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Tatiana, ¿dónde estás, Tatiana?,
¿por qué me has abandonado?, con
todo lo que he hecho por ti, y me lo has pagado
de esta forma....
Yo nunca me quejé de tu forma de pensar
ni de actuar, nunca puse objeción a tus
denotadas manías, siempre tuve una sonrisa
para ti. Ni siquiera protesté aquel día
lluvioso en el que te empeñaste en ir de
compras, o la vez que decidiste que mis amigos
ya no eran de tu agrado y simpatía. En
todo este tiempo juntos, he intentado, por todos
los medios, que cada día fuera diferente,
que nunca te sintieras abrazada por la monotonía.
La verdad, he de reconocerlo, ha sido todo un
reto el tratar de sorprenderte cada día,
pero una sonrisa tuya bastaba para acallar a la
voz de mi mente, a esa voz que me desquiciaba
y pugnaba por controlar mis pensamientos . Pero
ya ves, las voces no se pueden acallar eternamente,
y ha pasado, lo que tarde o temprano tenía
que pasar...
Oh!! Tatiana, ¿por qué me has
hecho esto?, tan sólo pedía un poco
de atención, un minuto, un segundo... pero
no... tú nunca me has prestado atención,
sólo era un mero espantajo a tu servicio,
un simple y vulgar objeto en manos de la frialdad
personificada. Pero sería egoista echarte
toda la culpa a ti, admito que yo estaba cegado
y me deje embriagar por tu perversa personalidad,
te convertiste en mi droga, en mi dulce agonía,
y cada vez necesitaba más, y más...
Entonces tú decidiste reducirme la dosis,
debemos darnos un tiempo, recuerdo que me dijiste,
yo lo acepté sin rechistar, aunque en lo
más profundo de mi ser, sentí un
afilado cuchillo desgarrándome en sentido
ascendente desde mi estómago hasta el pecho,
abriéndose camino entre mis entrañas
hasta alcanzar mi corazón. ¿Mi corazón?,
este último comentario tiene gracia, hace
tiempo que dejó de estar bajo mi propiedad,
al menos espiritualmente hablando, tú me
despojaste de él la primera vez que te
vi, vastó sólo una mirada, esa mirada
que nunca olvidaré, esa mirada en la que
tus hermosos ojos verdes penetraron en mí
sin remedio, desnudando mi alma en un instante,
y anulando mi voluntad por completo, pero como
ya dije, no fue todo culpa tuya, yo no me resistí
a tus encantos, me dejé llevar, engatusado
por tu hermosura y tu embaucadora personalidad,
te convertiste en el centro de mi universo.
Por eso, el otro día, cuando te ví
salir de aquel restaurante italiano al que solíamos
ir, acompañada de ese tipejo rubio con
aires de superioridad, no lo pude soportar más,
a pesar del dolor, no aparté la mirada
de la escena, apoyados sobre el capot de un deportivo
rojo, os dedicasteis a besaros apasionadamente,
contuve las lágrimas, mientras apretaba
los puños, con tanta fuerza, que las uñas
se clavaron en las palmas de mis manos, abriendo
pequeñas heridas, por las que brotaron
hilillos de sangre, fue en ese momento cuando
una sonrisa cruzó mi cara, y la voz que
hacía tiempo que resonaba en mi interior,
tomó por completo el control de mi cuerpo
y de mi mente... digamos que me dejé llevar,
¿Te suena?
Os seguí, en mi coche hasta un bloque
de apartamentos, no hacía falta ser muy
listo para saber lo que iba a pasar a continuación,
tu subirías a su apartamento, tomariais
una copa, o tal vez dos, para luego culminar la
noche entre jadeos. Esperé pacientemente
sentado en el asiento de mi coche, mientras imaginaba
la manera en la que acabaría con ese cabrón,
a lo mejor hasta era buena persona, pero eso no
me importaba, nunca debió acercarse a ti,
ese fue su único error.
Tras un largo rato, decidí ponerme en
movimiento, eran aproximadamente las 2 de la madrugada,
la adrenalina estaba en su punto álgido,
era el momento de "aclarar" las cosas.
Atravesé la puerta del complejo de apartamentos,
el conserje que se hallaba ojeando una revista,
casi ni se inmutó, cuando me vió
entrar como una exhalación, directo hacia
el ascensor. Un momento de lucidez cruzó
mi mente; consumido por la ira, había olvidado
completamente el hecho de que no sabía
el piso, ni el apartamento en el que os encontrabais,
giré sobre mis talones y tan veloz como
en mi entrada, me dirigí hacia el conserje.
Al notar mi presencia me observó con
el típico desdén de aquellas personas
que se sienten hastiadas y agobiadas por su trabajo,
haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad
intenté serenarme y obtener alguna información,
pero el conserje no estaba por la labor e intentó
deshacerse de mí con excusas del tipo "no
es mi problema". Mi paciencia se agotó
y la voz resonó, otra vez, en mi mente,
como el eco rebotando contra la pared de una cueva.
Clavé mis ojos inyectados en sangre en
los del conserje, su cara palideció al
instante, noté el miedo en sus ojos, eso
me gustó, intentó balbucear unas
palabras, pero ya era demasiado tarde, sorteando
el mostrador de la recepción me abalancé
sobre él violentamente, el asustado conserje
intentó defenderse lo mejor que pudo, pero
mi furia me proporcionaba una fuerza descomunal,
ni siquiera pudo pedir auxilio. Agarrándole
su cabeza, la giré bruscamente hacia la
izquierda hasta que sentí el crujir de
las vértebras partiéndose.
