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HACIA UN LUGAR INCIERTO, por Ricardo Román

Lugar inciertoEn el estrecho pasillo se escuchaban aquellos pasos largos y secos que proyectaban un eco en toda la antecámara. En el umbral de la puerta había una especie de candelabro que burbujeaba pequeñas partículas de un azul mágico.

El corredor conectaba con tres puertas: dos de ellas hacia dos antecámaras atestadas de una luz celeste y otra hacia una habitación oscura llena de objetos extraños. Después de subir dos peldaños que se encontraban en el corredor, la muchacha penetró en la habitación oscura y se refugió detrás de unos cajones. Jadeaba y sigilosamente miraba por el umbral claroscuro de la habitación por si alguien le seguía.

— La queremos viva —se oyó decir desde la antesala adyacente.

En los ojos de la muchacha algo brilló como dos brasas encendidas en el fondo de sus pupilas. Estaba exhausta… casi sin aliento.

Aquello era una carrera por el tiempo. Una carrera que no parecía terminar. Una carrera que quizá…

— Se nos ha perdido —gritaban varias voces—, adelante… no puede estar lejos.

Cristina, la adorable muchacha que años atrás había pertenecido a una generación de grandes estudiosos de la astrología moderna estaba siendo perseguida por un grupo especial de hombres armados que ni ella misma entendía quiénes, porqué y para qué la buscaban.

Horas antes un grupo de astrónomos habían llegado al edificio de investigaciones astrológicas (antigua sede del museo interplanetario) para hacer unos estudios sobre un planeta aún desconocido, pero fueron capturados por este grupo de hombres de identidad oculta. Ninguno de ellos quería presentarse, ni siquiera hacer mención sobre la misión que estaban procesando; lo cierto es que varios de esos astrónomos fueron capturados sin ningún motivo aparente.

— Debo salir de aquí —dijo Cristina ensimismada mirando hacia todos lados buscando un lugar para escapar.

En una de las paredes había un estrecho agujero (acondicionado justamente para los contornos de su cuerpo), pero sellado por una reja metálica oxidada y corroída por el aire y la humedad. Trató de quitarlo con las manos y consiguió cortarse la palma derecha con las fibras del oxido. Se miró la mano temblorosa y sucia de oxido y se inclinó lo suficientemente para lanzarle un puntapié a la reja. Ésta terminó por dejarle libre el camino a Cristina.

Dentro del oscuro y húmedo pasadizo se desprendía un olor rancio y acre como de una bodega antigua, casi podría decirse que olía a… muerte.

En el otro extremo del túnel había otra reja. Cristina volvió al mismo procedimiento anterior y arrojó la reja a un metro de distancia aproximadamente. A continuación, salió y se percató de inmediato que se encontraba en otra sala, una sala que desconocía por completo. Era grande, olvidada y desecha, el suelo estaba conformado por varios trozos de cerámicas de diversas tonalidades en gris. Dio un par de pasos y en el extremo de la sala, justo en un rincón se encontraba el cuerpo de uno de sus amigos astrónomos. Sacudió la cabeza para comprobar si era un sueño o la realidad y se lanzó hacia donde estaba su amigo derrotado.

— ¡Pedro! —exclamó, sus labios temblaban, así como sus manos.
— ¡Cristina! —Dijo Pedro con esfuerzo después de unos segundos—. Debes salir… de aquí. —En su pecho habían dos agujeros por donde corría una buena proporción de sangre—. En mi bolsa hay un… —gimió de dolor—… un arma, te servirá para defenderte.
— Pedro… —lo miró con lástima—… ¿qué ha pasado?
— Te buscaban a ti… pensaron que estabas con nosotros… nos negamos a decirles donde te encontrabas…ahhh!... y uno de ellos me disparó.
— ¿Por qué me buscan a mí?
— No lo sé… pero debes salir… los demás… —Gritó de dolor—… Los demás fueron capturados.
— Quédate donde estás, no trates de moverte, debo detener la hemorragia. Yo…
— ¡No hay tiempo! —Exclamó Pedro, agonizante—… vete… ¡corre!

En su boca empezó a emanar grandes bocanadas de sangre hasta que soltó un débil gemido. Era su último gemido de vida. En estos momentos miles de imágenes cruzaron la mente de Cristina, pero sólo una era la más acertada en ese momento: tomar el arma que le había dejado su amigo. En el corredor adyacente se escucharon nuevas voces.

