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Lo
recuerdo bien, mis manos empapadas con su sangre
aún caliente, podía sentir como
los latidos de su corazón iban disminuyendo,
mientras yo reía, y reía fuerte;
ante su cara agonizante, con una sola expresión...
incertidumbre, en todo su rostro se veía
escrita la pregunta, ¿por qué?;
y en una conexión psíquica entre
asesino y víctima, lo comprendí
todo y solo me limite a responderle susurrando
a su oído; y éstas fueron las últimas
palabras que escuchó en vida…“Porque
puedo”.
Era una mañana fría, de esas en
las que da pesar levantarse, como siempre, un
café aminoraría la pena, por lo
menos hasta que mi mente despertara; la calle
estaba vacía, siempre lo estaba, el viento
acariciaba mis encanecidas sienes dando un poco
de alivio a la migraña matutina que siempre
estaba ahí presente como un cuchillo, cortante,
esperando a que despierte, para empezar con su
sádica cirugía; continué
caminando, y entonces todo comenzó.
Lo vi a lo lejos, rondaba un tambo de desperdicios,
olfateando con esmero, al principio no pareció
importarme, pero al cabo de un rato, las molestias
empezaron, el muy hijo de puta me siguió,
en más de 20 años no había
permitido que nadie me siguiera, no lo sé
tal vez paranoia o un poco de asco que me daba
el contacto con otra gente, siempre estaba solo,
en mi trabajo me dedicaba a lo mío sin
molestar, daban las doce y regresaba a casa para
tratar de descansar, así era mi vida, simple,
monótona, tal vez aburrida y chocante,
pero al fin al cabo mi vida.
Todo cambió, por más que le ignoraba
persistía en seguirme con tal esmero que
pareciese que llevaba años conmigo, yo
nunca tuve una mascota, no, mi madre nunca lo
hubiera permitido, en cambio, me obligaba a permanecer
en mi cuarto viendo hacia un rincón, con
el fin de no caer en el abismo del infierno, ¡¡maldita
loca!!, papá siempre era estricto, su fuete
hablaba por él, para lo único que
me requería era para darme palizas en nombre
de una educación cristiana, donde el amor
al prójimo se demostraba a golpes, ojalá
ardan en el infierno; por eso no me metía
con nadie, hasta el día de hoy.
Me obligó a hacer algo que no quería,
arrojarle objetos, el imbécil no se iba,
pobre, no sabía lo que le vendría
después, me miraba con sus ojos, vacíos,
negros, como sin alma, creó que por eso
lo hice, sin alma no hay pecado, sin pecado no
hay infierno, sin infierno no hay dolor; no más
dolor, el dolor, parte esencial en mi vida, mucha
gente dice que sufre, estupideces, que saben ellos
del dolor, si nunca se han visto alejados del
sol, sin ese astro del que muchos huyen, yo lo
añoraba, aún recuerdo esa maldita
caja, tan pequeña y oscura, donde los minutos
parecían siglos, por el simple efecto de
no poder ver el sol, tortura más grande
no hay que no saber donde ni cuando estás,
dolor, que saben ustedes del dolor.
Los objetos rebotaban a su alrededor, pero me
seguía sin alejarse, olfateaba a su alrededor,
como si buscase un aroma conocido, me miraba,
y se ponía tenso, pensé que en cualquier
momento me atacaría, esperaba ver sus colmillos,
blancos, dispuestos a desgarrar mi piel entre
sus babosas fauces; así eran las comidas
con los abuelos, ver a aquellos ancianos masticar
en la comida, era repugnante, el apetito se extinguía
con tan solo verlos, un día casi desmayo
por el horrible efecto de sus masticaciones al
unísono, una y otra vez, sin dejar de babear,
simplemente asqueroso, mientras yo veía
aquellos repugnantes vegetales y carne fría
con cebo, ¡¡¡malditos!!! Me
hacían comerlo todo en la casa de los abuelos,
aunque llevara ya dos platos, yo esperaba y masticaba,
comida fría y grasosa resbalando por mi
esófago con una lentitud que sentía
atragantarme a cada centímetro que descendía.
La mañana seguía y nadie más
aparecía en escena, la paranoia hacía
presa de mí, los latidos de mi corazón
aumentaban dando retumbos como si queriese salir
de mi pecho con un solo latido, el seguía
acercándose, lentamente, pero constante,
no podía más, yo tirado en la calle
repleto de horror; casi podía sentir su
asqueroso aliento de perro sobre mi yugular, cuando
lo sentía casi encima, sólo una
pasada de su lengua sobre mi rostro, me liberó
del tormento al cual estaba siendo sujeto.
Un suspiro de alivio salió de mi ser,
la furia apareció, el maldito había
traído todos esos recuerdos a mi mente
otra vez, me quite mi cinturón, y con un
solo movimiento, le ahorque, siendo poco con eso,
recogí una botella rota que estaba a mi
lado, y le apuñalé una y otra vez,
sin remordimientos, sin miedos, y sus ojos decían
una y otra vez, ¿Por qué?, y yo
sólo gritaba, ¡porque puedo!, ¡porque
puedo!.

febrero de 2005
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