En
el estrecho pasillo se escuchaban aquellos pasos
largos y secos que proyectaban un eco en toda
la antecámara. En el umbral de la puerta
había una especie de candelabro que burbujeaba
pequeñas partículas de un azul mágico.
El corredor conectaba con tres
puertas: dos de ellas hacia dos antecámaras
atestadas de una luz celeste y otra hacia una
habitación oscura llena de objetos extraños.
Después de subir dos peldaños que
se encontraban en el corredor, la muchacha penetró
en la habitación oscura y se refugió
detrás de unos cajones. Jadeaba y sigilosamente
miraba por el umbral claroscuro de la habitación
por si alguien le seguía.
— La queremos viva —se
oyó decir desde la antesala adyacente.
En los ojos de la muchacha algo brilló
como dos brasas encendidas en el fondo de sus
pupilas. Estaba exhausta… casi sin aliento.
Aquello era una carrera por el tiempo. Una carrera
que no parecía terminar. Una carrera que
quizá…
— Se nos ha perdido —gritaban varias
voces—, adelante… no puede estar lejos.
Cristina, la adorable muchacha que años
atrás había pertenecido a una generación
de grandes estudiosos de la astrología
moderna estaba siendo perseguida por un grupo
especial de hombres armados que ni ella misma
entendía quiénes, porqué
y para qué la buscaban.
Horas antes un grupo de astrónomos habían
llegado al edificio de investigaciones astrológicas
(antigua sede del museo interplanetario) para
hacer unos estudios sobre un planeta aún
desconocido, pero fueron capturados por este grupo
de hombres de identidad oculta. Ninguno de ellos
quería presentarse, ni siquiera hacer mención
sobre la misión que estaban procesando;
lo cierto es que varios de esos astrónomos
fueron capturados sin ningún motivo aparente.
— Debo salir de aquí —dijo
Cristina ensimismada mirando hacia todos lados
buscando un lugar para escapar.
En una de las paredes había un estrecho
agujero (acondicionado justamente para los contornos
de su cuerpo), pero sellado por una reja metálica
oxidada y corroída por el aire y la humedad.
Trató de quitarlo con las manos y consiguió
cortarse la palma derecha con las fibras del oxido.
Se miró la mano temblorosa y sucia de oxido
y se inclinó lo suficientemente para lanzarle
un puntapié a la reja. Ésta terminó
por dejarle libre el camino a Cristina.
Dentro del oscuro y húmedo pasadizo se
desprendía un olor rancio y acre como de
una bodega antigua, casi podría decirse
que olía a… muerte.
En el otro extremo del túnel había
otra reja. Cristina volvió al mismo procedimiento
anterior y arrojó la reja a un metro de
distancia aproximadamente. A continuación,
salió y se percató de inmediato
que se encontraba en otra sala, una sala que desconocía
por completo. Era grande, olvidada y desecha,
el suelo estaba conformado por varios trozos de
cerámicas de diversas tonalidades en gris.
Dio un par de pasos y en el extremo de la sala,
justo en un rincón se encontraba el cuerpo
de uno de sus amigos astrónomos. Sacudió
la cabeza para comprobar si era un sueño
o la realidad y se lanzó hacia donde estaba
su amigo derrotado.
— ¡Pedro! —exclamó, sus
labios temblaban, así como sus manos.
— ¡Cristina! —Dijo Pedro con
esfuerzo después de unos segundos—.
Debes salir… de aquí. —En su
pecho habían dos agujeros por donde corría
una buena proporción de sangre—.
En mi bolsa hay un… —gimió
de dolor—… un arma, te servirá
para defenderte.
— Pedro… —lo miró con
lástima—… ¿qué
ha pasado?
— Te buscaban a ti… pensaron que estabas
con nosotros… nos negamos a decirles donde
te encontrabas…ahhh!... y uno de ellos me
disparó.
— ¿Por qué me buscan a mí?
— No lo sé… pero debes salir…
los demás… —Gritó de
dolor—… Los demás fueron capturados.
— Quédate donde estás, no
trates de moverte, debo detener la hemorragia.
Yo…
— ¡No hay tiempo! —Exclamó
Pedro, agonizante—… vete… ¡corre!
En su boca empezó a emanar grandes bocanadas
de sangre hasta que soltó un débil
gemido. Era su último gemido de vida. En
estos momentos miles de imágenes cruzaron
la mente de Cristina, pero sólo una era
la más acertada en ese momento: tomar el
arma que le había dejado su amigo. En el
corredor adyacente se escucharon nuevas voces.
