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V, por Omar Velasco Oria

Relatos de horror y fantasía Pronto, sus ojos se llenaron de lágrimas, tenía frente a ella una horrible imagen, algo que nunca habría podido imaginar. Afuera, un leve chispeteo de lluvia se veía interrumpido por el estruendoso sonido de un rayo cayendo cerca de la casa, muy cerca. Esto fue lo que la despertó del trance en el que se encontraba, sólo escuchando el goteo de la sangre que estaba frente de ella. Trató de cerrar los ojos para así poder olvidar aquella imagen. No pudo.

Lo único que se le ocurrió en ese momento fue comenzar a correr para escapar de quien había hecho ese infame acto, esperando que no volviera, por ella. Pero lo sabía, sabía que en poco tiempo regresaría por ella; tenía poco tiempo, así que sólo pensó en entrar al lugar que hasta hace algunos días lo habría considerado como una habitación más en su casa y que ahora le causaba un terror inimaginable, una sensación de frío que le calaba todo el cuerpo, desde sus pies descalzos hasta su cabello alborotado. Un lugar oscuro y tétrico, donde parecía que la luz nunca se acercó por ahí, incluso de día; era el lugar en el que su papá acostumbraba encerrarse y trabajar ahí por muchos días, semanas o hasta meses; donde siempre se le había prohibido entrar.

Aunque se esforzaba en no pensar en ello, sabía bien que ahí era donde todo había comenzado.

Habían pasado algunas semanas desde la noche en que, tratando de buscar refugio de los constantes gritos entre sus padres, había ido a refugiarse ahí dentro; y si bien no se dio cuenta de dónde había entrado hasta cerrar por completo la puerta, sintió curiosidad por saber por qué era tan especial ese lugar para su papá, tanto que pasaba mucho tiempo ahí; mucho más tiempo del que se pasaba junto a ella. Así que decidió examinar el lugar. Lo primero que notó era la gran cantidad de libros que se encontraban a su alrededor, de tamaños y gruesos muy variados, pero contaban sólo con dos colores sus portadas: el negro y el rojo. La poca luz que entraba en la habitación y los colores, le dieron la sensación de que todo en el lugar estaba muerto, era la impresión como si el lugar completo careciera de vida. Avanzó unos pasos más, hasta llegar a un escritorio que se encontraba exactamente a la mitad de la habitación; le llamó la atención porque era, además de todos los libreros que había, el único mueble dentro.

Se acercó sólo para observar un libro, el libro con la pasta más hermosa que jamás había visto: era de color rojo intenso y con una no muy convencional inscripción en la portada, sólo una letra, sólo “V”.

Al abrirlo, encontró algo aún más extraño; que a pesar de que el libro contaba con muchas páginas, estaba completamente en blanco. Pero antes de que pudiera sacar conclusiones, escuchó un sonido hueco proveniente de cerca de la puerta. Por un momento creyó que se trataba de su padre, que había terminado de discutir con su mamá y había regresado al lugar de su trabajo. Pero no. Al dar media vuelta se dio cuenta de que sólo se trataba de un libro, con muchas páginas y se notaba un tanto viejo. Lo que no se pudo explicar es cómo se había podido caer de su estante. Pero no le dio mucha importancia; dejó el libro del escritorio tal y como estaba, pero cuando se dispuso a tomar el libro caído y dejarlo en su lugar, oyó un sonido que la hizo reaccionar rápido. Se escuchaban pasos que bajaban hacia donde ella estaba.

Así que, sin saber cómo, tomó el libro, abrió la puerta, salió y cerró con cuidado. Y se fue caminando con la mirada baja para evitar encontrarse con los ojos de su padre; cuando se toparon frente a frente, éste sólo la esquivó y se fue, de nuevo a encerrarse en aquel cuarto. Apenas ella pudo darle la espalda a su padre, corrió hacia su habitación. Estaba muy alterada, sabía que tarde o temprano su padre se daría cuenta de la falta del libro que tenía en las manos y no tardaría mucho en llegar hasta ella para reprimirla por haberlo desobedecido.

Fue cuando, por primera vez, se ponía a observar con detenimiento lo que había tomado. Aunque no era muy diferente a los demás libros que había encontrado en aquella habitación, notó que este parecía mucho más viejo que muchos de los que había visto en su vida, y vaya que eran bastantes. Encontró que éste no contaba con el nombre ni del autor ni de año de impresión. Y le pareció raro porque su papá le había enseñado que todos los libros contaban con esos datos. Así que decidió hojearlo; si su papá la iba a castigar por llevarse el libro, entonces era justo que lo pudiera ver antes de entregarlo.

Primero había una página en blanco, donde se supone que debería de estar el nombre del libro y del autor, pareciéndole extraño cambió página donde comenzaba el texto. Miró hacia la puerta, se dio cuenta de que no venía nadie y se dispuso a cambiar de hoja, en la cual encontró una leyenda escrita que decía más o menos así: “Sólo los peces muertos van con la corriente”. No entendió nada, así que decidió seguir viendo el libro: la siguiente página empezaba con la palabra “Principio” y de ahí seguía una historia que le fascinó, la creación y nacimiento de una raza magnífica, una raza que perfeccionaba a la humana, la que ha participado en los grandes momentos de la historia conocida, interviniendo en las grandes decisiones, en creación y caída de las grandes civilizaciones, en las mayores invenciones, en las mayores masacres: la raza de los vampiros.

La historia comenzaba con un ser, castigado por los arcángeles, condenado a dejar de ver al astro rey y a tener que depender de la muerte de los demás para poder tener vida propia. El libro contaba un ángulo diferente de la historia, la introducía en un mundo que jamás hubiera imaginado.