Me quedé un rato observando el cadáver,
recreándome en la cara, una mueca de total
espanto cruzaba su semblante, la risa comenzó
a brotar de mí, al principio débilmente.
Sin saber por qué, empecé a arrancar
la piel del cadáver con mis propias manos,
mis uñas desgarraban jirones de piel, y
la sangre manaba abundantemente. Un objeto que
reposaba sobre el mostrador de la recepción
llamó mi atención, era un pequeño
abrecartas plateado, lo cogí ansiosamente,
y como un cocinero preparando una suculenta comida,
volví afanosamente al "trabajo".
Usando el abrecartas trazé una profunda
línea vertical desde el pecho hasta el
estómago por la que introduje poco a poco
mis manos, un escalofrío de placer recorrió
mi espalda cuando sentí mis dedos en contacto
con los huesos de la caja toráxica.
A medida que las tripas de aquel pobre infeliz
iban saliendo al exterior, mi al principio tímida
expresión de alegría se fue transformando
en una carcajada grotesca y enfermiza. Exhausto
por mi ensañamiento con el cadáver,
volví a la realidad y recordé el
verdadero motivo que me había llevado allí,
me limpié un poco la sangre con unos trapos
viejos que había por allí, y busqué
el libro de habitaciones. Lo encontré en
un cajón archivador. Por suerte, junto
con el número del apartamento estaba anotada
la plaza de garaje, y la matrícula del
coche que la ocupaba. Recordaba la matrícula,
por lo tanto según aquello el 3º izquierda
era mi objetivo.
Apresuradamente abandoné la recepción
y me dirigí a las escaleras, ya no tenía
paciencia para esperar al ascensor. En el segundo
piso estaban haciendo reformas, que evidentemente
a esas horas de la noche estaban paradas, recogí
un martillo que se habían dejado por allí
y continué mi corta ascención. Subí
el último tramo de escaleras y me hallé
frente a la puerta del apartamento. Tan sólo
una capa de madera y acero se interponía
entre mi venganza, golpeé furiosamente
la puerta con mis puños, pero no hubo respuesta,
volví a repetir mi acción, y al
rato se oyó el sonido que producen los
cerrojos al ser quitados, la puerta se abrió
y apareció la somnolienta cara de tu reciente
conquista. Con un tono de evidente enfado, me
preguntó qué demonios hacía
allí golpeando su puerta, luego el pobre
inútil se percató de la sangre reseca
sobre mi ropa y del martillo que empuñaba
en mi mano derecha, intentó cerrar la puerta,
pero me interpuse antes de que pudiese lograrlo.
Lo empujé con violencia hacia el interior
del apartamento, y cerré la puerta. Me
suplicó con el rostro desencajado que lo
dejará en paz, que cogiese lo que quisiera
y no le hiciera daño. Yo lo miré
con desprecio y comencé a patearlo. Se
quedó en el suelo hecho un ovillo mientras
gemía como un niño, eso sólo
hizo acrecentar mi furia. Lo agarré con
fuerza y lo lanzé de frente contra una
pared, el golpe dejó impresa una marca
de sangre en la cal blanca de la pared.
-¡Por favor! -suplicaba- ¡Por favor!
¡No me mates!, ¡no me mates!- Fue
lo último que dijo, levanté el martillo
y le golpeé en la cabeza, ya estaba muerto,
pero yo seguí golpeándole una y
otra vez en la cabeza hasta que sólo quedó
una espesa pulpa sanginolenta. Había consumado
mi venganza, hasta me había desahogado
previamente con un pobre conserje que no tenía
nada que ver en el asunto, pero la voz seguía
en mi mente, fue entonces cuando comprendí
que nunca podría liberarme de ella. Me
dirigí al dormitorio, este mismo dormitorio
en el que me encuentro ahora hablándote,
y te vi durmiendo inocentemente arropada entre
las blancas sábanas, contrarrestando el
frío a causa de tu desnudez, miré
alrededor y observé que habían dos
botellas de champán vacías, eso
explicaba el que no hubieses oído nada,
nunca fuiste buena tolerando los efectos del alcohol.
Me acerqué a ti sentándome en un
borde de la cama, y me entretuve un tiempo acariciando
los bucles de tu ensortijado cabello hasta que
despertastes... El resto, ya lo sabes...
Tatiana, mi querida Tatiana, te miro ahora,
con tu hermoso pelo castaño lleno de sangre
y no siento ganas de llorar, miro tu cuerpo destrozado
por las cuchilladas y no siento remordimiento,
en mi mano aún está el cuchillo
con el que he desahogado mi pena, en cada puñalada
que he asestado, he liberado una pequeña
parte de mi rabia, una rabia que he ido acumulando
desde que te conocí. ¿En qué
monstruo desalmado me has convertido? ¿Porqué
tenías que abandonarme?
Ahora todo da igual, he liberado mi ser de toda
inquietud, pero aún no he conseguido deshacerme
de la voz, esa voz que me pide acabar con la vida
de los demá. A lo lejos se oyen varias
sirenas de policía, los gritos deben de
haber despertado a los vecinos, debo marcharme
mi amor, pero no sin antes llevarme un último
beso, besos de los cuales nunca debiste haberme
alejado...
mayo de 2005
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