— ¡Por aquí escuchamos algo!

Cristina se incorporó violentamente y corrió hacia donde estaba la bolsa con el arma. La abrió nerviosamente y sacó una pesada arma de color gris plomo.

— ¡La encontramos! —gritó uno de los hombres.

La joven muchacha apuntó con su nueva adquisición a la cabeza del sujeto y accionó el gatillo. Justo en el blanco. Cristina había disparado por primera vez un arma y lo había hecho bastante bien… Suerte de novatos —diría un experimentado cazador.

De inmediato corrió hacia una puerta de aluminio la penetró sigilosamente y se vio en otra sala que poseía una escalera que conducían a la planta alta y una puerta que probablemente conducía al exterior del edificio. Intentó abrir la puerta que le conduciría hasta el exterior, pero le fue imposible, la puerta se encontraba cerrada.

Gimió de desesperación y pateó la puerta con tanta fuerza que pareció moverse por un instante, pero era inútil… seguía cerrada. Los hombres seguían tras ella, produciendo fuertes sonidos secos con sus botas. De pronto pareció abrirse una puerta y salieron dos hombres armados.

— ¡Ahí! ¡Ahí! —exclamaban con alteración.

Cristina levantó de nuevo su arma a la altura de su barbilla y disparó sin suerte impactando contra una pared que cubría a los dos hombres. Los hombres empezaron a destapar mientras Cristina atravesando el vestíbulo a toda prisa. Ninguno de los disparos llegó a alcanzar a la mujer. Ésta se había movido inteligentemente hacia ambos lados cubriéndose con algunos pilares que sostenían el techo de la sala. Después de asegurarse de que los sujetos habían dejado de disparar, Cristina subió las escaleras y cuando estaba a punto de abrir la puerta que estaba frente a ella, ésta se abrió y salió un nuevo hombre vestido de negro. Entre la mezcla de nervios e instintos detonó de nuevo su letal arma y perforó el omoplato izquierdo del hombre e hizo un segundo disparo en la cabeza del infortunado cuando éste caía al suelo.

En la nueva instancia donde se encontraba era más clara y silenciosa, tenía una ventana que producía una luz que dejó enceguecida a Cristina por unos minutos. Sus pupilas se cerraron de golpe y se ajustaron lentamente a la luz incandescente.

— La ventana es mi única salvación —pensó Cristina al cabo de unos segundos.
Se acercó a la ventana y miró hacia abajo. Debían ser tres metros de distancia entre la ventana y el suelo, pero de igual manera se lanzó motivada por la desesperación y el desenfreno.

En el momento del impacto sintió que no podía levantarse; un fuerte calambre recorrió sus piernas y la dejó neutralizada por un momento.

Dos hombres se asomaron a la ventana y gritaron: " ¡Se escapa! ¡Se escapa!".

Una nueva ráfaga de balas sacudió la tierra y el pasto sin alcanzar a Cristina quien para ese entonces corría presa de terror. Parecía haber salido por completo de esa pesadilla hasta que de pronto la impactó fuertemente algo en la cabeza dejándola tendida en el suelo. Miró con los ojos entreabiertos y divisó borrosamente a un hombre que llevaba en su mano un tronco de madera.

El sujeto sacó una radio y accionó el botón de habla.

— La tengo… —se detuvo un instante y luego añadió—… está viva.

Cristina dejó caer su cabeza al suelo totalmente derrotada y terminó por desmayarse.

Después de unas horas Cristina volvió en sí y caviló un tanto sobre lo que había ocurrido. Su mente parecía aún estar aturdida, tenía un fuerte dolor de cabeza, sin embargo, miró a su alrededor y escudriñó lentamente todo lo que se encontraba en la habitación: una mesa, una lámpara que proyectaba una luz mortecina y todo lo demás envuelto en una oscuridad eterna.

De pronto una puerta se abrió y entraron dos hombres bien vestidos. Uno de ellos dejó caer sobre la mesa unos papeles. Cristina trató de incorporarse y uno de los sujetos le puso la mano en el hombro para obligarla a sentarse.

— No te muevas, puede ser peligroso para tu estado —le informó.
— ¿Quiénes son ustedes? —preguntó nerviosamente Cristina.

Los dos hombres se miraron.

