Toda
aquella pesadilla empezó una noche de verano
bajo un cielo cubierto de estrellas titilantes.
Fue después de tres largas horas de ritual,
en donde marcaron mi piel con veves, danzaron
al compás de los timbales y soplaron el
polvo mortal en mis ojos.
Los huesos de un cadáver, el veneno de
un sapo, el aguijón de un gusano de mar,
el jugo de un pez globo, hierbas y minerales,
todo machacado se guardó tres días
y tres noches dentro de un ataúd con el
cadáver de un conocido hechicero de la
comarca. Estos eran los ingredientes con los que
se componían el polvo del sacrificio, el
polvo que hizo que mi mente se nublara agolpando
miles de imágenes en las que Loa la serpiente
reptaba sobre mi cuerpo totalmente inerte.
Alguien cosió mis labios, el dolor era
insoportable pero no podía defenderme por
que el efecto del veneno había llegado
a mi cerebro paralizando todos mis músculos,
aunque no mis pensamientos.
Luego, entre danzas y cánticos un grupo
de sudorosos hombres encabezados por un Boko me
metieron en un triste ataúd de delgada
y húmeda madera.
A partir de ese momento la oscuridad absoluta
se apoderó de mí. Sólo podía
oír el latido de mi agitado corazón
que parecía querer salir de mi cuerpo buscando
también un poco de luz en aquella trampa
maldita.
Quería gritar, pero mi voz no respondía,
quería mover mis manos, pero mis manos
se negaban a obedecer. Cada vez que intentaba
moverme o gritar mi cuerpo parecía encajonarse
aún más en la profundidad de la
tierra. Era como si miles de manos me arrastraran
hacia el interior del infierno sin poder evitarlo.
Y así pasaron largas horas de desesperada
oscuridad, sentía la humedad de la tierra
filtrándose a través de las paredes
de mi caja, hasta podía sentir como los
gusanos empezaban a pasearse entre mis dedos produciéndome
un desagradable cosquilleo.
En mi desesperación, recordaba imágenes
de mi larga tortura, el olor a cera quemada, mujeres
y hombres poseídos danzando medio desnudos
con movimientos obscenos animados por los tambores
y sangre, sangre por todos los rincones, luego
aquel polvo cegó mis ojos en un instante.
Pasó un día. Quizá dos, el
tiempo se paró para mi. ¿Estaría
muerto? ¿Era aquello lo que se sentía
al morir?
Mientras pensaba en todo aquello me pareció
ver una luz en la lejanía, una luz que
iba creciendo al igual que mi agitación.
¿Habría sido todo un sueño?
Rezaba porque así fuera.
La luz se me hizo casi insoportable. Intenté
moverme y lo logré aunque mis manos estaban
como agarrotadas.
Alguien quitó los clavos de mi ataúd
impacientemente dejando entrar la luz de la luna
en mi tumba. Los ojos me ardían y los mantuve
medio cerrados hasta que me acostumbré
a la luz. Durante ese periodo pude ver dos sombras
que me incorporaban exigiéndome rapidez.
Yo apenas podía moverme, pero conseguí
(no sin dificultad) salir del agujero.
Mi libertad no duró demasiado. Una vez
pude abrir los ojos del todo vi a aquellos dos
hombres. Me eran conocidos, trabajaban para el
doctor Lamarque Donyoun (director del centro psiquiátrico
de Puerto Príncipe) propietario a su vez
de una plantación en la que habitaban y
trabajaban casi cien esclavos.
Los dos corpulentos hombres me arrastraron la
mayoría del camino tirando de la cuerda
que tenía atada en las muñecas.
La caminata se me hizo eterna ya que mis pies
se movían aún con dificultad y mi
cuerpo parecía ser el de un viejo de cien
años.
Empezaba a amanecer cuando llegamos a la plantación,
la silueta de la mansión del doctor Lamarque
se dibujaba en el alba, aún así
las antorchas que iluminaban el camino principal
estaban encendidas dando al lugar un aspecto siniestro.
Los dos hombres tiraban de mí con tal
fuerza que me hirieron las muñecas y mis
pies desnudos sangraban por los diversos cortes
y golpes producidos después de tantas horas
caminata. Mis pasos eran torpes y descoordinados,
y eso ponía más nerviosos a mis
captores los cuales no paraban de gritarme.
Tomamos un camino hacía la derecha que
rodeaba la mansión, el camino llevaba a
las chozas de los esclavos. Durante el recorrido
nos cruzamos con hombres y mujeres, todos ellos
caminaban sin rumbo, con la mirada perdida parecía
que buscaran algo ¿una salida quizás?
su caminar era torpe como el mío, algunos
babeaban, otros gemían. Una mujer se nos
acercó torpemente, parecía intentar
avisarme de algo, quiso tocarme pero de su boca
sólo salió un gran gemido. Uno de
los hombres la apartó de un manotazo. La
visión de aquella mujer me hizo tomar conciencia
de mi situación “¡sus labios
estaban cosidos!”. Yo había corrido
la misma suerte. Quise gritar pero no pude abrir
la boca, y un dolor sobrehumano me hizo gemir,
entonces me desmayé.
Como en una nube mi alma flotaba entre la realidad
y el sueño. Notaba la caricia de mi amada
Betéche, pero sabía que eso era
imposible. Mis ojos se entreabrieron esperanzados,
pero al momento me mostraron la cruda realidad.
Tumbado en un camastro sucio y húmedo comprendí
lo que había sido de mí. Nadie me
buscaría, nadie sabría de mi triste
existencia, condenado a vivir en muerte como un
zombi, trabajando día y noche recogiendo
algodón sin descanso para el resto de mis
días. Vería a Betéche en
brazos del doctor Lamarque. Ni tan siquiera ella
me reconocería en mi nuevo estado. El doctor
Lamarque habría conseguido convencerla
de que morí en manos de los esclavos -“un
rudo capataz muerto a manos de sus subordinados
no llamaría nunca la atención, de
hecho pasaba cada día” -le diría
consolándola. Con el tiempo se olvidaría
de mí. Seguramente se casarían y
tendrían hijos, quizás serían
felices. Yo sin embargo viviría en la más
terrible tortura, la muerte en vida de un triste
zombi de caminar torpe y mirada vacía,
uno más entre tantos zombi privados de
libertad hasta que llegara el fin de mis días.
, 2004
* Ilustración
de Kreaseahtorah.
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