— ¡Por aquí escuchamos algo!
Cristina se incorporó violentamente y corrió
hacia donde estaba la bolsa con el arma. La abrió
nerviosamente y sacó una pesada arma de
color gris plomo.
— ¡La encontramos! —gritó
uno de los hombres.
La joven muchacha apuntó con su nueva adquisición
a la cabeza del sujeto y accionó el gatillo.
Justo en el blanco. Cristina había disparado
por primera vez un arma y lo había hecho
bastante bien… Suerte de novatos —diría
un experimentado cazador.
De inmediato corrió hacia
una puerta de aluminio la penetró sigilosamente
y se vio en otra sala que poseía una escalera
que conducían a la planta alta y una puerta
que probablemente conducía al exterior
del edificio. Intentó abrir la puerta que
le conduciría hasta el exterior, pero le
fue imposible, la puerta se encontraba cerrada.
Gimió de desesperación
y pateó la puerta con tanta fuerza que
pareció moverse por un instante, pero era
inútil… seguía cerrada. Los
hombres seguían tras ella, produciendo
fuertes sonidos secos con sus botas. De pronto
pareció abrirse una puerta y salieron dos
hombres armados.
— ¡Ahí! ¡Ahí!
—exclamaban con alteración.
Cristina levantó de nuevo su arma a la
altura de su barbilla y disparó sin suerte
impactando contra una pared que cubría
a los dos hombres. Los hombres empezaron a destapar
mientras Cristina atravesando el vestíbulo
a toda prisa. Ninguno de los disparos llegó
a alcanzar a la mujer. Ésta se había
movido inteligentemente hacia ambos lados cubriéndose
con algunos pilares que sostenían el techo
de la sala. Después de asegurarse de que
los sujetos habían dejado de disparar,
Cristina subió las escaleras y cuando estaba
a punto de abrir la puerta que estaba frente a
ella, ésta se abrió y salió
un nuevo hombre vestido de negro. Entre la mezcla
de nervios e instintos detonó de nuevo
su letal arma y perforó el omoplato izquierdo
del hombre e hizo un segundo disparo en la cabeza
del infortunado cuando éste caía
al suelo.
En la nueva instancia donde se encontraba era
más clara y silenciosa, tenía una
ventana que producía una luz que dejó
enceguecida a Cristina por unos minutos. Sus pupilas
se cerraron de golpe y se ajustaron lentamente
a la luz incandescente.
— La ventana es mi única salvación
—pensó Cristina al cabo de unos segundos.
Se acercó a la ventana y miró hacia
abajo. Debían ser tres metros de distancia
entre la ventana y el suelo, pero de igual manera
se lanzó motivada por la desesperación
y el desenfreno.
En el momento del impacto sintió que no
podía levantarse; un fuerte calambre recorrió
sus piernas y la dejó neutralizada por
un momento.
Dos hombres se asomaron a la ventana y gritaron:
" ¡Se escapa! ¡Se escapa!".
Una nueva ráfaga de balas sacudió
la tierra y el pasto sin alcanzar a Cristina quien
para ese entonces corría presa de terror.
Parecía haber salido por completo de esa
pesadilla hasta que de pronto la impactó
fuertemente algo en la cabeza dejándola
tendida en el suelo. Miró con los ojos
entreabiertos y divisó borrosamente a un
hombre que llevaba en su mano un tronco de madera.
El sujeto sacó una radio y accionó
el botón de habla.
— La tengo… —se
detuvo un instante y luego añadió—…
está viva.
Cristina dejó caer su cabeza al suelo totalmente
derrotada y terminó por desmayarse.
Después de unas horas Cristina volvió
en sí y caviló un tanto sobre lo
que había ocurrido. Su mente parecía
aún estar aturdida, tenía un fuerte
dolor de cabeza, sin embargo, miró a su
alrededor y escudriñó lentamente
todo lo que se encontraba en la habitación:
una mesa, una lámpara que proyectaba una
luz mortecina y todo lo demás envuelto
en una oscuridad eterna.
De pronto una puerta se abrió y entraron
dos hombres bien vestidos. Uno de ellos dejó
caer sobre la mesa unos papeles. Cristina trató
de incorporarse y uno de los sujetos le puso la
mano en el hombro para obligarla a sentarse.
— No te muevas, puede ser peligroso para
tu estado —le informó.
— ¿Quiénes son ustedes? —preguntó
nerviosamente Cristina.
Los dos hombres se miraron.
— Pronto lo sabrás —la voz
del sujeto era serena y despreocupada—,
por los momentos quédate tranquila.
