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EL RETRATO DEL SEÑOR ESPINOZA, por Paul Muro

El retrato del Señor EsponizaEl señor Martín Espinoza heredó a la edad de 25 años toda la fortuna y los bienes de su padre Don Alfredo Espinoza. La familia Espinoza era una de las más acomodadas en la ciudad de R...

Martín Espinoza en poco tiempo engrandeció aún más su patrimonio; pero a diferencia de lo que hizo su padre, no trabajó, sino más bien aumentó su fortuna, en base a la usura y todas las medidas arbitrarias y trampas que es posible imaginar. Poco a poco fue despojando de sus tierras a los ya empobrecidos campesinos. A pesar de su juventud el heredero estaba ya culminando la carrera de leyes en la Universidad Estatal, por lo tanto se valió de sus conocimientos en leyes para manipular a su antojo las normas, al fin y al cabo la ley se doblega ante el poderoso y se arrodilla ante el que sabe utilizarla a su beneficio.

Muchas personas quedaron endeudadas, y al no poder pagar sus deudas con la “Compañía Espinoza” ésta les embargaba absolutamente todo lo que consideraba de valor y podía ser vendido en el mercado. Al joven heredero se le culpaba incluso de asesinatos, circulaban rumores, dice que por lo menos había asesinado a una docena de personas, personas que aparecían misteriosamente sin vida y con las que el tenía algún tipo de problema legal. Así resolvía el señor Martín Espinoza sus asuntos, si es que los involucrados no tenían suficiente dinero como para pagarle.

¿Por qué nunca nadie lo descubrió, o descubrió algún indicio de sus fechorías? Se comenta que tan grande como su mezquindad y su maldad era la corrupción de su espíritu y como es general el soborno paga mejor a los funcionarios públicos que su propio sueldo, así es que en esa ciudad Martín Espinoza tenía comprados a jueces, policías y demás servidores públicos.

Una de las frases comunes del señor Martin Espinoza era: “yo no tengo familia”, afirmación hasta cierto punto falsa, sí la tenía en la persona de una prima; pero al no tener ésta ni alcurnia, ni dinero, don Espinoza la negaba. Se dice que fueron varias veces las que la prima de nombre Isadora fue echada de la casa de don Martín, cuando fue a pedirle algo para la manutención de su hijo Reginaldo.

El señor Martín Espinoza nunca se casó, nunca quiso tener compromiso “por miedo a que le roben lo que con tanto esfuerzo había conseguido”, a cambio de esto muchas veces aceptó “amablemente” acostarse con alguna mujer que le debía algún dinero o favor, y otras en cambio tramaba un plan para que una familia luego de prestarle dinero, caiga en bancarrota... y así poderles apretar el cuello amenazándoles con la cárcel, con este chantaje lograba que sus deudores le dieran en prenda unas cuantas noches con algunas de sus hijas.

Mientras que por un lado su ambición y su maldad no tenían límites y cada vez se iba volviendo más y más inhumano; por otro lado el señor Espinoza era un ávido coleccionista de obras de arte: pinturas, grabados, esculturas y libros de toda índole. Con todo el dinero mal habido, que en realidad era una fortuna, él se dedicaba a la cultura, viajaba por varios países europeos, estaba pendiente de exposiciones y subastas, siendo su nombre muy conocido en el ambiente cultural del mundo desarrollado. Cuando se trataba de una obra de arte, no dudaba en pagar altas cifras por aquellos objetos que se convertían con sólo una mirada, en fruto de sus deseos, en este aspecto el dinero era algo meramente secundario y gastaba el precio requerido.

Su biblioteca tenía aproximadamente 5.000 volúmenes, y era considerada muy valiosa, no tanto por la cantidad, sino por la calidad y por la rareza de los libros con que contaba, lo más valioso era su respetable colección de incunables, y por esto era muy estimada su recopilación en los círculos de bibliófilos a nivel mundial.

En los múltiples viajes que don Espinoza realizó al continente europeo, visitó numerosos museos como el Museo de Louvre en París, el Museo del Prado en Madrid, el museo de Amsterdam en Holanda, el museo Nacional de Estocolmo, la galería de Arte de Berlín, la Galería de los Uffizi en Italia y muchos otros. En estas salas vio y estudió todo cuanto pudo de estas hermosas colecciones, en las que la gloria de la humanidad está conservada y en las que la memoria de los más grandes maestros vive aún.

