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MIL Y UNA FORMAS DE MATAR A UN PERRO,
por Claudio Delgado Ríos

Lo recuerdo bien, mis manos empapadas con su sangre aún caliente, podía sentir como los latidos de su corazón iban disminuyendo, mientras yo reía, y reía fuerte; ante su cara agonizante, con una sola expresión... incertidumbre, en todo su rostro se veía escrita la pregunta, ¿por qué?; y en una conexión psíquica entre asesino y víctima, lo comprendí todo y solo me limite a responderle susurrando a su oído; y éstas fueron las últimas palabras que escuchó en vida…“Porque puedo”.

Era una mañana fría, de esas en las que da pesar levantarse, como siempre, un café aminoraría la pena, por lo menos hasta que mi mente despertara; la calle estaba vacía, siempre lo estaba, el viento acariciaba mis encanecidas sienes dando un poco de alivio a la migraña matutina que siempre estaba ahí presente como un cuchillo, cortante, esperando a que despierte, para empezar con su sádica cirugía; continué caminando, y entonces todo comenzó.

Lo vi a lo lejos, rondaba un tambo de desperdicios, olfateando con esmero, al principio no pareció importarme, pero al cabo de un rato, las molestias empezaron, el muy hijo de puta me siguió, en más de 20 años no había permitido que nadie me siguiera, no lo sé tal vez paranoia o un poco de asco que me daba el contacto con otra gente, siempre estaba solo, en mi trabajo me dedicaba a lo mío sin molestar, daban las doce y regresaba a casa para tratar de descansar, así era mi vida, simple, monótona, tal vez aburrida y chocante, pero al fin al cabo mi vida.

Todo cambió, por más que le ignoraba persistía en seguirme con tal esmero que pareciese que llevaba años conmigo, yo nunca tuve una mascota, no, mi madre nunca lo hubiera permitido, en cambio, me obligaba a permanecer en mi cuarto viendo hacia un rincón, con el fin de no caer en el abismo del infierno, ¡¡maldita loca!!, papá siempre era estricto, su fuete hablaba por él, para lo único que me requería era para darme palizas en nombre de una educación cristiana, donde el amor al prójimo se demostraba a golpes, ojalá ardan en el infierno; por eso no me metía con nadie, hasta el día de hoy.

Me obligó a hacer algo que no quería, arrojarle objetos, el imbécil no se iba, pobre, no sabía lo que le vendría después, me miraba con sus ojos, vacíos, negros, como sin alma, creó que por eso lo hice, sin alma no hay pecado, sin pecado no hay infierno, sin infierno no hay dolor; no más dolor, el dolor, parte esencial en mi vida, mucha gente dice que sufre, estupideces, que saben ellos del dolor, si nunca se han visto alejados del sol, sin ese astro del que muchos huyen, yo lo añoraba, aún recuerdo esa maldita caja, tan pequeña y oscura, donde los minutos parecían siglos, por el simple efecto de no poder ver el sol, tortura más grande no hay que no saber donde ni cuando estás, dolor, que saben ustedes del dolor.

Los objetos rebotaban a su alrededor, pero me seguía sin alejarse, olfateaba a su alrededor, como si buscase un aroma conocido, me miraba, y se ponía tenso, pensé que en cualquier momento me atacaría, esperaba ver sus colmillos, blancos, dispuestos a desgarrar mi piel entre sus babosas fauces; así eran las comidas con los abuelos, ver a aquellos ancianos masticar en la comida, era repugnante, el apetito se extinguía con tan solo verlos, un día casi desmayo por el horrible efecto de sus masticaciones al unísono, una y otra vez, sin dejar de babear, simplemente asqueroso, mientras yo veía aquellos repugnantes vegetales y carne fría con cebo, ¡¡¡malditos!!! Me hacían comerlo todo en la casa de los abuelos, aunque llevara ya dos platos, yo esperaba y masticaba, comida fría y grasosa resbalando por mi esófago con una lentitud que sentía atragantarme a cada centímetro que descendía.

La mañana seguía y nadie más aparecía en escena, la paranoia hacía presa de mí, los latidos de mi corazón aumentaban dando retumbos como si queriese salir de mi pecho con un solo latido, el seguía acercándose, lentamente, pero constante, no podía más, yo tirado en la calle repleto de horror; casi podía sentir su asqueroso aliento de perro sobre mi yugular, cuando lo sentía casi encima, sólo una pasada de su lengua sobre mi rostro, me liberó del tormento al cual estaba siendo sujeto.

Un suspiro de alivio salió de mi ser, la furia apareció, el maldito había traído todos esos recuerdos a mi mente otra vez, me quite mi cinturón, y con un solo movimiento, le ahorque, siendo poco con eso, recogí una botella rota que estaba a mi lado, y le apuñalé una y otra vez, sin remordimientos, sin miedos, y sus ojos decían una y otra vez, ¿Por qué?, y yo sólo gritaba, ¡porque puedo!, ¡porque puedo!.

Relatos de terror

Claudio Delgado Ríos
febrero de 2005

 
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