada vez más.
En busca del más mínimo rastro de luz,
el joven se alzó a explorar sin saber con qué
o quién se encontraría. No había
nada por donde mirase y el silencio era total. Tuvo
que recorrer un largo tramo hasta que por fin halló
lo que con tantas ansias había estado buscando:
era una delgada línea blanca que pendía
de forma oblicua surcando aquel telón negro.
¿De dónde provenía? Era imposible
saberlo. Cuando el joven llegó hasta su caída
final se detuvo frente al rayo de luz al cual no lograba
encontrar su origen debido a que se extendía
desde lo alto, distancia a la cual su visión
ya no podía distinguir. Conforme con lo hallado
se quedó quieto en el lugar, mirándolo
intentando buscar respuestas que explicaran su existir.
Luego de un rato se sentó y se durmió
a causa de cansancio. Sin darse cuenta su resplandor
comenzaba a debilitarse.
Al despertarse el joven había perdido la noción
del tiempo transcurrido. El rayo continuaba brillando
frente a él. Decidió permanecer en el
mismo sitio aferrándose a lo que consideró
como su tesoro mas preciado, ni siquiera se atrevía
a tocarlo o a caminar a su alrededor. En ocasiones un
fuerte viento frío lo hacía encogerse
en el suelo, en otras, un intenso calor lo sofocaba
hasta hacerlo gritar de sed, pero su voz era muda. Pese
a estas adversidades el joven no se movió de
ahí y siguió custodiando su tesoro.
El paso del tiempo se hacía más extenso.
Como un milagro ansiado, sus oídos captaron un
leve susurro que se escuchó desde las alturas.
Su mirada se alzó hacia arriba intentando descifrar
el nuevo acontecimiento. Cuando el susurro se oyó
nuevamente el joven advirtió que éste
venía de la misma dirección que el rayo
de luz y que se trataban de diferentes voces que murmuraban
entre sí. Al principio no había podido
reconocerlas pero al sonar éstas con mayor fuerza
y claridad se sorprendió al descubrir a quienes
pertenecían. Su familia proclamaba su regreso
a través de súplicas, ruegos y rezos.
De repente creyó comprender lo que estaba sucediendo.
No tenía conocimiento del lugar donde se encontraba
pero sí por qué estaba allí, en
ese vacío inmenso y oscuro. Recordó con
estupor aquel reciente episodio donde una camioneta
lo había arrollado al cruzar la calle a una cuadra
de su colegio.
Concluyó que el rayo de luz al cual había
vigilado con afán lo conduciría hasta
donde las voces, consiguiendo así el anhelado
reencuentro con su familia. Para esto se atrevería
a lo que no había hecho antes. Se animó
a dar dos pasos y el rayo que antes caía y terminaba
en el suelo ahora lo hacía sobre la rodilla izquierda
del joven. Extendió sus ambas manos hacia delante
y las movió como tanteando el aire y luego con
ellas atravesó el rayo pero nada podía
tocar. Fue recién que en el tercer paso dado
se topó con algo que sobresalía de la
superficie. Lo examinó con el pie y después
se subió sobre él. Se había elevado
como unos veinte centímetros del suelo. Volvió
a buscar con el pie y nuevamente se topó con
lo que, según dedujo el joven, sería el
segundo escalón de una escalera. No dudó
en hacerlo y se paró sobre éste. Miró
hacia delante; el rayo de luz chocaba su rodilla. En
ese instante retornaron las voces que lo llamaban con
persistencia pero así como habían vuelto
se marcharon. Otra vez lo rodeó el silencio.
Con la idea de que al hallar el principio del rayo de
luz encontraría a su familia, el joven a paso
firme y seguro, dio inicio al ascenso.
Subió por varias horas, mas el recorrido parecía
ser interminable. A causa de su agotamiento el joven
se tomó un descanso sentándose sobre unos
de los incontables escalones; fue entonces que se percató
que su peculiar resplandor se estaba desvaneciendo y
comenzaba a ser cubierto por la oscuridad. De inmediato
se levantó y retomó la marcha. Se había
impuesto no detenerse ante nada. Finalmente después
de haber hecho una larga carrera llegó hasta
el nacimiento del rayo de luz. Su origen radicaba en
la existencia de un minúsculo orificio que parecía
salir de la nada. Coincidentemente la escalera ya no
poseía más escalones, una pequeña
plataforma suplantaba a éstos.
De pie sobre la plataforma el joven tapó el
orificio con el dedo índice de la mano izquierda,
luego lo retiró. Palpó con las manos y
lo que antes era nada lo consideró como una pared,
de modo que ahora debía de encontrar la forma
de cruzar al otro lado. Se agachó y espió
por el orificio pero a causa de la intensidad de la
luz le fue imposible ver algo. Palpó de nuevo
pero con mayor detenimiento alrededor del orificio;
esta vez encontró un artefacto pegado a la pared
en forma de manija, segundos después concluyó
que lo que tenía en sus manos era un picaporte.
Se levantó y pensó si realmente su familia
se hallaría del otro lado donde la luz brillaba,
la incertidumbre lo había invadido. Vio su cuerpo
y sus piernas parecían desaparecer.
Dependía de él girar el picaporte, hasta
entonces ya no había escuchado más las
voces. Poniendo toda su esperanza en un profundo respiro
agarró el picaporte haciéndolo girar hacia
abajo y empujó apenas un poco hacia delante.
Los múltiples rayos de luz que se escapaban del
otro lado hacían distinguir el marco de una puerta.
Dio un paso más al frente y atravesó por
completo el umbral, mas por el mismo fulgor de la luz
sus ojos se cegaron por unos instantes. Lentamente la
vista volvió formar parte de él y lo primero
que vio le regresó la felicidad que había
perdido. Su alma se llenó de vida al ver que
estaba rodeado por su madre, padre y hermana quienes,
desde hacía tres días, no habían
abandonado la cama del hospital donde se encontraba
ahora el joven recuperado.
. 2005
* Ilustración
de Kreaseahtorah.
|