— Te explicaremos por qué te hemos
traído hasta aquí —habló
el segundo hombre a quien le relucía una
brillante calva—. Hemos de encomendarte
una misión de alto riesgo.
— ¿Por qué yo? —preguntó
Cristina interrumpiendo a su interlocutor—.
Ustedes mataron a mis amigos. ¿Para qué
me quieren? ¿Dónde estoy?
— Tranquila. Nadie ha muerto… todos
están bien. Todo fue una prueba para ver
tus estímulos. La misión que hemos
de encomendarte es sumamente peligrosa y por eso
hemos decidido hacerte esta prueba.
— ¡Mentira! ¡Mentira! —Gritó
desconcertada la mujer—. ¡Ustedes
mataron a mis amigos!
— Hazlos pasar para que se de cuenta —le
informó el hombre calvo a su compañero.
Éste asintió con su cabeza y abrió
la puerta.
En orden de aparición fueron pasando todos
sus colegas y amigos astrólogos, incluyendo
a Pedro.
— ¿Cómo es posible? —preguntó
Cristina casi sin habla—. Yo vi morir a
Pedro frente a mis ojos.
— Todo fue una actuación, Cristina
—replicó Pedro con su acostumbrada
voz gutural.
— No lo puedo creer… todo fue tan
real… tan…
— Eres la más hábil y la más
preparada para el trabajo —le interrumpió
el hombre calvo—. Hemos descubierto en tu
expediente que has sido una mujer bastante estudiosa;
también tus amigos dicen que siempre te
ha gustado la astrología y has querido
seguir los pasos de tu padre Saúl; lo que
nos resulta maravilloso por el gran historial
que tiene en la ciencia de la astrología.
— ¿Cómo conocen a mi padre?
— Tu padre falleció hace tres años
cuando investigaba una de las civilizaciones más
importantes y misteriosas del universo. Lamentablemente
—hizo una pausa y acercó la silla
hasta Cristina—, tu padre murió de
anciano y no pudo completar sus investigaciones.
— Eso lo sé yo mejor que nadie, pero
¿qué quieren de eso? —Hizo
una pausa y los observó a todos—.
¿Quieren los documentos de la investigación
o qué?
— No —dijo el otro sujeto que le había
hablado minutos antes—. Queremos que emprendas
un viaje hacia esa peligrosa y misteriosa civilización.
— ¿A dónde? —exclamó
Cristina con asombro.
— Lo lograremos gracias a ti —en su
voz había amabilidad, pero algo sombrío
acechaba cada una de sus palabras—. Te enviaremos
por medio de un transportador que hemos venido
fabricando durante varios años. Por favor
—le extendió la mano a Cristina para
levantarla—, lentamente… quiero que
vengas a ver esto.
Cristina tomó la mano de aquel hombre y
notó que había cierta docilidad
en su rostro. Se levantó lentamente y siguió
a los dos sujetos hacia un balcón, los
demás aguardaron en la habitación.
Era de noche y las estrellas se encontraban derramadas
por el espacio.
— Bien Cristina —dijo uno de los hombres—,
allá es donde irás.
El sujeto señaló con su dedo índice
un planeta que giraba en la misma órbita
de la luna y el sol.
— ¿Sabes cuál es ese planeta?
—preguntó el otro hombre.
— No, pero creo que mi padre lo estudió
por mucho tiempo —dijo Cristina con amargura—.
Digo… antes de morir.
— Pues esa es la llamada Tierra. Tu misión
será ir hacia allá y conocer su
cultura, sus costumbres, todo… absolutamente
todo.
— Pero mi padre me dijo que era un lugar
extraño e insondable y que quienes viven
ahí son peligrosos.
— ¡Los humanos! —Exclamó
vivamente el hombre calvo—. No son nada.
Ellos son tan egocéntricos y presumidos.
No te preocupes por ellos, has de llevarte a un
grupo de nuestros mejores hombres para que te
protejan, es lo de menos.
— ¿Y cuándo partimos hacia
ese planeta denominado tTerra? —preguntó
Cristina con voz apacible.
— Ahora mismo si lo deseas —dijeron
al unísono los dos hombres.
— Pues bien… —dijo Cristina
haciendo una pausa y mirando a sus dos interlocutores—…
comencemos nuestra investigación.
Los dos hombres se miraron satisfechos y se marcharon.
Cristina se quedó observando la Tierra
a lo lejos, mientras el universo se consumía
en el silencio y sus grandes misterios insolubles.
09 de abril de 2005 |