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Relatos
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LA VOZ INTERIOR, por Adrián Calero

Relatos de horror y fantasía

Tatiana, ¿dónde estás, Tatiana?, ¿por qué me has abandonado?, con todo lo que he hecho por ti, y me lo has pagado de esta forma....

Yo nunca me quejé de tu forma de pensar ni de actuar, nunca puse objeción a tus denotadas manías, siempre tuve una sonrisa para ti. Ni siquiera protesté aquel día lluvioso en el que te empeñaste en ir de compras, o la vez que decidiste que mis amigos ya no eran de tu agrado y simpatía. En todo este tiempo juntos, he intentado, por todos los medios, que cada día fuera diferente, que nunca te sintieras abrazada por la monotonía. La verdad, he de reconocerlo, ha sido todo un reto el tratar de sorprenderte cada día, pero una sonrisa tuya bastaba para acallar a la voz de mi mente, a esa voz que me desquiciaba y pugnaba por controlar mis pensamientos . Pero ya ves, las voces no se pueden acallar eternamente, y ha pasado, lo que tarde o temprano tenía que pasar...

Oh!! Tatiana, ¿por qué me has hecho esto?, tan sólo pedía un poco de atención, un minuto, un segundo... pero no... tú nunca me has prestado atención, sólo era un mero espantajo a tu servicio, un simple y vulgar objeto en manos de la frialdad personificada. Pero sería egoista echarte toda la culpa a ti, admito que yo estaba cegado y me deje embriagar por tu perversa personalidad, te convertiste en mi droga, en mi dulce agonía, y cada vez necesitaba más, y más... Entonces tú decidiste reducirme la dosis, debemos darnos un tiempo, recuerdo que me dijiste, yo lo acepté sin rechistar, aunque en lo más profundo de mi ser, sentí un afilado cuchillo desgarrándome en sentido ascendente desde mi estómago hasta el pecho, abriéndose camino entre mis entrañas hasta alcanzar mi corazón. ¿Mi corazón?, este último comentario tiene gracia, hace tiempo que dejó de estar bajo mi propiedad, al menos espiritualmente hablando, tú me despojaste de él la primera vez que te vi, vastó sólo una mirada, esa mirada que nunca olvidaré, esa mirada en la que tus hermosos ojos verdes penetraron en mí sin remedio, desnudando mi alma en un instante, y anulando mi voluntad por completo, pero como ya dije, no fue todo culpa tuya, yo no me resistí a tus encantos, me dejé llevar, engatusado por tu hermosura y tu embaucadora personalidad, te convertiste en el centro de mi universo.

Por eso, el otro día, cuando te ví salir de aquel restaurante italiano al que solíamos ir, acompañada de ese tipejo rubio con aires de superioridad, no lo pude soportar más, a pesar del dolor, no aparté la mirada de la escena, apoyados sobre el capot de un deportivo rojo, os dedicasteis a besaros apasionadamente, contuve las lágrimas, mientras apretaba los puños, con tanta fuerza, que las uñas se clavaron en las palmas de mis manos, abriendo pequeñas heridas, por las que brotaron hilillos de sangre, fue en ese momento cuando una sonrisa cruzó mi cara, y la voz que hacía tiempo que resonaba en mi interior, tomó por completo el control de mi cuerpo y de mi mente... digamos que me dejé llevar, ¿Te suena?

Os seguí, en mi coche hasta un bloque de apartamentos, no hacía falta ser muy listo para saber lo que iba a pasar a continuación, tu subirías a su apartamento, tomariais una copa, o tal vez dos, para luego culminar la noche entre jadeos. Esperé pacientemente sentado en el asiento de mi coche, mientras imaginaba la manera en la que acabaría con ese cabrón, a lo mejor hasta era buena persona, pero eso no me importaba, nunca debió acercarse a ti, ese fue su único error.

Tras un largo rato, decidí ponerme en movimiento, eran aproximadamente las 2 de la madrugada, la adrenalina estaba en su punto álgido, era el momento de "aclarar" las cosas. Atravesé la puerta del complejo de apartamentos, el conserje que se hallaba ojeando una revista, casi ni se inmutó, cuando me vió entrar como una exhalación, directo hacia el ascensor. Un momento de lucidez cruzó mi mente; consumido por la ira, había olvidado completamente el hecho de que no sabía el piso, ni el apartamento en el que os encontrabais, giré sobre mis talones y tan veloz como en mi entrada, me dirigí hacia el conserje.

Al notar mi presencia me observó con el típico desdén de aquellas personas que se sienten hastiadas y agobiadas por su trabajo, haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad intenté serenarme y obtener alguna información, pero el conserje no estaba por la labor e intentó deshacerse de mí con excusas del tipo "no es mi problema". Mi paciencia se agotó y la voz resonó, otra vez, en mi mente, como el eco rebotando contra la pared de una cueva. Clavé mis ojos inyectados en sangre en los del conserje, su cara palideció al instante, noté el miedo en sus ojos, eso me gustó, intentó balbucear unas palabras, pero ya era demasiado tarde, sorteando el mostrador de la recepción me abalancé sobre él violentamente, el asustado conserje intentó defenderse lo mejor que pudo, pero mi furia me proporcionaba una fuerza descomunal, ni siquiera pudo pedir auxilio. Agarrándole su cabeza, la giré bruscamente hacia la izquierda hasta que sentí el crujir de las vértebras partiéndose.