La escuelas que más le impresionaron fueron la escuela flamenca y la escuela holandesa en la figura de los pintores Peter Paulus Rubens, Antoine van Dyck, Antoine Watteau, Rembrandt van Rijn, Hugo van der Goes, Jan van Eyck, entre otros. En cada viaje el señor Espinoza compraba las mejores imitaciones que podía conseguir o mandar a elaborar de aquellas pinturas, pinturas que traía consigo y en las que a diario se recreaba en su museo privado.

Muchas veces invitaba a los personajes más pudientes y autoridades de toda la región para que admiren su valiosa colección. En su nutrida pinacoteca los nobles de su entorno, podían tener una clara idea del talento magistral de la escuela Flamenca y Holandesa. Entre las copias que éste tenía podemos mencionar las siguientes: Carlos I como cazador, Retrato de la marquesa Gerónima Spinola y Retrato de un noble genovés en su sillón de Antoine Van Dyck; El rapto de Proserpina, Las tres gracias, El jardín del amor y Deploración por Cristo de Peter Paul Rubens; La exhibición de cuadros en casa del comerciante Gersaint, La comedia italiana de Antoine Watteau; Retrato de Hendrickje Stoffel, El hombre del caso de oro, La novia judía, La ronda de noche; Isaac Massa y Beatriz van der Laen de Frans Hals, La ronda de noche (en tamaño natural) de Rembrandt y muchas más. Así mismo al aumentar su fortuna pudo adquirir también algunos originales de Rembrandt y Peter Paul Rubens, que eran sin duda sus pintores favoritos.

En la galería de Berlín, el señor vio una pintura que lo impresionó mucho, ésta era del pintor Albrecht Durer y se llama: Retrato de Hieronymus Holzschuher. Motivado por este cuadro hizo pintar a un maestro alemán un retrato suyo, este retrato logró captar la ferocidad de su rostro, rostro de una profunda mirada que en el cuadro parecía estar siniestramente viva, detalles adicionales eran la poblada barba, la elegancia de su vestimenta y la cadena de oro de su reloj, regalo de su padre cuando cumplió los dieciocho años; todo detallado a la perfección.

Mientras crecía su invalorable colección de obras de arte, crecía también su codicia y su maldad hacia la gente del pueblo, el vulgo decía: “a más cuadros y libros, más pobreza en nosotros”. Oprimía ora a sus sirvientes, ora a los campesinos que trabajaban en sus extensos terrenos, además de subastar y vender las propiedades de sus deudores, sirviéndose de mil y un tretas para obtener más dinero para su preciosa colección de arte, ésta era sin duda el motivo de su vida y lo que más quería.

Cuando cumplió 51 años, murió su único pariente, su prima Isadora, en la más absoluta de las miserias y abandono, su hijo Reginaldo fue llevado a un albergue de lo más sórdido y sin duda viviría constantemente en la angustia, el señor Espinoza ni siquiera pestañeo ante esa noticia, sólo se limitó a responder: “no es mi familia”.

Los años pasaron y la muerte sorprendió al adinerado hombre, lo sorprendió en su biblioteca; un extraño dolor al pecho lo comenzó a aprisionar hasta que cayó al suelo ya sin vida.

Los criados descubrieron ya tarde aquel cadáver y avisaron a las autoridades. El doctor que se encargó de la autopsia dictaminó que se trataba de un paro cardíaco, frecuente causa de fallecimiento a la edad que él tenía, sesenta y dos años, la muerte había sido tan repentina que el viejo no dejo ningún testamento. Cuando éste alguna vez oyó la advertencia del abogado, de dejar un testamento, él le respondió:

- ¿Señor abogado, ¿cree que yo tengo intenciones de dejar a alguien todo lo que tengo? ¿Cree que tengo intenciones de desprenderme de mi tesoro? ¡Ni la misma muerte me lo va a arrebatar! ¡Ni la misma muerte!

El abogado cuando escuchó esas palabras se sintió intimidado y nunca más tocó el asunto, así fue como el señor Espinoza nunca hizo testamento..., pero la muerte no tiene compasión de nadie y a ella nadie la puede vencer y se llevó la vida del ambicioso señor, la muerte también tiene una ambición muy desmedida.