Al paso de las hojas, se sorprendía más. No pudo medir el tiempo en que estuvo leyendo pero poco a poco el cansancio le vencía las ganas de seguir averiguando más sobre el libro. Decidió entonces, que lo dejaría hasta mañana, dejó el libro debajo de su almohada, tomó a su pequeño conejo de peluche que estaba sobre su escritorio y se dispuso a dormir por lo que quedaba de noche.

El día siguiente un sonido familiar la despertó, era la voz de su madre quien había ido a su habitación para conocer la razón por la cual no estaba lista para desayunar. Creyó que sería conveniente decirle a su madre sobre las maravillas que había encontrado en el libro; pero calló porque sabía que nunca entendería: si no entendía a su padre, menos a alguno de sus libros.

Trató de llevarse el libro consigo a la cocina, pero su madre se daría cuenta, fue entonces cuando optó por elegir lo que le parecía lo más conveniente, sólo leería por las noches. Bajó a desayunar, y como siempre, su padre no se encontraba ahí; así que todo el día se la pasó esperando a que todos cayeran dormidos para poder continuar con la lectura.

Durante varias noches siguió fascinándose sobre lo escrito en el libro, cada vez veía más y más cosas interesantes de la historia de aquellos seres especiales, que podían hacer lo que querían, que podían “vivir”… O eso era lo que ella creía.

Habían pasado algunas semanas cuando llegó a un punto donde comenzaba una nueva parte del libro: ”Ser”. Se encontraba ante sus ojos lo que parecía ser una descripción de un vampiro: piel un tanto pálida, con aberración hacia el sol, reflejo nulo ante un espejo… No lo podía creer, al paso la lectura se convencía cada vez más de que ella misma era un vampiro; y no sólo eso, sino que también su padre y su madre. Ya se le hacía raro que en su casa nunca entrara un rayo de sol, sólo le otorgaban permiso sus padres de abrir las cortinas cuando pasaba del atardecer; en su casa no había un solo espejo, ni siquiera su madre tenía uno; y por último la mayor prueba de todo, ella misma. Ella era exactamente igual a lo que describía el libro: piel clara, sin reflejo, en incluso en aquellos momentos se llegó a imaginar que tenía los colmillos alargados a comparación de la gente que podía ver por televisión.

La lluvia poco a poco comenzaba, pero un gran ruido le interrumpió su lectura, parecía que era su madre quien había dado ese horripilante grito. Asustándose de que podía llegar en cualquier momento, dejó al libro debajo de su almohada y tomó a su conejo para ver qué era lo que le pasaba a su madre. Al bajar por las escaleras que conducían hacia la sala tuvo que subir la mirada algunos metros para comprender el por qué del grito de su madre; la dejó sin aliento durante algunos momentos. Era la imagen de su padre, colgado a casi diez metros de donde ella estaba, con una soga amarrada al cuello y con una expresión que la puso a temblar. Sin pensarlo, fue corriendo a buscar a su madre para saber qué era lo que había sucedido.

Llegó hasta donde se encontraba, de rodillas, con un pequeño charco de lágrimas frente a ella. Cuando notó su presencia, su madre se abalanzó sobre ella y la abrazó muy fuerte. Una idea le pasó por la cabeza, claro todo comenzaba a iluminarse; por una de sus frecuentes discusiones, ella había obligado a su padre a que hiciera aquel acto; ella era la culpable de todo, ella era quien había asesinado a su padre, era ella quien la había dejado huérfana y era ella quien ahora quería encontrar alivio entre sus manos.

Pero no la iba a dejar sin castigo; había dejado sin el privilegio de vivir a su padre, a la persona a quien más amaba en el mundo, a quien admiraba y respetaba. Ahora ella debería de sufrir, debería de experimentar lo que le hizo pasar a su padre, debía morir. Con fuerza sobrehumana le atravesó el pecho con su propia mano, sintiendo el palpitar de su corazón entre sus dedos, sintiendo cada uno de sus últimos latidos.

No creía lo que había hecho, había podido matar a su propia madre. Había tenido la fuerza y el valor suficiente para hacerlo, creía que algo o alguien la había poseído y eso la había hecho cometer ese acto… pero yo bien sabía que era ella misma quien había hecho eso.

Y ahora ahí estaba, en la biblioteca, aquel lugar maldito donde había comenzado todo, escondiéndose del demonio que se encontraba dentro de sí misma; ahora ya no quería ser un vampiro, quería seguir siendo una niña que vivía con sus padres en su casa de campo desde que tenía memoria, quería seguir siendo aquella niña a quien su papá le enseñaba todos los cuentos de hadas que escribía para ella. Pero sabía que ya era demasiado tarde, su padre se había suicidado, había asesinado a su madre y ya nada nunca sería igual.

Comenzó a llorar, abrazando con gran fervor a su pequeño conejo, estaba sola y sentía miedo. Fue entonces cuando decidí que era el momento preciso para bajar de mi escondite y presentarme ante ella. Todas las acciones que había hecho en el pasado eran para llegar a este fin; la primera vez que la vi en este mismo lugar fue cuando vi en ella el gran futuro que le esperaba, el liderazgo que tendría ante todos nosotros, y la redentora que sería en un futuro; por eso fue que le di el libro, por ello tuve que quitar a su padre de en medio, por eso dejé que creyera que era un vampiro, por eso llegó hasta aquí.

Me presenté ante su atónita mirada, y aunque al principio me vio con un poco de miedo, con una sola mirada que intercambiamos, notó en mí una especie de cariño paternal que siempre le faltó.

Así que me acerqué a darle lo que más anhelaba: la inmortalidad.


Omar Velasco Oria
febrero de 2006

 
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