Me quedé un rato observando el cadáver, recreándome en la cara, una mueca de total espanto cruzaba su semblante, la risa comenzó a brotar de mí, al principio débilmente. Sin saber por qué, empecé a arrancar la piel del cadáver con mis propias manos, mis uñas desgarraban jirones de piel, y la sangre manaba abundantemente. Un objeto que reposaba sobre el mostrador de la recepción llamó mi atención, era un pequeño abrecartas plateado, lo cogí ansiosamente, y como un cocinero preparando una suculenta comida, volví afanosamente al "trabajo". Usando el abrecartas trazé una profunda línea vertical desde el pecho hasta el estómago por la que introduje poco a poco mis manos, un escalofrío de placer recorrió mi espalda cuando sentí mis dedos en contacto con los huesos de la caja toráxica.

A medida que las tripas de aquel pobre infeliz iban saliendo al exterior, mi al principio tímida expresión de alegría se fue transformando en una carcajada grotesca y enfermiza. Exhausto por mi ensañamiento con el cadáver, volví a la realidad y recordé el verdadero motivo que me había llevado allí, me limpié un poco la sangre con unos trapos viejos que había por allí, y busqué el libro de habitaciones. Lo encontré en un cajón archivador. Por suerte, junto con el número del apartamento estaba anotada la plaza de garaje, y la matrícula del coche que la ocupaba. Recordaba la matrícula, por lo tanto según aquello el 3º izquierda era mi objetivo.

Apresuradamente abandoné la recepción y me dirigí a las escaleras, ya no tenía paciencia para esperar al ascensor. En el segundo piso estaban haciendo reformas, que evidentemente a esas horas de la noche estaban paradas, recogí un martillo que se habían dejado por allí y continué mi corta ascención. Subí el último tramo de escaleras y me hallé frente a la puerta del apartamento. Tan sólo una capa de madera y acero se interponía entre mi venganza, golpeé furiosamente la puerta con mis puños, pero no hubo respuesta, volví a repetir mi acción, y al rato se oyó el sonido que producen los cerrojos al ser quitados, la puerta se abrió y apareció la somnolienta cara de tu reciente conquista. Con un tono de evidente enfado, me preguntó qué demonios hacía allí golpeando su puerta, luego el pobre inútil se percató de la sangre reseca sobre mi ropa y del martillo que empuñaba en mi mano derecha, intentó cerrar la puerta, pero me interpuse antes de que pudiese lograrlo. Lo empujé con violencia hacia el interior del apartamento, y cerré la puerta. Me suplicó con el rostro desencajado que lo dejará en paz, que cogiese lo que quisiera y no le hiciera daño. Yo lo miré con desprecio y comencé a patearlo. Se quedó en el suelo hecho un ovillo mientras gemía como un niño, eso sólo hizo acrecentar mi furia. Lo agarré con fuerza y lo lanzé de frente contra una pared, el golpe dejó impresa una marca de sangre en la cal blanca de la pared.

-¡Por favor! -suplicaba- ¡Por favor! ¡No me mates!, ¡no me mates!- Fue lo último que dijo, levanté el martillo y le golpeé en la cabeza, ya estaba muerto, pero yo seguí golpeándole una y otra vez en la cabeza hasta que sólo quedó una espesa pulpa sanginolenta. Había consumado mi venganza, hasta me había desahogado previamente con un pobre conserje que no tenía nada que ver en el asunto, pero la voz seguía en mi mente, fue entonces cuando comprendí que nunca podría liberarme de ella. Me dirigí al dormitorio, este mismo dormitorio en el que me encuentro ahora hablándote, y te vi durmiendo inocentemente arropada entre las blancas sábanas, contrarrestando el frío a causa de tu desnudez, miré alrededor y observé que habían dos botellas de champán vacías, eso explicaba el que no hubieses oído nada, nunca fuiste buena tolerando los efectos del alcohol. Me acerqué a ti sentándome en un borde de la cama, y me entretuve un tiempo acariciando los bucles de tu ensortijado cabello hasta que despertastes... El resto, ya lo sabes...

Tatiana, mi querida Tatiana, te miro ahora, con tu hermoso pelo castaño lleno de sangre y no siento ganas de llorar, miro tu cuerpo destrozado por las cuchilladas y no siento remordimiento, en mi mano aún está el cuchillo con el que he desahogado mi pena, en cada puñalada que he asestado, he liberado una pequeña parte de mi rabia, una rabia que he ido acumulando desde que te conocí. ¿En qué monstruo desalmado me has convertido? ¿Porqué tenías que abandonarme?

Ahora todo da igual, he liberado mi ser de toda inquietud, pero aún no he conseguido deshacerme de la voz, esa voz que me pide acabar con la vida de los demá. A lo lejos se oyen varias sirenas de policía, los gritos deben de haber despertado a los vecinos, debo marcharme mi amor, pero no sin antes llevarme un último beso, besos de los cuales nunca debiste haberme alejado...


Adrián Calero
mayo de 2005

 
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