Ninguna persona del pueblo asistió al entierro de don Espinoza, sólo asistieron algunos ricos ciudadanos, las autoridades que tan bien pagó él su silencio y su abogado que a pesar de todo siempre estuvo al lado de don Espinoza. El difunto nunca quiso a nadie, más que a sus obras de arte y a sus libros y por ende nadie lo estimó. La minúscula comitiva asistió al entierro por una mera formalidad social o en todo caso un mórbido paseo.

El abogado luego de algún tiempo, el que pasó ordenando los asuntos del difundo, cayó en la cuenta que el único heredero de toda la riqueza acumulada por el difunto era su sobrino lejano Reginaldo y se dedicó a buscarlo. Tardó dos años en encontrarlo y cuando dio al fin con él, se estableció el siguiente diálogo:

- Buenas tardes señor Arguedas - dijo el abogado con tono amable.

- ¿Qué tienen de buenas? -respondió malhumorado Reginaldo.

- Vengo a comunicarle algo que le puede interesar seguramente - dijo el abogado.

- Es algo referente a dinero - preguntó con el mismo ánimo Reginaldo.

- Sí, es algo acerca de dinero señor, mucho dinero - replicó el hombre de leyes.

Los ojos de Reginaldo se encendieron como brasas, y permitió que el abogado le contara todo cuanto sabía:

- Muy bien señor - dijo el abogado - su tío el señor Martin Espinoza hace dos años que ha fallecido -. El rostro de Reginaldo se lleno de alegría, una alegría llena de venganza, una falsa alegría - y como en vida no dejo ningún testamento, y como debe usted estar imaginando, su persona es el heredero absoluto de cuanto él tenía -. Cuando el abogado terminó Reginaldo no lo creyó y preguntó, sin salir de su asombro:

- ¿Yo? ¿El heredero absoluto?
- Sí, usted señor. Yo sería incapaz de bromearme con algo tan serio - dijo el abogado con tono solemne -, tampoco hubiera venido desde tan lejos para hacerle una broma, ¿no cree usted? - concluyó él.

Luego de algunos minutos cuando el abogado le contó los pormenores del asunto a Reginaldo, éste no cabía en su propio cuerpo de lo feliz que estaba, si en algo se parecía él con su tío lejano: el señor Espinoza, era en la ambición, pero la ambición de Reginaldo, era sin duda motivada por un deseo de superar la pobreza que lo había atenazado durante toda su vida, o sea era una especie de arribismo.

El abogado del señor Espinoza, se convirtió automáticamente en el abogado del heredero y no tardaron en irse a la antigua e imponente casa ya ahora de Reginaldo.

Cuando entraron en el edificio, Reginaldo quedó perplejo con la magnificencia de la arquitectura, si por fuera era grandiosa, por dentro (algo que muy pocas personas tuvieron el privilegio de ver) era increíble. Las gruesas puertas de madera exquisitamente labrada, daban hacia un gran salón que tenía habitaciones tanto a su izquierda como a su derecha, en medio de la habitación había una gran escalera que llevaba al segundo piso.

Los visitantes doblaron hacia la derecha, pasaron a una gigantesca habitación, que era la pinacoteca de la casa. Reginaldo caminaba por ese salón como un poseído, y empezó a llorar, con la voz quebrantada por el dolor le preguntó al abogado:

- ¿Usted sabe toda la miseria que tuve que pasar, mientras este señor vivía en la opulencia?

El abogado tomado por sorpresa enmudeció, no sabiendo que responder. Reginaldo al ver la sorpresa preguntó nuevamente:

- ¿No sabe qué responder? ¿Nunca ha sentido la miseria angustiar su espíritu, angustiar el espíritu de su madre? ¿Nunca ha ido a dormir sin haber comido nada en todo el día?

- No he sentido eso señor - contestó con aire pensativo el abogado, al mismo tiempo que bajaba su cabeza avergonzado.

- Me lo imaginaba, déjeme decirle que toda mi vida ha sido aprisionada por el hambre, he vivido una existencia cargada de privaciones, mientras que este cerdo, seguramente se regodeaba en todo el dinero que robaba, ¿no creé señor abogado? - dijo Reginaldo con palabras llenas de odio y frustración.

Siguieron recorriendo el salón pinacoteca y encontraron el retrato del señor Martín Espinoza, Reginaldo dijo con palabras llenas de rabia:

- ¡Mire, mire señor abogado, ahí esta el cerdo!

El abogado no respondió nada, Reginaldo prosiguió:

- Sé que este cuadro reconocido por casi todos le costó una fortuna a mi miserable tío, ¿cuánto costó señor abogado?