— Pronto lo sabrás —la voz del sujeto era serena y despreocupada—, por los momentos quédate tranquila.
— Te explicaremos por qué te hemos traído hasta aquí —habló el segundo hombre a quien le relucía una brillante calva—. Hemos de encomendarte una misión de alto riesgo.
— ¿Por qué yo? —preguntó Cristina interrumpiendo a su interlocutor—. Ustedes mataron a mis amigos. ¿Para qué me quieren? ¿Dónde estoy?
— Tranquila. Nadie ha muerto… todos están bien. Todo fue una prueba para ver tus estímulos. La misión que hemos de encomendarte es sumamente peligrosa y por eso hemos decidido hacerte esta prueba.
— ¡Mentira! ¡Mentira! —Gritó desconcertada la mujer—. ¡Ustedes mataron a mis amigos!
— Hazlos pasar para que se de cuenta —le informó el hombre calvo a su compañero. Éste asintió con su cabeza y abrió la puerta.

En orden de aparición fueron pasando todos sus colegas y amigos astrólogos, incluyendo a Pedro.

— ¿Cómo es posible? —preguntó Cristina casi sin habla—. Yo vi morir a Pedro frente a mis ojos.
— Todo fue una actuación, Cristina —replicó Pedro con su acostumbrada voz gutural.
— No lo puedo creer… todo fue tan real… tan…
— Eres la más hábil y la más preparada para el trabajo —le interrumpió el hombre calvo—. Hemos descubierto en tu expediente que has sido una mujer bastante estudiosa; también tus amigos dicen que siempre te ha gustado la astrología y has querido seguir los pasos de tu padre Saúl; lo que nos resulta maravilloso por el gran historial que tiene en la ciencia de la astrología.
— ¿Cómo conocen a mi padre?
— Tu padre falleció hace tres años cuando investigaba una de las civilizaciones más importantes y misteriosas del universo. Lamentablemente —hizo una pausa y acercó la silla hasta Cristina—, tu padre murió de anciano y no pudo completar sus investigaciones.
— Eso lo sé yo mejor que nadie, pero ¿qué quieren de eso? —Hizo una pausa y los observó a todos—. ¿Quieren los documentos de la investigación o qué?
— No —dijo el otro sujeto que le había hablado minutos antes—. Queremos que emprendas un viaje hacia esa peligrosa y misteriosa civilización.
— ¿A dónde? —exclamó Cristina con asombro.
— Lo lograremos gracias a ti —en su voz había amabilidad, pero algo sombrío acechaba cada una de sus palabras—. Te enviaremos por medio de un transportador que hemos venido fabricando durante varios años. Por favor —le extendió la mano a Cristina para levantarla—, lentamente… quiero que vengas a ver esto.

Cristina tomó la mano de aquel hombre y notó que había cierta docilidad en su rostro. Se levantó lentamente y siguió a los dos sujetos hacia un balcón, los demás aguardaron en la habitación. Era de noche y las estrellas se encontraban derramadas por el espacio.
— Bien Cristina —dijo uno de los hombres—, allá es donde irás.

El sujeto señaló con su dedo índice un planeta que giraba en la misma órbita de la luna y el sol.

— ¿Sabes cuál es ese planeta? —preguntó el otro hombre.
— No, pero creo que mi padre lo estudió por mucho tiempo —dijo Cristina con amargura—. Digo… antes de morir.
— Pues esa es la llamada Tierra. Tu misión será ir hacia allá y conocer su cultura, sus costumbres, todo… absolutamente todo.
— Pero mi padre me dijo que era un lugar extraño e insondable y que quienes viven ahí son peligrosos.
— ¡Los humanos! —Exclamó vivamente el hombre calvo—. No son nada. Ellos son tan egocéntricos y presumidos. No te preocupes por ellos, has de llevarte a un grupo de nuestros mejores hombres para que te protejan, es lo de menos.
— ¿Y cuándo partimos hacia ese planeta denominado tTerra? —preguntó Cristina con voz apacible.
— Ahora mismo si lo deseas —dijeron al unísono los dos hombres.
— Pues bien… —dijo Cristina haciendo una pausa y mirando a sus dos interlocutores—… comencemos nuestra investigación.

Los dos hombres se miraron satisfechos y se marcharon. Cristina se quedó observando la Tierra a lo lejos, mientras el universo se consumía en el silencio y sus grandes misterios insolubles.

 

09 de abril de 2005

 
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