- 10,000 D...... - dijo el abogado seriamente.

- ¿10,000 ! - dijo con asombro Reginaldo y sus ojos nuevamente se llenaron de lágrimas, lágrimas amargas de desprecio a la memoria de su tío.

- Tranquilícese señor, ahora todo esto es suyo, si le sirve de consuelo - así habló el hombre de derecho, tratando de calmar al ahora millonario.

- Señor abogado aquí frente al retrato del “Señor“, le digo que mis intenciones son vender todo e incluso demoler todo....

- ¡Vender! ¡Demoler! ¡No! - dijo visiblemente exaltado el señor abogado.

- ¿Qué le pasa señor? ¿No le parece mi decisión? - habló Reginaldo un tanto admirado por la extraña reacción del abogado.

- No me parece Señor, el difunto Martín Espinoza lo último que hubiera querido es que todo lo que él amaba fuera vendido y su casa demolida. ¡Es una locura! ¡No estoy de acuerdo! - habló el abogado, dejándose ganar por la desesperación.

- ¡Si no le hubiera parecido, pues mejor aún! - dijo levantando la voz Reginaldo - Además, ¿quién es el dueño ahora? - preguntó el heredero con aire de superioridad.

- ¿Pero venderlo todo? ¿Destruir todo? El Señor nunca lo permitiría, nunca lo permitiría - dijo el abogado nerviosamente.

- Hablas como si él estuviera vivo, ¿no ha muerto hace ya dos años? - preguntó el sobrino.

- Sí, es verdad señor... -dijo el abogado, tratando de calmarse.

- ¿Entonces? No voy a discutir contigo algo que ya esta decidido, a partir de mañana comenzaré a buscar compradores para todo esto.

Fue que en los días posteriores varias de las pinturas, objetos de arte varios y libros se empezaron a vender o a subastar según fuera el caso.

Una tarde Reginaldo visitó sólo la casa Espinoza, en pocos días empezaría la demolición y tal vez fuera la última vez que la vería en pie, su odio y frustración de tantos años, no pararían hasta no dejar piedra sobre piedra de aquella mansión.

Reginaldo entró en la pinacoteca y todavía quedaban la mitad de cuadros, las copias de los cuadros más famosos y algunos originales de los grandes maestros se habían vendido ya, Reginaldo caminaba observando detenidamente algunos retratos de reyes y aristócratas, pensando en todo lo que vivió y hablando en voz alta dijo:

- ¡Esta será mi venganza! ¡Nada de lo que ha costado tanto sufrimiento sobrevivirá junto! ¡Y tu casa será demolida! - decía en voz alta - ¿Crees que no me acuerdo cerdo? ¿Crees que no he contado las veces que vine a rogarte me des algo de pan? ¡Maldito! ¡Maldito! - el eco hizo repetir varias veces esta palabra, luego Reginaldo rió y su risa se repitió al igual que su maldición a través de todo el salón, Reginaldo escuchó como el eco iba cambiando su voz hasta terminar en una voz grave y envejecida, quizá pensó debido a la inmensidad del salón, él siguió riendo y dijo gritando:

- ¿Has escuchado? ¡La destruiré, destruiré esta casa! - dijo estas palabras mirando el retrato del señor Espinoza, luego cansado de vociferar, se sentó en la silla que estaba debajo del retrato y comenzó a llorar, a reír, a llorar, invadiendo una especie de locura su alma y se tapó la cara con las manos, como queriendo que ya no salgan más lágrimas de sus ojos.

Si Reginaldo hubiera puesto atención al espejo que estaba al frente de él, hubiera visto la aberración que estaba por suceder.... ¡El retrato! ¡El retrato cobraba vida! ¡Sus brazos empezaban a moverse, tomaron entre mano y mano la gruesa cadena de oro que tenía y la pasaron por el cuello de Reginaldo y apretaron y apretaron! Reginaldo no tuvo tiempo de comprender nada, ni tampoco alejarse del peligro, en su agonía sólo un oogg, un oggg, producto de su asfixia, era lo único que salía por su garganta, trató de luchar con aquella sobrenatural fuerza y logró así, haciendo su máximo esfuerzo voltear y.... ver el rostro en el retrato, el rostro del odiado personaje, éste sonreía malévolamente... segundos después Reginaldo cayo de bruces en el suelo... ¡ Estaba muerto!

 

Paul Muro
enero de 2004

 
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